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FRANCIA

El chiraquismo o el último intento de evitar la crisis orgánica del capitalismo francés

La muerte de Jacques Chirac ha generado una enorme hagiografía sobre el ex presidente francés que impide ver su rol y especificidad como gobernante.

Martes 1ro de octubre

La muerte de Jacques Chirac ha generado una enorme hagiografía sobre el ex presidente francés. Este unanimismo canónico impide ver su rol y especificidad como gobernante en el medio de una época histórica de caída en picada del capitalismo francés y de su influencia en el mundo después de la prórroga de la Postguerra gracias al experimento gaullista.

Un presidente marcado por las rebeliones obreras

Siendo el último presidente francés que vivió la Segunda Guerra Mundial y la colaboración del régimen de Vichy con la ocupación nazi, Chirac cultivó sin duda un estilo diferente al de sus sucesores. Habiendo vivido las rebeliones de la clase trabajadora en medio de la caída del fascismo europeo después de la Segunda Guerra Mundial y la huelga general francesa de 1968, era muy consciente de la amenaza revolucionaria que venía desde abajo. En especial el Mayo del 68, la huelga general más grande la historia de Occidente, lo marcó fuertemente. Chirac era ministro para los asuntos sociales y, junto a su patrocinador político y primer ministro Georges Pompidou, ayudó a negociar los aumentos salariales de los Acuerdos de Grenelle con la Confederación General del Trabajo (CGT) vinculado al PCF.

Es esta traumática experiencia lo que le impide “ir a los extremos” cuando empieza a despertar la clase obrera en 1995 con la reforma de las jubilaciones. O cuando se levantan la juventud y los sindicatos en 2006 en la lucha contra la ley de contrato de primer empleo o CPE. Esta caída en el inmovilismo disgustaba a las fracciones más ávidas de la burguesía y del capital financiero internacional. De todas maneras y a pesar de sus enormes sobresaltos, las crisis pudieron ser contenidas aun en los marcos de los mecanismos de la V República que protegen de forma desmesurada a la institución presidencial.

La bonhomía como expresión de la ausencia de una “gran empresa política” del capitalismo francés…

El chiraquismo surgido del pos 68 y del fin de los treinta gloriosos ya no tiene más nada que ofrecer. Su arte y su método es hacer de su bonhomía el estilo de gobernar de la clase dominante. Así en 2005, a diez años de su presidencia, un especial del medio francés Libération se preguntaba: “¿Cómo un hombre sin visión, cambiante y torpe, ha podido alcanzar las alturas del poder y permanecer allí por tanto tiempo?”. El autor se respondía:

“Para acceder al nirvana del Eliseo, sus predecesores encarnaban una cierta idea de Francia. En De Gaulle era la Historia, los franceses se identificaron con la complejidad mitterrandiana, Pompidou llevó la modernización económica mientras que Giscard ofreció al conservadurismo un lavado de cara después del sesenta y ocho. En lugar de pretender reunir al electorado por la grandeza de la acción, Chirac ha hecho de la bajeza del verbo su arma principal para seducirlos. De Gaulle fascinaba, Pompidou daba confianza, Giscard deslumbraba, Mitterrand inspiraba el respeto. Chirac se mueve en lo ordinario. Es el camarada del regimiento, el compañero del bistró, el tío abuelo que está un poco borracho y cuenta chistes al final de la mesa el domingo al mediodía”.

Después de los gloriosos años de crecimiento a la salida de la Segunda Guerra Mundial, el capitalismo francés caía en picada. A falta de todo nuevo gran relato o “gran empresa política” a ofrecer a la nación, está forma de ser (¿o parecer?) es la sola artimaña que le queda a Chirac.

…pero que impide que la crisis orgánica se abra

Frente a la debilidad del dominio burgués (o una crisis orgánica latente para utilizar los términos gramscianos), el chiraquismo, mal o bien y a pesar de fuertes sobresaltos, impide que la sangre llegue al río. Es decir, que la crisis políticas sucesivas toquen o desgasten fuertemente la figura presidencial, la principal institución en la que reposa el conjunto del régimen francés, la llamada monarquía republicana.

Fue una forma de cerrar, en la medida de lo posible, las brechas abiertas por la crisis social y económica en el cuerpo social francés y en su cohesión nacional. Visto desde hoy para algunos analistas (pocos, hay que reconocer, en esta insoportable chiracmanía) “…Chirac era antes que nada un radical -socialista. Respiraba una república de los terruños antes que la Francia de las periferias”, en referencia al Partido Radical, principal fuerza política de la Tercera República francesa (1870/1940) de fuerte anclaje territorial en la pequeño burguesía del campo y de la ciudad. Su decadencia en los años 1930 marca el camino de la capitulación de la democracia parlamentaria francesa al régimen fascista de Vichy.

Esta Francia de las periferias, fragilizada hasta los extremos, salió brutalmente a la palestra con los Gilets Jaunes (chalecos amarillos). El chiraquismo fue el último intento, débil, de amortiguar los enfrentamientos sociales. Una mediación entre el estado y la sociedad civil a pesar de las revueltas periódicas que lo sacudieron: movimiento de los liceos en 1986, huelga de los ferroviarios, el correo y otros sectores estatales en 1995, revuelta de las banlieues en 2005, derrota del referéndum por el Tratado Constitucional Europeo el mismo año, manifestaciones monstruos juvenil y sindical contra el CPE promovido por Dominique de Villepin en 2006.

Chirac intentó contener el desarrollo de elementos “orientales” dentro de las democracias burguesas occidentales (de esto hablo en mi reciente libro “Gilets Jaunes. Le Soulèvement”). Estos elementos se pueden traducir como el debilitamiento de los amortiguadores típicos de Occidente, desde el propio sufragio universal, pasando por los partidos de masas y los sindicatos, hasta las variadas “instituciones intermedias”, además de la escuela o el tejido asociativo, mediante la cual se sostenía la influencia de la clase dominante más allá del aparato de coerción.

El chiraquismo intentó mantener con su bonhomía la cohesión social en este campo minado en que se transformaba la democracia imperialista francesa a medida que avanza el neoliberalismo y el salto en la internacionalización del capital, de la que el gran capital francés era uno de sus principales actores.

Es la conciencia de ésta fragilidad política y social y el temor a la vuelta de los fantasmas del pasado como en 1968 los que nutren al chiraquismo. Como dice el autor antes citado:

“Éste atleta de la política, que también había atravesado los desiertos de la impopularidad, que a menudo había fracasado en su deseo incontenible de poder, que había pasado de ser un joven lobo carnívoro de los asuntos públicos a una vieja bestia salvaje de los rings electorales, no portaba una idea a la manera de un De Gaulle sino una intuición. La intuición de un país herido que ya no era lo que había sido, un país que había sedimentado tantos traumas que no era necesario cambiar por completo más allá de lo necesario, ni herirlo por una semántica excesiva”.

El desgaste acelerado y los fuertes riesgos de los sucesores de Chirac y del régimen de la V República

Posterior a Chirac, la “separación de dirigentes y dirigidos”, que que caracteriza a una crisis orgánica, se aceleró, alcanzando con Macron su punto más alto. La crisis del capitalismo francés, relegado en el ámbito de la competencia internacional y perdiendo influencia como potencia imperialista, obligó a los sucesores de Chirac a imponer (contra) reformas a cara de perro, como fue el caso de Sarkozy y su famosa ruptura. Hollande enterró lo que quedaba de la coalición de izquierda que había gobernado la Francia desde 1981, junto con el Partido Socialista refundado por Miterrand en Epinay en 1971. Por último el actual presidente francés, que para propios y ajenos encarna la reforma por la reforma misma, no genera la menor mística. Ni siquiera al comienzo de su mandato, cuando contaba con una base de apoyo social importante que iba más allá de ciertos sectores altos de la clase media.

Pero los costos para la clase capitalista de ésta forma de dominación son cada vez más altos como mostró la imposibilidad de la reelección de Sarkozy y Hollande. Ambos se retiraron de sus gobiernos con un fuerte desgaste y una ola de desprecio. El punto culminante la sublevación de los Gilets Jaunes contra Macron mostró un salto en la crisis de régimen y el agrietamiento acelerado de la V República. Nunca, desde 1968, un movimiento había cuestionado de modo tan abierto y poderoso la figura presidencial.

Después de este gran susto para el poder burgués podemos entender la unidad nacional, tanto de los de arriba como de los de abajo, generada por la muerte del ex presidente. Seguramente será efímera y totalmente exagerada por los medios pero, sin embargo, será real. Para utilizar las palabras de la editorialista del diario patronal Les Echos:

“Él es uno de los nuestros. En la larga fila de los que vinieron, a pesar de la lluvia, a rendir homenaje este domingo a Los Inválidos, en los libros de registros abiertos por el Elíseo durante tres días, en las redes sociales, entre viejos y jóvenes, en todas partes, los franceses lloran en Jacques Chirac a uno de los suyos. Aquel que borraba la grieta, hoy abierta de par en par, entre las élites y el pueblo. Jacques Chirac, Chirac, Chichi, el nombre que sea, era un tipo cercano. Así se lo veía. Presidente tan francés que quería a los franceses”.

Más allá de la falsa percepción de las masas que perciben a un político burgués corrupto y al servicio del gran capital como uno de los suyos, la diferencia con Macron no es, como explicamos en otras oportunidades, ninguna casualidad.






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