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Exámenes presenciales en la universidad: crónica de un desastre anunciado

Tras los peores datos de contagios de Covid desde abril y con la tercera ola en su punto álgido, las universidades empujan a los estudiantes a decidir entre su salud y sus calificaciones.

Lunes 25 de enero | 18:23

A pesar de la insistencia de los alumnos de diversas universidades a lo largo de la península, los exámenes se están haciendo en modalidad presencial. Historias de pies congelados e hipotermia en la Universidad de Granada, de 104 nuevos contagios confirmados por la propia Universidad de Sevilla, entre muchas otras, son las que están copando las conversaciones no solo de los estudiantes, sino del conjunto de la sociedad y medios del Estado español.

El enorme sinsentido que supone encerrar a cientos de estudiantes en facultades que con suerte cuentan con ventanas que abrir, y que, en el caso de poder abrirlas, aún tienen que enfrentarse al desgarrador frío invernal que azota todo el territorio, ya que en muchas ocasiones y en las facultades más antiguas el sistema de calefacción apenas es funcional. Por otra parte, los exámenes de ciencias ambientales de segundo en la Universidad Autónoma de Madrid se han planificado juntando tres grupos en un aula sótano. En varios módulos de la facultad de filosofía y letras de la misma universidad el funcionamiento de los calefactores a lo largo del curso semipresencial ha sido cuanto menos irregular. En algunos módulos, directamente el aire que proporcionaban los calefactores se diferenciaba en bien poco de la temperatura ambiente.
La gestión ha sido incluso peor, más confusa, que en tiempos donde la pandemia era inimaginable, como muestra la falta de información en algunas carreras acerca de las clases en las que finalmente se llevaría a cabo los exámenes, mezclándose como resultado las clases y sin contar además con la distancia de seguridad.

Por si no vale con los cientos de quejas y testimonios que hay en redes, los estudiantes disponemos de múltiples fotos en facultades. Por ejemplo, volviendo a la UAM, podemos ver como en derecho una marabunta de estudiantes se agolpa en los pasillos, muchos sin ventanas, para poder hacer los exámenes, arriesgando su salud y la de sus compañeros para evitar el pago de las segundas y terceras matrículas que tan lucrativas son para la universidad.

La indignación estudiantil proviene no solo de los hechos directos de los que he venido hablando, sino de la tremenda criminalización que ha emanado por partes iguales del gobierno central y autonómico. Los estudiantes se contagian en bares, en fiestas, es lo que se ha repetido en España y fuera de ella. Principalmente desde las figuras más acomodadas del sistema universitario y fuera del mismo, como el catedrático que decía que nos contagiábamos en los bares… Parece que olvidan los metros abarrotados, los trabajos de suma precariedad a los que los y las jóvenes se ven abocados, y sinsentidos como hacer exámenes presenciales cuando el curso ha sido mayoritariamente online.

El contexto sanitario difícilmente podría ser peor, con un terrible pico de contagios y una mortalidad que elevan a la tercera ola por encima de la segunda y en camino de igualarse a la primera. Los números a nivel estatal parecen distópicos, con más de 40.000 contagios diarios. Pero no se trata de ninguna distopía, sino de una crisis sanitaria que esta haciendo sufrir en las carnes de la clase trabajadora el expolio de la sanidad pública española. Imágenes de los nuevos hospitales de campaña en Valencia, que han tenido que ser evacuados debido al frio y al viento, inundan los noticiarios, noticias de nuevas cepas, y en particular de la británica, exponencialmente más contagiosa, colapsan las redes sociales y periódicos.

Por otra parte, los profesores también se han visto abocados por presiones externas a asegurar la tan deseada pureza de los exámenes, trasladándose a exigencias contra las prendas de abrigo, u obligando a los y las estudiantes a ponerse en las filas delanteras de las clases, porque las directrices son claras. ¿Contagiados? Puede, pero lo primero es que los exámenes sigan siendo el instrumento de canalización de la competitividad que siempre han sido. Es por ello que incluso en Moodle, algunos profesores dejan claro que los alumnos deberán quitarse los abrigos y guantes para hacer el examen.

La universidad durante toda la pandemia solo ha recortado en los espacios de socialización, en los servicios de bibliotecas, en la calidad docente, en los temarios, es decir, en todo lo que se puede cortar que no afecta al consumo dentro de la universidad.

Castells proclamaba orgulloso tras una actuación casi fantasmagórica durante la pandemia, por lo poco que le hemos visto (excepto cuando salía para decir que los estudiantes olvidaban en casa los apuntes por irresponsabilidad durante la pandemia) que se había reunido con “representantes” estudiantiles, en aquella infame reunión con las “masas estudiantiles” del CEUNE, otro organismo que forma parte de la burocracia universitaria.

En otros sectores ha ocurrido exactamente lo mismo. Se ha instado continuamente a la responsabilidad ciudadana mientras las grandes empresas se agenciaban ayudas millonarias, se han tomado toda clase de decisiones con resultados catastróficos, para salvar la delicada economía española, como la de reabrir el turismo apenas se salía de la fase O. Por ello, es en estas agudas crisis donde podemos ver la verdadera cara del capitalismo y de sus compromisarios reformistas.

En tiempos donde una parte de la población sufre de la crisis energética, donde contemplamos el sufrimiento de los habitantes de la Cañada Real, ante la impasibilidad del gobierno autonómico, y del central, se hace necesaria la lucha de la clase trabajadora por la energía que es suya, por los medios que le pertenecen porque los trabajan. Los estudiantes y personal docentes y no docentes somos quienes dan vida a la Universidad, y quienes detentamos la responsabilidad de moldearla a nuestros intereses, que representan la mayoría.

No somos parte de los criminales consejos sociales dirigidos por ley por corresponsales de empresas y bancos, ni queremos serlo. Tampoco somos parte de los órganos burocráticos y que seleccionan el personal en base a su sumisión a las directivas, como la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación o ANECA. Somos los y las estudiantes que quieren que lo que les afecta de forma directa, como los exámenes, sea competencia suya y de quienes evalúan y más aun en la desesperada situación sanitaria.

No queremos ver los servicios universitarios recortados por falta de personal, pero oficialmente por el COVID, pero viéndonos en la tesitura de ir a hacer los exámenes o pagar una segunda o tercera matrícula, en uno de los peores momentos de la pandemia, con las UCIS abarrotadas, los hospitales colapsados, entre ellos, el Isabel Zendal, que, ante la sorpresa de muy pocos, no está contando en absoluto con los medios necesarios para la gestión hospitalaria de una pandemia de este calibre.
El hastío general de los y las estudiantes está dando que hablar, y pocas veces para bien, tachándonos de irresponsables y cuanto menos de cortos de miras. Se nos acusa de ir de botellón y de fiesta, cuando la realidad es que la gran mayoría nos encontramos en lucha perpetua con las dificultades y la pesadumbre que deja esta situación post capitalista de crisis económica, sanitaria y social. Pero cada vez se dejan ver con más claridad las telas de las que está hecho el capitalismo, que, ante una situación de crisis, corre a salvaguardar los mecanismos que aseguran su existencia. La universidad neoliberal, de estudiantes sin organizar, de exámenes mecánicos y una evaluación que propicia un sistema casi de cadena de producción de trabajadores precarios, es uno de esos mecanismos. Otro de tantos a los que debemos y deberemos enfrentarnos.