Política

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OPINIÓN

La “implosión” oficialista y el silencio de Cristina

Alto cruce de acusaciones en el FpV. El fracaso de enfrentar a la derecha macrista con la derecha sciolista. La izquierda y el llamado a votar en blanco.

Eduardo Castilla

@castillaeduardo

Jueves 29 de octubre de 2015

La historia militar acuñó una definición que se ha trasladado a la política de manera recurrente. Una victoria pírrica, por simple definición, implica un triunfo a costa de enormes pérdidas. La tradición sostiene que el general Pirro exclamó “otra victoria como ésta y volveré solo a casa”.

Por estas horas, el Frente para la Victoria vive las consecuencias de su triunfo pírrico en las elecciones del domingo pasado. Florece la desazón y emergen los cruces de todo tipo y color. La unidad semi-monolítica de las semanas previas al 25-O parece haber pasado a mejor vida.

Hebe de Bonafini, Horacio González y otros referentes del progresismo kirchnerista exigen cambios, anuncian su desconfianza, piden a Cristina Fernández que intervenga. El sciolismo paladar negro les contenta que “dejen de distraer con huevadas”.

Si la coalición oficial logró transitar, con más o menos crisis, los remezones de las derrotas electorales de 2009 y 2013, esta coyuntura aparece como altamente problemática. No se juegan solo mayorías parlamentarias, sino el mismo poder del Estado nacional y sus enormes recursos. Los dientes se muestran cada vez más y se produce un tire y afloje sobre la figura de Scioli.

Pero el dilema de fondo es que esa figura expresa las tensiones de una coalición política que supo albergar (casi) de todo en su seno.

Desamor por el sciolismo

El Frente para la Victoria sangra por heridas auto-infligidas. Scioli fue el candidato electo por CFK ante la ausencia de uno “del palo” con “competitividad” electoral. Esa misma ausencia desnudaba los límites de las transformaciones sociales realizadas en la llamada “década ganada”, entre ellas la continuidad del aparato peronista y su casta dirigente.

Al consagrar a Scioli, el kirchnerismo ataba su destino a una figura política derechista, rechazada por más de una década desde el mismo núcleo político del gobierno y desde sus principales usinas ideológicas. Elegía combatir a la derecha macrista con la derecha misma, pero dentro del peronismo. Significaba darle primacía a la Bonaerense y Casal, a la Iglesia y los Tinelli, a los barones y la burocracia sindical. Todos ellos, de estar en la segunda fila, pasaban a primer plano.

Pero el origen menemista de Scioli –aún reivindicado-, su ligazón al mundo del espectáculo y las farándula, su perfil claramente reaccionario en lo que hace a las libertades democráticas, sus claros guiños hacia el gran empresariado, constituían enormes barreras para un apoyo entusiasta del ala progresista del kirchnerismo.

Este sector se impuso a sí mismo el apoyo. Lo hizo con “caras largas” y “desgarrado”. Pero lo hizo. Ahora pretende imponer a Scioli un cambio en su reaccionario gabinete. Más “progresismo” es lo que piden. Difícil augurarles éxito en su objetivo.

En otro cuarto de la revuelta casa oficialista, el sciolismo “puro” busca ganarle al derechista Macri copiando sus métodos y su discurso. De allí que este lunes Scioli haya empezado a recitar el mantra del “diálogo” sin mucho convencimiento. Los sciolistas paladar negro exigen despegarse políticamente de Cristina Fernández y todo lo que huela a kirchnerismo “puro”.

Sin embargo, si Scioli se decidiera por ese camino, también resulta difícil augurarle un triunfo. El gobernador de Buenos Aires constituyó su carrera política sobre la base de la subordinación al Ejecutivo nacional. En cada momento crítico, fue el vocero “amable” de sus posiciones. Intentar “despegarse” de CFK choca con ese pasado y con el escaso tiempo que queda hasta el 22N.

Silencio rosado

La crisis se agudiza en el marco del silencio que brota desde las paredes de la Casa Rosada. La presidenta es una de las derrotadas de la jornada, a pesar incluso de la moderación política que signó sus últimos meses. Pero todo parece indicar que tratará de trasladar los derechos de propiedad sobre esa derrota solo a Daniel Scioli.

Recién hoy jueves hablaría públicamente. Pero, hasta ahora, el silencio rosado pesa como un yunque sobre el candidato presidencial oficialista. Implica, de hecho, transformarlo en el chivo expiatorio de la derrota política. Este miércoles, intentando negar esa soledad política, Scioli debió salir a ratificar que habla “todo el tiempo con la Presidenta”.

Perón afirmaba, en una entrevista con Pino Solanas en 1974, que “la unidad de concepción pertenece al comando estratégico y la unidad de acción pertenece a todos los comandos de lucha táctica (…) indudablemente, que de la clase de conductor que se tenga depende en gran medida el éxito al que debe aspirarse”.

Valdrá la pena preguntarse si el “comando estratégico” durante la campaña lo ejerció Cristina o Scioli. Lo que sí se puede afirmar, con certeza, es que en estos días nadie ejerce el comando en el oficialismo.

La izquierda y el voto en blanco

El autodenominado kirchnerismo “puro” creó un manto de falso progresismo para rodear a Scioli. Lo hizo con el único objetivo de poder presentarlo como alternativa a Macri. La derrota de este domingo hizo trizas ese “relato”.

La polémica sobre el llamado de Nicolás del Caño y el Frente de Izquierda a votar en blanco golpea abiertamente sobre esos sectores porque la desnuda la similitud de programas y perspectivas entre Scioli y Macri. Perspectiva marcada por la necesidad de ajustar en pos de garantizar la rentabilidad del gran empresariado nacional e imperialista.

Por más que produzca ofuscación en sectores amplios del aparato kirchnerista, es la única perspectiva sensata frente al escenario de ajuste y ataques contra el pueblo trabajador que se avizora, bajo el "comando" de Scioli o el de Macri.






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