NI UNA MENOS

El horror de ser mujer y vivir en Ecatepec

Vivir en Ecatepec es un pequeño acto heroico. No un acto de fe.

Miércoles 16 de agosto de 2017 | 20:12

Soy estudiante de Economía en la UNAM. Luego de varios intentos para entrar a la carrera logré pasar su dichoso examen. Realizo un viaje de dos horas en la línea B del metro para llegar a estudiar. Para llegar a las 7 de la mañana me levanto a las 4 y 30: bajo del cerro y tomo el metro. Hago mis tareas entre transbordo y transbordo. Duermo si me toca un lugar sentada. Paso 4 horas promedio de mi vida diaria en un transporte de mala calidad. Y sí, hay un teleférico: un monumento a la corrupción del gobierno del PRI.

Cada que voy en el metro a la universidad paso por el Río de los Remedios. Hoy está drenado por la construcción del nuevo aeropuerto. El día que lo drenaron recuerdo que fueron decenas de cuerpos de mujeres encontrados en él. Se me hace el estómago chiquito, me da dolor, tristeza y rabia.

Mi papás fueron trabajadores de la zona industrial de Xalostoc. Hoy son vendedores en el tianguis más grande América Latina, San Felipe, pues fueron liquidados en los años ochenta con la desindustrialización de lo que fuera una imponente zona de fábricas.

Hoy a veces sueño que en esa zona cayó una bomba: parecen las ruinas de una civilización que está agonizando. A mí me gusta mucho entender mi entorno y busqué que es eso de lo que todos hablan y dicen en mi colonia: Ecatepec es como vivir en el infierno. Mi papá me regaló los libros de Paco Taibo II sobre la zona: hoy no queda nada de eso. Y en los diarios internacionales insisten que vivimos en una zona extraña: entre la civilización y la barbarie.

En la edición internacional de El País en una nota del 2016 se dice “Ecatepec es el lugar en el que no se puede vivir”. Un territorio sin ley “El territorio logró arrebatar a la mítica Ciudad Juárez el título de ‘cuna del feminicidio’”.

Ecatepec es una ciudad frontera. Está entre la Ciudad de México y el Estado de México. Es un monstruo con dos entrañas internas: de la ciudad en la que más movimientos democráticos han surgido en el país (por ejemplo el movimiento violeta del #24A) y al mismo tiempo se vive el clientelismo, la corrupción y la violencia del cacicazgo del PRI cuyo bastión es Atlacomulco.

Un año antes, 2015, el prestigioso diario The Guardian dedicó un reportaje “Ecatepec: el lugar más peligroso para ser mujer” y nos informa “El cráneo y los pies de Diana habían sido encontrados en una bolsa de plástico dragada de una vía de agua maloliente conocida como el Gran Canal, que atraviesa el Estado de México, el estado más densamente poblado del país.” En verdad en el Río de los Remedios fueron encontrados decenas de cuerpos de mujeres.

Ecatepec pasó de ser el municipio de las grandes luchas obreras, muchas encabezadas por mujeres, como el caso de Kelvinator a ser la capital del feminicidio. Acá muy difícilmente llega el movimiento feminista universitario contra el acoso: muy probablemente por el miedo.

Y es peor de lo que dicen los diarios

Según el Inegi “Ecatepec es el municipio más peligroso del país”. Más peligroso que Ciudad Juárez, cualquier ciudad de Torreón o Tamauilpas. 93% de las personas encuestadas aseguran vivir en el infierno: temen a la inseguridad.

Bien, ser trabajador y vivir aqui es peligroso. Caminar por la Av. Central, entre caminos de terracería, sobre las cantinas que lavan dinero al narcotráfico, o sobre las pulquerías en el que cada vez hay ejecuciones es peligroso: te pueden robar, detener, levantar. La policía puede verte y por tu aspecto requisarte y quitarte tus pertenencias como ha pasado en un sin número de ocasiones.

Pero ser mujer y trabajadora hace vivir en Ecatepec un infierno. En 2016 desaparecieron 263 mujeres. En 2011 563 y al menos mil 258 niñas y adolescentes fueron asesinadas. El estúpido de Indalecio Ríos declaró que es “seguro que se fueron con el novio”. Sus partidos: el PRI, el PAN y el PRD son, en realidad, los responsables de que suceda esta tragedia.

Hace poco en las Américas, muy cerca de casa, desapareció Mariana Joselin. El cuerpo de ella apareció en agosto desmembrado, en pedazos, en una carnicería. De nueva cuenta El País se regodea en nuestra tragedia “La crueldad y la saña con la que fue asesinada, el hecho de que fuera a plena luz del día, cerca de su casa, por un vecino, ha aumentado la indignación y el miedo en la zona.” Esta noticia me hizo el corazón chiquito. Pude ser yo. Mi hermana, mi vecina. Carajo, la impotencia de vivir en la periferia, ser de una familia trabajadora, en medio de una crisis de esta magnitud: una se llena de impotencia pero también de rabia.

Una vecina, que es trabajadora de la Kraft, me contaba que ella decide irse entre varias a la fábrica porque todo se puso peor con los rondines de la policía del estado y la federal patrullando. La padecemos peor: ser mujer, en la periferia y de familia trabajadora. Pensaba, divagando. ¿Cómo resolver este problema? ¿Qué alternativas tenemos ante esta terrible crisis? Algo, epifánicamente, llegó a mi cabeza. Es claro que no se resolverá del lado del estado, los partidos, la policía, el ejército.

La salida del presidente municipal y del gobierno del Estado fue “la alerta de género” militarizar, de facto, nuestra entidad. Caray, hoy, además de todo deberé cuidarme del ejército y la policía federal. Y es que incluso las ONGs del Estado han dicho que la alerta de género no resuelve. Los feminicidios se han disparado con las fuerzas represivas en las calles.

La militarización del país con la “guerra” del narco dejó una verdadera catástrofe nacional: más de 200 mil muertos, desaparecidos y un millón de desplazados. Ellos, el Ejército y la federal, son los responsables de la desaparición de los 43 de Ayotzinapa. Con ellos en las calles todo se pondrá peor.

No queda de otra, hay que organizarnos. Las mujeres, trabajadores, las organizaciones de derechos humanos, los familiares de los desaparecidos, las víctimas para detener ese fenómeno aberrante. Un potente movimiento de estas características que nos ayude a decir bien fuerte: Si nos tocan a una nos organizamos miles.






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