Internacional

PANAMÁ PAPERS

La semana infame de Cameron

Revelaciones de los papeles de Panamá dejan mal parado al primer ministro británico David Cameron. El jefe de estado acepta haberse beneficiado de inversiones en paraísos fiscales.

Alejandra Ríos

Londres | @ally_jericho

Martes 12 de abril de 2016

Ha sido una semana agitada para el primer ministro. El lunes 4 de abril, los llamados papeles de Panamá implicaron indirectamente a Cameron en el escándalo fiscal, por la posible posesión de acciones en un fondo de inversión en un paraíso fiscal creado por su padre, sembrando dudas sobre el origen de su patrimonio familiar. Ni bien salieron a luz estas revelaciones, una portavoz de Downing Street declaró a fuentes periodísticas a cargo de la investigación que se trataba de un “asunto privado”.

Pero las cosas no quedaron allí. Durante la semana la presión sobre el jefe de gobierno fue en aumento. Según periodistas del The Guardian y la BBC, Ian Cameron, el fallecido progenitor del primer ministro, acudió a los servicios del bufete Mossack Fonseca para blindar la empresa Blairmore Holding de la Hacienda británica. Vale recordar que Ian Cameron fue uno de los cinco directores de Blairmore basados en Reino Unido hasta poco antes de su muerte en 2010.

El matutino londinense The Guardian, reveló en la documentación filtrada que Cameron padre eludió el pago de impuestos en el Reino Unido mediante la contratación de un “un pequeño ejército de residentes en las Bahamas, incluido un obispo a tiempo parcial, para firmar los documentos”, permitiéndole a la empresa funcionar en un paraíso fiscal.

La incomodidad de los primeros días se fue transformando en un escándalo político. Tras negarse a comentar sobre las acusaciones porque se trataba de un ‘asunto privado’, Cameron se vio obligado a hacer otra declaración oficial que decía: “mi familia no se beneficiará en el futuro de inversiones en paraísos fiscales”. El uso del tiempo futuro levantó sospechas. Al final, luego de contradictorias declaraciones oficiales, David Cameron terminó por admitir que se había beneficiado del fondo dirigido por su padre.

Diputados de la oposición achacan al primer ministro de traicionar la confianza del público y hay quienes han pedido públicamente su renuncia.

Por otra parte, Cameron enfrenta una lucha interna dentro de sus propio partido, dividido en una aguda disputa en torno a la pertenencia o no de Gran Bretaña a la Unión Europea, cuyo resultado podría poner en peligro su futuro como primer ministro.

Para decirlo en otras palabras, lo que Cameron menos necesita es un escándalo fiscal de esta magnitud a dos meses del referéndum. Un Cameron abatido declaró ante una reunión de seguidores partidarios el sábado 9 de abril: “Esta no ha sido una gran semana. Sé que hay lecciones que aprender y las aprenderé.” Además, Cameron ha comunicado que se hará pública su declaración de Hacienda de años pasados porque quiere ser “transparente” insistiendo que “seré el primer jefe de Gobierno, el primer líder de un gran partido político que lo hace”.

Como una caja de Pandora, con los papeles de Panamá fueron apareciendo consecuencias cada vez más incómodas para David Cameron. Esta nueva mancha en la hoja de vida del primer británico – para no detenernos ahora en los rituales porcinos – habla de la decadencia de la clase política del Reino Unido. Cameron pertenece a una casta de políticos que dicen que no hay recursos para salarios, pensiones ni servicios públicos y acusan a las personas que reciben beneficios por desempleo o discapacidad de ‘vivir del Estado’. El escándalo abierto a raíz de los papeles de Panamá exponen los secretos sucios y la hipocresía con la que se manejan.

Pero Cameron no es el único implicado en el escándalo ya que tres altas figuras del Partido Conservador están en la misma situación. Tal vez lo más bochornoso para el premier británico no haya sido el secreto fiscal en sí mismo, sino el haber estado en la misma liga que el presidente de Rusia Vladimir Putin y altos jefes de China y Corea del Norte.

Con este telón de fondo el sábado 9 de abril miles de manifestantes se congregaron frente a las puertas de la residencia del primer ministro exigiendo su renuncia. La convocatoria se hizo mediante redes sociales bajo la consigna “Cameron se tiene que ir”. Colectivos contra los recortes, agrupaciones de izquierda y jóvenes activistas se dieron cita portando pancartas que leían: “¡Enfrentemos al gobierno tory!” ; “¡Cameron no te creemos más!”; “Cameron: ¡Renuncia!”. No faltaban los carteles con imágenes de cerdo y la leyenda “¡Paraísos fiscales: Ésa es tu cerda sociedad!

El lunes 11 de abril Cameron compareció ante el parlamento británico y luego de hacer su declaración de hacienda justificó su accionar diciendo que vendió las acciones antes de ser primer ministro. Agregó que su padre era un ‘hombre honesto que trabajó muy duro’ y anunció que entre las nuevas medidas para atacar la evasión de impuestos el Secretario del Tesoro, George Osborne, y el Secretario del tesoro en la oposición deberían revelar sus ingresos. Se trata de una cortina de humo para defender el ostentoso y su privilegiado estilo de vida – y de otros como él – financiado con ganancias en paraísos fiscales.

Quizás valga la pena recordar que durante los disturbios en Inglaterra en 2011, David Cameron defendió el pedido de la justicia de ignorar las normas existentes sobre sentencias para poder aplicar mano dura a los jóvenes acusados de haber tomado parte en los hechos. Una mujer que no había participado en los disturbios recibió una condena de seis meses de prisión por haber recibido un par de pantalones cortos robados (luego sobreseída). Grupos de derechos civiles criticaron en ese momento las duras sentencias aplicadas a los jóvenes que viven en el barrio con la más alta tasa de desempleo en Londres y con uno de los mayores índices de pobreza dentro del país.

Las revelaciones sobre los ingresos de miembros de la clase política deja en claro que hay una ley para ricos y otra para la población trabajadora y los pobres. Dime de qué familia vienes y te diré cuál es tu futuro. Un hijo de una familia que se enriquece eludiendo el fisco recibe una educación privilegiada y llega a ser primer ministro. Un hijo de una familia desempleada que vive en uno de los distritos más pobres y sufre los recortes a los servicios sociales termina, si es afortunado, en las filas de desempleo; y si no tiene suerte, en la cárcel. Uno roba con clase y mediante ‘trucos legales’, el otro se rebela como puede contra un sistema de opresión.






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