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CRÓNICAS DE CUARENTENA

Crónicas de cuarentena: Confinada sin luz natural

Seguimos nuestra sección dedicada a recoger experiencias precarias en tiempos de COVID-19. Hoy Cristina nos cuenta cómo es pasar la cuarentena encerrada en un cuarto pequeño y sin ventanas.

Viernes 1ro de mayo | 08:28

Ilustración de Arantxa Melero

Cristina, procedente de Tenerife, reside en Madrid. Es música y compagina sus estudios con su trabajo de camarera en un hotel. Sin embargo, sus precarias condiciones de vida dificultan drásticamente pasar el confinamiento de una manera saludable y digna.

«El abusivo precio del alquiler en Madrid me llevó a alquilar un dormitorio prácticamente sin espacio y sin ventana al exterior, en el que me vi obligada a pasar la cuarentena. Piso compartido con siete personas y sin sala de estar, lo que nos forzaba a permanecer durante todo el día en el dormitorio.»

«Una semana antes de que se decretara el estado de alarma y frente a la significativa bajada de clientes en el hotel, me ofrecieron, sin previa consulta conmigo, una semana de vacaciones, la cual aproveché para viajar a Tenerife. Al volver a Madrid el día 13 de abril, recibo una llamada del encargado de sección donde se nos citaba a todos en el hotel. Se nos informa de que van a cerrar sus puertas y se van a adherir a un ERTE, por lo que necesitábamos limpiar el hotel entre todos para poder cerrarlo ese mismo día. Limpieza que realizamos sin ningún tipo de protección a pesar del riego que suponía por su afluencia de turismo extranjero, especialmente de zonas de riesgo.»

Entonces fue cuando dio comienzo el confinamiento. «Soy aspirante a un máster como intérprete de música clásica en un conservatorio en Madrid y requiere una dedicación diaria de estudio del instrumento. Comencé a realizar mis ensayos a hora razonables para evitar molestar a mis compañeros y a los vecinos del edificio, hasta que a los pocos días el conserje del bloque se presentó en mi piso para trasladarme la queja del vecindario y, por lo tanto, la prohibición de estudiar en mi habitación para lo que durara la cuarentena.»

«Privada de mis actividades, comencé a sentir que esto no podía acabar bien, notaba cómo mi estado de ánimo empeoraba, me pasaba los días en la cama con la luz apagada intentando explicarme por qué se me estaba haciendo tan insoportable la situación.»

Finalmente, ante la ausencia de síntomas después de 26 días de confinamiento, Cristina decidió viajar a su casa en Tenerife, donde actualmente está pasando el resto de la cuarentena, en condiciones mucho más saludables a nivel físico, emocional y mental.

La de Cristina es solo una de las muchas historias que se vienen escuchando en las grandes ciudades desde hace años. Entre 2013 y 2019, el precio del alquiler aumentó casi en un 40% en Madrid y Barcelona, lo que ha obligado a las personas más precarias, como los jóvenes que compaginan estudios y trabajo, a aceptar viviendas en condiciones lamentables a cambio de unos precios que a menudo se llevan más de la mitad de su sueldo. Una vida digna implica contar con un espacio vital mínimo y con luz natural, condiciones que en muchos casos no se cumplen, y las insalubres consecuencias de esto se ven agravadas en una situación como la actual, en la que millones de personas se ven obligadas a pasarse el día encerradas.

Por ello, «volver a la normalidad» después de esta crisis no es una opción. Todo el mundo tiene derecho a un hogar digno. Es inaceptable que haya tantas casas sin gente: es urgente crear un parque público de viviendas con la expropiación de la vivienda vacía que está en manos de los bancos, y que el precio de los alquileres sea estipulado por los vecinos y las vecinas autoorganizados, no por los especuladores. Movimientos como el de la PAH o la más reciente huelga de alquileres lo dejan bien claro: con la vivienda no se juega.

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