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Un campamento de la vergüenza en una ciudad con 65 mil camas de hotel vacías

Los profesionales del tercer sector tenemos que exigir que todos los hoteles sean puestos al servicio de solucionar dignamente las enormes necesidades habitacionales derivadas de esta crisis: personas sin hogar, ancianos y dependientes y menores de centros saturados.

Jueves 26 de marzo | 07:42

Un campamento de la vergüenza en una ciudad con 65 mil camas de hotel vacías - YouTube

Soy trabajador social, he trabajado desde hace más de 10 años con colectivos y en contextos muy diferentes, algunos realmente difíciles, pero lo de estos días nunca creí que llegaría a verlo. Decir que esto es una pesadilla se quedaría corto, es un auténtico crimen.

Las diferentes administraciones, desde el gobierno central, la Generalitat de Catalunya o el Ayuntamiento de Barcelona, son unos verdaderos criminales. En estas semanas las educadoras y educadores sociales, de calle, trabajadores sociales, psicólogos, integradores, técnicos... estaremos al pié del cañón, como siempre, pero después ajustaremos cuentas.

Que no me digan que están haciendo todo lo posible, porque no es cierto. Están haciendo solo lo posible sin tocar los intereses y propiedades de los grandes de la ciudad, esos para los que todo ellos, sin distinción, gobiernan todos los días.

Ancianos que mueren solos, menores en riesgo y gente sin casa

En 12 días de estado de alarma me han movido tres veces de servicio, lo que me ha permitido ver de primera mano el brutal maltrato institucional con el que se está tratando a diferentes colectivos, como los menores tutelados, los ancianos y dependientes que viven solos o las personas sin hogar.

He visto centros saturados, con habitaciones donde conviven 8 o 10 adolescentes. Este es el día a día para estos menores, pero la situación de confinamiento agrava muchísimo el nivel de estrés y conflicto. Por si fuera poco he visto a la Dirección General de Atención a la Infancia y la Adolescencia (DEGAIA) llevar a centros a menores con positivo del COVID19, dejarlos allá sin atender que en las instalaciones no había espacio físico ni materiales de protección para poder mantenerlo en aislamiento.

He visto también como esta misma DEGAIA se negaba a recoger a menores que habían quedado solos en sus casas porque sus dos progenitores habían quedado ingresados por afecciones derivadas del COVID19.

He visto y visitado a ancianos dependientes que llevaban 3 y 4 días sin ser atendidos. Algunos ya desnutridos y con síntomas evidentes de COVID19. Les he tenido que atender como he podido, sin contar con los EPIs necesarios. A algunos ya no los he vuelto a visitar, han muerto solos en sus casas sin poder recibir asistencia sanitaria.

La vergüenza del campamento de la Fira de Barcelona

He visto también una larga cola de personas sin hogar, de muy distintos perfiles. Desde turistas que han quedado varados y su hotel ha cerrado, hasta personas con adicciones o jóvenes extutelados que el sistema deja tirados en la calle. Esperaban entrar en la Fira, el campamento de 250 plazas que las tres administraciones han levantado y que tiene una capacidad de apenas para el 10% de la población sin hogar censada en la ciudad.

A quienes entran les hacen una toma de temperatura ¿Qué pasa si tienen fiebre? No se sabe. Ni hay test rápidos disponibles, ni para quienes hacen fila ni menos para quienes trabajamos. Tampoco tenemos mascarillas ni otros equipos de protección individual necesarios. Estoy en un recinto repleto de literas y con solamente 15 camas para posibles casos positivos de CODVID19. Una verdadera ratonera.

En este mismo día también he visto a Gemma Tarafa, concejala de salud de los Comunes, agradecer al Ejército esta gran obra. A Albert Batlle, teniente de alcalde de seguridad, junto a altos cargos de la Generalitat y otros tantos militares, inaugurar la Fira y felicitarse de su magnánima obra.

Que las 65 mil camas de los hoteles se pongan a disposición de estas necesidades sociales

Estampas de vergüenza, que me llenan de odio e indignación. Sobre todo porque no son inevitables. Ellos quieren que nos resignemos, en primer lugar los que estamos en primera línea, a que “es lo que hay”, “se está haciendo todo lo que se puede” y otras sentencias por el estilo.

Pero de camino a mi casa, después de 12 horas “al pié del cañón”, he pasado al menos por 40 hoteles. Todos ellos permanecen cerrados. Barcelona tiene 65.000 plazas hoteleras, y sus propietarios llevan años viendo crecer su volumen de ingresos y beneficios a costa de la precariedad de sus plantillas -como denuncian las Kellys- y la gentrificación de nuestros barrios.

A todos ellos el Estado les ha ordenado que cierren y que por las pérdidas no se preocupen. Que hagan ERTEs, que las arcas públicas sufragarán los salarios de sus trabajadores -solo el 70%, el otro 30% lo ponen ellos- y las cotizaciones sociales las cubrirá la Seguridad Social con los fondos de las pensiones.

Hay que exigir inmediatamente que todos los grandes hoteles sean reabiertos y sus habitaciones confiscadas sin indemnización alguna. Que estas instalaciones se pongan a funcionar bajo el control de sus trabajadores y trabajadoras, que ellos organicen la faena en condiciones de seguridad e higiene, y junto a las educadoras, trabajadores sociales, integradores... y sanitarios... los convirtamos en centros residenciales para todas estas necesidades habitacionales y sociales urgentes.

Que una medida elemental como esta no se esté llevando adelante, habla de que todas estas administraciones - el gobierno “progresista”, el “ayuntamiento del cambio” o la Generalitat de los herederos del pujolismo y los recortes – piensan más en no perjudicar los intereses del lobby hotelero, que no en la salud y el bienestar de los sectores más vulnerables.

Que los menores tutelados salgan de centros de hacinamiento, como los recluidos en CIEs, que todas las personas sin hogar puedan disponer de una habitación individual y no una triple litera de campaña, que nuestras ancianas, ancianos y personas dependientes, puedan estar atendidos por profesionales en instalaciones dignas...

Los profesionales estamos desbordados, y lo seguiremos estando en los próximos días porque nunca dejaríamos de atender a estas personas. Pero es hora que a la vez saquemos la fuerza y la decisión para levantar la voz, organizarnos y pelearnos con nuestras empresas y administraciones para exigir una solución digna y de fondo ante los agudos problemas sociales que estamos viendo todos los días.






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