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Endemoniada pandemia: la Iglesia ayuda “espiritualmente”, pero no le toquen su riqueza

Ante la emergencia mundial, la jerarquía católica habla mucho y no pone nada. ¿Y si los cuantiosos recursos que le da el Estado se ponen al servicio de un plan integral de contingencia?

Daniel Satur

@saturnetroc

Lunes 23 de marzo | 08:51

Imagen Mar Ned

Posiblemente la crisis mundial del coronavirus produzca otro tipo de crisis en quienes, buscando explicaciones y consuelos, no los hallen del todo en rezos y plegarias. Pero no es de creencias personales (todas respetables) que va este artículo. Tampoco del enorme poder simbólico e ideológico-político que instituciones como la Iglesia católica tienen a la hora de justificar-sostener al capitalismo.

Hablemos mejor de las acciones, las inacciones y las distracciones de quienes conducen a la poderosa, rica y conservadora Iglesia católica en estos tiempos de coronavirus globalizado. ¿Qué están haciendo en medio de la pandemia? ¿En qué medida esos hombres están poniendo sus riquezas y recursos al servicio de la población, sobre todo las más pobres, en medio de un propagación infecciosa que a esta altura ya acabó con la vida de trece mil personas y amenaza hacerlo con muchas más?

Maldita comedia

Como se sabe, Italia es uno de los epicentros actuales de la pandemia, con infectados que se cuentan por decenas de miles y un número de muertos que este fin de semana ya superó los cinco mil. Allí, en cuya capital se enclava la Santa Sede, se puede comprobar el desinterés de la curia para aportar sus recursos materiales en pos de mitigar los efectos del coronavirus.

Desde Roma Giacomo Turci, corresponsal de La Izquierda Diario, detalló que la Iglesia católica “no está ayudando para nada en la situación” a la que se ha llegado en Italia. “Hubo una pelea mediática entre la Iglesia italiana y el propio papa Francisco porque se había decretado cerrar todas las iglesias para contener la difusión del virus y el papa dijo que no, que se abrieran las iglesias porque es importante el servicio espiritual. Pero más allá de eso no están haciendo nada en concreto”, explicó.

El jueves 12, en un acto de comedia, se informó que Francisco donaría € 100.000 para ayudar a combatir la pandemia. Un “vuelto”, teniendo en cuenta las reservas del Banco Vaticano y las fortunas que detentan en muebles e inmuebles. Una provocación por partida doble: por un lado la donación es a Caritas Italia, o sea que sale por la puerta y entra por la ventana; por otro, contando las últimas cifras oficiales italianos, la cifra alcanza para “ayudar” con € 2,50 por infectado.

Satisfecho, al otro día Francisco dio una misa en la Casa de Santa Marta, donde rezó por los enfermos y, sin especificar, dijo que “las medidas drásticas no siempre son buenas”. Una semana después cuando en casi todo el mundo las “medidas drásticas” son un hecho, dijo que le “gustaría recordar a las familias que no pueden salir de la casa”, para que puedan “construir relaciones de amor en la familia”.

Los discípulos argentinos

Siguiendo esos preceptos, la Conferencia Episcopal Argentina (CEA) hace lo suyo en las tierras de Bergoglio. Por un lado, grandes manifestaciones y por el otro negativa total a poner recursos y dinero a disposición de la población.

Este viernes una delegación de la CEA visitó en Olivos a Alberto Fernández. Fueron su presidente Oscar Ojea, su vice y cardenal Mario Poli y el secretario ejecutivo Carlos Malfa. Los monseñores le manifestaron al presidente “la presencia y cercanía de la Iglesia en este momento que vive el país, garantizando la oración constante por quienes tienen que tomar decisiones, por los enfermos y por todos los que los cuidan”.

Acercaron la “disponibilidad” de la institución “para lo que se necesite, sea en cuestiones sanitarias, tareas de concientización, y sobre todo el acompañamiento a los más pobres”. Según la agencia Télam, Fernández “agradeció el gesto de la Iglesia”. Y nada más.

Un día antes, la misma CEA publicó un comunicado tras suspender misas y celebraciones en las parroquias y templos del país. Allí aseguraba su “acompañamiento al pueblo argentino”, invitaba a “vivir esta crisis como una oportunidad para crecer” y convocaba a usar la creatividad “para comunicarnos y sostenernos en la esperanza”.

En el texto dice que “el cuidado y la responsabilidad para con los hermanos y hermanas nos llevan al amor, a la solidaridad y al servicio”, que “la caridad y el servicio son creativos” y que “el uso de las redes sociales puede ayudarnos aportando nuestra creatividad para comunicarnos y sostenernos en la esperanza”.

Y rayando el cinismo, los obispos proponen “mirar la situación de tantos hermanos que están lejos de ciertos niveles de vida en la Argentina. En los más de 4.400 barrios carenciados del país viven varios millones de personas. A estas personas no les va a resultar muy fácil quedarse en sus casas ya que necesitan salir para ganar el pan para sus familias día por día”.

El espíritu no es la carne

Ni en el Vaticano ni en la Argentina la curia manifiesta su más mínima intención de desprenderse, siquiera en parte, de sus fortunas en pos de cambiarle la realidad a millones de pobres que enfrentan en condiciones tan desventajosas al coronavirus. Como si fueran CEO de una multinacional, obispos y cardenales se niegan a ayudar concretamente a paliar una crisis con consecuencias impredecibles.

Pero el grueso de los ingresos de la Iglesia católica provienen del Estado, a través de sueldos a obispos y capellanes, partidas y subsidios, exenciones impositivas y entrega de propiedades e inmuebles. A su vez la institución lucra con la explotación comercial de clínicas, terrenos, geriátricos, locales, empresas, escuelas, colegios y universidades. Y a todo eso suma lo ingreso por fundaciones, donaciones y herencias de fieles.

Varios especialistas del tema aseguran que, si se centralizaran todos los bienes de la Iglesia, quedaría en evidencia que detenta el mayor patrimonio privado de la Argentina y que la AFIP y las agencias recaudadoras provinciales y municipales la tendrían primera en su lista de contribuyentes.

Algunos ejemplos son elocuentes.

El Luna Park pertenece al Arzobispado de Buenos Aires. Está valuado (según cálculos de 2019) en U$S 40 millones y factura millonadas con recitales, eventos culturales y actos políticos. Desde que se dispuso la cuarentena está cerrado, pero bien podrían abrirse sus puertas para montar allí un centro de distribución de alimentos e insumos sanitarios para la población.

Vale recordar que a pocas cuadras de allí se encuentran barrios como el 31 de Retiro, donde miles de personas vive en condiciones extremadamente precarias.

En Los Hornos, el Arzobispado de La Plata posee, entre muchas otras propiedades, doce manzanas donde funcionan el Seminario Menor (allí vive Héctor Aguer), parroquias, institutos, escuelas y campos de deportes. Por ese enorme terreno casi no pagan impuestos (hace dos años se supo que incluso evadía la mísera carga tributaria que tiene).

A pocas cuadras de ahí, semanas atrás cientos de familias pobres ocuparon un predio fiscal exigiendo vivienda digna. La respuesta del gobenador Kicillof y su ministro Sergio Berni fue la represión. Ni el arzobispo Víctor “Tucho” Fernández ni ninguno de sus auxiliares se mosquearon.

Por si fuera poco, la Pastoral Social que depende del Arzobispado de La Plata anunció esta semana que dejará de proveer comida a un centenar de personas en situación de calle porque “los grupos que reparten viandas durante la semana, han decidido suspenderlas durante los 15 días de la cuarentena”. Unos copados.

Hace un año y medio la diputada de Córdoba Laura Vilches denunció en la Legislatura provincial una verdadera estafa. A través de una investigación conjunta con La Izquierda Diario, la legisladora del PTS-Frente de Izquierda llegó a la conclusión de que la Iglesia católica hace uso del privilegio de las exenciones impositivas para obtener ganancias exponenciales a través del gerenciamiento o alquiler de inmuebles y negocios.

Desde terrenos que valen fortunas como los del barrio privado Solares de San Alfonso hasta centros de cirugía plástica y escuelas de elite, pasando por serranas residencias geriátricas de lujo, centros turísticos, campos, estancias y céntricos locales comerciales, la curia cordobesa posee un patrimonio obsceno.

Sin embargo, por estos días los obispos de Córdoba, al igual que sus pares de todo el país, lejos de plantear algún tipo de colaboración material para con la población en cuarentena, se dedicaron a recluirse en sus lujosos monasterios y a lanzar desde allí mensajes de contención espiritual procurando que la feligresía haga todo lo posible para no contagiarse.

¿Por qué no plantear entonces que, en una emergencia como la actual, los cuantiosos ingresos de la Iglesia católica, empezando por los sueldos que el Estado les paga a obispos, capellanes y seminaristas y por los subsidios que se destinan a la educación privada sean redireccionados y puestos al servicio de un plan integral de contingencia? Eso, para empezar, obviamente.

Ese dinero, por caso, podría ser entregado en forma de subsidios a los millones de cuentapropistas, changarines, ambulantes y demás trabajadoras y trabajadores informales que representan el 40 % de la clase trabajadora y que hoy no pueden “hacerse el día” por la cuarentena e incluso son detenidos por la Policía en estaciones de trenes y colectivos cuando intentan ir a sus trabajos.

No parece ser esa la intención del Gobierno nacional, más preocupado hoy por evitar que nadie asome la nariz por la ventana de sus casas mientras recibe en Olivos a los jerarcas de la Iglesia.






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