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TRIBUNA ABIERTA

El racismo como instrumento de dominación política en EEUU

Los que aun reconocemos la dignidad del otro no somos capaces de describir lo que sentimos con el asesinato de George Floyd, ciudadano negro estadounidense, a manos de un policía supremacista en la ciudad estadounidense de Minneapolis

Jueves 28 de mayo | 12:28

Los que aun reconocemos la dignidad del otro no somos capaces de describir lo que hoy sentimos con el asesinato, que no fallecimiento o muerte, de George Floyd. George Floyd, un ciudadano negro – esta vez, conscientemente, sí es necesario hacer alusiones a la raza –era asesinado el pasado lunes por un policía supremacista en la ciudad estadounidense de Minneapolis

Por desgracia, esta noticia ya no nos sorprende; ya son demasiados los casos en los que agentes de policía abusando de autoridad, y haciendo uso de su impunidad, discriminan hasta matar, a ciudadanos negros, por eso, por ser negros.

Estados Unidos –o debería decir: el gobierno de los Estados Unidos– ha sido y es, pese a sus intentos de presentarse cómo el espacio geográfico de las libertades, uno de los Estados más racistas de la historia contemporánea. Conocidas por la opinión pública son las leyes de segregación que, hasta hace bien poco, obligaban a blancos y negros a tratarse como diferentes, como desiguales; y pese a que hoy día estas leyes no están por escrito y no se materializan en carteles de “White” y “colored”, parecen perdurar en la mente de una parte de la población estadounidense. Un sector, que, si bien no es mayoritario, es alentado y defendido por la extrema derecha neoliberal de Trump, la misma del “America first”, y aquella que prefiere levantar muros, mientras mira con ojos ciegos como mueren más de 100.000 personas a causa del COVID-19.

Este acto racista, repugnante y repulsivo, (el del asesinato de George Floyd) puede ser explicado en parte –si es que acaso el racismo puede analizarse más allá de la ignorancia– por la memoria de un Estado profundamente racista y discriminatorio: Estados Unidos, pasa de ser la tierra de los inmigrantes y las oportunidades, a ser la tierra de los supremacistas.

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La supuesta tierra de la “libertad” además de ser la cuna de grupos supremacistas tan perversos como el Ku Klux Klan (KKK), también es uno de los Estados donde más se ha practicado, y se practica –a juzgar por los hechos– el denominado “racismo institucional”. Por poner un duro ejemplo de este pasado, y presente, de racismo institucional hablemos de las leyes racistas y discriminatorias de la eugenesia: durante 1909 y 1964 –20 años después de la caída del régimen nazi– Estados Unidos esterilizo a más de 60.000 personas (discapacitadas, negras, indígenas y latinas) haciendo uso de las leyes de eugenesia y subvencionado públicamente las intervenciones.

Observando la memoria del apartheid y las campañas de esterilización, podemos preguntarnos: ¿es un hecho fortuito que Estados Unidos sea uno de los Estados más racistas?

Al tiempo que el gobierno de Estados Unidos (presente en Puerto Rico desde 1899) esterilizaba a 1/3 de las mujeres puertorriqueñas entre 1930 y 1965, el mercado de trabajo (la industria textil, en este caso en concreto) necesitaba, cada vez en mayores cantidades, mano de obra barata. La mujer, puertorriqueña en este caso, “libre” de cargas familiares al haber sido esterilizada, suplía, aquí, parte de la demanda de mano de obra. En este ejemplo, otro ejemplo del pasado racista estadounidense, se entremezclan dos de las herramientas –el racismo y el machismo –más útiles y más utilizadas por el capitalismo para mantener un sistema de segregación.

Aníbal Quijano, reconocido sociólogo peruano, diría que “La idea de raza es, con toda seguridad, el más eficaz instrumento de dominación social inventado en los últimos 500 años […] la colonialidad se constituyó en la piedra fundacional del patrón de poder mundial capitalista, colonial/moderno y eurocentrado” (Quijano, 2011).

El racismo es una realidad, y lo es, en tanto que es útil al poder. El racismo permite a los gobiernos justificar la segregación laboral materializada en los contratos basura a los que están atados gran parte de la población inmigrante. También, el racismo permite justificar la externalización de fabricas en el tercer mundo (haciendo uso del término histórico) pese a que en estas fábricas los Derechos Humanos no sean más que una ilusión onírica.

Que Estados Unidos, uno de los Estados más capitalistas, sea también uno de los Estados más racistas, no es para nada, pese a quien le pese, casualidad. El capitalismo se ha servido del racismo, se ha servido de la idea del otro (negro) como inferior, para justificar que los negros cobren menos, o para justificar, que los negros y los latinos sean los más afectados por la pandemia, o, para justificar, que un supremacista blanco pueda ser policía, aun sabiendo, que cualquier día, podía pasar lo que lamentablemente, pasó el pasado lunes 25 de mayo. En definitiva, el racismo sirve para justificar la desigualdad y la segregación laboral que el capitalismo necesita para funcionar.

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Hoy recordamos, que el pasado lunes un ser humano fue asesinado por un supremacista. Pese a que la victima repetía y repetía que no podía respirar hoy, tristemente, no podemos hacer nada más allá que recordar que el racismo todavía sigue presente en nuestras sociedades, y que más que nunca es necesaria la lucha antirracista y la lucha contra aquellos que respaldan el racismo: la extrema derecha neoliberal, y el capitalismo.






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