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ECOLOGISMO

La muerte del Mar Menor

El pasado 12 de octubre aparecieron en el Mar Menor más de 3 toneladas de cadáveres de animales que vivían en sus aguas. La agroindustria, con la connivencia del Gobierno regional, es la responsable directa de esta catástrofe ecológica.

Miércoles 6 de noviembre | 19:07

El Mar Menor es una de esas pequeñas maravillas naturales que cuesta imaginar puedan encontrarse en la orografía nacional. Una albufera a orillas del Mediterráneo no suena muy significativa por sí sola, pero cuando se profundiza un poco, resulta muy sencillo empezar a entender por qué tiene tanto valor ecológico. Son aguas cálidas y transparentes, de no más de 7 metros de profundidad y alto contenido en salinidad sin llegar a los niveles del Mediterráneo.

Desde un punto de vista ecológico, el Mar Menor es una panacea: constituye un área de especial importancia para la avifauna de la zona, un verdadero tesoro botánico y, especialmente, un espacio de inmensa riqueza marina, donde se pueden hasta encontrar caballitos de mar. Caballitos de mar, aquí, en nuestras costas, sin necesidad de irse a ningún arrecife de coral.

Sin embargo, el pasado 12 de octubre esta pequeña maravilla situada en las costas de Murcia amaneció con miles y miles de peces, crustáceos y otras formas de vida muertos sobre su fondo y sus orillas. ¿La razón? Una acumulación tan, tan alta de productos tóxicos y una concentración de oxígeno tan baja que ningún ser vivo podía respirar sin envenenarse.

Desde el gobierno regional del Partido Popular, capitaneado por Fernando López Miras, la causa de esta catástrofe ecológica ha sido el fenómeno meteorológico de la DANA, más conocida como gota fría. Sin embargo, cabe preguntarse por qué no se llenan anualmente las costas del Mar Menor de cadáveres tras cada episodio de gota fría. Tampoco se explica lo que ocurrió hace tres años, cuando la eutrofización volvió las aguas del Mar Menor verdes, fangosas y opacas.

Eutrofización es un fenómeno técnico para decir que crecieron microalgas en cantidades tan masivas que no dejaban pasar la luz solar, matando a la vegetación subacuática y causando así una reacción en cadena de muerte. Sin embargo, las microalgas no crecen en cantidades masivas así porque sí. Lo hacen porque encuentran en el agua los nutrientes con qué hacerlo. Y esos nutrientes son los mismos que usan las plantas. Literalmente. Pues la tragedia del Mar Menor no se entiende sin hablar de agroindustria.

Si el Mar Menor es una pequeña maravilla, la tierra colindante, el Campo de Cartagena, lo es aún más, en este caso por su extraordinaria fertilidad. Fertilidad que ha sido bien explotada por la administración y los empresarios, que han hecho de la zona el “huerto de Europa”. Sin embargo, por muy fértil que sea la zona, también es terriblemente seca. Tal es la falta de agua que tradicionalmente se empleaban molinos para sacarla del subsuelo y poder regar.

Esta falta y extraordinaria fertilidad fue reconocida por el gobierno central durante la Segunda República, y se materializó en el trasvase del Tajo al Segura, inaugurado en el ´79. Pero lo que los ingenieros detrás de dicho trasvase no pudieron prever fueron las cada vez más frecuentes sequías que arrecian al país.

Al fin y al cabo, que sea el verano más caluroso desde que se tienen registros año tras año, tiene efectos más allá del calor. Y uno de esos otros efectos es que por dicho trasvase llegue, de media, la mitad del agua prometida. Hecho que no es compatible con el actual modelo de explotación de la zona. Porque para convertirse en la huerta de Europa no basta con tener una fertilidad extraordinaria. Para convertir la zona en la huerta de un continente, hay que convertir la tierra en una gigantesca fábrica.

Y una fábrica no puede funcionar a merced del clima. Una fábrica firma contratos de suministro que han de cumplirse si quieren poder renovarse. Porque si se firma que se va a proveer lechuga fresca para que esta pueda renovarse cada día de cada semana de cada año en las estanterías de Mercadona o Tesco, se consigue bajo todos los medios.

Y si esas estanterías no son las de los supermercados de la zona, sino las de todo un continente, no se puede depender ni de la lluvia ni de los métodos tradicionales de cultivo, respetuosos con la tierra. Ni de pequeños agricultores que trabajen sus propias parcelas, o cooperativas, pues, aunque las hay, la tierra del campo de Cartagena es explotada en su mayoría por grandes multinacionales y grandes superficies comerciales.

Grandes multinacionales que manejan unos beneficios en torno a 900 millones anuales y más de 100 000 empleos asociados, que ponen en sus manos una tremenda capacidad para ejercer presión política. Grandes multinacionales que se han hecho con la tierra a base de comprar parcelas de cultivo de secano y convertirlas en regadío, destruyendo las terrazas de bancales y parcelación tradicional para plagar la zona de grandes superficies de monocultivo. Tierra que han conseguido gracias a un fuerte endeudamiento, en un proceso similar al seguido por empresas actuales como Uber o Deliveroo para acaparar todo el mercado.
Y de esa tierra se extraen los máximos beneficios posibles, cueste lo que cueste.

Si se han de usar abonos, los cuales traen mayores cosechas pero envenenan la tierra haciendo que sean necesarios para que pueda volver a crecer algo, se usan. Y si hace falta agua, los tradicionales molinos ya no sirven.

Se empiezan a excavar pozos para suplir las tremendas necesidades hídricas, sacando cuanta agua de acuíferos sea necesaria para cubrir las necesidades. Acuíferos que se renuevan tan lentamente que bien podría considerarse un recurso limitado. Agua que ha sido establecida por Europa como la principal fuente de agua potable para el consumo humano cuando el cambio climático empeore y las sequías sean la norma. Pero eso da igual, lo que importan son los 900 millones de beneficios.

Y así se ha operado, mediante pozos de escasa legalidad y aún menos moralidad, hasta expoliar tanta agua del subsuelo que ya no se podía regar solo con agua subterránea. Pero claro, la maquinaria no puede parar, no se pueden renunciar a los 900 millones. Y es por eso por lo que el Campo de Cartagena está plagado de desaladoras, de máquinas que toman agua salada y devuelven un 70% de agua dulce y un 30% de salmuera con nitratos concentrados.

Nitratos, como los de los abonos. Pues los mismos abonos que empobrece la tierra envenenan el agua de acuíferos salados. Envenenan el agua de lluvia en escorrentía que fluye sin impedimentos gracias a la destrucción de los bancales. Y esa salmuera no se trata, no. Esa salmuera fluye por sistemas de recolección ilegales hasta ser vertida al Mar Menor.

3 375 000 litros. Si les resulta una cantidad difícil de imaginar, piensen que un tetrabrick de leche es un litro, y empiecen a sumar. Aún así es un número inconcebible. Pues bien, esa es la cantidad de agua que hay en una piscina olímpica.

Ahora multiplíquenla por 1407. Esa es la cantidad de salmuera que han vertido 4 grandes multinacionales en tan solo 4 años al Mar Menor. Cinky Oro S.L., francesa, es responsable de verter lo que se estima como 555 de dichas piscinas. G’S España, británica a pesar del nombre, 316. Empresas cuyo proceso de remodelación integral de la orografía de la zona para adoptar grandes extensiones de cultivo está vinculada a las terribles inundaciones que afectan a los asentamientos de la zona, ya que estas grandes superficies no retienen el agua de lluvia, haciendo que la escorrentía llena de abono, estiércol, barro y pesticidas fluya directa al Mar Menor a través de poblaciones civiles.

Sin embargo, si un caso es especialmente sangrante es el de La Loma, propiedad de Juan Antonio Roca, gerente de urbanismo de Jesús Gil y cabecilla de una de las mayores tramas de corrupción urbanística, hasta que la requisó el Estado en 2006.

Desde entonces, y hasta finales de 2017, estuvo en manos del Estado español, plenamente operativa. Se estima que desde la explotación de la Loma se habrían vertido, de 2012 a 2016, 246 piscinas olímpicas.

Pero ese no es el único desmadre de la administración pública con respecto al Mar Menor. Pues, al fin y al cabo, cuando la comunidad científica y ecologista lleva 30 años avisando de lo que iba a pasar y no se hizo nada al respecto, hay responsabilidades. Cuando el delegado del gobierno dice en 2017 que el Mar Menor está sano, la gente le cree.

Cuando en 1986 un Real Decreto Ley alerta sobre una “grave sobreexplotación de numerosos acuíferos hidráulicos en la Cuenca del Segura”, pero luego no se hace nada durante 30 años, tanto a nivel estatal como regional, hay responsabilidades.

Cuando se amnistía con carácter retroactivo a todos los regadíos ilegales y a todos los pozos ilegales, a pesar de la existencia de dicho decreto y los avisos continuos, hay responsabilidades. Cuando un agente medioambiental descubre una tubería por la que fluye salmuera y procede a preparar su tapado, pero es informado por el por entonces presidente de la Confederación Hidrográfica del Segura de que debe detener la operación y “que dejara estar el tema de las desaladoras”, hay responsabilidades, y directas.

Y las responsabilidades no son solo a título personal, no son solo responsables los directivos de las multinacionales y los dirigentes políticos de turno. Este es otro caso más de un sistema productivo voraz, de un capitalismo para el cual no existen barreras éticas que no puedan ser derribadas en pos del beneficio, sin importar el coste medioambiental o humano, y de una ideología política predominante cómplice, un neoliberalismo sinvergüenza en el que prevalece el beneficio privado y el libre funcionamiento empresarial por encima de la ciudadanía. Por encima de la tierra y del agua. Por encima de las reservas de agua de la población local para el futuro. Por encima del sustento de 80 familias de pescadores que ya no pueden faenar. Por encima de 3 toneladas de cadáveres.






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