Géneros y Sexualidades

INTERNACIONAL

Después de Orlando: dos, tres, muchos Stonewall

Este artículo, originalmente publicado en nuestra página Left Voice, es un grito de lucha y un vivo debate sobre las bases materiales de la homo y transfobia así como con el racismo en la sociedad estadounidense.

Miércoles 15 de junio de 2016 | 20:01

En el mes del Orgullo Gay, un homofóbico llamado Omar Mateen entró a al club nocturno “Pulse” de Orlando y cometió el más sangriento tiroteo en la historia de Estados Unidos. Fue un ataque contra la inmensa comunidad LGTBQ negra y latina, pero los medios y los políticos de la burguesía insisten en pintar este ataque como de los islamistas radicales contra la población norteamericana.

"Nos han dicho que ni nuestras vidas ni nuestra forma de ser son correctas. Bien, este bar es nuestro hogar. Somos una familia... Por eso esta noche vamos a celebrar nuestra forma de ser. No sólo está bien, es hermoso". Stone Butch Blues, Leslie Feinberg

Para entender la masacre en Pulse, el club LGBT de Orlando, hay que entender primero lo que significan los clubes para la comunidad LGBT. Para aquellos que no encontramos un hogar con nuestras familias debido a la homofobia y la transfobia, o quienes no nos sentimos seguros en las calles, el club es nuestro hogar. Un lugar para sentirse seguro, sentirse atractivos, para sentirse libre.

El club fue el nacimiento de nuestro movimiento; el lugar donde hicimos frente a los policías y homofóbicos y transfobicos que nos encarcelaban y nos violaban. Las revueltas de Stonewall, que comenzaron en el bar Stonewall, encabezados por gente de color queer y trans, marcaron el nacimiento del movimiento por los derechos LGBT -un movimiento contra la violencia policial y en contra de la homofobia y la transfobia.

Para la comunidad LGBT latina, la búsqueda de un hogar es aún más difícil en una sociedad que es racista, homofóbica y transfóbica. ¿Cómo puede uno sentirse como en casa cuando los países de origen de nuestras familias están dominados por la iglesia católica? Una iglesia que convence a nuestras familias de que estamos enfermos y que para amarnos deben rechazar lo que somos y lo que nos gusta. ¿Cómo podemos sentirnos como en casa en los clubes gay, mientras los blancos nos tratan como rarezas exóticas?

¿Cómo podemos sentirnos como en casa en una sociedad americana que deporta a nuestros hermanos y hermanas, y en el que un candidato presidencial nos llama violadores y criminales? ¿Cómo podemos sentirnos en casa cuando los negros y latinos LGBT se deben enfrentar a la discriminación a la hora de conseguir empleo, así como a la altas tasas de desempleo, la precariedad y bajos salarios? Esa noche en Pulse había una fiesta latina, una noche donde los gay y queer latinos fueron a celebrar, a sentirse como en casa, a bailar a los ritmos con los que hemos crecido, junto a otros gay y queer.

Esa noche de celebración se vió interrumpida de la forma más horrorosa; no hay palabras para describir el horror de la masacre llevada a cabo en ese club. No hay palabras para el ataque a las personas LGBT ocurrido ese día.

El tirador se llamaba Omar Mateen, un hombre de 29 años nacido en Nueva York, de origen afgano que trabajaba como guardia de seguridad para la empresa G4S desde el año 2007. De acuerdo con oficiales del FBI, Mateen llamó al 911 y declaró su lealtad con el Estado Islámico. Omar Mateen, quien era abiertamente homofóbico y tenía un historial de violencia doméstica, eligió Pulse, un club nocturno gay para perpetrar el crimen de odio. Allí disparó a muerte contra 50 personas, hiriendo severamente a 53 más. Estos son hechos que apuntan a un claro móvil anti-LGBT detrás del ataque.

Los medios han hecho de todo para pintar este ataque como un acto terrorista contra los ciudadanos americanos, lo que conducirá a políticas similares a las posteriores al 11S. Trump ha usado este incidente para reiterar su inaceptable política islamófobica, para prohibir a los musulmanes la entrada a Estados Unidos. Además de agitar el miedo y el racismo entre los estadounidenses, esta propuesta no sirve para nada para prevenir los fusilamientos masivos, que son casi siempre perpetrados por hombres blancos y no por "terroristas” nacidos en el extranjero. El tirador nació y se crió en Estados Unidos, es un producto de Estados Unidos y portador de un virulento militarismo, patriarcado e homofobia.

Cuando un musulmán perpetra un acto de violencia en suelo norteamericano, la abrumadora mayoría de los musulmanes se convierte en víctimas de ataques de violencia verbal en el mejor de los casos y violencia física en el peor. Desde racistas individuales que golpean a las personas que parecen que podrían ser musulmanes, hasta las investigaciones del FBI de los musulmanes, la islamofobia mata. Este horrible acto de odio no puede convertirse en una excusa para oprimir más musulmanes y la gente de Oriente Medio. No puede ser una excusa para una mayor vigilancia y detención de musulmanes, como hemos visto luego del 11S.

Podemos y debemos responder con ira contra este horrible acto de violencia. Pero esa ira no puede ser dirigida a otro grupo que está oprimido por el mismo gobierno y la misma derecha, opresores de las personas LGBT. Debemos transformar esa ira en organización y lucha contra la homofobia, la transfobia, el racismo y las instituciones que los perpetúan.

Hay que luchar contra los legisladores que votaron en contra de que las personas trans puedan ir al baño debido a preocupaciones de "seguridad pública". Podemos tener odio y podemos tener rabia por esta política y los legisladores que votaron por ella. Debemos odiar a los líderes religiosos que utilizan su púlpito para predicar la intolerancia, convencer a sus seguidores que no somos naturales, que estamos enfermos e iremos al infierno. Debemos odiar a Trump y su retórica racista. Debemos odiar la hipocresía de dos caras de los demócratas que deportan a nuestras familias y amigos, que bombardean y asesinan en el extranjero.

También debemos odiar a todos los que se interponen en el camino de los refugiados que entran al país –a menudo musulmanes que huyen de la violencia creada por Estado Islámico– producto de la brutal e implacable devastación desatada por el imperialismo contra el Medio Oriente. Debemos odiar a los que dejan a los refugiados ahogarse en el océano o pudrirse en los campos a la espera de encontrar un hogar. A estos refugiados les niegan la entrada en Estados Unidos los mismos que desean negar a las personas LGBT el derecho a casarse, o incluso a orinar en baños públicos. Las mismas personas que niegan la entrada a los inmigrantes latinos.

Nuestras vidas importan sólo en este momento -para cumplir una agenda política de derecha para demonizar a los musulmanes. Las vidas queer no importan cuando son deportados o asesinados por la policía. Nuestras vidas no importan cuando las personas LGBT constituyen el 40% de los jóvenes sin hogar debido a la homofobia que nos empuja fuera de nuestros hogares.

Obama ha llamado a esto un acto terrorista contra los ciudadanos estadounidenses. Es una broma cruel que cuando es políticamente conveniente, los latinos de repente se convierten en ciudadanos políticos. Para la policía, para el gobierno, para los eventuales racistas, nunca seremos estadounidenses, independientemente de nuestra condición de ciudadanía. Obama se cuida de no decir que los latinos están en Estados Unidos por nuestros puestos de trabajo, para evitar enojar al bloque de votantes latinos que ve a los demócratas como un "mal menor". Sin embargo, ha deportado a más inmigrantes que cualquier otro presidente en la historia –deportando a muchos inmigrantes indocumentados que buscan refugio de la violencia en sus países de origen. Violencia que es el producto de una política exterior imperialista aprobada e implementada por demócratas y republicanos por igual.

La hipocresía de los discursos de Obama sobre la violencia es clara cuando examinamos su política exterior y la abrumadora cantidad de víctimas civiles causadas por la guerra de drones. Los republicanos y demócratas están unidos detrás de esta política exterior de los asesinatos en masa en Medio Oriente. Se paran en su púlpito moral sobre una fosa común -cavada por décadas de devastación imperialista, desde los drones de hoy a las sanciones de los 90, a las guerras por procuración y los golpes de Estado de la Guerra Fría.

Mientras Obama habla a favor de las personas LGBT en suelo estadounidense, reparte millones de dólares en ayuda a países como Arabia Saudita, donde el castigo por ser LGBT es la muerte. En casa las personas LGBT tienen un reconocimiento y una protección limitada si son ciudadanos. En el extranjero sus sueños, sus cuerpos, sus vidas son sacrificadas en el altar de los intereses estratégicos estadounidenses.

Incluso en Estados Unidos, el estado mantiene políticas homofóbicas como la impulsada por la FDA (Food and Drug Administration, institución estadounidense de sanidad) que prohibe la donación de sangre a hombres que tienen relaciones sexuales con hombres. Hay 53 personas LGBT en el hospital que necesitan sangre, mientras que los hombres LGBT tienen prohibido donar debido a esta explícita norma homofóbica. En un momento desgarrador de la violencia brutal contra las personas LGBT, el estado que pretende protegernos prohíbe incluso un acto básico de solidaridad como la donación de sangre.

El año 2015 fue el año más mortal para mujeres trans en Estados Unidos, y 2016 se inició con varios homicidios de mujeres trans, mayoritariamente negras. Sin embargo, no fueron tomadas acciones para tratar o frenar esta ola de violencia. Las personas LGBT están muriendo y nuestras muertes no son reportadas en las noticias, no son lamentadas o siquiera notadas por los políticos. Para el gobierno, la vida de las personas LGBT, especialmente las personas LGBT de color, nunca han importado.

Frente a esta tragedia, algunos llaman a la oración. Algunos llamarán por el amor. Algunos llamarán por la paz. Yo voy a llamar a que nos organicemos con el espíritu de Stonewall, exigiendo que ninguno más de nosotros sea asesinado y el reconocimiento de que nuestros problemas no son individuales, sino más bien perpetuados por el gobierno estadounidense, sea Republicano o Demócrata. Voy a llamar a que nos organicemos usando nuestra ira para destruir un sistema al que no le importa si vivimos o morimos, si vivimos libres o en prisión.






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