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Embargo al petróleo ruso: ¿una caja de Pandora económica y social?

La Unión Europea tiene la intención de imponer un embargo total sobre los productos petrolíferos rusos. Pero tal movimiento podría profundizar las divisiones en el bloque europeo, hacer subir los precios mundiales del petróleo y provocar explosiones sociales.

Philippe Alcoy

Domingo 8 de mayo
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El miércoles pasado, la Unión Europea habló de su deseo de imponer un embargo total sobre el petróleo ruso y sus productos derivados. Tras haber decretado el embargo sobre el carbón ruso, esta propuesta -que no afecta por el momento al gas ruso- constituye un salto adicional respecto a la primera serie de sanciones implementadas inmediatamente después del inicio de la guerra.

Inicialmente opuesta a un embargo por su dependencia del petróleo ruso, Alemania parece haber dado luz verde a este nuevo conjunto de sanciones, tras reducir su dependencia del mismo. La propuesta abre el camino a tensas discusiones entre ciertos Estados miembros, algunos de los cuales son muy dependientes del petróleo ruso, pero sobre todo genera temores de un aumento generalizado y aún mayor del que estamos observando) de los precios de los combustibles en todo el mundo. Esta última perspectiva es particularmente delicada para los líderes europeos (y más allá) porque podría afectar a las poblaciones directamente, aumentando el riesgo de agitación social (todos tienen en mente el movimiento de los chalecos amarillos en Francia).

Entre las medidas propuestas no solo se encuentra el embargo a la importación de petróleo ruso antes de fin de año, sino también el embargo al transporte de petróleo ruso por buques de carga pertenecientes a empresas europeas (95 % del transporte transoceánico); medida que entraría en vigor en el plazo de un mes.

Úrsula von der Leyen (presidenta de la Comisión Europea) por su parte, explicó que la comisión también estaba considerando desconectar el importante banco ruso Sberbank y otros dos bancos del sistema de comunicación financiera Swift, entre otros. “Con todas estas medidas, estamos privando a la economía rusa de su capacidad para diversificarse y modernizarse”, dijo von der Leyen .. Declaraciones que ilustran claramente que la guerra que se libra a nivel económico a través de las sanciones no sólo tiene como objetivo "provocar el colapso de la economía rusa" como afirmó Bruno Le Maire -ministro de economía de Francia- cuando se implantaron, sino también y sobre todo debilitar la economía y el Estado ruso a largo plazo frente a las potencias occidentales.

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Sin embargo, esta posición de la UE plantea contradicciones para algunos de los estados miembros que dependen en gran medida del petróleo ruso pero que también mantienen estrechas relaciones con Moscú, como es el caso de Hungría.

Este país importa el 75% de su gas y el 65% de su petróleo de Rusia. Pero como escribe el portal Geopolítical Futures: “la alineación de Hungría con Rusia va más allá de la energía. Su imperativo geopolítico, y consecuente estrategia, es mantener la seguridad interna mientras busca expandir su influencia y proyectar su poder más allá de sus fronteras actuales”. Y el artículo continúa señalando las contradicciones que esto implica para el gobierno húngaro: "Budapest depende de la energía rusa. Entonces, aunque haya sido absorbido por las instituciones occidentales, todavía necesita una buena relación de trabajo con Moscú, y viceversa. Rusia no ha puesto ninguna condición a sus inversiones y relaciones comerciales con Hungría. El hecho de que las relaciones con Occidente se hayan deteriorado últimamente hace que el idilio Hungría-Rusia sea aún más ventajoso”.

Es decir, Hungría se encuentra en una situación delicada entre Rusia y las potencias occidentales, cada vez más difícil de mantener. Además, la Comisión Europea tiene importantes medios de presión sobre Budapest: acaba de abrir un procedimiento que podría conducir a la suspensión de las subvenciones europeas al país por sus violaciones del “estado de derecho”. Sin embargo, Hungría podría usar la amenaza de veto a la propuesta de la UE (para adoptar las nuevas sanciones es necesario un consenso unánime, es decir que los 27 estados miembros voten a favor). Además, no está solo en esta situación de dependencia frente al petróleo ruso.

Es en este sentido es que ya se habla de que tanto Eslovaquia como Hungría estarían exentas de aplicar las sanciones, al menos hasta finales de 2023. Pero estas exenciones podrían convertirse en un problema para la efectividad de las sanciones europeas. Como se explica en un artículo de Stratfor: "De obtener el apoyo unánime, Bruselas (N.E.: capital de Bélgica y sede de la Unión Europea) podría otorgar exenciones a los países más dependientes del petróleo ruso, como Hungría y Eslovaquia. Países como Grecia, Malta y Chipre también han expresado su preocupación por la prohibición de que los petroleros de la UE transporten petróleo ruso".

Si Bruselas concede estas exenciones, es probable que otros países hagan lo mismo, lo que reducirá la eficacia general del embargo de la UE. El 4 de mayo, el viceprimer ministro búlgaro le dijo a un periódico financiero con sede en Bulgaria que Sofía (la ciudad capital búlgara) buscaría una exención si la Unión Europea exime a otros países de las nuevas sanciones. Según diversos analistas, la República Checa quiere concesiones similares a las que se habrían otorgado a Eslovaquia y Hungría”.

Como vemos, incluso si Bruselas tiene los medios para presionar a países como Hungría para obligarlos a alinearse detrás de la política de los poderes centrales, si demasiados estados se oponen a esta política, la situación podría volverse insostenible. La UE podría auto infligirse una derrota política y abrir una brecha en el frente cerrado que se ha formado desde el comienzo de la guerra rusa en Ucrania. Obviamente, no podemos descartar que la UE tenga éxito en esto, pero cualquier fracaso será visto como un éxito para Rusia y su estrategia de dividir a los países bajo la égida de occidente.

También existe otro riesgo asociado a esta política propuesta por la UE, esta vez a nivel global. Antes de la invasión rusa a Ucrania, la UE importaba 4 millones de barriles de crudo ruso al día, es decir, el 27% del total de las importaciones rusas de petróleo, por valor de 400 millones de dólares al día.

Si la UE impone su embargo sobre el petróleo ruso, tendrá que reemplazar estas cantidades con petróleo extraído en otros lugares, especialmente en Oriente Medio. Esto significa que los países productores de esa región verían aumentar la demanda de manera importante y por el momento nadie sabe si podrán asegurar este aumento, o incluso si no buscarían aprovechar la coyuntura para mantener los precios del petróleo lo más alto posible.

Los precios mundiales del combustible sin duda aumentarían y la producción podría saturarse provocando retrasos en las entregas. Al mismo tiempo, las refinerías europeas deberían adaptar su infraestructura al tipo de petróleo más ligero procedente del Golfo Pérsico. Por el lado ruso, buscará sustituir la demanda europea por la de sus clientes asiáticos, pero esto implica importantes inversiones en infraestructuras, por no hablar del problema que plantea el embargo al transporte marítimo de petróleo ruso por parte de empresas europeas.

Todos estos elementos hacen temer el estallido de una suerte de “shock petrolero” que podría afectar a la economía mundial. Esta perspectiva no solo tendría consecuencias en la economía sino muy probablemente también en la lucha de clases. El precio de los combustibles tiene un impacto directo en los precios de los bienes de consumo y en la vida cotidiana de millones de personas en todo el mundo.

Todos tienen en mente la movilización de los chalecos amarillos en Francia, pero este no es el único ejemplo reciente. A ello hay que sumar la subida de los precios de los alimentos también ligada a la guerra.

Sobre Rusia, lo más probable es que el embargo tenga impactos más fuertes a mediano plazo, pero al mismo tiempo no puede prescindir del mercado europeo. Sus exportaciones a Asia solo pudieron reemplazar parcialmente la demanda europea. Y sobre todo si la Unión Europea adoptara este tipo de sanciones, nada puede garantizar que Estados Unidos no decida ir más allá con sus propias sanciones, aislando cada vez más a Rusia del mercado mundial. Sin embargo, todo esto de ninguna manera puede asegurar que Putin termine la guerra, por el contrario podría profundizar la violencia y brutalidad de la misma.

Como podemos ver, la política de sanciones por parte de las potencias occidentales no trae perspectivas alentadoras para los trabajadores y las clases populares en todo el mundo. Impactan directamente a la clase trabajadora rusa, pero también amenazan las condiciones de vida de todas las clases trabajadoras a nivel mundial. Eso de ninguna manera puede garantizar el fin de la guerra o incluso el fin del régimen autoritario en Rusia (el ejemplo de las sanciones contra Irán lo demuestra muy bien).

Por el contrario, la OTAN, la UE y las potencias imperialistas en general se volverán cada vez más agresivas poniendo en peligro la vida de millones de personas en todo el mundo. El movimiento obrero debe denunciar estas medidas de los países imperialistas de Europa por lo que son: no una forma de terminar la guerra sino una política puramente reaccionaria y antiobrera.


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