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TRIBUNA ABIERTA
¡No a Rajoy!, el viejo reformismo se niega a suicidarse
Antonio Liz | Historiador, Madrid

El no del PSOE a Rajoy forma parte de la estrategia para no debilitarse como alternativa al PP

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Ayer mismo, Pedro Sánchez, después de más de dos semanas de no hacer declaraciones de prensa, ha reiterado ante los medios, al concluir una reunión con los diputados del PSOE en la Cámara Baja, que votará no al PP en la sesión de investidura “por motivos ideológicos y morales”.

Esta reiteración del PSOE en el no a Mariano Rajoy, a pesar de la presión que está teniendo Pedro Sánchez tanto por parte del PP y Ciudadanos como de carcas socialistas tan conocidos como Felipe González, Alfonso Guerra y José Luis Rodríguez Zapatero, se debe a varias razones. Si bien el PSOE es el partido por excelencia de la burguesía financiera española no se puede plegar a la petición del PP porque, por una parte, tiene intereses de clientela que defender y, por otra, de hacerlo su muerte política estaría cantada.

Podemos y sus confluencias, que han salido muy debilitados de la repetición de las elecciones al perder un millón de votos, están frotándose las manos para que el PSOE facilite de una u otra manera la investidura de Rajoy para así presentarse como el partido de la oposición. Ahora bien, Pedro Sánchez, aunque no lo está teniendo fácil para gobernar a su propio partido, ha sabido parar la pasokización del PSOE dando un giro verbal a la izquierda y su no a Rajoy forma parte de esa estrategia.

El PSOE jugó el papel clásico socialdemócrata de colchón entre la burguesía y la clase trabajadora mientras la existencia de la Unión Soviética era un referente deformado, pero referente al fin y al cabo: “por lo menos allí no hay paro”, para la clase trabajadora en una época en que esta estaba mucho más sindicada que ahora y organizada en partidos socialdemócratas y pecés. Por aquel entonces el PSOE hacía el papel tan importante de mediador para evitar que la clase trabajadora colisionase directamente con la burguesía. Ese papel de mediador se evaporó cuando la implosión de la URSS llevó al neoliberalismo al pico del éxito político. Es en este momento cuando la burguesía estima que el papel de mediador de la socialdemocracia y del stalinismo ya no le es necesario. Es en esta nueva coyuntura cuando la socialdemocracia gira a la derecha transformándose en social-liberalismo y los pecés desaparecen como fuerza política en Europa, exceptuando el portugués y el griego, PCP y KKE.

Pero aquella coyuntura política triunfal que vino para la burguesía pura y dura tras el derrumbe de la Unión Soviética ya se esfumó. El sistema capitalista no sólo está en una crisis económica de la que no logra repuntar porque le sobra capacidad productiva, lo que le genera el bluf especulativo, sino que, además, está en crisis política. La “democracia” a secas ya no concita el aplauso generalizado de la mayoría social. Justo al contrario, esta estima que “le llaman democracia y no lo es” por lo que “no nos representan”.

Así, en esta crisis económica y política del sistema capitalista la parte más viva de su clase rectora ya vuelve sobre algunos de sus pasos porque empieza a ver una vez más que la mediación política de lo que queda de la vieja socialdemocracia les sería útil -a lo que hay que sumar la mediación de las burocracias sindicales en el mundo laboral. De ahí que la fracción más inteligente de la burguesía española no esté interesada en la bancarrota del PSOE. Al contrario, está pero que muy interesada en que este recupere prestigio social para poder implementar con menos dolor la rebaja de las prestaciones sociales. El problema radica en que la crisis del sistema capitalista hace más feroz la competencia entre las burguesías nacionales en la arena internacional lo que no posibilita precisamente aplicar las rebajas de las prestaciones sociales con procedimientos moderados.

Por lo tanto, Pedro Sánchez seguirá lidiando con el no a Rajoy y al PP por la propia supervivencia de su partido y por mantenerle como una organización política útil para lo más granado de la burguesía española. De seguir en sus trece no perdería fuerza por su izquierda y dejaría a Podemos convertido en una ex máquina electoral. Como se deduce, ni PSOE ni Podemos están por la labor de levantar una alternativa real al PP sino por salvar los muebles de su estructura partidaria y clientelar. Razón esta que llevará a los sectores políticos más dinámicos de la clase trabajadora, de la mujer y de la juventud a buscar un camino político propio. En esto está ya una parte de la izquierda marxista en el Estado español, que nos puede sorprender gratamente con la construcción de un Frente Anticapitalista y de Clase a finales de este año gracias, en gran medida, a los esfuerzos de Izquierda Anticapitalista Revolucionaria y de Clase Contra Clase.

 
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