Sociedad

ECOLOGÍA Y MARXISMO

Ecología en la Segunda Internacional

De Bebel a Kautsky, Lenin y Rosa Luxemburg, las discusiones en torno a la fractura metabólica (total bajo el capital) entre sociedad y naturaleza no estuvieron ausentes en la Internacional Socialista.

Roberto Andrés

Periodista | Editor y redactor de la sección Ecología y medioambiente | @RoberAndres1982

Sábado 22 de octubre de 2016 | 10:11

En La ecología de Marx y Engels ante el desarrollo capitalista vimos cómo en el pensamiento y las preocupaciones de los padres del socialismo científico hay varios aspectos que nos permiten ligar su historia con lo que el biólogo alemán Ernst Haeckel definía como ökologie, cuyo denominador común era lo concerniente al metabolismo entre sociedad y naturaleza (y su fractura total bajo el capitalismo). Y tomamos como referencia tres de estos aspectos: la importancia del desarrollo de las ciencias naturales para una comprensión profunda del mundo y de la historia humana, el problema concerniente a la coevolución de las especies, y el problema del desarrollo sostenible de la agricultura ante la industria capitalista, en el conflicto de la contradicción entre la ciudad y el campo.

Sin embargo, esta discusión lejos de desaparecer se mantiene en el marxismo de la Segunda internacional. Figuras como August Bebel, Karl Kausky, Vladimir Lenin y Rosa Luxemburg también incorporaron estas cuestiones a sus preocupaciones.

August Bebel fue, junto a Wilhelm Liebknecht, fundador en 1869 de la socialdemocracia alemana, sección de la Segunda Internacional que se volvió poderosa bajo su liderazgo. En su libro La mujer y el socialismo (1879), obra fundamental de la época, Bebel incorpora aspectos del análisis ecológico que hicieran Marx y Engels al decir que “el disparatado sacrificio del bosque a causa del ‘beneficio’ es la causa del perceptible deterioro del clima y del declive de la fertilidad del suelo en las provincias de Prusia y Pomerania, en Italia, Estiria, Francia y España. Las frecuentes inundaciones son la consecuencia de haber talado los árboles de los terrenos elevados. Las inundaciones del Rin y del Vístula se atribuyen principalmente a la devastación de los bosques en Suiza y en Polonia”. Respecto al problema del desarrollo sostenible del suelo, Bebel considera que el sistema basado en fertilizantes importados de otros países “produce un ruinoso sistema de cultivo que empobrece el suelo, hace disminuir las cosechas y aumenta el precio de los alimentos”. Para Bebel, para quien “el abono es para la tierra exactamente lo mismo que la comida para el hombre”, los desechos y excrementos de animales y humanos contienen los ingredientes químicos que son los más apropiados para la reconstrucción del alimento humano, sin embargo “esta regla es transgredida de forma constante esencialmente en las grandes ciudades que reciben cantidades colosales de alimentos pero que solo devuelven a la tierra una pequeña porción de la basura y los excrementos valiosos”. Esto se manifestaba con mayor agudeza en Rusia, Hungría, los principados del Danubio y América, países que se veían gradual pero inevitablemente arruinados debido a que su economía se basaba principalmente en la exportación de productos del suelo pero que no recibían a cambio materiales para abonarlo, ya que los abonos sintéticos eran muy caros y no alcanzaban (por lo que se disputaban los distintos imperios el control del mercado del guano peruano), pero que por sobre todo, para Bebel, “importar abono desde muchos miles de kilómetros de distancia, mientras se desperdicia el que se tiene más cerca, es invertir el orden natural de las cosas”.

Karl Kautsky fue otro gran dirigente de la Segunda Internacional. También fundador de la socialdemocracia alemana, es autor en 1875 del Programa de Erfurt, de cuyo posterior “comentario popular” de 1892 (Las discusiones sobre los fundamentos), se desprende la idea original que Rosa Luxemburg tomara para plantear la consigna Socialismo o barbarie, aludiendo a la inevitable regresión civilizatoria de no superar revolucionariamente al capitalismo. Aunque varios años después giró a posiciones reformistas, durante la década del 90 combatió el revisionismo teórico de Bernstein. En 1899, cuatro años después de la muerte de Engels, Kautsky escribe La cuestión agraria, trabajo que según Lenin es “el acontecimiento más importante en la historia de la literatura económica desde la publicación del tercer volumen de El Capital”. En este trabajo, a través de un desarrollo más sistematizado, aborda el problema de la relación unilateral entre campo y ciudad, al señalar que el flujo neto de valor desde el primero a la segunda “representa una pérdida de nutrientes constantemente creciente” y cuyo flujo aunque “no significa una explotación de la agricultura según la ley del valor [del capitalismo], lleva no obstante a su explotación material, al empobrecimiento de la tierra y sus nutrientes”. Aunque en este momento había un mayor desarrollo de la industria de los fertilizantes que en época de Marx, para Kautsky la necesidad de recurrir a ellos en creciente medida “no hace más que aumentar la carga que soporta la agricultura, no solo la que inevitablemente le impone a la naturaleza, sino como resultado directo de la actual organización social”. Kautsky consideraba que si se superaba la antítesis entre campo y ciudad “los materiales que se le quitan al suelo podrían fluir de nuevo hacia este” y en ese sentido los fertilizantes suplementarios tendrían la función de “enriquecer el suelo, y no de evitar su empobrecimiento”. Desde aquí, los avances en el cultivo implicarían necesariamente la prescindibilidad creciente de su uso. Para Kautsky este problema también incluía el del despoblamiento del campo y sobrepoblación de las ciudades. Para Bellamy Foster “Kautsky se ocupó también del creciente uso de pesticidas y atribuía el aumento de las plagas al exterminio de los pájaros insectívoros debido a la extensión de los cultivos, a la sustitución de la selección natural por la selección artificial en el cultivo de las plantas” (que tendía a reducir la resistencia a las enfermedades y las plagas), y a las características de las “modernas operaciones de explotación a gran escala”, por las que, por ejemplo en la silvicultura, se estimula la destrucción de los bosques mediante “la supresión de las especies de hoja caduca, de crecimiento lento, por las coníferas, de más rápida explotación”. Por lo que "a los costes de los fertilizantes vienen a añadirse los de los pesticidas”.

Lenin y Luxemburg también se hacen parte de estas discusiones.

Dos años después de La cuestión agraria de Kautsky, Lenin publica La cuestión agraria y los críticos de Marx (1901), en donde dice que “la posibilidad de sustituir los abonos naturales por los artificiales y el hecho de que ya se haya hecho así (parcialmente) no refutan en absoluto la irracionalidad de desperdiciar los fertilizantes y de contaminar de ese modo los ríos y el aire de los suburbios y de los distritos industriales. Incluso en la actualidad hay explotaciones agrícolas en las inmediaciones de las grandes ciudades que utilizan los residuos urbanos con enorme beneficio para la agricultura. Pero con este sistema sólo se aprovecha una parte infinitesimal de los residuos”.

Por su parte, la revolucionaria polaca sorprende por la profundidad de su visión ante la posibilidad de la extinción de las especies. Luxemburg era también una de las más destacadas figuras de la Segunda Internacional. Sus conocimientos en economía política la convertían en referencia ineludible y fue junto a Kautsky y Lenin una de las tres figuras que lideraron la lucha contra el revisionismo de Edward Bernstein. Posteriormente junto a Lenin, Trotsky y Karl Liebknecht (hijo de Wilhelm Liebknecht) lideró la oposición socialista a la Primera Guerra mundial. Mientras estaba en prisión en mayo de 1917, por oponerse a la guerra, Rosa Luxemburg le escribe a su amiga Sonia Liebknecht y le comenta sobre sus estudios de geografía de las plantas y de los animales en prisión: “Fue ayer mismo cuando leí por qué las carrucas están desapareciendo de Alemania. La explotación forestal cada vez más sistemática, la horticultura y la agricultura están destruyendo, paso a paso, todos los lugares en que anidan y crían: los árboles huecos, las tierras en barbecho, los macizos de arbustos y los matorrales, las hojas marchitas en los huertos. Me afligió tanto leerlo. No porque se pierda su canto para la gente. Más bien era imaginar la extinción silenciosa, irresistible, de estas pequeñas criaturas, lo que me hirió hasta el punto de que tuve que llorar. Me recordaba un libro ruso que leí mientras estaba en Zurich. Un libro del profesor Sieber sobre el exterminio de los Pieles Rojas en Norteamérica. Exactamente del mismo modo, paso a paso, los hombres civilizados los fueron persiguiendo y expulsando de sus tierras, y los abandonaron para que perecieran callada y cruelmente”.

No obstante, para Foster (La ecología de Marx), fue Bujarin quien iría más lejos en la aplicación del concepto marxiano de interacción metabólica entre los seres humanos y la naturaleza. Pero esto ya está atado al desarrollo de las ideas ecologistas en la década de oro de la naciente Unión Soviética, los años 20. Esto también lo veremos en otra ocasión.






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