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Crónica de la masacre obrera de Santa María de Iquique

Con justa razón quienes nos consideramos los guardianes de la lucha de nuestra clase sentimos como propio la horrenda masacre cometida por los militares en la escuela Santa María de Iquique en Chile. Los diferentes gobiernos chilenos ocultaron esa salvaje represión contra indefensos obreros desarmados, sus mujeres e hijes ocurrida el 21 de diciembre de 1907.

Martes 25 de febrero | 22:42

“Vengo de ese día triste cargado de sangre y sudor, vengo de tierra chilena, sí señor, sí señor”

Corría el año 1907. Los destinos del país estaban en mano de Pedro Mont. Autoridades de su gobierno y él eran dueños de varias oficinas salitreras. En esos años la sal era considerada el oro blanco chileno. Gran parte del país vivía de ese comercio que se importaba a Europa. Mientras tanto la moneda sufría una devaluación constante y escaseaban los productos básicos como la carne.

Ya en el año 1905 por la escasez de varios productos como por ejemplo la carne, se produjo en Santiago la gran huelga conocida como la”Semana Roja”. La situación de crisis económica era el motor que impulsaba a los obreros del salitre en la zona de Tarapacá a la lucha por mejores salarios, condiciones de vida y de trabajo. El pedido era general, siendo Chile una gigantesca minería salitrera merecían los mejores salarios.

No olvidemos un pequeño detalle: el país era una semicolonia inglesa. Los obreros chilenos conocían más el valor del chelín y el penique que el propio peso chileno, pero a la vez eran tiempos donde no conocían otro método de lucha más que la acción directa. El legalismo (luchar dentro de los espacios institucionales del régimen político) con todas sus escuelas no existían. Era la época heroica del proletariado chileno. El movimiento con todas sus expresiones tenía un fuerte olor a pólvora.

Comienzan a darse cuenta de su propia fuerza y las ponen a prueba. Eran una clase productora decían los proletarios. En forma embrionaria nacían en ellos una toma de conciencia. Desde el año 1903 hasta 1916 fueron la irrupción activa de las masas laboriosas en todo el país, eran la parte activa que las autoridades de gobierno titularon “la cuestión social”.

La patronal comienza a sentirse amenazada y ve un peligro en la combatividad de la clase obrera. El gobierno se encuentra en un grave problema y tiene solo dos formas de solucionarlo. Una es reprimir brutalmente las huelgas como lo está haciendo con balazos y detenciones, cárceles y muertos. La otra, con tibias medidas que no solucionan nada los problemas de bajos salarios y hambre.

Se mostraba descarnado y muy claro el desarrollo desigual en el naciente proletariado. Por un lado estaba tremendamente desarrollada su conciencia de clase, con métodos combativos y tendencia a la acción directa y por el otro, pesaba el atraso de una conciencia política que le hacían confiar en los partidos patronales.

Trabajadores del salitre de Santa María de Iquique

En el año 1907 la situación social era explosiva. El descontento obrero se extendía por todas las oficinas salitreras. La Pampa estaba en llamas y era difícil apagar este incendio.

Huelga en la oficina de San Lorenzo

Los hermanos Ruiz, representantes de los trabajadores de la salitrera de San Lorenzo, entregaron en sus propias manos al administrador inglés, Sr. Turner, un pliego de condiciones donde exigían que no les paguen con “fichas” (papeles que solo servían para comprar en sus tiendas) y que les aumenten el salario,.

El inglés ávaro de Turner se negó a todo tipo de aumento y desconoció el pedido. La respuesta fue contundente. Se declaró la huelga en San Lorenzo. Rápidamente decenas de trabajadores con bandera y lienzos se ponen en marcha hacia las oficinas de Santa Lucía ubicada a 8km de San Lorenzo. El sol de la Pampa comienza a levantar temperatura y alterar los nervios de esos aguerridos pampinos. Al llegar la caravana a Santa lucía el personal paraliza las faenas y se plegaron a la huelga.

Distintas ciudades se fueron uniendo a la lucha. La comuna se fue engrosando con las oficinas de La Perla, pronto llegaron a San Agustín con los de La Esmeralda. A poco andar llegaron de Santa Clara y Santa Ana. Fuertemente unidos le declaran la huelga a los ingleses, a los gringos y a los patrones. Casi sin esfuerzo salió el paro de las actividades, como siempre ocurre siempre hay algún remolón para no plegarse al paro. En cada oficina había mujeres fortachonas. Seis o siete hacían guardia y se encargaban de ellos. Les bajaban los calzoncillos y los dejaban con el “poto” al aire para risa de todos y tenían que unirse al reclamo.

Habían encendido la mecha y corría rápido por La Pampa como si fuera un reguero de pólvora, todos estaban informados, dejaban sus herramientas y se unían a la caravana marchando a San Antonio. Al llegar a dicho lugar ante el temor de esa inmensa caravana todas las autoridades desaparecieron. Nadie recibía el petitorio con los justos reclamos de los hombres del Salitre que eran claros y precisos.

La llegada a Iquique

Ante la ausencia de las autoridades locales, parlamentaron entre ellos y en común acuerdo deciden marchar a la ciudad de Iquique, centro político de la región. La caravana estaba compuesta por hombres, mujeres y niños que llevaban el orgullo y la decisión de una clase heroica que está llamada históricamente a dirigir el destino de la humanidad. En el centro de la columna se batían al viento banderas chilenas, peruanas y bolivianas.

Orgullosos marchaban a la cabeza de ese ejército internacional llenos de fe por ese tremendo desierto a “purita pata”. Allí no había distinción de raza, la patronal explotaba a todos por igual. Llevaban en sus pechos el sol de la justicia, reclamaban con justa razón el pan que les arrebataban del hogar cada día ese régimen explotador. Lentamente cada día fueron entrando en la ciudad de Iquique ese inmenso ejército de los hombres del Salitre. Diez mil, tal vez más, de hecho, era una ciudad ocupada pacíficamente. Cincuenta o tal vez cien obreros en cada esquina de las calles. Las autoridades para sus adentros temblaban, ver esos hombres de piel oscura quemados por el sol de La Pampa, miradas desafiantes exigiendo ser escuchados en su justo reclamo. Valiente y aguerridos sin temor, seguros de sí mismo. No estaban dispuestos a regresar con las manos vacías. Era preferible la muerte.

La llegada de miles de obreros de diferentes oficinas con sus banderas era constante. Los obreros no tenían donde quedarse. Apremiado por la circunstancia el Intendente García Guzmán les habló: -Tienen lugar en el convento-. Todos les respondieron: -Con los curas no-. Entonces el intendente insiste: -A los cuarteles-. La respuesta fue inmediata: -No, con los milicos menos-. Desde la muchedumbre la voz de un joven se hizo escuchar: -A la escuela de Santa María-. El intendente aceptó de inmediato.

La huelga general era un hecho, no había duda, los hombres del Salitre habían paralizado todo el norte. Gremios portuarios y otros se adhirieron al paro. Acá aparece una brillante y nueva lección, son las fuerzas de la clase obrera la que hacen funcionar los medios de producción y también pueden paralizarlos en cualquier momento. En sus manos están los medios y la fuerza para hacerlo. Esto le quedó claro a la patronal y a los obreros.

En la Plaza Prat, las reuniones abiertas eran cotidianas. Eran miles las voces que se escuchaban, todos querían hablar. Los reclamos eran permanentes y a la orden del día. Se hizo silencio cuando habló un hombre de gobierno, el abogado Viera Gallo, habló en nombre de la patria y que la petición de los presentes en ocho días estaría arreglada pero debían regresar a sus puestos de trabajo. Bajar la cabeza sin chistar y obedecer. La respuesta fue unánime, lo insultaron y nadie lo escuchó.

La firmeza de los huelguistas comenzó a preocupar a la patronal y al gobierno. El problema llevaba varios días y no se resolvía. Los mineros eran más duros que la roca. No iban a volver con las promesas hechas por las autoridades. Nadie le creía una palabra. Corrían ciertos rumores que la patronal inglesa le exigía al Gobierno que proceda y ponga orden. Si había que reprimir ellos tenían al militar que cumpliría ciegamente las órdenes. Era el General Silva Legrand. Un elemento sumiso, sirviente lacayo de los capitalistas ingleses. Un perro faldero de los gringos.

Antes de proceder con las armas, el gobierno ensayó un intento de arreglar con promesas. El día jueves a las 16hs desembarcó el Intendente Sr. Eastam quien llegó a bordo del Zenteno. Venía a resolver los problemas que García Guzmán no había dado pie con bola. Traía una orden drástica desde el Gobierno. Los obreros angustiados llenos de incertidumbre le habría paso y saludaban a este zorro que se emborrachaba con los patrones de la Salitrera. Ensayaba una sonrisa pero temblaba de miedo por sus adentros. Pasó caminando ante los 800 hombres. Poca era la diferencia con el circo romano. Los que iban a morir saludaban al César con fervor mientras estaban a pocos pasos de la muerte. Los heroicos obreros de Tarapacá saludaban al intendente que los mandaría a reprimir sin piedad.

¿Cómo se explica que una clase con métodos de lucha tan radicalizada que sostienen una huelga general tan firme, con un comité que hacía temblar a la patronal, depositara confianza en ese zorro que respondía a la patronal y al Gobierno? El atraso político estaba claro. Este elemento exigía la vuelta al trabajo y dejar una comisión para discutir las condiciones. Si la patronal cedía peligraba toda su riqueza. Había que defender la propiedad privada a cualquier precio y la patronal estaba dispuesta a hacerlo cueste lo que cueste.

La represión

Día viernes. Se necesitaba algún argumento para reprimir. Los obreros no se prestaban a ninguna provocación. El día transcurrió con un silencio extraño. Llegada la tarde sorprendió la noticia que las tropas del regimiento Carampahué, al mando del Teniente Ramiro Valenzuela, había dado la orden de disparar sus armas en Buenaventura matando a varios obreros e hiriendo a otros y se declara Estado de Sitio ordenada por el Gobierno. Fue la antesala para comenzar la represión.

Día sábado. A las 7am de esa mañana trágica los obreros del Salitre fueron despertados por el ruido marcial de las tropas del ejército y les ordenaron concentrarse a todos en la Escuela Santa María.

Trabajadores del salitre detenidos en la comisaría de Santa María de Iquique

A las 13hs se formó en la Plaza Prat las fuerzas militares disponibles. El Regimiento O´Higgings, el Rancagua, el Carampahué, La Marinería del Crucero, Las Ametralladoras del Esmeralda. Estas tropas estaban al mando del Comandante General Silva Legrand quien había observado, según sus palabras, dentro de la Escuela a unos 5 mil obreros y 2mil en las afueras de la escuela. Llamó a la comisión obrera para hablar con ellos. el General estaba montado en su caballo blanco. En tono enérgico les ordenó retornar a sus tareas, disponían de un tiempo prudente o se procedería a utilizar las armas.

El dirigente Olea, anarquista, se adelantó y habló por todos. Muy seguro le respondió: -Volver al trabajo sólo con promesas, nunca-. Se quitó su camisa y le mostró el pecho limpio, gritándole: -No tengo miedo, si tiran, tiren a matar-. El General retrocedió en su caballo. Ante el peligro inminente de que iban a reprimir, el Cónsul de Bolivia entró para hablarle a sus paisanos. La respuesta de los obreros fue determinante: -Con los chilenos iniciamos la huelga, con los chilenos la terminamos-. La heroica clase obrera ponía de manifiesto sus convicciones, juntos todos, como un hombre que tiene mil hermanos almas.

La respuesta fue determinante, la del General también y dio la orden de abrir el fuego. Comenzaron a hablar las voces de las armas, fuego graneado, nutrido como dos bandos en un enfrentamiento entre enemigos y en la escuela solo había obreros desarmados, mujeres y niños. Las ametralladoras producían un ruido ensordecedor que duró unos 30 minutos. Callaron las ametralladoras y los fusiles para darle paso a la Infantería que entraban a rematar a los que aún quedaban con vida. La gente moría en la confusión. No había silencio sino gritos. Como si el país gritara de dolor. Reventaban los alaridos, era La Pampa toda asesinada en la ciudad. Pero aún quedaba la parte final de esa masacre. Los oficiales entraban a darles el tiro de gracia a los hombres, mujeres y niños que aún estaban con vida.

Nadie tiene el número exacto de víctimas. Se habló de 3600 en total. En rueda de íntimos algunos comentaron que el General dejó escapar algunas palabras de su “obra” diciendo: -Con estos pampinos brutos utilizamos el método del Palomeo-, es decir matar seres humanos como si fueran simples palomas. Cuando el General y sus tropas habían terminado su obra sangrienta, en medio de hombres y mujeres temblorosas empapadas de sangre, el Gobierno ordenó disponer trenes para trasladar el regreso de los que estaban con vida. Eran carros sin baranda planos que se utilizaban para acarrear sacos de sal. Apenas el convoy salió del puerto eran esperados por los Guardias Blancos, hijos de familias acomodadas quienes balearon a esa gente indefensa.

Creo que las nuevas generaciones tienen el deber de conocer este crimen cometido a la clase productora, la clase obrera.






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