Política Estado Español

SITUACION POLÍTICA ESTADO ESPAÑOL

Cada vez más cerca de nuevas elecciones generales

La nueva aritmética parlamentaria y los pactos imposibles. La crisis interna en el PSOE la tentativa de un “gobierno de izquierda”. La cuestión catalana en el centro de la crisis política. Podemos y límites del neo reformismo. Democracia para ricos y la necesidad de impulsar una Asamblea Constituyente para decidir todo.

Diego Lotito

@diegolotito

Martes 5 de enero de 2016 | 22:31

El escenario de fragmentación parlamentaria surgido del 20D impone un acuerdo para formar Gobierno. Los escenarios son múltiples, pero ninguno está exento de fuertes contradicciones. A una semana del inicio de la nueva legislatura, la posibilidad de nuevas elecciones se torna cada vez más probable.

Mariano Rajoy volvió a insistir este martes en su propuesta a los socialistas del PSOE para formar un Gobierno de “gran coalición”. El presidente del Gobierno dijo que no tenía “líneas rojas” para llegar a un acuerdo que permitiría acometer reformas con el “amplísimo apoyo” de los 200 diputados que ambos partidos suman en el Congreso.

Aunque el PP se encuentra en una posición de extrema debilidad para negociar, Rajoy no escatimó en advertencias al PSOE por el riesgo que entraña un gobierno con la “extrema izquierda” –en una exagerada referencia a Podemos- y los partidos nacionalistas.

La propuesta de Rajoy se encontró nuevamente con el rechazo del PSOE a cualquier tipo de alianza. El portavoz socialista en el Congreso, Antonio Hernando, rechazó de plano la oferta y dijo que con el PP no habrá "ni grandes coaliciones, ni pequeñas". "No es no", siguen diciendo los socialistas, a la espera de su turno para intentar formar gobierno tras el seguro fracaso del PP una vez se constituyan las Cortes el próximo 13 de enero.

La posición socialista es comprensible. Una gran coalición al estilo alemán con el PP significaría un suicidio político, en el que el PSOE ataría su destino al PP (y viceversa), y ambos a la incierta posibilidad de que la economía española se recupere en el próximo período. Además, la experiencia del PASOK griego y su hundimiento tras el acuerdo con los conservadores de Nueva Democracia, es una experiencia a la que tienen pánico los líderes del PSOE. Simbólicamente, una “Große Koalition” dejaría al descubierto el contubernio entre los baluartes del viejo régimen para defender sus privilegios.

El electorado socialista, maltrecho pero resistente, difícilmente defendería un pacto de ese calibre entre Pedro Sánchez y Rajoy, a quien el candidato socialista poco antes de las elecciones llamó “indecente” por los casos de corrupción que los salpican directamente. No hace falta ser un gran politólogo para entender que el gran ganador de esta jugada sería el señor Pablo Iglesias.

Como Rajoy no tiene más salida que seguir cortejando al PSOE, defendió su coalición como la mejor opción, diciendo que “son más las cosas que nos unen que las que nos separan”. Hay que reconocer que no se equivoca en la afirmación. Ambos partidos son pilares del Régimen del ’78, ambos han sido eficaces aplicadores de duros ajustes contra la clase trabajadora y los sectores populares, ambos están implicados en cientos de casos de corrupción y ambos son fieles representantes de los intereses del gran capital imperialista español. Como representantes del bipartidismo español y más allá de determinadas diferencias ideológicas, PP y PSOE constituyen virtualmente el mismo partido del capitalismo español.

Pero a pesar de esto, el instinto de supervivencia del PSOE impide –al menos por ahora- que esa comunión de objetivos se exprese políticamente en un pacto de gobierno.

El PSOE, su crisis interna y el “gobierno de izquierda”

Consciente del peligro de terminar relegado a la irrelevancia política, el PSOE, bajo la voz cantante de Pedro Sánchez, viene defendiendo la idea de una “amplia coalición de izquierda” para formar un “gobierno progresista” junto a Podemos y necesariamente el apoyo o la abstención de los sectores independentistas de ERC (Catalunya) y Bildu (País Vasco), los nacionalistas conservadores del PNV y hasta Izquierda Unida.

Para apuntalar esta idea, Sánchez viajará este miércoles por unas pocas horas a Portugal, para entrevistarse con el primer ministro portugués, el socialista António Costa, y conocer de primera mano la experiencia de sus colegas del Partido Socialista, que estructuró una inédita y variopinta alianza con el Bloco de Esquerda, el Partido Comunista y Los Verdes, por la cual gobiernan desde noviembre tras desalojar del poder al conservador Pedro Passos Coelho.

Es un claro mensaje interno hacia los sectores más reactivos a cualquier tipo de acuerdo con Podemos, encabezado por la lideresa del socialismo andaluz, Susana Díaz, y una buena parte de los barones regionales.

Sánchez ve un “giro a la izquierda” y parece dispuesto a intentar seguir los pasos de sus colegas portugueses, pero al igual que aquellos, imponiendo condiciones. En Portugal fue la promesa de que no saldrá del euro, respetará la OTAN y la “disciplina presupuestaria” (lineas maestras del “pacto de estabilidad” que Passos Coelho impuso a Costa). En el caso español, algo parecido: sin duda la permanencia en el Euro y la OTAN -dos cuestiones con las que Podemos no tiene diferencias-, pero especialmente, la "renuncia" al derecho de autodeterminación o de posiciones separatistas, una “línea roja” que unifica a todas las alas de la dirección del PSOE y por ahora dificulta un acuerdo con el partido de Iglesias.

Aunque las diferencias dentro del PSOE van más allá de las distintas posiciones ante las negociaciones con Podemos. Desde el momento en que se conocieron los resultados del 20D, no son pocos los que ven en Pedro Sánchez a un líder moribundo al mando de un barco a la deriva y que apuestan por un nuevo “liderazgo fuerte”, como el desplegado en Andalucía por Susana Díaz. En buena medida, el modo en que se resuelva la crisis política de formación de Gobierno sellará también la resolución hacia uno u otro lado de la crisis interna de los socialistas.

Catalunya en el centro de la crisis política

Las dificultades para la formación de Gobierno no sólo residen en la aritmética parlamentaria de las nuevas Cortes. En la crisis política también se cuelan los grandes problemas del Régimen político, como la cuestión catalana, que endiablan la situación de los dos grandes partidos del Régimen.

Rajoy reafirmó su propuesta a los socialistas el mismo día que Artur Más, tras la negativa de la CUP de investirlo nuevamente como President, tuvo que anunciar con resignación que el próximo 10 de enero convocará a nuevas elecciones autonómicas. Esto salvo que consiga un apoyo de último momento a su investidura, algo que tampoco está descartado.

La crisis del bloque soberanista catalán se ha situado en el centro de las negociaciones para la formación de Gobierno a nivel estatal, dificultándolas aún más. Porque por un lado, la “afrenta soberanista” de Mas y la CUP venía siendo el principal argumento del PP para apostar por una gran coalición de partidos que defienda la “la unidad de España”. De haberse resuelto la investidura de Mas, habría operado como una fuerte presión sobre el PSOE.

Pero por otro lado, la cuestión catalana también dificulta la posibilidad de un acuerdo entre PSOE y Podemos. Pablo Iglesias se pronunció al día siguiente del 20D en favor de un referéndum consultivo sobre la independencia de Cataluña, una posición que el PSOE rechaza de plano. Pero en los últimos días Podemos ha matizado este planteamiento en su menú para negociar.

No es una "línea roja", dijo Pablo Iglesias el pasado domingo ante el Consejo Ciudadano estatal de la formación morada. Pero Iglesias tiene un problema para ceder en este punto, puesto que una parte sustancial de su poder político en la negociación le viene dado justamente por los 12 disputados obtenidos en Catalunya con la lista En Comú Podem - integrada por Podem, ICV-EUiA y Barcelona en Comú-, que ya han adelantado que no están dispuestos a retroceder un ápice en esta demanda.

Desde las filas de Pedro Sánchez creen que Podemos podría negociar, pero para algunos barones regionales la posibilidad cierta de que haya nuevas elecciones catalanas “perturban” todo dialogo con la formación morada. Con lógica, es de esperarse que Pablo Iglesias no se desmarque fácilmente de un discurso que en las elecciones del 20D le permitió conquistar nada menos que el primer lugar en Catalunya.

Por otro lado, la posibilidad de que se convoquen nuevas elecciones autonómicas en Catalunya para marzo, también modifican el calendario de la crisis interna del PSOE. El congreso federal previsto para febrero, en el que una parte del partido está pidiendo su cabeza, previsiblemente sería pospuesto, dándole un respiro a Pedro Sánchez. Si de algo saben en el PSOE es de posponer los ajustes de cuentas una vez abiertas las urnas, y no antes.

Así las cosas, con un panorama en el que un pacto PP-PSOE parece imposible y, en lo inmediato, también lo es un acuerdo PSOE-Podemos, a sólo una semana del comienzo de la nueva legislatura, el incierto escenario político se acerca cada vez más a la convocatoria de nuevas elecciones.

El factor Podemos y los límites del neo reformismo

Tras los resultados del 20D, Podemos ha adquirido un peso extraordinario en la vida política española. En el marco de un Parlamento hiperfragmentado, sus 69 escaños (bajo el supuesto de que todos los escaños conquistados como parte de coaliciones con otros partidos como en Catalunya, Valencia o Galicia respondan a un mando común, algo que aún está por verse), el partido liderado por Pablo Iglesias se ubicó en una posición de privilegio para participar en las negociaciones parlamentarias que pueden dar lugar al nuevo gobierno.

Podemos pasó en la última semana por el establecimiento de “líneas rojas” para la negociación con el PSOE como el referéndum catalán, o la propuesta de un candidato independiente de consenso, para luego retirar esta ultima de la mesa y suavizar su exigencia sobre Catalunya. Una táctica errática, cuyo objetivo es utilizar las negociaciones para seguir horadando la base electoral socialista, principal fuente de afluencia de votos hacia Podemos.

La última maniobra de este tipo ha sido buscar la división interna de los socialistas, diferenciando a los "sectores sensatos", proclives a la negociación, del bloque "inmovilista", en el que Pablo Iglesias situó a Susana Díaz y a los barones de Castilla-La Mancha y Extremadura, Emiliano García-Page y Guillermo Fernández Vara.

Podemos está sabiendo utilizar el escenario de izquierdización electoral y crisis de los principales partidos del Régimen para fortalecerse. El problema es con qué objetivo político lo hace. El voto de 5 millones de personas a Podemos el 20D fue una expresión distorsionada, a través de una formación cuya estrategia es abiertamente reformista, de las aspiraciones democráticas insatisfechas de millones y el rechazo masivo a una democracia que sólo funciona para los ricos.

Sin embargo, el proceso de negociación que busca Podemos para dar lugar a un “nuevo consenso” como el del ’78, tiene el límite de que en los marcos institucionales del Régimen–y la resistencia que opondrán todos sus agentes a cualquier tipo de trasformación política-, ninguna salida podrá satisfacer las hondas aspiraciones que se expresaron en el masivo voto el 20D. Por el contrario, sólo puede terminar frustrando, una vez más, la resolución de las grandes demandas democráticas y sociales pendientes.

Si Pablo Iglesias y Podemos se propusieran conquistar verdaderamente una democracia más “generosa” y no regenerar la ficción de democracia que es la monarquía parlamentaria española, lejos de proponer un pacto constitucional con uno de los pilares del Régimen como el PSOE para regenerar la democracia capitalista española como están haciendo, deberían levantar la necesidad de que se convoque a una Asamblea Constituyente en la que se pueda discutir y resolver sobre todo, que sea verdaderamente libre y cuyas decisiones sean soberanas.

Un proceso constituyente que permita otorgar sin restricciones el derecho de autodeterminación, que ponga fin a la continuidad de la Monarquía impuesta en el ‘78, que termine con una institución tan reaccionaria como el Senado y disponga la formación de una asamblea única que combine los poderes legislativo y ejecutivo, que plantee las medidas necesarias para resolver los grandes problemas sociales del paro, la precariedad, la vivienda, la pobreza o el desmantelamiento de los servicios públicos mediante un programa para que la crisis la paguen los capitalistas.

Solo un proceso así puede garantizar que todas las grandes demandas democráticas, económicas y sociales pendientes puedan ser resueltas. Y esto no vendrá de la mano de un pacto con el PSOE ni de un “gobierno de izquierdas” respetuoso de la legalidad del ’78. Sólo podrá conquistarse a través de la lucha de clases.

Como decíamos recientemente en otro artículo, la nueva situación que se abre después del 20D, a pesar de las enormes ilusiones reformistas, presenta importantes oportunidades a la izquierda revolucionaria de dirigirse a millones que cuestionan los aspectos más groseros de esta democracia para ricos. Prepararse para nuevos fenómenos de la lucha de clases que se cuelen por las grietas del Régimen político y la crisis del bipartidismo, fortaleciendo una perspectiva anticapitalista y de clase que cuestione los límites del nuevo reformismo, es la principal tarea que tiene por delante la izquierda que defiende una salida obrera y popular a la crisis capitalista.






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