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PUERTO RICO

Dinámica y perspectivas de la rebelión en Puerto Rico

La caída del gobernador es una victoria de la movilización popular. Sin embargo, se va Rosselló pero se queda la Junta y el régimen colonial que la sostiene. ¿Qué sigue?

Jimena Vergara

@JimenaVergaraO

Miércoles 31 de julio | 17:20

Durante 12 días las calles de Puerto Rico fueron inundadas por una marea de personas encolerizadas pidiendo la renuncia del gobernador Ricardo Rosselló que culminó con una huelga general que paralizó la isla. La filtración de casi mil páginas de Telegram de conversaciones entre Rosselló y su círculo cercano confirmó la putrefacción de la clase dominante por un lado, mientras la movilización popular, demostró el carácter profundo de las contradicciones del régimen colonial en un país azotado por la crisis económica, los planes de austeridad y las devastadoras consecuencias del huracán María por otro.

El pujante movimiento de masas está en una encrucijada. O lo partidos que administran el régimen colonial logran imponer una transición pacífica - pactada con Estados Unidos- o los trabajadores y el pueblo encuentran una salida para sacarse de encima a la odiada casta política y a la Junta de Control Fiscal comandada por Wall Street. Las causas de la reciente rebelión popular, hunden sus raíces en la dominación colonial que Estados Unidos ejerce sobre la isla desde hace más de un siglo.

Crónica de un incendio popular

Los acontecimientos se precipitaron rápidamente en Puerto Rico. El 13 de julio, la prensa local e internacional publicó el informe de Periodismo Investigativo con casi mil páginas de Telegram donde el gobernador y su círculo cercano presumen su misoginia y homofobia, hacen mofa de las víctimas del huracán María y de los actos de corrupción cometidos por su administración.

La rabia contenida explotó. Los primeros en tomar las calles fueron los estudiantes de la Universidad de Puerto Rico (UPR) y el movimiento de mujeres. Gente joven, en particular la generación que tenía entre 10 y 13 años cuando, hace una década atrás, el entonces gobernador Luis Fortuño decidió aumentar las cuotas de la universidad, despedir a miles de empleados públicos y construir un gasoducto en contra de la opinión popular. Son la generación que ya vio a Donald Trump en el poder, sufrió la catástrofe del huracán María y ha crecido bajo el dominio de la Junta de Control Fiscal.

Jóvenes que crecieron con la crisis económica, las agresivas medidas de austeridad tomadas por las administraciones anteriores y el cierre de las escuelas públicas. Una generación cuyo único futuro es migrar a Estados Unidos para trabajar o estudiar como ciudadanos de segunda categoría y ser parte de la diáspora boricua que ya suma más de 5 millones de personas (mientras que en la isla la población es de 3,2 millones). La generación del “ya no me dejo” como dice la canción de Bad Bunny, uno de los iconos populares de las manifestaciones.

En la movilización del 15 de julio, donde se registraron los primeros enfrentamientos con la policía, la mayor parte de los contingentes eran de jóvenes. Llegaron a San Juan en guaguas provenientes de Mayagüez, Ponce o Río Piedras para gritar su rabia contra Rosselló y la Junta de control fiscal: Ricky renuncia y llévate a la junta. El movimiento de mujeres y las organizaciones feministas estuvieron también en la primera línea, denunciando la misoginia y homofobia de la casta política.

Estos jóvenes, hombres y mujeres son los que se quedaron en viejo San Juan a resistir los gases de la policía cuando cayó la noche de aquel 15 de julio, cubiertos con máscaras de luchadores y mascadas. La prensa oficial ha querido ocultar la radicalidad en los enfrentamientos contra la policía por un lado y el odio expresado en las consignas contra la Junta y la ley PROMESA por otro.

Lejos de mermar, los siguientes días la movilización se robusteció. Docentes, madres de familia, empleados, profesionistas fueron sumándose a la marea de personas que durante 12 días consecutivos colmaron las calles de San Juan y asediaron la Fortaleza con la determinación de deshacerse de Rosselló. “Somos muchos más y no tenemos miedo”, cantaban mientras la policía avanzaba con gases lacrimógenos.

El viernes 19 de julio, el movimiento obrero organizado entró en escena. Los sindicatos se sumaron a las movilizaciones y anunciaron un paro general para el 22 de julio. La Coordinadora Sindical, Unión de Trabajadores de la Industria Eléctrica y Riego (Utier), Asociación Puertorriqueña de Profesores Universitarios (APU), Central Puertorriqueña de Trabajadores, Hermandad de Empleados Exentos No Docentes, Coordinadora Unitaria de Trabajadores, Unión General de Trabajadores, Federación de Maestros de Puerto Rico, Sindicato Puertorriqueño de Trabajadores y Trabajadoras, el Sindicato Internacional de Empleados Profesionales de Puerto Rico (OPEIU), Federación Central de Trabajadores local 481 UFCW y la Federación de Trabajadores de Puerto Rico, AFL-CIO convocaron a una marcha desde Bahía Urbana hasta La Fortaleza.

Finalmente, el lunes 22 de julio, el movimiento de masas le dio el golpe de gracia al odiado gobernador Ricardo Rosselló con una huelga general. Dice un reporte de la prensa local: “La isla se ha paralizado este lunes, los cruceros han anunciado la cancelación de las llegadas al puerto de San Juan. Ha estallado una huelga general secundada por los sindicatos, universidades y activistas de todas las edades, se cerraron las puertas del principal centro de negocios y las tres universidades más grandes cerraron sus clases. La manifestación fue de tal magnitud que cerraron una de las autopistas principales de la capital”.

Estas jornadas tienen un carácter histórico. Desde el 2000 que el movimiento de masas no protagonizaba acciones de esta magnitud cuando la población salió a las calles para exigir la salida de la marina estadounidense de Vieques, después de que un guardia de seguridad local muriera a causa de una bala perdida cerca de un campo de práctica de tiro. En las manifestaciones según la prensa local se dejó sentir el espíritu de la rebelión en Vieques.

El grado de espontaneidad de las movilizaciones fue un componente importante, pero hay el peligro real de que el movimiento se desinfle. La participación del movimiento obrero y el movimiento estudiantil organizado es auspiciosa y puede ser un elemento que coadyuve a que las masas no se detengan con la caída de Rosselló. El odio contra la clase dominante en Puerto Rico, hunde sus raíces en el hartazgo contra la dominación colonial.

Puerto Rico no es un “estado libre asociado”, es una colonia

El sentimiento independentista en Puerto Rico ha mermado con el paso de las décadas, no así el odio contra la dominación colonial. Desde 1952, cuando entró en vigor la constitución boricua, ya se organizaron cinco plebiscitos: en 1967, 1993, 1998, 2012 y 2017. Las opciones plebiscitarias eran la anexión a Estados Unidos, la permanencia como estado libre asociado o la independencia. En los cuatro primeros, el apoyo mayoritario fue para las dos primeras opciones. En el último, que según cifras oficiales tuvo escasa participación, el gran ganador fue pasar a ser el 51 estado.

Con la trampa del referéndum, Estados Unidos oculta la cruda realidad que padecen las masas boricuas cuya única salida es migrar a territorio estadounidense producto del ahogamiento de su economía.

No es un dato menor que 5 millones de puertorriqueños se encuentren en Estados Unidos contra 3 millones que permanecen en la isla. La posibilidad de perder el único “beneficio” (migrar a Estados Unidos sin visa) que obtienen los puertorriqueños producto de su estatus colonial ha golpeado duramente las aspiraciones independentistas. Después de diez años de recesión económica y un devastador huracán, la situación se volvió cada vez más acuciante.

Los partidos gobernantes representan los intereses del bipartidismo norteamericano. El Partido Nuevo Progresista es el representante nativo del ala anexionista de la elite boricua que cuenta con el respaldo de una parte del establishment demócrata, cuyo programa es la integración a Estados Unidos para convertirse en el estado número 51. No por nada Tom Pérez, el presidente del Partido Demócrata, salió a manifestar su “decepción” con Rosselló y desmarcarse una vez que el Telegram Gate estalló. Por otro lado, el Partido Popular Democrático pretende continuar con la ficción del “Estado libre Asociado” que parece ser la política hegemónica del Partido Republicano por el momento. Ambos comparten el interés estratégico de volver inviable cualquier camino hacia la autodeterminación y de gestionar la relación colonial.

Tanto demócratas como republicanos han llevado al pueblo boricua a la situación extrema en la que se encuentra. Puerto Rico está en la lista negra de la presidencia de Barack Obama quien impuso la creación de la Junta de Supervisión Fiscal durante su mandato simple y llanamente para garantizar el pago de la deuda y mantener un estricto control fiscal, económico y político sobre la isla. Un comité ligado a Wall Street que gobierna la isla de facto por encima de la legislatura.

Trump por su parte, ante el desastre ocasionado por el huracán María se negó a entregar el presupuesto necesario para las tareas de restauración después de llamar a los puertorriqueños “flojos”. Tanto en Puerto Rico como en Estados Unidos, los boricuas son ciudadanos de segunda categoría. Tienen un solo delegado en el congreso americano que no tiene derecho a voto y bajo los estatutos del commonwealth, solo el parlamento estadounidense podría declarar la independencia o la anexión. El Congreso norteamericano también tiene poder de veto sobre cualquier acción tomada por la legislatura en Puerto Rico y además mantiene control sobre asuntos económicos y fiscales en cooperación con la Junta.

Aunque en la isla los boricuas tienen número de seguridad social, los programas a los que tienen acceso son muy restringidos. No cuentan con el apoyo presupuestario del erario federal con el que cuentan los estados de la unión y aunque pueden votar en las elecciones primarias, no pueden votar en las elecciones presidenciales.

Los residentes de Puerto Rico están obligados a pagar los impuestos federales de Estados Unidos, los impuestos de importación y exportación, los impuestos de los productos básicos federales y los impuestos sociales de seguridad, entre otros. Además, los puertorriqueños han sido reclutados históricamente para pelear en las guerras del imperialismo americano. De hecho, más de 400.000 sirvieron en las Fuerzas Armadas y participaron en todas las guerras que mantuvo Estados Unidos desde 1898.

Las condiciones de dominación colonial hacen que la lucha de clases en la Isla tiende a cuestionar objetivamente esa dominación y si bien la política estadounidense fue exitosa en licuar el sentimiento independentista, el pueblo boricua tiene una larga tradición de lucha por su liberación nacional.

El “destino manifiesto” del pueblo boricua

Inmediatamente después de ganar su independencia contra el yugo español en las postrimerías del siglo XIX, Puerto Rico quedó bajo control norteamericano. Para 1930 la economía de la isla estaba en manos del capital financiero estadounidense que además de tener el control de las finanzas y el sistema bancario, era propietario del sistema postal insular, el ferrocarril y el puerto internacional de San Juan. Las corporaciones Azúcar Domino y la United Fruit Company eran dueñas de la abrumadora mayoría de las tierras cultivables. Para 1940, la marina estadounidense, asentada en Vieques, controlaba dos terceras partes del territorio.

El régimen bipartidista americano garantizo con la fuerza de las armas el dominio económico de sus corporaciones, pero a su vez encontró una feroz resistencia. El movimiento independentista boricua protagonizó grandes gestas entre 1930 y hasta bien entrados los años setentas. La tenacidad del movimiento forzó a los Estados Unidos a otorgar el estatus autonomista de commonwealth y la isla fue proclamada como “Estado Libre Asociado” en 1950. Solo dos días después de la creación del commonwealth, dos militantes nacionalistas realizaron un atentado contra el presidente Harry S. Truman y los ejecutores fueron condenados a cadena perpetua. Lejos de mermar, el movimiento independentista cobró nueva fuerza. Las masas puertorriqueñas se sublevaron durante toda la década del 50 y protagonizaron los combativos levantamientos de Peñuelas, Jayuya, Mayagüez, Naranjito, Arecibo y el levantamiento de San Juan. Durante los sesentas y setentas, con el impulso de la revolución cubana, proliferaron las organizaciones políticas, la prensa independentista y emergieron grupos guerrilleros nutridos de jóvenes radicalizados y jornaleros.

La juventud de la diáspora en Estados Unidos, formó organizaciones independentistas como los Young Lords, inspirados por las Black Panthers (Panteras Negras). La respuesta del estado americano fue la represión. Entre 1952 y 1971 el programa de Contrainteligencia (Counter Intelligence Program) creado por el FBI para infiltrarse y desarticular a las organizaciones consideradas como subversivas por el Estado americano como las Black Panthers operó contra las organizaciones independentistas puertorriqueños.

El sentimiento independentista volvió a aflorar nuevamente en el 2000, cuando el movimiento “Todo Puerto Rico con Vieques” estalló después de que un guardia de seguridad local perdió la vida a manos de una bala perdida de la marina estadounidense y los boricuas tuvieron una victoria histórica con el retiro de las tropas.

Pero la lucha por la autodeterminación ha sido obturada por el imperialismo. Paralelo a la represión, el régimen estadounidense, consciente del sentimiento independentista que sobrevivió durante buena parte del siglo XX, utilizó la trampa de los referéndums para legitimar el estatus colonial de la isla mientras perseguía a los sectores más activos del movimiento. Quienes lucharon por la independencia de la isla fueron perseguidos, torturados y asesinados por el FBI, que actúa en el territorio de Puerto Rico sin ningún tipo de consulta y con absoluta brutalidad como quedó demostrado en 2005 cuando asesinó en su casa al dirigente independentista Boricua, Filiberto Ojeda Ríos, lo que dio lugar a un repudio generalizado al interior de la isla.

Durante la ofensiva neoliberal, la diáspora se triplicó como consecuencia de la crisis económica y la austeridad. En esta situación, la única salida para millones de boricuas es migrar a Estados Unidos.

A principios del siglo XX Theodore Roosevelt declaró que era “destino manifiesto para una nación apropiarse de islas fronterizas con sus costas”. Así resumió el 26 presidente estadounidense lo que sería el proyecto colonial americano sobre tierra boricua. Pero los puertorriqueños parecen querer desafiar el “destino manifiesto” de su opresor una y otra vez y han encendido la llama de la rebelión en el Caribe.

¡Abajo la Junta!

Rosselló se fue, pero el régimen colonial y la Junta de Supervisión Fiscal no. En un nuevo intento por dar una salida inmediata a la crisis del gobierno, abierta por las movilizaciones, ahora Rosselló propone nombrar como nuevo secretario de Estado a Pedro Pierluisi. El eventual sucesor de Rosselló, fue Comisionado Residente de la isla en la Cámara de Representantes de Estados Unidos entre 2009 y 2017, y actualmente se desempeña como abogado del bufete O’Neill & Borges. Esa firma de abogados asiste a la Junta de Control Fiscal en los procesos de bancarrota del gobierno

Tanto el Partido Popular Democrático (PPD) como el Partido Nuevo Progresista (PNP) han sido los garantes del dominio colonial de la isla, la aplicación de los planes de austeridad y la “gobernabilidad” para que la Junta de Control Fiscal gobierne de facto el país. Puerto Rico es una ficción de “Estado libre asociado” entre otras cosas porque los dos principales partidos están subordinados al Partido Demócrata y al Partido Republicano respectivamente. La izquierda y las organizaciones obreras en Estados Unidos, tenemos que estar en la primera línea de defender la autodeterminación de nuestros hermanos boricuas y exigir la cancelación de la deuda. Al mismo tiempo rodear de solidaridad activa las movilizaciones de la diáspora en Estados Unidos. Si bien Alexandria Ocasio Cortez se pronuncio correctamente por la autodeterminación boricua y apoyó las movilizaciones, su partido ha sido una pieza clave de la dominación colonial y tiene una política anexionista.

“La Junta”, como la llaman los puertorriqueños, fue creada por el presidente Barack Obama para garantizar el pago de la deuda millonaria con Estados Unidos, imponer los planes de austeridad y tiene la facultad de decidir sobre las leyes y el presupuesto del país. Fue nombrada por la Casa Blanca y está compuesta por siete personas, todas ligadas a Wall Street. Para no ir más lejos, Carlos García, uno de sus “honorables” miembros, fue quien ejecutó el plan de austeridad durante la administración de Luis Fortuño y promovió la llamada Ley 7, bajo la cual el gobierno despidió a decenas de miles de empleados públicos. Supervisó y autorizó la emisión de parte de la deuda que la isla acarrea actualmente y es director de Bay Boston Managers LLC, una firma de capital de riesgo.

En última instancia la Junta garantiza la dominación colonial que se profundizó en las últimas décadas producto de la ofensiva neoliberal que llevó a la privatización de sectores estratégicos como electricidad, telecomunicaciones, salud y educación. Y garantiza también el endeudamiento crónico de la isla que mantiene a la economía estancada y dependiente de las continuas negociaciones con la Casa Blanca para “mitigar” la deuda. El huracán María profundizó in extremis el sufrimiento de las masas.

Por eso el cinismo de los gobernantes locales encendió la rabia boricua. Se trata de una casta política subordinada a Washington que mientras gestiona la dominación colonial y tiene beneficios por desempeñar esta tarea se dedicó a robarle al pueblo durante la última década para vivir en el lujo y la ostentación. Los escándalos de corrupción alcanzan a ambos partidos e involucran a todo el círculo gobernante.

Los socialistas pensamos que la única forma de sacarse de encima a la Junta, la opresión colonial y organizar la economía para reconstruir la isla al servicio de los trabajadores y los pobres, es una revolución socialista que imponga un gobierno de los trabajadores y el pueblo que expropie a los capitalistas y desarrolle la perspectiva de la revolución en todo el Caribe.

Pero la crisis política, económica y social en la que se encuentra Puerto Rico ha llevado a las masas no aún al camino de la revolución, pero sí a querer cambiar de raíz al régimen político. Sus sectores más avanzados ven con odio a la Junta y la dominación colonial que los mantiene en el endeudamiento. En este contexto, el movimiento solo puede avanzar si las organizaciones obreras, estudiantiles, el movimiento de mujeres, las organizaciones políticas y sociales convocan al pueblo movilizado a imponer una Asamblea Constituyente con representantes electos por voto universal directo en todos los distritos del país que sean revocables y que tengan el sueldo de un trabajador calificado.

Una salida favorable al movimiento de masas no puede venir de un acuerdo en las alturas de los partidos del establishment con Washington que organizara nuevas elecciones a modo. Las aspiraciones democráticas de las masas están cuestionando objetivamente el carácter colonial del régimen político en su conjunto y la dominación de la Junta. Hay que luchar para que se vayan todos, que caiga la Junta y que los trabajadores y las masas de Puerto Rico tomen en sus manos la resolución de los grandes problemas nacionales sin el yugo de la Casa Blanca y Wall Street sobre sus espaldas. No es casual que el domingo pasado se viralizó el “que se vayan todos” en redes sociales, luego de que Rosselló anunció que sería Wanda Vázquez quien quedaría como gobernadora interina. El odio a la casta política es profundo.

En ese marco la potencialidad de una Asamblea Constituyente libre y soberana consiste en dar respuesta a ese odio hacia las instituciones de la casta y pelear por imponer las medidas radicales necesarias para frenar el saqueo imperialista. Mientras que, por otro lado, agiliza la experiencia de sectores de masas con la democracia representativa en crisis que quieren llevar adelante estas medidas radicales. Esta experiencia con la democracia representativa puede permitir que el movimiento de masas, al calor de la lucha, desarrolle sus propios organismos de autoorganización y democracia directa que pongan en cuestión quien debe gobernar, si los trabajadores y el pueblo o el régimen títere de Washington. Una instancia de estas características, solo puede ser impuesta por la movilización en las calles. Los sindicatos que se pusieron a la cabeza de la huelga general, tienen que seguir movilizándose y utilizando métodos radicales de lucha como la huelga y la toma de rutas.

Una Asamblea Constituyente debería poner sobre la mesa las grandes transformaciones estructurales que requiere el país para imponer su liberación nacional, terminar con el saqueo imperialista y recuperar la economía de la isla. Esta Asamblea Constituyente debería impulsar un plan de emergencia para rescatar a la Isla y a los damnificados del huracán María gestionado por los trabajadores y los damnificados de manera democrática. Que los trabajadores y el pueblo tengan acceso a los informes financieros para saber cuánto dinero se robaron los gobernantes y que todo el presupuesto destinado para el huracán María pase a manos de los trabajadores, vecinos y las comunidades afectadas. También está a la orden del día la renacionalización de las empresas privatizadas bajo gestión de sus trabajadores; la nacionalización de la banca y el comercio exterior bajo control de los trabajadores para evitar el saqueo imperialista y la fuga de capitales y el cese inmediato del pago de la deuda.

En una asamblea de estas características, es donde el pueblo boricua puede discutir libremente su autodeterminación y dar pasos efectivos en el camino de su liberación nacional. Se trata de que las masas tomen en sus manos la resolución de los problemas estructurales de la isla que devienen de la opresión colonial. Los referéndums son la cobertura “democrática” para legitimar la extorsión de Estados Unidos y el coloniaje. El pueblo boricua tiene el derecho a decidir si quiere su independencia libre y soberanamente, sin la bota de Washington encima.






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