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CONTRAPUNTO
El marxismo y la emancipación de las naciones oprimidas: de Marx a Lenin
Federico Grom | Barcelona | @fedegrom

La cuestión de las nacionalidades oprimidas y sin Estado es de una candente actualidad. Desde la actual lucha del pueblo catalán por su independencia o la del pueblo vasco en el Estado español, pasando por los escoceses y los corsos en Europa, hasta los kurdos en Asia Occidental, son expresión de esto.

Ilustración: Diógenes Izquierdo

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La expansión del capitalismo a cada rincón del globo, la internacionalización de la producción y las finanzas ha agudizado la contradicción entre este desarrollo y las fronteras nacionales. Lo que refuerza, a su vez -en especial en momentos de crisis capitalista- los elementos de opresión y expoliación en “el concierto” de naciones, así como hacia dentro de los Estados conformados por varias de éstas.

Queremos abordar en este artículo elementos de análisis marxista -y de la formación histórica del pensamiento marxista- sobre el problema de la emancipación de las naciones oprimidas, para recuperar aspectos indispensables y pensar los desafíos de táctica y estrategia revolucionaria para la actualidad. Un legado invaluable para los que queremos acabar con toda opresión nacional, así como con toda opresión, en el camino de la superación de la sociedad de clases capitalista y la extinción de todo Estado como horizonte histórico: el comunismo.

Marx y Engels, piedra angular

Para empezar, habría que responder a la pregunta de qué era para los fundadores del marxismo la nación. Un concepto de una época determinada, burguesa y capitalista y por lo tanto una forma político-social transitoria. Las naciones constituyen Estados-Nación ligados al desarrollo de un mercado interno y una base de intercambio comercial y de pelea por otros mercados. Los Estados-Nación son esencialmente un producto del desarrollo histórico del capitalismo. Sin perjuicio de que muchos de sus elementos constitutivos tengan un desarrollo en otras etapas históricas, los Estados-Nación son un jalón histórico necesario en la construcción del internacionalismo proletario y del fin de los antagonismos nacionales.

Las ideas de Marx y Engels sobre la cuestión nacional en su época, la que se caracterizó desde el 48 como el “ya no más” de la revolución burguesa y el “todavía no” de la revolución proletaria, en la que la burguesía aun combatía a su manera contra los restos de feudalismo, no constituyen una teoría acabada, sino más bien un método que se erige como la piedra angular para su desarrollo. Algo que harán posteriormente los bolcheviques, con Lenin a la cabeza, cuando consideraban a muchos de los movimientos de emancipación nacional de su tiempo, como un factor progresivo del cual el proletariado consciente debía tomar nota.
La indiferencia ante estos movimientos se constituía como una ayuda al chovinismo opresor. Así se pronunciaban claramente en el caso de Polonia e Irlanda, los dos grandes problemas nacionales de su tiempo, en los que se posicionaban por su independencia.

Sin embargo, no reconocían el carácter progresivo de forma automática a cualquier nación, y en esa línea se ubica su posición política frente al movimiento Paneslavista y la Guerra de Secesión Norteamericana a los cuales se oponían. El primero por ser instrumentalizado por el zarismo en su política expansionista y el segundo por expresar una reivindicación de los esclavistas del Sur contra el Norte unionista al cual dieron su apoyo.

La cuestión nacional en Alemania e Italia

Sin embargo, para Marx, aunque consideraba la unificación alemana como objetivamente progresiva para el desarrollo de la clase obrera, ya desde la Revolución de 1848 había dado cuenta de que la burguesía perdía todo ímpetu como clase revolucionaria y se entregaba a componendas con los vestigios del viejo régimen actuando de forma abiertamente contrarrevolucionaria. La cuestión nacional alemana no será resuelta entonces por la revolución y la clase obrera en 1848 y se resolverá más tarde de la mano del reaccionario militarismo prusiano, con la creación del imperio alemán el 18 de enero de 1871.

El hecho de que la unificación alemana fuera objetivamente progresiva no implicaba que sus métodos lo fueran, y por lo tanto esto no se traducía en el más mínimo apoyo de los fundadores del marxismo a Bismarck.

Marx apostaba a que la tarea de la unificación alemana se resolviera por la clase obrera con métodos revolucionarios. Sin embargo, no ocurrió así. En términos históricos, Marx subestimó las fuerzas del capitalismo y sobreestimó las del joven proletariado. Confundió, al decir de Trotsky, “los dolores de parto con los estertores de muerte” del capitalismo, pero no se equivocó en el pronóstico general. Lo que hace a su pensamiento aún más visionario.

Engels escribía a Marx el 25 de julio de 1866 con relación a la unificación alemana: "Este hecho simplifica la situación; facilita la revolución, dejará a un lado las reyertas entre las capitales insignificantes y en cualquier caso acelerará el desarrollo... Todos los Estados minúsculos serán arrastrados al movimiento, cesarán las peores influencias localistas y los partidos terminarán por volverse realmente nacionales, en lugar de ser meramente locales... En mi opinión debemos aceptar el hecho, sin justificarlo, y utilizar tanto como sea posible las mayores facilidades para la organización y unificación nacional del proletariado alemán" [1].

En buena medida lo mismo ocurrió con respecto a la unificación italiana. La tarea que vislumbraba Mazzini, pensador liberal y republicano, será llevada adelante por el conde de Cauvor y el Rey Víctor Manuel II –monarca de Piamonte-Cerdeña-, bajo la forma de una monarquía constitucional.
La deserción de los liberales e incluso del mismo Garibaldi a las filas de los monárquicos, temerosos de llevar hasta el final con métodos revolucionarios sus propias reivindicaciones y a perder lo conquistado, deja a mitad de camino las tareas democráticas. La unidad italiana se logró así en 1861, con la proclamación del Reino de Italia en soberano del nuevo Estado, en un largo proceso que tiene su origen en los inicios de siglo.

La cuestión nacional en Polonia

La cuestión polaca recorrió todo el siglo XIX en la política europea y especialmente en el movimiento obrero internacional. Generó una enorme solidaridad en el movimiento obrero de la época. La Rusia zarista que oprimía a Polonia, representaba el bastión europeo de la reacción y en sus entrañas aún no había desarrollado “a su sepulturero”, es decir la clase obrera. Frente a esta situación, apoyar la independencia de Polonia era para Marx una manera de dar un golpe al zarismo y a la reacción, sin por eso tener confianza o simpatías por la aristocracia polaca a la cual criticaba implacablemente.

En la perspectiva de Marx “el triunfo del proletariado sobre la burguesía es al mismo tiempo, la señal para todas las naciones oprimidas” por eso para él “a Polonia no hay que liberarla en Polonia sino en Inglaterra”, es decir, en el centro industrial más importante del capitalismo de esa época, en donde Marx esperaba que la clase obrera pudiera hacerse con el poder y encender así la llama de la lucha por la liberación nacional polaca y de otras naciones oprimidas.

Anticipando lo que ocurriría más adelante en la Revolución Rusa, Engels escribirá en 1890 que “La revolución de 1848 se paró en la frontera polaca, y ahora llama a la puerta de Rusia, ahora tiene dentro muchos aliados que sólo pueden esperar el momento en que se abra la puerta" [2]. Haciendo referencia a que a diferencia de Polonia, en la Rusia de los Zares – una verdadera cárcel de pueblos- si había un desarrollo de la clase obrera que, mediante la lucha revolucionaria y la conquista del poder, podría resolver la autodeterminación de las naciones oprimidas.

El caso de Irlanda

Para Marx el problema de la liberación nacional de Irlanda en la evolución de su pensamiento estaba indisolublemente ligada a la resolución radical del problema de la tierra. Y a su vez, indisolublemente ligada al desarrollo de la revolución obrera en Inglaterra, que a diferencia de la Rusia zarista tenía uno de los proletariados más vigorosos de Europa. La independencia de Irlanda, de la cual Marx se muestra partidario en la década del sesenta, es la forma que busca para golpear a los terratenientes ingleses mediante un movimiento revolucionario.

La perspectiva de los fundadores del marxismo era la de una federación voluntaria de Irlanda, Inglaterra, Escocia y Gales, ligada necesariamente a la perspectiva de la toma del poder por los trabajadores. Por tanto, la posición de Marx y Engels, como puede verse en los casos que abordamos, dista tanto del nacionalismo burgués patriotero que sustituye la lucha de clases por la unidad nacional, como del pseudo internacionalismo que más allá de su voluntad, sirve de cobertura “de izquierda” a la política de opresión nacional.

En su pensamiento esta cuestión está articulada de forma indisoluble a los intereses generales del proletariado, su desarrollo como clase y su organización revolucionaria. Estos mantenían una posición democrática consecuente ante los movimientos nacionales de emancipación, apoyando de forma absoluta sus elementos progresivos. A la vez que sostienen la afirmación categórica de la unidad de los explotados por encima de los distintos intereses nacionales desde el punto de vista de la revolución y el internacionalismo proletario. Por lo que se opusieron en su tiempo tanto a los anarquistas, que desde una interpretación abstracta y ahistórica del internacionalismo, sostenían que los movimientos nacionales eran un prejuicio burgués a combatir, como contra todas las direcciones que subordinaban los intereses del proletariado al de su nación.

Marx y Engels sientan de esta manera las coordenadas del pensamiento y la práctica del marxismo frente a la cuestión nacional, que será desarrollada de forma magistral por Lenin en su época para el imperio ruso con la defensa del derecho a la autodeterminación de las naciones oprimidas.

Lenin, la socialdemocracia y sus tendencias en la época imperialista

La época histórica de Marx y Engels daba paso a una época de expansión del capitalismo a todo el globo y de desarrollo de su fase imperialista, así como al mismo tiempo un crecimiento del movimiento obrero mundial, con la construcción de partidos obreros socialistas de masas en algunos países.

El triunfo completo de la burguesía y el capitalismo frente a la antigua clase dominante feudal y el reparto del mundo y sus mercados, junto a una fuerte tendencia monopolista y de dominio del capital financiero configuran el Imperialismo, una fase superior del desarrollo del capitalismo mundial. Para Lenin, quien dio cuenta cabalmente de este cambio de época y sus consecuencias, “La diferencia entre la burguesía imperialista democrático-republicana y la monárquico-reaccionaria se borra”, es decir, “La reacción política en toda la línea es rasgo característico del imperialismo” [3].

Quedando, en esta transformación, irresuelta para algunas naciones la conquista de su derecho de autodeterminación en el paso del capitalismo no monopolista a la época imperialista, manteniéndose estas como naciones oprimidas contenidas dentro de las fronteras de otros Estados.

A pesar de que existían en la Segunda Internacional acuerdos que reconocían el derecho a la autodeterminación de las naciones desde 1896, en el Congreso internacional de Londres, la socialdemocracia, respecto a la cuestión de las nacionalidades como en muchas otras, se vio enormemente influenciada en esos años y los siguientes por la pequeña burguesía. La aristocracia obrera, la base fundamental sobre la que se construyó la socialdemocracia, apoyaba objetivamente la política de opresión nacional o colonial, interesada -por las concesiones que de ella obtenía- en la expansión del poder económico de la burguesía más allá de sus fronteras. La contribución a esta cuestión de la mayoría de la dirección de la Segunda Internacional, especialmente la de la socialdemocracia centroeuropea, fue raquítica más allá de la lucha política entre sus tendencias, en especial la que dieron los marxistas rusos. No por nada fracasó estrepitosamente frente a la prueba de la primera guerra mundial, alineándose con sus distintas burguesías en el apoyo a la guerra imperialista.

Dentro de la socialdemocracia existían muchas posiciones políticas y tendencias frente a esta cuestión. Las posiciones mayoritarias van desde una tendencia imperialista representada por el alemán Heinrich Cunow y el holandés Van Kohl, fuertes en el partido alemán y francés, según la cual las naciones “superiores” inevitablemente deben tutelar a las colonias y naciones atrasadas, siendo tarea de los socialdemócratas “suavizar los dolores de la evolución” que implica dicha tutela, hasta las posiciones centristas de Kautsky que reconocían el derecho de autodeterminación, pero que sin embargo en su interpretación no iba más allá de una autonomía política y cultural. Desde esta posición que permitía seguir en pie a todos los imperios, los dirigentes de Austria Hungría, Otto Bauer, Renner, trasformaron su organización en una federación de partidos nacionales que no tardaron en escindirse.

Entre las posiciones minoritarias dentro de la socialdemocracia existía también una tendencia netamente nacionalista representada por el Partido Socialista Polaco y una tendencia izquierdista encarnada en Rosa Luxemburgo, que no concedía ninguna importancia al problema y calificaba de reaccionaria la fórmula relativa al derecho de los pueblos oprimidos a la autodeterminación. Tendencia que tendrá su expresión entre los bolcheviques más adelante de la mano de Bujarin y Piatakov.

Por último, pero no menos importante, una tendencia de izquierda representada por los bolcheviques rusos, que concedían una enorme importancia a los movimientos de emancipación nacional, a los que vinculaban con la lucha de clases. En ella se afirma, de manera categórica, el derecho indiscutible de las naciones oprimidas a la autodeterminación, sin exclusión de la separación y la construcción de un Estado propio.

El Bolchevismo

Partiendo del método y las conclusiones de Marx y Engels forjadas en la experiencia de los movimientos nacionales de su tiempo, el bolchevismo de Lenin desarrolla el pensamiento marxista al calor de las nuevas experiencias históricas y del grado de desarrollo del capitalismo, que entrará en su fase imperialista; contraponiendo su visión en fuertes polémicas con las distintas fracciones de la socialdemocracia. Son conocidas las polémicas de Lenin en este sentido con Rosa Luxemburgo y los que posteriormente repitieron sus argumentos.

Al igual que los fundadores del marxismo, Lenin ve en los movimientos nacionales de los pueblos oprimidos, demandas democráticas de las cuales la clase trabajadora no puede desentenderse sin posicionarse de lado de la nación opresora. Algo que debilitaría sus fuerzas como clase para combatir contra su propia opresión y explotación, por lo que se expresaba en estos términos “¡Ningún privilegio para ninguna nación, ningún privilegio para ningún idioma! ¡Ninguna opresión, ninguna injusticia contra la minoría nacional! Este es el programa de la democracia obrera.” [4]. Su premisa era que el proletariado debía sostener activamente el derecho indiscutible de los pueblos a la autodeterminación y, si es era su voluntad, a escindirse y constituirse en Estado independiente.

Ahora bien, al sostener el derecho de autodeterminación, el proletariado no se identifica con la burguesía nacional de los pueblos oprimidos, que pretende subordinar los intereses de los trabajadores a los intereses nacionales, ni con las clases privilegiadas de la nación dominante, que quieren convertir a la clase trabajadora en cómplice de la política de opresión nacional.

La lucha por el derecho de los pueblos a la autodeterminación no presupone tampoco la disgregación de los obreros de las diversas naciones que forman el Estado a través de la existencia de organizaciones partidarias independientes. El bolchevismo se ha opuesto a toda tentativa a dar una estructura federalista al partido revolucionario del proletariado bajo la premisa de la necesidad de la unidad de los trabajadores de esas naciones contra sus enemigos de clase comunes.

Esta política se mostrará la única capaz de garantizar el derecho de las naciones a decidir sus destinos, de destruir los chovinismos unitarios y nacionalistas, soldando la unidad del proletariado y de asentar las bases sobre las que deberán construir en el futuro la asociación de pueblos libres.

La Revolución Rusa, las naciones oprimidas y la construcción de la URSS

La Revolución Rusa es la demostración práctica del pensamiento de los bolcheviques y su justeza. Esta enorme experiencia ha evidenciado que la cuestión de las nacionalidades, como todos los problemas de la revolución democrático-burguesa, sólo encuentran resolución en la revolución social y el poder revolucionario de la clase trabajadora.

El imperio zarista se había convertido a lo largo de su desarrollo y la conquista de nuevos territorios en una “gran cárcel de pueblos”, sometidos a una explotación de tipo colonial y oprimidos y ocupados por la nación rusa dominante. La revolución de febrero, que derrocó la autocracia zarista y llevó al poder a la burguesía, dio a luz en toda la extensión del viejo imperio de los zares un extraordinario movimiento de emancipación de las nacionalidades.

El Gobierno Provisional que ocupó el poder, representaba en lo fundamental los intereses de la burguesía imperialista. Esto explica que mantuviera, en lo sustancial, el estado de cosas anterior.

Con el triunfo de la revolución de octubre de 1917 se presentó al proletariado la oportunidad de aplicar en la práctica los principios marxistas respecto a la cuestión nacional. Los movimientos nacionales comenzaron a expresar a las naciones más oprimidas, que incluso después de febrero lo habían hecho más tímidamente. El Partido Bolchevique, se mostró consecuente con las reivindicaciones que había defendido, aplicando con todas sus consecuencias su programa. A solo una semana después de la toma del poder, el Consejo de Comisarios del Pueblo, tomando el espíritu de las resoluciones de los dos primeros congresos de los Soviets, proclamaba en una “Declaración de los derechos de los pueblos de Rusia”: “1.- Igualdad y soberanía de los pueblos de Rusia. 2.- Derecho de los pueblos de Rusia a la libre determinación, incluyendo el derecho a separarse totalmente y constituir un estado independiente. 3.- Supresión de todos los privilegios y restricciones de carácter nacional o religioso. 4.- Libre desarrollo de las minorías nacionales y los grupos étnicos que pueblan el territorio de Rusia” [5].

El III Congreso de los Soviets, realizado a fines de enero de 1918, tiene entre sus resoluciones la “Declaración de los derechos de los trabajadores y del pueblo explotado” que será la base de la Constitución soviética. La misma, acordaba constituir la República de los Soviets de diputados obreros, soldados y campesinos “sobre la base de la unión libre de las naciones libres como federación de las repúblicas soviéticas nacionales”, y encomendaba a los obreros y campesinos de cada nacionalidad la tarea de “decidir en sus congresos si deseaban formar parte de la federación, y en qué condiciones.” Un documento cuya importancia y valor histórico político no es menor que la de la “Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano” de la Revolución Francesa.

El poder Soviético había ya reconocido el derecho de Finlandia y de Ucrania a la separación, y acto seguido reconoció la independencia de Georgia, Armenia, Azerbeidjan y Rusia Blanca, así como la soberanía de Polonia, Lituania, entre las más importantes. Nunca antes el derecho democrático de autodeterminación había sido ejercido en esa dimensión.

Estos actos tenían unas consecuencias prácticas enormes en una situación difícil para el joven Estado Obrero Ruso tanto interna como externamente, pero que sin embargo eran parte fundamental de la estrategia para superar esas dificultades. Esta orientación evitó que la pequeñoburguesía de esas naciones se posicionara con los blancos y la reacción. Cuando la burguesía de estos países se encontró ante el dilema: o la República de los Soviets o el Régimen de los Kolchak y compañía –dispuestos a poner de pie la política zarista-, la contrarrevolución se vio privada de la ayuda activa de los nuevos Estados.

Incluso las distintas burguesías nacionales sólo consiguieron poner en pie Estados burgueses allí donde fueron auxiliadas por el imperialismo; donde este no pudo brindar su ayuda, las masas obreras y campesinas impusieron el Régimen soviético. El proletariado bajo esta orientación se deshacía de todo espíritu chovinista, conquistando la unidad de acción del proletariado de todas las naciones y la dirección de las masas. Lo que permitió la consolidación de la revolución y del Régimen soviético.

En el VIII Congreso Bolchevique, celebrado en marzo de 1919 en medio de la guerra civil, se discutió en profundidad una vez más la cuestión nacional. Bujarin y Piatakov encabezan un sector del partido que se oponía al principio de autodeterminación. Lenin desaprobó resueltamente este punto de vista. Finalmente, la fórmula de Lenin se votó como “el punto 9 del programa”. El partido consideró imprescindible la solidaridad de los trabajadores de las diferentes nacionalidades “para la lucha revolucionaria común por el derrocamiento de los terratenientes y de la burguesía”, así como la abolición de cualquier privilegio nacional, la igualdad absoluta de derechos de todos los pueblos y la libertad de separación.

El X congreso partidario avanzó sobre las tareas de la vanguardia consiente del proletariado sobre la construcción del nuevo Régimen que debe emerger del poder de los trabajadores. Ahora, “la tarea inmediata a llevar a cabo, en contraposición con la política tradicional del zarismo – sostiene la resolución–, es la de desarrollar y consolidar las formas estatales de las naciones recobradas, su cultura, sus instituciones jurídicas y económicas, confiar la dirección de todos los organismos políticos, administrativos, culturales, etc., a gente del país, elevar el nivel económico y cultural de los pueblos antes oprimidos, cuyo atraso facilitaba la opresión, garantizar los derechos de las minorías nacionales, y combatir las tendencias chovinistas, tanto de los comunistas y los funcionarios rusos como de los de las nacionalidades.” [6]. Así debía organizarse la federación voluntaria de naciones libres.

Vale la pena mencionar el libro de Andreu Nin, “Los movimientos de emancipación nacional” [7] de 1935 en donde adémas de hacer un recorrido del pensamiento marxista sobre este tema que en gran parte recuperamos en este artículo, da cuenta de lo que fue todo el complejo proceso de independencias y federaciones hasta la constitución de la URSS en 1923, una forma de organización sin precedentes.

Sin embargo, el proletariado en el poder se topará con las dificultades del enorme atraso material y cultural en el que los revolucionarios debían trabajar, que, junto a los fracasos revolucionarios en Europa y Oriente, llevará a la política del joven Estado obrero en su degeneración burocrática, a volver a las prácticas zaristas de opresión nacional gran rusa, a la que se opuso Trotsky y la oposición de Izquierda, cuestiones que abordaremos en un próximo artículo.

 
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