Cultura

El jefe infiltrado: corporativismo en televisión al calor de la crisis española

"El jefe infiltrado" es un reality show que se emite en la cadena de televisión La Sexta, y es una adaptación española del estadounidense Undercover Boss, jefes de medianas y grandes empresas son contratados como trabajadores de sus propias empresas durante unos días, para después reunirse con quienes fueron sus compañeros de trabajo.

Martes 15 de septiembre de 2015

Esta reunión empieza con una reprimenda al trabajador, el cual se encuentra muchas veces en una situación económica, familiar o emocional muy tensa, pero se transforma en una obra de caridad del jefe, que le regala cursos de formación (obligación de la empresa), viajes con su familia u otros regalos. El programa suele acabar con imágenes de trabajadores que se emocionan y abrazan a su jefe por los regalos que le da y hablando en favor de la empresa.

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Excepto la precariedad e inseguridad de las condiciones de trabajo que se muestran en el programa, y ante las que los jefes se hacen los sorprendidos. Si a esto añadimos varias cámaras de gran formato que no pueden pasar desapercibidas por los trabajadores, entendemos la naturaleza de reality show de este programa, que pretende dar una imagen propagandística de empresarios generosos que conocen el trabajo desde abajo, cuestión totalmente alejada de la vida real.

Mientras el discurso del programa trata de magnificar y mostrar expresiones del extremo hastío y estrés de los trabajadores, en un sentido culpabilizador, el jefe, que suele desempeñar su trabajo con muchos más remilgos y torpeza que sus compañeros, suele preguntar con incredulidad a sus compañeros sobre la realidad que está viendo.

Al final el jefe, después de mostrar que no es su compañero de trabajo, sino que tiene poder de dejar al trabajador en la calle, recompensa a unos trabajadores con premios a los que no podrían acceder con el sueldo que les paga, mientras éstos se deshacen en elogios a la empresa ante las cámaras. Así, el enfoque del programa es dar una versión de trabajadores desagradecidos con la empresa que les cuida, mientras el jefe es una especie de Santa Claus que celebra la conciliación entre explotadores y explotados.

Pero ni con montajes, ni con la tensión de los trabajadores ante la cámara, este cuento se sostiene y aparecen las grietas. Así, en el programa se retratan las penosas condiciones que sufren los trabajadores en esas empresas y su situación límite, la cual les reprimirá después el jefe en su despacho.

Existen numerosos ejemplos en la historia del programa, como la de los trabajadores de la empresa de reciclaje semiprivatizada Limasa, encargada de la recogida de basuras en Málaga, que habían llevado a cabo importantes luchas antes de protagonizar el primer programa. En este se puede ver cómo el jefe, Diego Trinidad, no aguanta las condiciones de la planta de reciclaje gracias a la cual se enriquece, a la que llama “el foso”, ya que gracias a él los trabajadores van sin mascarilla, pues su plan de riesgos no contempla esto, entre otras situaciones penosas.

En los capítulos suele ser común ver las cínicas quejas del jefe por la baja motivación de sus trabajadores, como en el caso del jefe de la cadena de restaurantes Wogaboo, Borja Domínguez, que se quejaba de que su plantilla no aplicase todo lo que debía “la filosofía del fun eating”, gritándole a una camarera por no saber qué era el “fun eating”.

Sólo en el transcurso del programa fue despedido dos veces al intentar hacerse pasar por uno de sus trabajadores. También se observó una exigencia similar por parte del director de operaciones de la cadena de comida rápida Domino’s Pizza, Jesús Navarro, cuando fingiendo ser un trabajador en una tienda de Zaragoza, le instó a realizar su trabajo con entusiasmo a otro compañero que llevaba 3 años repartiendo globos y pizza en un parque vestido de ficha de dominó por un sueldo mísero.

El caso de Domino’s Pizza es uno de los más célebres del programa, ya que se da en una empresa de uno de los sectores más precarios y con peores salarios.

En ese programa también se vieron momentos como en el que una encargada exige a varios repartidores que sigan trabajando después de acabar su turno, a un trabajador que afirma tener que ir a comedores sociales con su familia, ya que su sueldo es de 310€, al jefe exigiendo a unos repartidores que reduzcan su velocidad en moto al repartir, aunque éstos sean presionados para cumplir con los tiempos de entrega de las pizzas por parte de la empresa, poniendo en peligro su vida.

A éstos últimos les permitió seguir trabajando siempre y cuando previamente dieran un curso de Seguridad Vial. Un repartidor contestó “Yo, al principio seguí las normas y casi me echan. Aquí, si no corres, la empresa pierde dinero.”

Cultura de masas al servicio del poder

Estos ejemplos podrían extenderse hasta abarcar la precaria realidad de millones de trabajadores que sus jefes fingen ignorar y la cual fomentan para extraer más beneficios. La televisión así se convierte en la tribuna de su versión, la tribuna publicitaria de sus empresas, más allá de los anuncios y de su forma de entender las relaciones de producción y sociales.

Este es un ejemplo más, de cómo tanto los noticiarios, como los programas de “entretenimiento”, juegan un cada vez más importante rol propagandístico a la hora de difundir la ideología de la clase dominante.

Cada vez vemos en la televisión programas de, no sólo más bajo nivel cultural, sino que fomentan el clasismo, el racismo, el machismo, la homofobia, como una extendida y poderosa herramienta que sirve para transmitir los interesados odios de la burguesía en la pantalla de cada hogar.

¿Para cuándo un obrero infiltrado en los consejos de administración?

El objetivo de este programa es vender la conciliación entre trabajadores y empresarios, aderezada con algo de caridad televisiva. Sin embargo, no se comenta nada acerca de los sueldos de los jefes, sus contactos y negocios políticos, o cómo llegaron a estar ahí. ¿Se imaginan la situación inversa?

Un trabajador que llega a los libros de cuentas de patronales que aseguran que hay que apretarse el cinturón para despedir a trabajadores o empeorar sus condiciones, enriqueciéndose así aún más. Esa invulnerabilidad, constituye el secreto comercial, uno de las reglas de juego del sistema capitalista, ya que clarifica aún más el funcionamiento de la empresa y los intereses de los empresarios.

Estos aspectos no aparecen en este tipo de programas. Después de regalar un “curso contra el estrés” a un trabajador desesperado, el jefe no establece ninguna relación con las condiciones laborales que le impone. Fuera de las luces de la televisión, todo sigue en la “normalidad”. Una normalidad hecha de explotación, precariedad, miseria, despidos y reformas laborales que las facilitan. Este tipo de programas no se emiten con un fin de entretenimiento, sino como pura propaganda empresarial durante una crisis capitalista que descargan sobre los hombros de la clase obrera.

La televisión, los diarios, los medios de comunicación y entretenimiento al servicio de la burguesía son concebidos con estas funciones. Gracias a la disponibilidad de medios, financiación y patrocinio, son vistos por millones de trabajadores, mujeres, migrantes y demás personas que sufren opresiones en todo el mundo. De la lucha por adquirir una conciencia de clase aliada con el resto de sectores oprimidos depende también que éstos creen sus propios medios, su propia versión de los hechos guiada por la búsqueda de la emancipación.






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