SUPLEMENTO

Althusser y Sacristán: un libro que nos interpela

Alexis Capobianco

ALTHUSSER/SACRISTÁN
Ilustración: Mauro Jeanneret

Althusser y Sacristán: un libro que nos interpela

Alexis Capobianco

Reseña de Althusser y Sacristán. Itinerarios de dos comunistas críticos, de Juan Dal Maso y Ariel Petruccelli, Ediciones IPS, Buenos Aires, 2020.

El libro de Juan Dal Maso y Ariel Petruccelli tiene dos grandes virtudes que a veces no son tan fáciles de conjugar: es una aproximación rigurosa a los dos pensadores comunistas, pero también una obra que nos aporta elementos de análisis para la transformación de la realidad. Es un libro que nos interpela, que no disocia teoría de práctica, que no se queda en una actitud meramente contemplativa.

En un principio el libro iba a llamarse Althusser versus Sacristán, pero los autores tomaron otra opción, que queda plenamente justificada en el desarrollo de la obra, así como también la caracterización como comunistas críticos de los pensadores estudiados. Consta de tres capítulos, en el primero se aborda la obra y aspectos de la vida de Louis Althusser, el segundo está dedicado a la obra y la vida de Manuel Sacristán, siguiéndose en general una línea cronológica y, en el tercero, se comparan diversas problemáticas abordadas por ambos marxistas europeos.

Louis Althusser

El capítulo sobre Althusser, “Las batallas de Althusser”, se divide en cuatro secciones. En la primera sección, denominada “Un Marx para los ‘60”, los autores comienzan abordando aspectos biográficos, para luego introducirnos en diversos aportes de su obra, comenzando con Pour Marx. Aquí aparecen su relación con el estructuralismo, su crítica al humanismo, la noción de “corte epistemológico”, su visión crítica del Diamat, así como su concepción de la dialéctica marxista y de la contradicción como sobredeterminación. Se analiza posteriormente la obra Lire le Capital, donde Althusser aborda problemas epistemológicos a partir de una lectura “sintomática” de la filosofía de Marx. Esta lectura no deja de ser problemática, puesto que a veces confunde análisis filosófico e interpretación, atribuyéndosele al autor analizado la filosofía de quien interpreta. También se abordan aquí algunos de los aspectos más polémicos del pensamiento althusseriano, como su antihumanismo y antihistoricismo.

Posteriormente se estudia la concepción althusseriana de “coyuntura filosófica” y su “estrategia de intervención teórica”, en la que había que identificar las diferentes corrientes y realizar “políticas de alianzas” con unas corrientes para el debate contra otras. Esto se ligaba con su concepción de la filosofía y del lugar que debía ocupar, que fue variando con el tiempo. En el ‘67 y ‘68, nos señalan Dal Maso y Petruccelli, Althusser tiene un giro antiteoricista que lo lleva a distinguir claramente filosofía y ciencia. La concibe “como una disciplina que intervenía activamente en la práctica teórica”, sus tesis no se podían demostrar pero sí justificar, “servían para pensar los problemas de la práctica científica y la práctica política” [1].

El 68 será un año de grandes movilizaciones obreras y estudiantiles, como señalan Dal Maso y Petruccelli en la segunda sección: “La lucha de clases mete la cola”. Althusser mantendrá una posición diferente a algunas lecturas que se desarrollaron en el PCF, que visualizaban la revuelta estudiantil como un fenómeno antiobrero. El filósofo francés, por el contrario, la verá, pese a algunas deficiencias, como un fenómeno progresivo, que permitía el “encuentro” entre la lucha económica y política, y entre trabajadores y estudiantes. Asimismo, se preguntará por las causas del distanciamiento entre el PCF y los estudiantes, y calificará al mayo del 68 como “el evento más grande de la historia de Europa Occidental desde la victoria de la resistencia contra los nazis” [2].
Posteriormente Althusser profundizará en uno de los temas de este debate: la ideología y su reproducción, que es abordado en la sección “Sobre la reproducción: hacia una teoría del estado, la ideología y la lucha de clases”, donde se analizan las respuestas del francés a cuestiones como: ¿qué es el estado?, ¿qué son las formaciones sociales?, ¿cómo se reproducen las relaciones de producción?, y los problemas de la “determinación en última instancia” y la “autonomía relativa” de la superestructura, o su crítica al “cretinismo parlamentario”, la lucha de clases y su “hipótesis estratégica” sobre la revolución.

Hacia 1972 llegará el momento de la autocrítica, que se trata en la sección “Autocrítica y lucha de clases en la teoría”. Althussser intentará “establecer una lectura del marxismo más centrada en la lucha de clases”, acá los autores analizan también cómo el filósofo francés retomará algunas ideas de su “antihumanismo”, entre otras, la historia como “proceso sin sujeto”.

La sección tercera se llama “De la crisis del PCF a la crisis del marxismo”, aquí se abordan primeramente las críticas que el filósofo francés desarrolla en 1976, tras el 22.° Congreso del PCF, a algunos de los lineamientos y formas de funcionamiento del partido. Althusser señalará la importancia central de la lucha de clases en toda estrategia por vía democrática hacia el socialismo, criticará la visión del PCF sobre el “capitalismo monopolista de estado” y su renuncia al concepto de “dictadura del proletariado”, y realizará duras críticas a la forma en que se entendía el centralismo democrático, que no permitía el pluralismo y restringía tanto la libertad de sus militantes como la democracia interna. Althusser retomará y profundizará estas críticas en “Lo que no puede durar en el Partido Comunista”, donde cuestiona la falta de democracia interna y el secretismo que caracterizaba a las discusiones del Comité Central, que dejaban a la militancia de lado. También señalará la falta de autocrítica sobre los sucesivos virajes y la autopresentación de la dirección como inflalible: “...un Partido calcado del aparato del Estado y del aparato militar” llegará a decir, cuyos alcances son analizados por Dal Maso y Petruccelli. También desarrollará Althusser, con el tiempo, una visión crítica del estalinismo, del que fue defensor durante las décadas del ‘40 y ‘50.

En 1978 escribirá “Marx dentro de sus límites”, publicado en forma póstuma, donde abordará cuestiones como el problema de la conciencia, y la relación entre intelectuales y clase trabajadora, en que Althusser critica la teoría de que la “conciencia” proviene de los intelectuales, sosteniendo que era el encuentro entre intelectuales y trabajadores lo esencial. También volverá a criticar algunos elementos hegelianos en Marx, como el punto de partida abstracto de El capital, y retomará problemas como la lucha de clases, el estado y la dictadura del proletariado, a la que asocia con la “democracia de masas” desde una perspectiva muy crítica del eurocomunismo. Asimismo, aparecerá en esta obra una valoración crítica de Gramsci, al que asocia con el eurocomunismo.

Finalmente, en la cuarta sección, “En el desierto de los ‘80”, se abordan sus últimos años. En el artículo “Situación, política: ¿análisis concreto?”, Althusser analiza las transformaciones del capitalismo y la situación de la clase trabajadora y la izquierda hacia mediados de los 80, ahí plantea fenómenos como la financierización, la primarización del “tercer mundo”, la precarización laboral, etc. En este panorama, la izquierda y los partidos omunistas retrocedían para Althusser, “podríamos sintetizar su cuadro de situación diciendo que el capitalismo estaba ganando la llamada Guerra Fría” [3], además de existir un “masivo proceso de despolitización internacional”, análisis que parece profético en algunos aspectos.

Bajo el subtítulo “El materialismo del encuentro: ¿filosofía para el marxismo o el posmarxismo?”, Dal Maso y Petruccelli analizarán críticamente los últimos aportes filosóficos de Althusser, publicados póstumamente. Para el Althusser de los ‘80, el mejor materialismo para el marxismo sería el aleatorio de Demócrito y Epicuro, que eliminaba el Origen y toda teleología, y suponía un “proceso sin sujeto” en la línea de su antihumanismo. Visualizará este materialismo como una corriente subterránea que incluye también a Maquiavelo, Hobbes, Rousseau, Marx y Heidegger. El marxista francés pensaba en “...la mejor filosofía para el marxismo, en lugar de una filosofía marxista”. Los autores analizarán críticamente esta propuesta filosófica y los problemas de agrupar a autores tan diferentes en una corriente, como así también las dificultades que genera para la acción política y el “pensamiento estratégico” la aleatoriedad, y si –más que marxismo– no se “acercaba a una especie de ‘posmarxismo’” [4].

En el capítulo sobre Althusser, nos encontramos con una visión no simplificada del pensamiento del filósofo francés, donde se abordan los matices y complejidades –nada menores– de su obra, así como su evolución, cuestionando fundamentadamente muchos prejuicios existentes sobre sus teorizaciones. Es una exposición que logra abarcar una gran cantidad de aspectos de su pensamiento, no en forma inconexa, sino en sus relaciones, mostrando al mismo tiempo su evolución.

Manuel Sacristán

El capítulo sobre Sacristán comienza con dos anécdotas que retratan el espíritu rebelde del filósofo español y su inquebrantable compromiso ético y político, aunque esto se pudiera pagar con la vida en tiempos del franquismo. Nacido en Madrid en 1925, en su juventud adherirá al falangismo, pero se orientará hacia un falangismo cada vez más crítico. Ya en esos años tenía cierto interés en el marxismo aunque, muy influído por el existencialismo, le criticaba su falta de interés por el individuo entre otros aspectos. Pero será en Alemania, por su contacto con militantes comunistas, donde desarrollará su “compromiso comunista”, que lo hará ingresar al PSUC [5]-PCE. El marxismo implicaba para Sacristán, a diferencia de Althusser, un humanismo, no “trascendentalista” ni “metafísico”. En sus primeros escritos caracterizará a “… la dialéctica marxista como un filosofar integrador de concepción del mundo, conocimiento científico y opción política, cuyo objetivo fundamental es el análisis concreto de situaciones concretas bajo la primacía de la práctica”. Para Sacristán el conocimiento científico abonaba el materialismo dialéctico, pero aclaraba que “abonar o hacer plausible no es lo mismo que probar en sentido positivo” [6].

Sacristán es caracterizado por los autores como “Un filósofo marxista original”, que unía claridad expositiva y rigor lógico. Esas virtudes se pueden observar en un escrito de 1964: el “Prólogo al Anti-Dühring”. En ese texto, introduce una clara diferenciación entre concepción del mundo y ciencia, la primera “es una serie de principios que dan razón de la conducta de un sujeto sin que éste se los formule de un modo explícito”. Sus enunciados sobre Dios, el universo, o el sentido no pueden ser demostrables ni se pueden probar como se prueba en la ciencia, pero eso no quiere decir que la ciencia no abone “una determinada concepción más que otra”. También analizará en este Prólogo la dialéctica, desde una perspectiva crítica respecto a la concepción predominante, pero sin renunciar a ella y proponiendo su propia visión, para la que “el campo o ámbito de relevancia del pensamiento dialéctico es precisamente el de las totalidades concretas” [7], reinvindicando la perspectiva de Lenin del “análisis concreto de la situación concreta”.

Su vida será “una vida militante”, no ajena a penurias y muchos sinsabores. Militará en las difíciles condiciones de la clandestinidad, siendo responsable del sector de intelectuales, con una perspectiva muy crítica de los métodos de conducción y la política de “reconciliación nacional” del PCE. En cuanto a los sucesos del ‘68, Sacristán condenará claramente la invasión soviética a Checoslovaquia, nos señalan los autores, simpatizando críticamente con el intento de renovación de los comunistas checos, como así también con el mayo del ‘68 francés. Todos estos elementos nos trazan un retrato del profundo compromiso vital de Sacristán, como así también de su fuerte espíritu crítico y agudeza política. Pero los sucesos de Praga y otras diferencias no lo alejarán del PCE, su alejamiento estará determinado por los pactos de la Moncloa, en los que participó el PCE, y “el auge del eurocomunismo” (al que criticó duramente).

Bajo el subtítulo “Renuncia al Comité Central de un comunista que ’iba en serio’, militando y filosofando desde abajo” se analizarán, además de su alejamiento de la dirección del PSUC-PCE, las batallas militantes y filosóficas que desarrolla por esos años. En 1967 Sacristán aborda la obra de Gramsci, quien fue no solo una importante referencia teórica, sino también alguien con quien simpatiza por su “talante moral”, señalan Dal Maso y Petruccelli. Sacristán tendrá con el sardo importantes coincidencias, pero le criticará cierto “ideologismo” de “raíz idealista”.

En su conferencia de 1978 sobre “El trabajo científico de Marx y su noción de ciencia”, desarrollará una visión crítica hacia las tendencias cientificistas en el marxismo, y planteará la existencia de tres concepciones de ciencia en El capital de Marx: como “ciencia normal”, que nos permite “atar de un mismo hilo” [8] a Euclides, Ptolomeo, Copérnico y Einstein entre otros, la de Wissenschaft hegeliana “resignificada por Hegel en términos de totalidad y desarrollo”, y la de ciencia como “crítica” propia de los jóvenes hegelianos.

Tras abandonar el PSUC-PCE militará a nivel sindical, en las Comisiones Obreras de Enseñanza, se acercará e integrará los nuevos movimientos sociales, promoverá la unidad de la izquierda extraparlamentaria e impulsará dos revistas: Materiales, entre 1977 y 1978, y Mientras Tanto, desde 1979 hasta su muerte, lo que se trata bajo el subtítulo “Adiós al PSUC: la experiencia de Materiales y Mientras Tanto”.

En esos años, profundizará en temáticas como el feminismo, el ecologismo y el pacifismo, lo que es tratado por los autores bajo el subtítulo “Tradición marxista y nuevos problemas”. Su ecologismo no será un ecologismo romántico, sino sustentado científicamente y revolucionario, señalan Dal Maso y Petruccelli. Será un duro crítico del eurocomunismo, lo cual no le impide reconocer que algunos de sus planteamientos son correctos, pero considera que la perspectiva eurocomunista no es revolucionaria, sino “un movimientismo bernsteiniano, para el que el movimiento (puramente reformista) lo era todo y los fines (revolucionarios) nada” [9].

El capítulo sobre Sacristán termina con sus planteamientos sobre el futuro inmediato en la sección “Los últimos años de un hereje que no fue nunca un renegado”. A su juicio, en 1981, nos esperaba “una larga travesía en el desierto”, pero queda claro en el libro que la perspectiva de derrota, su realismo, no lo llevó al derrotismo; al igual que Gramsci, combinó “el pesimismo de la inteligencia, con el optimismo de la voluntad”.

Ilustración: Mauro Jeanneret
Ilustración: Mauro Jeanneret

Louis Althusser y Manuel Sacristán

En el último capítulo, se abordan conjuntamente –realizando algunas comparaciones– diversos aspectos del pensamiento de ambos marxistas: ciencia y dialéctica, el legado de Antonio Gramsci, la necesidad de repensar el proyecto comunista y la perspectiva estratégica.

En la primer sección de este tercer capítulo, “Ciencia, dialéctica y marxismo”, se abordan más que nada los aportes filosóficos. Ambos desarrollaron la teorización epistemológica y compartieron en este punto el rechazo a la teoría del reflejo, así como también a la idea de que existe una “ciencia burguesa” y una “ciencia proletaria”, aunque estas visiones críticas se realizaran desde perspectivas bastante diferentes. Es claro que en el caso Sacristán esto no lo conduce a un cientificismo ingenuo, por el contrario analiza las complejas relaciones ideología-ciencia, señalando que en el producto cultural llamado ciencia nos encontramos con muchos elementos ideológicos, sobre todo en las ciencias sociales, que en algunos casos, más que ciencia, son apologética del sistema capitalista.

En cuanto al materialismo dialéctico, ambos intentan alejarse tanto de ciertas “fórmulas consagradas”, así como también de las visiones antidialécticas. La dialéctica es para Sacristán una “búsqueda de la totalización”. Althusser planteaba una perspectiva muy diferente de dialéctica, como la de contradicción como sobredeterminación que Sacristán rechazaba; sin embargo, coincidían en esa aspiración a la totalidad.

La valoración del legado hegeliano en Marx es muy diferente. Mientras Althusser rechaza la herencia hegeliana, Sacristán realizará una valoración positiva, porque le permitió desarrollar al revolucionario alemán una visión de ciencia totalizadora, gracias a esa concepción de Hegel para la que “lo verdadero es lo completo”. Althusser, en cambio, intentará desarrollar la dialéctica marxista distanciándose al mismo tiempo de Hegel, por quien siempre parece haber tenido un rechazo “visceral” como señalan Dal Maso y Petruccelli.

En la sección sobre Antonio Gramsci, “Althusser, Sacristán y Gramsci”, los autores analizan la lectura de ambos marxistas sobre el comunista italiano. La posición de Althusser sobre Gramsci va variando en el tiempo –y en el libro se hace un detallado inventario de esas variaciones–, pero se podría decir que predomina una visión crítica sobre el sardo, con algunos elementos puntuales que reivindica. En Sacristán nos encontramos, por el contrario, con una lectura que defiende el legado gramsciano, sin dejar de lado apuntes críticos. La lectura althusseriana parece asumir como correcta la intepretación que de Gramsci realizaba el eurocomunismo; esto implicaba considerar a Gramsci un precedente del eurocomunismo y, por tanto, de una concepción reformista. En Sacristán, en cambio, es muy clara una lectura del legado gramsciano como consecuentemente revolucionario, centrándose sus críticas en lo que llamaba el “ideologismo” del italiano, producto de su herencia idealista, la que -sin embargo- le permitió “… desarrollar una perspectiva revolucionaria opuesta al reformismo filosóficamente positivista del PS” [10]. Esta sección no solo permite adentrarnos en algunas ideas de Sacristán y Althusser sobre el legado gramsciano, sino que también nos aporta elementos para una comprensión más profunda del pensador sardo.

Los dos plantearon la necesidad de reformular el proyecto comunista, desde una perspectiva crítica del estalinismo, fundamentando la defensa del concepto de dictadura del proletariado y del desarrollo de la democracia socialista y partidaria. En cuanto al pensamiento sobre cuestiones estratégicas, no fue el punto fuerte de estos marxistas europeos. Los dos defendieron la vía de la revolución. Sacristán rechazaba la vía parlamentaria y señalaba la necesidad de promover una cultura comunista, cuestión esta última que parece fundamental para todo posible proyecto socialista. Althusser, por su parte, veía posible la “vía democrática” y la instalación de un gobierno de izquierda que debería ser empujado por la lucha de clases “hacia medidas revolucionarias”. Estos siguen siendo sin duda temas clave, que habría que abordar sin dogmatismos y sin posturas rígidas.

Algunas reflexiones finales

Por último, quisiéramos realizar una breve síntesis de algunos de los aportes que consideramos centrales de este libro para pensar problemáticas que hoy resultan tan o más vigentes que en tiempos de Althusser y Sacristán. La cuestión del estado como maquinaria represiva y la necesidad de toda revolución socialista de destruir esa maquinaria, que está intrínsecamente relacionada con el problema del poder, de qué clase ejerce el poder es, sin duda, un problema fundamental, que sin embargo es muchas veces soslayado por la izquierda, incluida gran parte de la que se define marxista, aunque la práctica nos demuestre claramente –muchas veces trágicamente– el carácter de clase de dicho estado y su función de garante último del orden capitalista.

También son particularmente valiosos los desarrollos críticos sobre las formas en que se entendía el “centralismo democrático” y las prácticas predominantes de funcionamiento de los Partidos Comunistas a los que pertenecían, porque aportan elementos que nos permiten pensar las prácticas de la izquierda en general. ¿No son en gran medida esas prácticas –que confunden centralismo democrático con centralismo– un patrimonio común de gran parte de la izquierda, desde las tendencias más reformistas hasta las más radicales o radicalizadas?

Los aportes epistemológicos y sobre la dialéctica son elementos que resaltan en la obra de ambos filósofos, y que el libro de Dal Maso y Petruccelli nos plantea en forma clara y profunda, que pueden no ser compartidos pero que no deberían ser soslayados. El énfasis que Althusser y Sacristán plantean en la “búsqueda de la totalización”, como elemento central de la dialéctica, adquiere hoy particular relevancia, ante la proliferación de concepciones filosóficas que rechazan la aspiración a la totalidad, desde una perspectiva muchas veces antiuniversalista e irracionalista, o la tendencia cada vez mayor a la ultraespecialización, y que se expresan en visiones políticas que no apuntan a un cambio del conjunto de la sociedad, sino a reformas parciales, a una “ingeniería fragmentaria” que deja incuestionados la totalidad capitalista y su creciente totalitarismo, que subordina cada vez más la vida al capital. Los aportes epistemológicos de ambos, sobre todo de Sacristán, se orientan en una dirección realista y racionalista que contribuye valiosos elementos y argumentos para la crítica de las tendencias irracionalistas, relativistas extremas, escépticas radicales, o las “epistemologías locales” hoy de moda, como señalan Dal Maso y Petruccelli.

Por último, destaca el tratamiendo de Sacristán de las problemáticas ecológicas, el feminismo y los llamados nuevos movimientos sociales en general. El filósofo español fue muy original en estos aspectos, siendo capaz de articular dialécticamente la lucha de clases con este otro tipo de luchas, sin perder una perspectiva de clase y anticapitalista a la hora de abordarlas, lo que –según nuestra experiencia– no siempre es fácil de lograr a nivel de la izquierda. Sacristán se aleja de dos posicionamientos que afloran en sectores de la izquierda y que estrechan las bases de apoyo y las perspectivas transformadoras: por un lado la de una izquierda que no ve estas luchas como relevantes, que no visualiza su potencialidad anticapitalista o por lo menos fuertemente cuestionadora de este sistema, que suele contraponerlas a la lucha de clases en tanto “verdadera” lucha, y, por otro lado, se distancia también de las visiones parciales, fragmentarias, que no son capaces de visualizar las raíces más profundas de los problemas ecológicos, la dominación másculina, o el racismo, que no comprenden las relaciones entre estos fenómenos y el sistema capitalista, y que, por tanto, suelen plantear “soluciones” muchas veces muy limitadas y problemáticas.

Pero tal vez, más allá de estas puntualizaciones específicas, se podría decir que el principal aporte de Althusser y Sacristán fue el intento de desarrollar el marxismo en forma creativa, no dogmática y políticamente comprometida con el socialismo y la revolución, camino por el que también transita la obra de Dal Maso y Petruccelli.

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NOTAS AL PIE

[1Dal Maso, Juan y Petruccelli, Ariel, Althusser y Sacristán. Itinerarios de dos comunistas críticos, Ediciones IPS, Buenos Aires, 2020, p. 54.

[2Ibídem, p. 71.

[3Ibídem, p. 119.

[4Ibídem, p. 136.

[5Partido Socialista Unificado Catalán.

[6Dal Maso, Juan y Petruccelli, Ariel, op. cit., p.154.

[7Sacristán, Manuel, citado en Dal Maso, Juan y Petruccelli Ariel, op. cit., p. 158

[8Sacristán, Manuel, citado en Dal Maso, Juan y Petruccelli, Ariel, op. cit., p. 185.

[9Dal Maso, Juan y Petruccelli, Ariel, op. cit., p. 191.

[10Ibídem, p. 254.
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Alexis Capobianco

Profesor de Filosofía en la educación pública uruguaya y militante sindical.
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