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Peña Nieto en su laberinto

El gobierno de Peña Nieto seguramente querrá olvidar, como un mal sueño, este mes de junio. Con el correr de los días, se abrieron múltiples frentes de batalla, con distintos elementos de crisis para la actual administración. La táctica y la estrategia priista están comprometidas. El terreno es pantanoso y el horizonte está sumido en la borrasca.

Pablo Oprinari

Ciudad de México / @POprinari

Miércoles 29 de junio de 2016

Un precipicio llamado 5 de junio

Las elecciones de principio de mes encontraron a Peña Nieto con una derrota electoral impensada. Tras haber sorteado el vendaval de movilizaciones postAyotzinapa, el gobierno estaba conteniendo la resistencia magisterial y el 2018 prometía una continuidad tricolor en Los Pinos. Manlio Fabio Beltrones, al timón del PRI, aseguraba públicamente una cadena de triunfos en las urnas, y él mismo se soñaba como un “presidenciable”.

Pero no fue así. Los operadores priistas leyeron mal todos los signos. No le dieron crédito al desgaste gubernamental, ni a la baja en las encuestas de popularidad de Peña Nieto. Subestimaron el crecimiento de Morena, creyéndolo un fenómeno metropolitano. Confundieron la guerra sucia entre los precandidatos panistas con la incapacidad del blanquiazul para recuperarse electoralmente.
El viejo dinosaurio se convirtió, por vez primera, en oposición en la mayoría de las gobernaturas y quedó en un doloroso segundo lugar en la votación nacional.

El viejo dinosaurio se convirtió, por vez primera, en oposición en la mayoría de las gobernaturas y quedó en un doloroso segundo lugar en la votación nacional.

El castigo al presidente favoreció al bloque PAN-PRD y el Morena, ambos con posibilidades hacia el 2018. El juego peligroso de Beltrones, que prometió más de lo que podía asegurar, lo alejó casi irremediablemente del sueño de Los Pinos. En el horizonte, en el 2017, están las elecciones del Estado de México. Y allí, una posible nueva tormenta para el priismo en su enclave más importante.

Empresarios e Iglesia: lo que Peña Nieto ni sospechaba

Un gobierno victorioso puede imponer, sin mayor conflicto, su agenda a adversarios y a aliados. Pero no es el caso en el México actual. Pasemos lista.

El reconocimiento del matrimonio igualitario y la legalización parcial de la marihuana fueron promovidas por Peña, en gran medida para encontrar simpatías (y votos) en sectores progresistas, objetivo no logrado. Sin embargo, lo que si logró con aquellas medidas fue alentar la oposición enconada de sectores conservadores.

Una consecuencia del enojo despertado fue el hecho, conocido tras la derrota, de la “orden” dada por la iglesia de no votar al tricolor.

Puede especularse cuán efectivo resultó esto, pero el que el clero anuncie que militó contra el PRI es un hecho que sólo puede traer sombras hacia el 2018 y un crecimiento del derechista PAN.

Casi en simultáneo, vinieron los roces con la poderosa confederación patronal Coparmex. La llamada Ley 3 x 3 originó una insólita manifestación de grandes empresarios, que se apersonaron, enfundados en costosos trajes, en El Ángel de la Independencia. A Peña no le quedó otra: vetó la ley, que ahora será nuevamente discutida en el Poder Legislativo.

Patronal e Iglesia, son dos nuevos frentes indicadores de la pérdida de legitimidad entre “los de arriba”

Habemus Brexit

Poco importa que sólo el 0.7% del comercio exterior de México sea con el Reino Unido. Tampoco es trascendente, en estos momentos de grandes turbulencias, el aumento evidente en la inversión extranjera en los parques industriales que recorren la frontera norte y el bajío mexicano. El hecho es que la economía nacional está sacudida por marcadas turbulencias.

En tiempos de inestabilidad financiera, el peso se muestra como lo que es: una de las monedas “emergentes” más expuestas a los movimientos de los mercados y los llamados ataques especulativos. Una economía con fuertes tendencias devaluatorias, signada por los bajos precios del petróleo y por una redefinición a la baja de las perspectivas de crecimiento anual, que no sobrepasan el 2.3%. Y atada a los flujos de la economía estadounidense, en un momento de incertidumbre financiera que puede tener consecuencias en el terreno de la producción y el comercio internacional.

Un frente nuevo, esta vez de tormenta comienza a aparecer. Si Peña Nieto pudo presentar en los años previos datos alentadores basados en el crecimiento de las exportaciones y la inversión trasnacional, la primera mitad del 2016 plantea en este terreno, múltiples interrogantes.

El temor peñanietista es -o debería ser- que los vendavales financieros se combinen con una aceleración del desgaste político. Pero los frentes no se acaban aquí.

El resurgir de la protesta social

El gobierno hizo lo que sabe hacer el priismo. Golpear duramente, para conseguir triunfos avasalladores que allanen el camino para su objetivo estratégico: la estabilidad política y social basada en aplastar la resistencia obrera y popular. Y lo hizo sabiéndose herido, lanzando la guerra contra el magisterio como una forma ofensiva de recuperar la iniciativa y la fortaleza. Y pensando en utilizar a su favor, las debilidades y dificultades que el magisterio tenía para concitar el apoyo popular en los meses previos.

Pero, en la lucha de clases no hay resultados escritos: las jugadas más arriesgadas y ofensivas pueden tener un efecto contrario al buscado.

La represión despertó un gran movimiento de solidaridad con alcance nacional que respalda a la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE).

En ese movimiento se entreteje la resistencia magisterial que alcanzó estados que no se movilizaban desde el 2013, con una protesta social que llegó a otros sectores de trabajadores, y también un gran movimiento democrático de masas en repudio al autoritarismo. Esto se hizo notar el pasado domingo: cientos de miles de personas se dieron cita en la ciudad de México, respondiendo a las sendas convocatorias de la CNTE y del Morena. Pero también en más de una veintena de estados. En las asambleas multitudinarias en la Universidad Nacional Autónoma de México, en los paros de labores de los trabajadores de la salud y de la Universidad Autónoma Metropolitana, y en las manifestaciones que llegaron hasta la Frontera Norte.

Otro frente más para Peña -que además arrastra muchas críticas a nivel nacional e internacional- que quiere cerrar, como decimos aquí, con trampas en la mesa de negociación, ya que su administración no tiene -por ahora- la legitimidad para intentar una nueva ofensiva represiva.

El gobierno se encuentra entonces en un verdadero laberinto, lo que pone un signo de interrogación sobre el camino que tomará. Hay quienes lo invitan incluso a iniciar una transición anticipada, entre ellos López Obrador.

Peña Nieto hizo su apuesta, hasta el momento fallida, de derrotar al magisterio, el sector de los trabajadores más combativo y resistente. Lo que ahora busca es que se tranquilicen las aguas de la protesta social y de la resistencia magisterial: eso es lo que persigue el diálogo propuesto por la secretaría de Gobernación y el chantaje reciente de suspenderlo unilateralmente ante la continuidad de los bloqueos. Pretenden así preparar mejores condiciones para imponer sus planes.

Sin embargo, habrá que ver si eso es suficiente. Peña Nieto no sólo depende de su accionar, ni de cómo resuelva las contradicciones políticas y económicas. Depende también de la respuesta proveniente de los explotados y oprimidos, de los cientos de miles que se movilizan, y los que aún no lo hacen y que habitan con su descontento las fábricas, las escuelas y las colonias. Son ellos quienes tienen la palabra y las calles por delante.






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