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PACTO PSOE-UP

¿Qué puede esperar la juventud de un gobierno PSOE-Unidas Podemos?

El anuncio del preacuerdo de gobierno entre Unidas Podemos y el PSOE no ha dejado a nadie indiferente, ya sea levantando esperanzas o generando más dudas. Ante tal incertidumbre, nos preguntamos ¿qué cabe esperar de este posible nuevo gobierno? ¿qué le puede deparar a la juventud la autodenominada coalición “progresista”?

Ernesto Castilla

ContraCorrent Barcelona

Viernes 15 de noviembre | 18:09

Una vez pasadas las elecciones y tras conocer hace poco el preacuerdo de gobierno entre el PSOE y Unidas Podemos, todas nuestras críticas se han confirmado. En dicho pacto no se habla de intervenir el mercado del alquiler ni de expropiar viviendas vacías a los bancos; no se menciona la derogación de la reforma laboral; no se propone terminar con la monarquía y mucho menos reconocer el derecho de autodeterminación, la amnistía de los presos y presas políticas o el cuestionamiento de la represión en Cataluña y la sentencia del procés. Nada sorprendente puesto que no es el programa político de Podemos, y mucho menos del PSOE.

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¿Qué gobierno “progresista” va a ser este entonces? No lo va a ser, así de claro. Va ser un gobierno que continúe y ponga en marcha todas las políticas neoliberales contra la clase trabajadora que el FMI y el IBEX 35 demanden. Por si hay alguna duda de ello, ya se han encargado de despejarla al situar a Nadia Calviño, ex candidata a dirigir el FMI, como la futura vicepresidenta.

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Otra de las cuestiones alarmantes que se ha confirmado en estas últimas elecciones generales es el ascenso de la extrema derecha. El auge de Vox ha sido un factor movilizador entre gran parte de la juventud y ha crecido en ella la preocupación por frenar el crecimiento de la ultraderecha. Sin embargo, las y los jóvenes que se movilizan contra ese discurso racista, machista y reaccionario se encuentran con que UP defiende que a la extrema derecha se la frena con un gobierno “progresista” con el PSOE, el mismo gobierno que va a seguir garantizando los CIEs, las políticas neoliberales y la represión a Cataluña. El mismo partido que, junto con los otros partidos de este régimen, lleva años aplicando las políticas neoliberales que han sido el caldo de cultivo para el auge de la extrema derecha, y que seguirán aplicando en este gobierno.

El peligro de la coalición PSOE-UP es doble; mientras que sigue gobernando para las grandes fortunas y contra las clases populares, desvía la movilización, la única forma de frenar dichos ataques y a la extrema derecha; pues desmovilizarnos y no enfrentar en las calles las políticas contra la clase trabajadora que van a surgir, solo ayuda a sentar las bases para que la ultraderecha avance con más fuerza ante el descontento y desánimo de tanta gente debido a la traición de aquellos que les llamaron a confiar en su gobierno “progresista” y los alejaron de las calles para luego aplicarles todos los ajustes que el FMI exija.

Precisamente a propósito de la desmovilización, resulta interesante traer dos citas que juntas se entienden mejor.

En primer lugar, aquellas palabras de Pablo Iglesias en 2016, cuando tachaba de “idiotez” de extrema izquierda la idea de que “las cosas se cambian en la calle y no en las instituciones es mentira”. La nueva forma del neorreformismo ha dejado claro desde el principio (y así lo demuestra ahora) que su estrategia nunca ha pasado por la movilización, es más, están dispuestos a traicionarla en pos de los pactos en las instituciones.

En segundo lugar, Pepe Álvarez, secretario general de la UGT, respondía ayer a los empresarios e inversores diciendo que “nadie tiene nada que temer” con la formación de un gobierno PSOE-UP. La conclusión no resulta difícil: si quienes pueden estar tranquilos son los ricos, quien debe temer es la clase trabajadora. A pesar de tal evidencia, uno de los principales sindicatos del Estado español, lejos de volcar sus energías en alertar y organizar a los y las trabajadoras, se dedica a tranquilizar a los empresarios.

Sin embargo, las posiciones de Pablo Iglesias y UGT no son algo nuevo, pues representan con claridad los roles que han desempeñado los reformismos y las burocracias sindicales una y otra vez a lo largo de la historia: hacerle el juego al capitalismo y a sus partidos cuando el statu quo se tambalea, ya sea aplicando ellos mismos los ajustes necesarios o desmovilizando a quienes pueden combatir los nuevos ataques.

No obstante, el panorama internacional da muestras del despertar de un fantasma dormido hasta ahora que puede cambiar el rumbo de las cosas: la lucha de clases. En apenas un mes hemos vivido el levantamiento popular en Ecuador protagonizado por obreros, indígenas, campesinos y estudiantes contra el paquetazo del FMI implementado por Lenin Moreno; la subida de la tarifa del transporte público en Santiago de Chile que detonó la rabia contenida contra el gobierno de Piñera dando paso a masivas movilizaciones en todo el país; las protestas multitudinarias en Irak fruto del malestar ocasionado por la corrupción, la casta política y la situación de pobreza en la que vive la mayoría de la población.

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Y es que la lucha en las calles también ha resurgido en el Estado español, concretamente en Catalunya, donde miles de personas se movilizaron de manera masiva durante la semana del 14 de octubre, llegando incluso a ocupar el aeropuerto, en contra la sentencia del procés.

Esta nueva oleada de movilizaciones tiene un factor común que revela más de lo que parece: la juventud. En Chile, los y las estudiantes realizaron actos de evasión masiva en el metro de Santiago como protesta frente al tarifazo el mismo día que este se dio conocer, se enfrentan a la violencia policial, incluso rompen las vallas de los colegios para poder salir a manifestarse. O en Bolivia, enfrentando el golpe de estado de la derecha y la traición del MAS que propone negociar con los golpistas una agenda electoral.

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A su vez, en Catalunya miles de estudiantes y jóvenes salieron a las calles y se marchó a ocupar el aeropuerto cortando carreteras nada más conocerse la sentencia y, cuando empezó la represión, lejos de retroceder, las principales ciudades catalanas se llenaron de barricadas para defenderse de la represión.

La rabia de la juventud ha explotado. Cada vez capas más amplias de la juventud empiezan a rechazar este sistema que nos ataca, y sale a las calles para cuestionarlo todo. La rabia de las generaciones más jóvenes es la expresión de la primera lección aprendida: esto no nos da para más. Empiezan a levantar sus propias consignas, pero cuando miran alrededor no hay ninguna fuerza política que las apoye.

En Catalunya, la juventud se niega a continuar con la estrategia processista, sale a las calles y mira a la CUP, quien estando de su lado apoya las movilizaciones, denuncia la represión, se niega a investir al PSOE, pero no acaba de romper definitivamente la unidad soberanista y levantar una estrategia de independencia de clase. En el resto del Estado español, los y las jóvenes que quieren frenar a la extrema derecha y sus políticas racistas, machistas y reaccionarias son llamadas a abandonar las calles y depositar sus esperanzas en un gobierno del PSOE y UP que sin lugar a duda va a ser el garante de turno del mismo sistema neoliberal que precariza a la juventud y avanza contra sus derechos.

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La realidad es que la juventud del Estado español que se planta frente a la precariedad y el retroceso de derechos democráticos no puede esperar nada del nuevo supuesto gobierno “progresista”.

Por ese motivo, hace falta construir una izquierda distinta, una izquierda anticapitalista, revolucionaria, internacionalista y de clase que denuncie la represión en Catalunya, que se posicione del lado de los jóvenes que salen a las calles y que exija la amnistía de todos y todas las presas políticas; una izquierda valiente que pelee por organismos de autoorganización que reúnan a trabajadores y estudiantes, donde unir las grandes luchas del presente como el movimiento de mujeres, el movimiento por el clima, el movimiento estudiantil y el movimiento obrero, para frenar a la extrema derecha y combatir las políticas contra la clase trabajadora, la juventud, los inmigrantes y las mujeres que salgan del nuevo gobierno, construyendo así la base para hacer caer el Régimen del 78 desde la movilización e imponer procesos constituyentes en los que defender hasta el final medidas reales que permitan acabar con los grandes problemas de la sociedad como la precariedad, la crisis climática, la opresión de las mujeres o el imperialismo.






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