Juventud

BARCELONA

La Mercè ¿Unas fiestas populares?

Más allá del programa, la continuidad de la ordenanza cívica y la campaña contra la venta ambulante convierte a miles de jóvenes, inmigrantes y sectores populares en no invitados.

Marc Ferrer

Barcelona

Jueves 22 de septiembre de 2016 | 17:07

Foto: Cartel oficial de las Fiestas de la Mercè

Como cada año, el fin del verano en Barcelona llega con la celebración de las Fiestas de la Mercè. Unas fiestas con un programa cargado de conciertos y actividades culturales para familias y jóvenes.

Sin embargo, pese a que el Ayuntamiento de Barcelona en Comú, con Ada Colau a la cabeza, organiza la Mercè, parece que para muchos el carácter “popular” de las fiestas sigue estando en duda.

Acotar, restringir y dejar a cientos y cientos de jóvenes sin el derecho a la diversión tiene poco de popular. Conciertos que acaban a las dos de la madrugada y desalojos policiales efectuados por parte de los Mossos d’Esquadra, han sido la tónica general de los últimos años, como el vivido hace dos en la plaza del Fòrum.

No es un tema menor hablar del derecho de la juventud a divertirse, un derecho que en esta ciudad está lejos de ser garantizado. Cuando hablamos de este derecho, nos referimos al derecho de los jóvenes y demás sectores populares a poder disfrutar del ocio independientemente de su condición u origen, sin miedo a la represión policial, libres de agresiones machistas y homófobas.

Hay que recordar que no hace mucho, en esta ciudad, las fiestas duraban hasta pasadas las cinco de la madrugada y tomarse un cerveza en la calle no era motivo de ninguna sanción económica.

En 2005 se estrenaba en Barcelona, bajo mandato municipal del socialista Joan Clos, la llamada “ordenanza de civismo”, encargada de acotar drásticamente los horarios de las fiestas de los barrios de la ciudad y acabar con el consumo en la calle, por nombrar solo dos de sus propuestas “estrella”.

Unas medidas que perseguían directamente a la juventud de los barrios más humildes y que se aplicó con dura represión. Ejemplo de ello fueron las cargas policiales en las fiestas de Gracia en el año 2005 o el macro botellón protesta contra esta ley, que acabó en un total de 68 heridos leves y 54 detenidos.

Una ley perfecta además, para los planes de gentrificación de los barrios céntricos destinados al turismo y levantar lo que conocemos hoy como la “Marca Barcelona”. Una ciudad que lleva como bandera la diversidad y el contraste, una urbe moderna y “cool”. No obstante, en realidad la “Marca Barcelona” es la que impone un modelo privatizador y elitista de la ciudad, y persigue y reprime cualquier alternativa de diversión para los jóvenes, uno de los sectores más empobrecidos de la sociedad.

El lobby empresarial nocturno es, junto al turismo, uno de los grandes beneficiados por la “Marca Barcelona”. Este sector hace su “agosto” una vez pasada las dos de la madrugada, en la que tiene el monopolio del ocio nocturno de la ciudad. Vía libre para imponer precios muy alejados de la realidad de la juventud que cuenta con una altísima tasa de paro.

Por otra parte, “los dueños de la noche” son los mismos que imponen normas y actitudes racistas, sexistas y clasistas en sus locales de ocio. Ni que decir tiene que otro sector especialmente castigado y perseguido por la prohibición y persecución policial de la venta ambulante son los llamados “lateros”.

Por todo ello, estas Fiestas de la Mercè, como las de ediciones pasadas, estarán lejos de ser una fiesta popular. La “Marca Barcelona”, el lobby nocturno y todo lo que representa lo impiden, y la “ordenanza cívica”, la Guardia Urbana y los Mossos seguirán velando para que así sea.

Ada Colau y Barcelona en Comú han querido presentar estas fiestas, así como las del año pasado como algo diferente. Pero sin derogar la ordenanza de civismo, facilitar espacios para el ocio juvenil autogestionado y acabar con las campañas policiales racistas contra la venta ambulante. Miles de jóvenes, inmigrantes y otros miembros de las clases populares seguiremos viendo a esta ciudad y sus fiestas como un terreno donde no hemos sido invitados.






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