Géneros y Sexualidades

TRIBUNA ABIERTA

Caza de óvulos

No hace demasiado me descubrí arrancando carteles. Nunca lo había hecho antes, la mayoría de veces porque, aunque el contenido del cartel en concreto me pareciese vergonzoso o insultante, estaba en público.

Miércoles 30 de octubre | 18:13

La mayoría de veces, aunque el público sea simpatizante a tu ideología, no es apetecible que te vean en una situación así. Arrancar un cartel necesita ciertas dosis de ira y otras tantas carencias de vergüenza –en el buen sentido-.

Pero estos carteles tenían una posición estratégica. Ni más ni menos que tuve que ir al baño de la Facultad de Filología de la Universidad de Barcelona, entrar, sentarme en el váter y alzar la cabeza hacia la puerta cerrada. Allí había bien pegados y nada discretos, al menos una vez habías entrado a mear o a cambiarte la compresa, pequeños carteles muy atractivos: una fotografía horizontal de varias mujeres –todas hermosísimas y canónicas- tendiéndose los brazos, sonrientes, unidas por un acto honorable: la donación de óvulos.

No sé si esas mujeres representaban a las donantes de óvulos –para tener la categoría de “donante”, recordemos, debe hacerse algo voluntariamente, sin intercambios- o más bien a las mujeres que conseguían ser madres gracias a esas “donaciones”. No sería extraño que se refiriese a estas últimas, ya que es raro ver representadas a las mujeres sometidas al privilegio de otras.

Sólo hace falta comprobar a cuántas madres gestantes se ha dado visibilidad frente a las madres que han alquilado un vientre ajeno. Pero volvamos al sonriente cartelito: “Ayuda a otra mujer a ser madre, ¡sé donante!” era la idea. Filológicamente me sentí bastante insultada. En mi carrera, entre otras cosas, nos enseñan que las palabras con significado propio sirven para señalar realidades, significantes. Ocurre a veces que por evolución, por cambio de la realidad o por mal uso del término, el significado original se ve alterado, distanciado de su sentido etimológico y, con todo, aún siguen empleándose las mismas palabras. Parece que esto es lo que nos ha propiciado, también entre otras cosas, este sistema en el que vivimos.

“Ayuda” implica desinterés. “Otra” significa posición de igualdad entre dos entidades diferentes, pero horizontalmente al mismo nivel. “Donante”, desde luego no implica someterse a un proceso de hormonación abusivo para poder producir una cantidad considerable de óvulos que inseminar para una persona que puede pagar por ellos el dinero que a ti te falta. Sin detenerme demasiado en esto, no es difícil encontrar testimonios de mujeres que, después someterse a estos honorables gestos han desarrollado enfermedades –incluso cáncer- de las que ninguna honorable empresa ha querido responsabilizarse. Todo sea por “ayudar” a las mujeres. –Sobre esto, la activista y escritora Beatriz Gimeno explicó las cuestiones más técnicas referentes al tema en el artículo de 2016 “La industria oculta de los óvulos”, en Pikara Magazine-.

Ojalá esta alteración de palabras no tuviera mayor trascendencia que una falta accidental de rigor semántico –los pobres publicistas quizá no hayan estudiado filología-, pero, lejos de eso, nos encontramos ante una tergiversación perversa. Perversa porque, tal y como se plantea, ninguna persona que se considerara buena diría que no a “ayudar a una compañera”. Perversa porque tras palabras de profunda índole humana se esconde un sistema mercantil, cosificador, capaz de disfrazar la venta de nuestro propio cuerpo de “ejercicio de nuestra libertad”. Insisto en la perversión de esta, una de las palabras más poderosas e importantes que tiene nuestra lengua: la libertad. Probablemente, el término más ensuciado por el capitalismo.

He conocido a compañeras de clase que han donado óvulos, incluso más de una vez, para pagarse la matrícula de la universidad “pública” -otro adjetivo del que se abusa con demasiada facilidad-. Una universidad en la que una buena parte de sus estudiantes lo son a tiempo parcial, ya que el resto del tiempo están ejerciendo su libertad para ganarse un sueldo que les permita seguir estudiando.

Tengamos algo claro: si realmente estuviéramos frente a un caso de pedida de ayuda, de un gesto de solidaridad y de hermandad, no habrían pegado los carteles en el baño femenino de una de las universidades públicas menos públicas y más caras del país. Era un lugar estratégico porque es fácil intuir la situación de muchas de las mujeres que vamos a ese baño. Es un coto de caza. Una caza de óvulos.

Esto es otra muestra más de cómo nuestros cuerpos y sus diferentes partes pueden estar en venta si alguien tiene suficiente dinero para comprarlas. La distancia que existe entre alquilar una máquina para obtener un producto y donar óvulos para dar un bebé a alguien que ha pagado por nuestros órganos no parece tan exagerada, después de todo. Pero, por supuesto, siempre bajo una sonrisa que invita a pensar en palabras como “solidaridad” o “sororidad”.

Por eso, después de subirme la cremallera, arranqué todos los carteles y los tiré a la basura de donde salieron en un primer origen.






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