Cultura

CINE EN CUARENTENA

“La jauría humana”: poder, corrupción y racismo en Norteamérica

En estos tiempos de pandemia, cuarentena y desidia capitalista, recordamos la brillante ópera social del realizador estadounidense Arthur Penn rodada en 1966.

Eduardo Nabal

Burgos | @eduardonabal

Viernes 3 de abril | 16:27

Algunas películas han vuelto a poner en la picota la teoría de la conspiración en torno al magnicidio de la saga de los Kennedy. Y también nuevos retratos sociales de una década mitificada donde las haya: los años sesenta, sus expectativas, frustraciones, contradicciones, sueños de cambio, esperanzas. Eso sí, focalizadas en EEUU, con su oposición a la guerra del Vietnam y sus primeras conquistas en el terreno de los derechos civiles de las minorías (raciales, sexuales, sociales en general…).

No obstante, mucho antes que estas películas y que otros filmes similares el realizador estadounidense Arthur Penn, venido de la generación de la televisión, realizó una gran ópera social sobre lo que estaba ocurriendo en aquellos momentos: “La jauría humana” (“The chase”, 1966). El filme, basado en una novela de Horton Foote y con un guion acerado de Lillian Hellman (que, no obstante, no quedó satisfecha con el resultado final), se sitúa en una pequeña localidad de Texas, en el profundo Sur americano. Un lugar que sirve de asfixiante microcosmos de la sociedad estadounidense del momento y muestra con una estructura episódica, algo caótica en el montaje final del filme, cómo los sectores más poderosos económicamente se alían contra cualquier expectativa de reforma social.

Construida a través de una serie de episodios de diferente edición, el filme de Penn, a pesar de los cortes impuestos por Spiegel y la Columbia, conserva su fuerza con una brillante fotografía (en el primer filme en color del director), un implacable desarrollo narrativo “in crescendo” y una evocadora y entristecida música de John Barry. Lo que parece al principio una película más sobre la “vida en la ciudad” con apuntes sociales y pintorescos se convierte en una virulenta requisitoria.

Definida por Penn como una película sobre “la locura colectiva” el filme va mucho más allá de una trágica y violenta tarde-noche de sábado para mostrar al poder financiero y las clases medias pudientes unidas en torno a una fantasía paranoica: la fuga de un joven preso, Bob Reeves (Robert Redford) para desterrar, desde el uso de las armas y el caciquismo, el poder civil racional encarnado por el honesto sheriff Calder (un maduro, pero intenso Marlon Brando).

En el filme vemos que el linchamiento (una alegórica secuencia de fuego y sangre situada en un “dantesco” cementerio de coches) no es sólo consecuencia del alcohol y el aburrimiento, del calor y el descerebre, de las frustraciones personales y laborales sino también de una más amplia e incuestionada conspiración, la del poder financiero aliado con la ignorancia, el clasismo y el racismo, con el uso indiscriminado de la fuerza y con la ley del talión en el sentido más clásico de la tradición de aquel país.

“The chase” (su nombre en inglés) sería pue una película sobre la corrupción y sobre la forma en que los jefecillos toman el poder frente a aquellos que creían (estamos a mediados de los sesenta) que determinadas reformas sociales y puntos de vista humanistas podrían asentarse en el seno de la sociedad capitalista y hacer que se mirara a sí misma. Pero el filme va aún más lejos al mostrar que incluso los verdugos pueden convertirse en víctimas como ocurre con el magnate Val Reeves (E. G. Marshall) (gran capitalista y dueño de la región) que pierde a su hijo en la matanza.

Algunas secuencias, como la del asesinato a balazos de Bob a las puertas de la comisaría, guardan cierto paralelismo con momentos de los crímenes importantes que desde sectores sociopolíticos indefinidos y oscuros se estaban perpetrando contra figuras públicas y que culminarían con el asesinato de Malcolm X y Luther King. Y precisamente en el filme de Penn se habla mucho del brutal racismo hacia los negros y los mexicanos en el sur de EEUU y del miedo que los mayores inculcan a los jóvenes sobre todo aquello que puede poner en peligro sus privilegios materiales o simbólicos. Aunque éstos tengan el mismo valor que esos coches apilados en forma de esqueletos humanos en una de las secuencias más estremecedoras en el cine de la década en la que la fiesta une a diferentes estratos sociales en una verdadera orgía de venganza y demostración del poder que se sustenta en el miedo.






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