SUPLEMENTO

¿Es el marxismo productivista? Debate sobre el ecosocialismo de Michael Löwy

Caio Rosa

¿Es el marxismo productivista? Debate sobre el ecosocialismo de Michael Löwy

Caio Rosa

Publicamos a continuación para los lectores de Ideas de Izquierda este artículo publicado originalmente en Ideias de Esquerda, en Brasil. Frente a la negación de la extrema derecha y el continuo fracaso de la diplomacia ecocapitalista burguesa, el cambio climático y la destrucción del medio ambiente siguen sin resolverse. Hay que decir, sin embargo, que la única salida realista y posible es la anticapitalista, obrera y socialista. Es en este sentido que intento debatir, en una serie de dos artículos, sobre el concepto de “ecosocialismo” de Michael Löwy, especialmente a partir del libro "¿Qué es el ecosocialismo?”, publicado en 2004 y actualizado en 2014.

Michael Löwy es quizás uno de los nombres más importantes de la intelectualidad mundial para pensar en el ecosocialismo, más aún en Brasil, donde durante décadas ha predominado un marxismo estalinista. En este artículo no busco agotar el debate, sino abrir un diálogo y reflexionar sobre la crisis ecológica y las tareas de los revolucionarios. En este primer debate con el autor propongo iniciar una discusión teórica y política sobre la concepción del ecosocialismo, buscando sus hilos de continuidad y sus limitaciones. Mi análisis se centrará en el libro ¿Qué es el ecosocialismo?, colección de artículos publicados en 2004 y actualizados en 2014 que recogen diversas reflexiones sobre el marxismo y la ecología.

Löwy es un referente en la academia brasileña e internacional en los temas de la teoría marxista de la matriz no estalinista y la ecología. En 1968, se unió al Secretariado Unificado de la IV Internacional de orientación mandelista, convirtiéndose en miembro de la Liga Comunista Revolucionaria (LCR) en Francia. Durante la década de los 70 se dedicó a defender la causa del ecosocialismo. Su militancia siempre estuvo impregnada de su producción intelectual: Löwy estuvo estrechamente vinculado con las Ligas Campesinas, el MST, se mantuvo en contacto con la izquierda católica del PT y, más tarde, con el PSOL y el NPA francés (partido en cuya fundación tuvo un rol central la LCR).

La crisis capitalista y la crisis ecológica

Primero, una mirada al tema ambiental. Los años 2015-19 fueron los más calurosos de la historia reciente. El nivel del mar alcanzó su valor más alto en 2019 desde que comenzó a medirse (lo que indica un mayor derretimiento de los casquetes polares). En 2018, la emisión de gases de efecto invernadero alcanzó un récord. Esto contrasta con una juventud que toma las calles en todo el mundo contra la degradación del medio ambiente, como en la Huelga Mundial por el Clima en 2019.

Cambio térmico en los últimos 50 años. Temperatura global media en 2014-2018 comparada con el promedio basal entre 1951 y 1980, de acuerdo con el Instituto Goddard de Estudios Espaciales de la NASA.
Posibles escenarios futuros de emisiones globales de gases de efecto invernadero. Si todos los países cumplen sus promesas actuales establecidas en el acuerdo climático de París, el calentamiento promedio para 2100 irá mucho más allá del objetivo pactado de mantener el calentamiento “muy por debajo de los 2° C”, lo que está lejos de suceder por sus propios intereses económicos y se contradice con los intereses materiales, sobre todo, de las grandes potencias imperialistas.

La devastación del Pantanal y la Amazonia, los absurdos picos de calor en América del Norte y los derrames de petróleo en el océano demuestran que el capitalismo, para obtener ganancias, debe degradar el medio ambiente, y no hay una tendencia política burguesa que apunte a un equilibrio con la naturaleza dentro del capitalismo.

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Además del cambio climático y la creciente devastación de la biodiversidad, los biomas y los ecosistemas marinos y terrestres -lo que podríamos llamar una “crisis ecológica”- es cada vez más abierta la decadencia del capitalismo como sistema económico viable para la humanidad. La premisa de Lenin sobre la época imperialista como una época de crisis, guerras y revoluciones se actualiza cada vez más. En este momento, la hegemonía burguesa ya no es estable, sino que se mantiene en un equilibrio débil y cambiante: el punto es que el capitalismo no se dirige hacia la catástrofe y la ruina de forma automática, ni está en un grado menor de contradicción que no permita la revolución. Para un debate más profundo sobre este tema, sugiero el siguiente texto:

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Siglos de capitalismo han engendrado un metabolismo degradado y depredador de la sociedad con la naturaleza y, por tanto, la decadencia del capitalismo se expresa en la “crisis climática”. Es en este sentido que debato con Löwy, un autor que viene siendo retomado y es utilizado por la izquierda socialista, de diferentes maneras, ante una situación que no solo es repugnante, sino absolutamente degradante del medio natural.

El caso es que necesitamos una alternativa anticapitalista y revolucionaria, porque la burguesía no puede ofrecernos otra cosa que barbarie. La única solución realista es que la clase trabajadora se organice en un partido revolucionario, construyendo una alianza profunda con los pueblos indígenas, el campesinado pobre, las mujeres, los negros y todos los oprimidos, para derrocar al capitalismo y avanzar hacia una sociedad que de verdad viva en armonía con la naturaleza.

Después de todo, ¿qué es el “ecosocialismo” de Löwy?

El proyecto ecosocialista consiste en asociar lo "rojo" -la crítica marxista al capital y la alternativa socialista- con lo "verde", la crítica ecológica del productivismo (...) Esta es una propuesta radical -es decir, que ataca la raíz del sistema- que se distingue tanto de las variantes productivistas del socialismo del siglo XX -la socialdemocracia y el "comunismo" estalinista- como de las corrientes ecológicas que se acomodan, de una forma u otra, al sistema capitalista", una alternativa de "ruptura" con los cimientos de la moderna civilización capitalista / industrial (Löwy, 2014, p. 9).

La introducción al libro de Löwy se basa en suposiciones correctas: después de todo, la socialdemocracia de la Segunda Internacional se convirtió en socialpatriota y apoyó los créditos de guerra en la Primera Guerra Mundial; se pasó al campo burgués, propiamente neoliberal hoy en día, como el SPD alemán, el Partido Socialista Francés, etc. No se puede esperar nada ecológico de estos partidos que gobernaron el capitalismo imperialista y aplicaron directamente los ataques de la derecha. El estalinismo, por otro lado, significó la degeneración burocrática de la democracia soviética y el Estado obrero; no tenemos nada que aprender de Stalin y su burocracia, que además de usurpar la democracia obrera a su favor, provocaron gigantescas catástrofes ecológicas como Chernobil.

En esa medida, la perspectiva estratégica con la que debato con Löwy, cuyo autor también la reivindica, es el legado de la Oposición de Izquierda y, más tarde, en la IV Internacional de León Trotsky.

Además, Löwy afirma:

“Mi punto de partida es la constatación de que: a) los temas ecológicos no ocupan un lugar central en el dispositivo teórico marxista; b) los escritos de Marx y Engels sobre la relación entre la sociedad humana y la naturaleza distan mucho de ser unívocos y, por tanto, pueden ser objeto de diferentes interpretaciones; c) La crítica de Marx y Engels al capitalismo es el fundamento indispensable de una perspectiva ecológica radical”. (Löwy, 2014, pág.21)

Pero ¿de qué marxismo, en el que la ecología no desempeña un papel central, habla Löwy? ¿Es esta realmente la concepción del trotskismo y de todo el marxismo revolucionario?

Sobre esta base, el autor concluye lo siguiente:

“(...) es cierto que a menudo se encuentra en Marx y Engels (...) una postura acrítica con respecto al sistema de producción industrial creado por el capital y una tendencia a hacer del ’desarrollo de las fuerzas productivas’ el principal vector de progreso. (...) las fuerzas productivas aparecen como ’neutrales’, y la tarea de la revolución es solo abolir las relaciones de producción que se convierten en un ’obstáculo’ para su desarrollo ilimitado”.

¿Qué significa “crítica ecológica del productivismo” o "variantes productivistas del socialismo del siglo XX"? ¿Cuál sería, después de todo, una “alternativa para romper con los cimientos de la moderna civilización capitalista / industrial”? Es en este punto donde se apoya toda la tesis del ecosocialismo de Löwy, con la cual debatiré en las próximas líneas.

Lo que representa el marxismo revolucionario sobre la ecología

Bueno, primero hay que decir que, incluso dentro del movimiento ecosocialista y de la intelectualidad que piensa en el marxismo y la ecología, la idea de que “el marxismo clásico recayó en el positivismo” es bastante rechazada. Entre estos teóricos podemos citar a John Bellamy Foster, Kohei Saito, Paul Burkett, autores dedicados, a pesar de sus diferencias, a recomponer una especie de “ecología marxista”.

Nos recuerdan que a lo largo de El Capital Marx era muy consciente del impacto degradante del capitalismo en la naturaleza y los recursos del planeta. Marx escribió: “el modo de producción capitalista reúne a la población en grandes centros y hace que la población urbana alcance una preponderancia cada vez mayor (...) [perturba] la interacción metabólica entre el hombre y la tierra, es decir, impide el retorno a el suelo de sus elementos constituyentes consumidos por el hombre en forma de alimento y ropa; por lo tanto, obstaculiza el funcionamiento de la condición natural eterna para la fertilidad duradera del suelo. Por lo tanto, destruye al mismo tiempo la salud física del trabajador urbano y la vida intelectual del trabajador rural”. Volveremos a esta cita más adelante. Como dice Paul Burkett: "Es difícil argumentar que hay algo fundamentalmente antiecológico en el análisis de Marx del capitalismo y sus proyecciones del comunismo".

Para respaldar esto, el libro de Saito se basó en los extractos de cuadernos inéditos de Marx, del proyecto de investigación en curso MEGA, para revelar el extenso estudio de Marx sobre agricultura, suelo, silvicultura, para ampliar su concepto de la conexión entre el capitalismo y su destrucción de recursos naturales. Es importante partir de esta consideración, por un lado para no minimizar las diferencias entre los autores del ecosocialismo, pero por otro lado, no situar, a pesar de muchas otras posibles críticas a estos autores, como si todos partieran de la misma premisa que Löwy -que en su libro básicamente asocia al marxismo “clásico” con el positivismo, aunque con varias de sus reservas.

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Bien, evaluemos entonces lo que han desarrollado Marx y Engels sobre el tema. La “premisa c” planteada anteriormente por Löwy es correcta si se toma por separado. Sin embargo, los demás supuestos del autor terminan, de hecho, por separar la concepción filosófica de la dialéctica de la naturaleza, elemento central y fundacional del marxismo, de la propia crítica de la economía política capitalista.

En El Capital, Libro I, Marx desarrolla el concepto de "metabolismo" entre la sociedad y el resto de la naturaleza, partiendo del reconocimiento de que los seres humanos son componentes orgánicos de la naturaleza y, como cualquier otra especie, realizan intercambios fisiológicos con el medio en el que viven. La diferencia fundamental entre los seres humanos y otras especies, para Marx, es el trabajo. Él dice:

En primer lugar, el trabajo es un proceso en el que participan el hombre y la naturaleza (...) en el que el ser humano, con su propia acción, impulsa, regula y controla su intercambio material con la naturaleza. Se enfrenta a la naturaleza como una de sus fuerzas. Pone en movimiento las fuerzas naturales de su cuerpo -brazos y piernas, cabeza y manos- para apropiarse de los recursos de la naturaleza, dándoles una forma útil a la vida humana”. (Marx, 2010, pág.211)

Gustave Courbet, {Los rompepiedras} (1849). Representación de cómo la naturaleza y el trabajo tienen un vínculo inseparable, aunque a veces esté oculto y alienado.

Es decir, la propia existencia del ser humano y la sociedad se basa en el hecho de que el ser humano es fruto de la naturaleza. La diferencia entre un mamífero superior y un humano radica en otro hecho, pero que está directamente relacionado con este: nuestra especie, de acuerdo con un complejo proceso evolutivo, se volvió capaz de trabajar, es decir, pensar y reproducir estructuras complejas a partir de la modificación del ambiente natural. Esta es la base de la filosofía de la naturaleza en el método marxista.

Las abejas construyen colmenas, estructuras complejas y magníficas. Sin embargo, no son capaces de planificar y diseñar una colmena diferente a la que apunta su instinto. Esto es radicalmente diferente para los seres humanos. Se debe tener en cuenta que, además, el trabajo del que estoy hablando solo puede generarse por ser animales sociales, ya que las relaciones de modificación de la naturaleza en el caso de nuestra especie se han desarrollado para satisfacer las necesidades de los grupos humanos, al igual que con las abejas, hubiera sido imposible que existiera el trabajo a partir de humanos aislados, individualmente. Con el desarrollo de las presiones evolutivas y a través de las condiciones materiales en las que incidieron, el ser humano pudo desarrollar socialmente el trabajo: es imposible pensar la sociedad humana sin el trabajo, y no es posible hablar del trabajo sin partir de una necesaria relación con el medio natural.

La cuestión es que, con el surgimiento de la sociedad de clases a partir de la producción de excedentes, concomitante con el nacimiento del Estado, la familia y la propiedad privada, este metabolismo se convierte en una relación depredadora. No por casualidad vemos un intercambio muy orgánico, aunque poco desarrollado por las condiciones materiales de la época, de las sociedades indígenas que habitaron América en el período precolombino; ​​ellas, en su mayor parte, vivieron sin un Estado y mediante un plan económico. Las distintas sociedades de clases tenían varias relaciones diferentes y, a veces, no menos depredadoras.

Pero el capitalismo desarrolló un diferencial: la acumulación primitiva de capital, es decir, el robo, el pillaje y la expropiación sistemática para la acumulación y generación de excedentes, fue la génesis del capital, una especie de célula de reproducción del sistema. La Fórmula General del Capital descrita por Marx es la máxima expresión del metabolismo degradado: D-M-D ’- según la cual D es capital inicial, M es mercancía y D’ es dinero final, que equivale al capital inicial más beneficio. Está demostrado que para que continúe la producción de riqueza, esta fórmula debe seguir perpetuándose: D-M-D’-M’-D" - M ’’ - D ’’’... Por tanto, una de las características del capitalismo para seguir produciendo riqueza es la necesidad del capital de una reproducción ampliada constante.

La reproducción del capital debe ser infinita, incluso si los recursos naturales y todo el medio ambiente no están en consonancia con estos planes. Aquí es donde Löwy se opone al “productivismo”. Parte de una correcta verificación de la producción ecocida y desenfrenada del capitalismo. Sin embargo, aquí es donde, en mi opinión, radica su principal error: su concepción de fuerzas productivas separa el fundamento de la dialéctica de la naturaleza y las bases de la crítica de la economía política.

Löwy afirma que Marx y Engels ven el avance de las fuerzas productivas como una mera reproducción de las técnicas productivas capitalistas, solo que en una sociedad socialista, sin propiedad privada de los medios de producción. Pero esto deja de lado un factor central: las fuerzas productivas no solo están relacionadas con las técnicas y no podemos verlas, junto con su crecimiento o estancamiento, por fuera de las propias relaciones de producción, las que subyacen al poder político de una clase sobre la otra, es decir, a la explotación.

Herman Heyenbrock. Fundición de bloques de hierro, 1890.

La interacción y el choque constante en la forma en que se utiliza el trabajo en la transformación de la naturaleza (relaciones de producción) y los instrumentos y técnica utilizados para ello (fuerzas productivas), constituyen el modo de producción de un período histórico determinado. Por lo tanto, todo el conjunto de instrumentos de trabajo y técnica actual está inextricablemente ligada a las relaciones laborales asalariadas, desde la explotación capitalista. La cuestión es que estas fuerzas productivas encuentran una barrera infranqueable: la propiedad privada. Basta con pensar en la propiedad intelectual privada (patentes) de las vacunas que impiden, aún hoy, que miles de millones de personas se vacunen incluso con la tecnología suficiente para hacerlo. Esto demuestra que el capitalismo es obsoleto y existen condiciones objetivas para la revolución. Esta es la premisa del Programa de Transición de la Cuarta Internacional (trataré esta definición y sus detalles en relación con el mandelismo en el segundo texto de esta serie).

Por lo tanto, el estancamiento de las fuerzas productivas (aun hoy con sus recuperaciones parciales y contradictorias) impide no solo el desarrollo productivo sino ¡la vida! Es más, impide sistemáticamente la libre expresión del arte, la cultura, el amor: la clase obrera y la juventud trabajadora pasan la inmensa mayoría de sus horas semanales en jornadas laborales absurdamente agotadoras sólo para que al final los frutos de ese trabajo no les pertenezcan. Por lo tanto, la concepción de las fuerzas productivas y su avance debe comprender no sólo la técnica pura y simple, sino también las relaciones de producción -y lo que puede aportar la capacidad de cambios radicales en ellas, objetivamente posibles. No es otro marxismo que el de Marx, Engels y los hilos de continuidad de este revolucionario instrumento del proletariado hasta nuestros días- y por eso, considero falsa la atribución de que el marxismo tiene puntos de positivismo. Es el fruto de la historia, moldeable y voluble según el cambio de cada época.

Para ilustrar mejor lo que quiero decir: existen numerosas alternativas energéticas a los combustibles fósiles y muchas otras tecnologías y técnicas que ya han demostrado ser eficientes para mitigar los daños del cambio climático, residuos industriales, materiales biodegradables y / o menos contaminantes, etc. Pero es simplemente imposible que estas técnicas y tecnologías, a través del relativo estancamiento de las fuerzas productivas actuales, se vuelvan hegemónicas y reemplacen a la megaminería, los gigantes petroleros, etc. Esto significa que el problema es algo combinado: la crisis histórica del capitalismo expresada en la contradicción entre la incapacidad de las fuerzas productivas para avanzar y la propiedad privada sólo existe porque este sistema se basa en la expropiación del trabajo excedente del proletariado en todo el mundo.

Pero ¿qué sería entonces el comunismo de Marx? ¿Es algo, por así decirlo, antiecológico? El mismo Löwy cita, en los Manuscritos económico-filosóficos de 1844, que Marx nos propone:

La naturaleza es el cuerpo inorgánico del hombre, es decir, la naturaleza como tal no es el cuerpo humano. El hombre vive de la naturaleza significa: la naturaleza es su cuerpo, en el que tiene que permanecer en un proceso continuo para no morir. Que la vida física y mental del hombre esté interconectada con la naturaleza no tiene otro significado que el de que la naturaleza está interconectada consigo misma, pues el hombre es parte de la naturaleza (Marx, 2004, p. 84).

Desde el punto de vista comunista, la naturaleza no es algo que esté a nuestro servicio y control; el marxismo, en este sentido, reclama la constitución de una relación armoniosa y planificada con la naturaleza. El comunismo sólo puede realizarse mediante un intercambio orgánico y racional con la naturaleza, pero en este sentido fundamentalmente radical, que implica la emancipación de las relaciones laborales.

La comprensión de que una relación armoniosa con la naturaleza no vendría en “piloto automático” es cierta. La cuestión es que la degradación ambiental no es un componente eminentemente ideológico, sino una parte fundamental del modo de producción capitalista. Por lo tanto, es igualmente falso decir que un crecimiento en sí mismo de una "conciencia ambiental" ayuda a avanzar en la lucha por el comunismo, por el hecho de que se necesita un factor consciente, obrero e independiente (el partido revolucionario) y también, lo que es obvio, pero no siempre concreto: hacer la revolución. Ni el trabajo se emancipa ni se crea una relación armoniosa con la naturaleza sin estos dos factores; ni la revolución llega en piloto automático sin una dirección revolucionaria, ni una sociedad socialista desarrolla las bases para una relación plenamente armoniosa con la naturaleza sin esta revolución, con su vanguardia más consciente organizada en un partido que actúe también en la esfera de la ecología.

Por lo tanto, una sociedad en armonía con la naturaleza no llegaría en paracaídas después de una revolución -y esta es precisamente la concepción de la revolución permanente de Trotsky extendida al medio ambiente- precisamente porque la toma del poder es solo el 10 % de la revolución. Debe ser defendida contra la reacción imperialista, impulsando la acumulación socialista, estimulando y difundiendo conscientemente el estudio y la práctica del arte, la cultura, la ciencia y la ecología, todo esto combinado con el objetivo fundamental de extender la revolución al terreno internacional. La toma del poder abre una trinchera para empezar a avanzar hacia una sociedad de productores libremente asociados, con la integración de todas las fuerzas productivas mundiales y sin clases, es decir, el comunismo. Pero solo estas bases materiales pueden avanzar a una sociedad que viva en armonía con la naturaleza.

La cuestión es que, en el proceso de intentar justificar que el marxismo es supuestamente "productivista" desde sus raíces -que evidentemente no lo es-, Löwy se ensaña con dos supuestos fundamentales (y probados en la historia) sobre el marxismo revolucionario: la práctica estrechamente vinculada con la ecología de los bolcheviques y la perspectiva más revolucionaria del comunismo de lo que significa una “sociedad de abundancia”, que es la liberación de las fuerzas productivas. El fin de la sociedad de clases, la explotación y la opresión liberará las fuerzas productivas y creará una sociedad de abundancia en el sentido técnico-material, y también "espiritual" y humana, es decir, en el arte, el amor, la cultura y todos los aspectos más variados de la vida, que necesariamente debe abarcar la cuestión ecológica, ya que el trabajo humano solo existe a través del intercambio con la naturaleza y los comunistas deben luchar por esto en el estado obrero. Esto lo cambia todo cuando analizamos la ecología desde una perspectiva marxista. Hablaré de esto en las próximas líneas.

El legado ecológico radical de los bolcheviques

La Revolución Rusa, además de ser el ejemplo más significativo y profundo de toda la historia de la humanidad en términos de organización social, con el proletariado organizado en consejos de democracia directa y obrera junto con los campesinos, fue también un impulso incomparable para el desarrollo de la ciencia. Algunas de las concepciones aquí presentadas sobre la ecología fueron pensadas y puestas en práctica por distinguidos científicos bolcheviques en la URSS de Lenin y Trotsky.

Citaré algunos ejemplos aquí, incluidos aquellos que realizaron grandes trabajos sobre el marxismo y la ecología. Por ejemplo: Vladimir Vernadsky, fundador de la ciencia de la biogeoquímica, acuñó el concepto de biosfera y que, junto con la biocenosis de Vladímir Sukachev, entendió la naturaleza y la sociedad humana como parte de un mismo sistema. Vassili Williams fue uno de los primeros en considerar la ciencia del suelo como un sistema vivo en coevolución con su vegetación y prácticas agrícolas, al igual que Aleksandr Chayanov, el economista agrario más destacado de la Rusia revolucionaria; para él, la colectivización cooperativa representaba lo mejor y quizás la mejor, la única forma posible de introducir en la economía campesina muy atrasada "elementos de una economía de gran escala, industrialización y planificación estatal"; en su libro de 1919, Las ideas básicas y las formas de cooperación campesina, fue objeto de minucioso estudio por parte de Lenin, quien lo utilizó en gran medida para su texto de 1923, Sobre la cooperación. Entre otros, cabe mencionar a Aleksander Oparin y la exploración del origen de la vida; la reinterpretación de la historia de la sociología y la ciencia en términos materialistas históricos por el físico Boris Hessen; el zoólogo Vladímir Stantchínski y el desarrollo pionero del análisis energético de comunidades ecológicas y niveles tróficos; Vladimir Komarov, editor de “La flora la Unión Soviética, una compilación botánica de treinta volúmenes; Nikolai Vavilov, experto en genética vegetal, que presidió la Academia de Agricultura de Lenin y que con el apoyo del Estado soviético aplicó el método materialista a la cuestión de los orígenes de la agricultura.

De izquierda a derecha: Lenin, Sverdlov, Vladimirski y Pyotr Smidovitch.

Fue una verdadera efervescencia científica y nació ya íntimamente guiada por una visión integral del campo, la vida, la ecología y las ciencias naturales en su conjunto, a menudo desde una perspectiva materialista y socialista. Esto sería absolutamente imposible en un país capitalista, en el que todas las técnicas de innovación más destacadas en la matriz energética, los combustibles, la industria alimentaria, etc., son sistemáticamente boicoteadas o introducidas superficialmente en nichos de mercado para que no se enfrenten a las gigantescas corporaciones ecocidas.

Los bolcheviques, a pesar de las diversas reticencias dentro de su propio partido, fueron pioneros a lo largo de la historia de la humanidad en pensar la ecología de manera integrada con el desarrollo productivo humano, ¡y ponerlo en práctica! No es de extrañar que la primera reserva natural del mundo que un gobierno dedicado exclusivamente al estudio científico de la naturaleza fuera fundada en la Unión Soviética de la década de 1920; fue Riazanov, en 1927, quien publicó por primera vez La dialéctica de la naturaleza de Engels. Estos son los cimientos del marxismo revolucionario y su profunda confluencia con la ciencia y la ecología.

De hecho, este "movimiento ecológico" soviético, por así decirlo, prosperó en la primera década de la Revolución Rusa bajo la protección de Lenin. Pero Löwy parece dejar de lado esta parte de la historia e inmediatamente confunde todo el marxismo con la visión del estalinismo, el mismo que asesinó a todos los trabajadores e intelectuales más destacados de vanguardia de la ecología y el ambientalismo en la URSS. El autor incluso cita los avances de la Rusia soviética, pero los considera superfluos, olvidando inmediatamente su magnitud y su significado histórico.

Volviendo a esa cita al comienzo del texto sobre el tema del suelo, el biólogo, filósofo e historiador de la ciencia Iakov Urbanovski, en El marxismo y las ciencias naturales (1933), se sumerge en las investigaciones de Marx sobre las plantaciones del químico agrícola alemán Justus Von Liebig para explicar la pérdida de fertilidad del suelo. Entre otros pasajes, el texto de Löwy indica que, a pesar de la observación de problemas con el suelo, Marx solo comprende la dimensión de lo que éste afecta a los seres humanos. Sin embargo, Urbanovski polemiza, entre otras cosas, con la influencia de Kautsky, quien decía que “el marxismo no tiene relación con la filosofía, la filosofía no tiene relación con la política de partidos y, finalmente, la ciencia natural no tiene relación ni con el marxismo, ni con la política, ni con la filosofía del partido”. De esta manera, según Kautsky, el marxismo no es más que una “concepción especial” de la sociedad. Para Urbanovski, quien en 1931 asumió la secretaría científica de la Comisión de Historia del Conocimiento de la Academia de Ciencias de la URSS, era necesario volver a explicar el papel de las ciencias naturales en la formación de las ideas de Marx y la relación general entre el marxismo y las ciencias naturales, lo cual, según él, "mostrará una vez más de forma convincente cómo los pseudomarxistas castran el rico contenido de las ideas de Marx, distorsionan y contraen sus fundamentos, y desarman ideológicamente al proletariado en su lucha por el comunismo".

Curiosamente, las ideas de Kautsky sobre el marxismo -con quien Lenin y Rosa Luxemburg (más tarde) rompieron después de la enorme traición de la socialdemocracia alemana, cuando votó a favor de los créditos de guerra- no son tan antagónicas con lo que entiende Löwy. Si Kautsky entendió el marxismo como una “concepción especial” de la sociedad, Löwy usa el mismo artificio, solo que ahora para decir que el marxismo es solo una “concepción especial” de la ecología, y que incluso es limitada y errónea.

Por el contrario, el marxismo fue fuente de una gran y abundante crítica ecológica y materialista contra las tendencias antidialécticas y / o tecnocráticas. Sin embargo, las lecturas reformistas del marxismo del siglo XX dieron lugar a algunas variantes de tipo explícitamente positivista y se sintieron atraídas por las ideas científicas, en las que la naturaleza era una fuente infinita de recursos. La socialdemocracia alemana fue la expresión más completa de esto. Eduard Bernstein consideró que el desarrollo de la ciencia, el conocimiento y el control de la naturaleza acercaron el movimiento obrero al socialismo. Los bolcheviques, bajo la dirección de Lenin y Trotsky, se opusieron a esta corriente. Éstos lideraron una revolución en medio de la Primera Guerra Mundial mientras Lenin y Luxemburgo coincidían, a pesar de sus diferencias, en la apreciación de que el imperialismo dividió los mercados mundiales de la periferia del mundo, despojando los recursos naturales y apropiándose del territorio en detrimento de la clase obrera internacional, del hombre en relación con la naturaleza. En general, esto es correcto. Además, el estalinismo capitula ante este ascenso menchevique etapista y luego la tendencia socialpatriota en la Segunda Guerra Mundial; los trágicos casos del mar de Aral y Chernobil también representan esta ruptura entre el estalinismo y el marxismo, que en el estalinismo no había forma de superar la relación depredadora entre el hombre y la naturaleza.

Sin embargo, el autor parte de un supuesto fundamentalmente esencialista, que se equivoca en vista del proceso histórico y la naturaleza del Estado obrero. Esencialista porque trata el "productivismo" de manera genérica, sin pensar en quién está en la gestión y el control de la economía de esta producción, que está directamente vinculada a la naturaleza del Estado obrero soviético, un Estado obrero, en el que no había propiedad privada de los medios de producción (trataré específicamente esta contradicción con la propuesta de “planificación democrática” del autor en el próximo artículo de esta serie). Sin embargo, con la burocratización estalinista, la economía pasa de la autoorganización y la planificación democrática soviética a la planificación burocrática. La economía estaba dirigida por una casta de burócratas. Pero estos mismos burócratas solo existían por el hecho de que había una economía planificada, un monopolio del comercio exterior, etc. No eran, por tanto, una clase -como defendió Trotsky al debatir el error de la oposición oportunista en el SWP que, durante la Segunda Guerra Mundial, se negó a apoyar a la URSS en caso de una guerra imperialista contra ella. Tampoco se trataba de un “capitalismo de Estado” como defiende Löwy, disolviendo las barreras entre el Estado obrero y el Estado capitalista.

Por otro lado, el problema con las tendencias dominantes de la izquierda durante el siglo XX, la socialdemocracia y el movimiento comunista de inspiración soviética, es que aceptaron el modelo de producción existente. Mientras que la primera se limitó a una versión reformada, en el mejor de los casos keynesiana, del sistema capitalista, el segundo desarrolló una forma de productivismo autoritario y colectivista, o capitalismo de Estado. (Löwy, 2014, pág.73)

En este punto, Löwy incluso revisa los preceptos correctos de la tradición mandelista a la que pertenece, a la que se le hacer innumerables críticas, pero que nunca cayó en el reduccionismo liquidacionista en relación con el carácter estatal de la URSS. Este tema específico lo abordaré con más detalle en el próximo texto de esta serie. Por lo tanto, es necesario entender que el “productivismo” del período estalinista es parte de esta dinámica: la producción en un Estado obrero burocratizado.

Pero el "productivismo" marxista está equivocado desde un punto de vista histórico, al menos en lo que se refiere al análisis histórico del autor, quien deliberadamente trata de ocultar los años de la democracia soviética. Esto se debe a que el propio programa de la Oposición de Izquierda en la década de 1920, para superar la crisis de tijeras provocada por la NEP y en lucha política con la Oposición de Derecha de Bujarin -que defendía la consigna de “¡Kúlaks, enriqueceos!”- era precisamente aumentar la industrialización, retomar la democracia soviética y una mayor fuerza de la gestión obrera de la economía para hacer avanzar la hegemonía del proletariado sobre el campesinado. Si podemos criticar al estalinismo en ese momento es porque era “antiindustrialista”, mientras que esto no es una “exaltación tecnocrática de las fuerzas productivas”, precisamente porque defiende la gestión obrera de la producción y el control por parte de la población. El estalinismo se basó en el sector más reaccionario del campesinado (la pequeña burguesía rural que pasó a la gran burguesía rural, los Kulak) para luchar contra la hegemonía obrera y enterrar así también el internacionalismo, la comprensión de la URSS como la trinchera de vanguardia en la lucha contra el capitalismo, precisamente por haber expropiado a la burguesía. Además, en períodos posteriores, si algo le quedaba al estalinismo era la planificación burocrática de la economía. Por lo tanto, el "socialismo real" como "industrialista" está equivocado, desplazado del proceso histórico real de la lucha de clases. El programa de la Oposición de Izquierda era precisamente aumentar los contornos de la gestión obrera y el control popular de la economía, el único capaz de hacer avanzar las fuerzas productivas en un país campesino atrasado, lo que elevaría el nivel de vida, así como impulsaría la acumulación socialista hacia técnicas ecológicas más eficientes a fin de ganar tiempo para la revolución en los países centrales. Esta dinámica fue sepultada por la burocracia y el aislamiento de la URSS como consecuencia de las derrotas y traiciones del proletariado internacional perpetradas por ella.

Con el giro de la burocracia en 1928 hacia la industrialización acelerada y la colectivización forzosa en el campo, se desencadenó un profundo conflicto en el que incluso los propios científicos de los que hablaba más arriba fueron objeto de crecientes ataques, algo promovido por la orientación ultraizquierdista del "tercer periodo" del estalinismo. El primer Plan Quinquenal, basado en la explotación acelerada de los ricos suministros de energía, minerales y otras materias primas del país, y en su gran fuente de mano de obra, surge de un giro de 180 grados respecto a la política económica de los siete años anteriores, y sobre la base de la resistencia del campesinado a la colectivización forzosa. Stalin tergiversa las bases del programa de la oposición y lo impone por la fuerza, en clave reaccionaria y burocrática -la colectivización forzada sólo fomentó una mayor división entre obreros y campesinos, la gestión obrera y el control popular de la economía fueron estrangulados, lo que hizo que el avance técnico-científico se orientara a los intereses y necesidades de la camarilla estalinista, no a la relación entre el hombre y la naturaleza. Por lo tanto, Löwy trata la cuestión de tal manera que diluye el carácter de clase del Estado de la URSS y sus contradicciones y esto marca la diferencia.

Entonces, ¿de qué sirve decir que el marxismo es productivista?

La dimensión más revolucionaria del discurso de Engels se esconde: “el dominio sobre la naturaleza no se parece en nada al dominio de un conquistador sobre un pueblo conquistado, que no es el dominio de alguien externo a la naturaleza, sino que nosotros (...) pertenecemos a la naturaleza (...) y todo nuestro dominio sobre ella consiste en que, a diferencia de otros seres, somos capaces de conocer sus leyes y aplicarlas con sensatez”. Es en esta dimensión metabólica entre el ser humano y la naturaleza, el trabajo y la ecología, donde se sustenta la base del marxismo: solo la clase obrera tomando la economía en sus manos y socializando los medios de producción puede avanzar en el conocimiento de las leyes de la naturaleza y aplicarlas de una “manera juiciosa”.

Pero el autor afirma:

Un cierto marxismo clásico (...) parte de la contradicción entre fuerzas productivas y relaciones de producción, y define la revolución social como la supresión de las relaciones de producción capitalistas, que se convirtieron en un obstáculo para el libre desarrollo de las fuerzas productivas. Esta concepción parece considerar el aparato productivo como "neutral" y su desarrollo ilimitado. (Löwy, 2014, pág.50).

Luego da un salto más grande:

Los ecosocialistas deberían inspirarse en las declaraciones de Marx sobre la Comuna de París: los trabajadores no pueden apoderarse del aparato estatal capitalista y ponerlo a su servicio. Deben demolerlo y reemplazarlo por una forma radicalmente diferente de poder político, democrático en lugar de estático. La misma idea se aplica, mutatis mutandis, al aparato productivo que, lejos de ser ’neutral’, lleva en su estructura la marca de un desarrollo que favorece la acumulación de capital y la expansión ilimitada del mercado, lo que lo pone en contradicción con la necesidad de proteger el medio ambiente y la salud de la población. Por eso debemos realizar una ’revolución’ del aparato productivo en el contexto de un proceso de transformación radical. (Löwy, 2014, pág.75)

Pero el autor olvida que estamos hablando de cosas diferentes: una, el carácter del Estado obrero, que sólo puede aparecer en las ruinas del Estado burgués, y que Löwy, como ya se señaló, disuelve sus fronteras de clase; otro es el “aparato productivo”, que solo se puede planificar con un Estado obrero, pero depende de la gestión obrera para evolucionar y avanzar en una relación sostenible con la naturaleza. La defensa de que se deben abandonar directamente numerosas prácticas del “aparato productivo” capitalista, como el fracking, por ejemplo, es acertada. Pero ¿qué sentido tiene plantear la necesidad de "destruir el aparato productivo" en su conjunto? ¿Sobre qué base avanzaría el proletariado hacia una relación armoniosa con la naturaleza? ¿Cómo hacerlo "destruyendo" las bases productivas necesarias, incluso para destruir la resistencia burguesa?

En definitiva, la "falta de perspectiva crítica hacia las fuerzas productivas" tiene un carácter de clase basado fundamentalmente en la pequeña burguesía. Y es que el problema de la destrucción del medio ambiente reside en la contradicción entre la propiedad privada de los medios de producción y el estancamiento del avance de las fuerzas productivas, no en las técnicas industriales, en la "modernidad industrialista". Löwy describe los síntomas, va y viene entre el optimismo y el pesimismo, pero en realidad no dice lo más importante: sólo un partido revolucionario, imbuido de la estrategia soviética, puede converger con la lucha de la clase obrera -la que puede arrastrar a todos los oprimidos- y eliminar la contradicción fundamental que promueve este metabolismo degradado entre el hombre y la naturaleza.

El romanticismo de Michael Löwy, que a veces dice retomando las críticas de Walter Benjamin, y que otras veces denomina "marxismo weberiano", o una "ética ecosocialista" frente a la "jaula de acero" de la modernidad, se remonta a los narodniks. Los futuros Socialistas Revolucionarios (SR), el partido campesino ruso antes de la revolución que junto a los mencheviques y el imperialismo se unieron para aplastar la Revolución Rusa con el Ejército Blanco, defendieron precisamente un retorno utópico al campo, lejos del “industrialismo productivista” de la sociedad occidental. Benjamin vuelve a los socialistas utópicos para criticarlos y volver al presente; aparentemente, Löwy los critica para quedarse en el pasado. Esta concepción de conjunto del autor, por cierto, merecería un texto aparte para una crítica más contundente.

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La lucha de Löwy es evidente en toda su naturaleza cuando habla de un programa: su lucha por las reformas no contiene consignas transicionales en el sentido marxista, entiende que “las reformas son pequeñas victorias” -como zonas sin coches, presupuestos participativos en la ciudad brasileña de Porto Alegre, promoción del transporte público gratuito y “defensa de la salud pública”. Pero como decía Rosa Luxemburg, las reformas son necesarias en la medida en que llevan a la clase trabajadora a entender que es necesario superarlas. ¿Alguna de las propuestas antes citadas lleva al proletariado a tal conclusión? Esta perspectiva diluye al sujeto trabajador y se adapta al ecocapitalismo, asumiendo que incluso los cambios cosméticos llevados a cabo por la burguesía, sin pasar por la autoorganización de los trabajadores, podrían hacer avanzar la lucha por el socialismo.

Löwy, incluso sin admitirlo objetivamente, se adapta a veces a las variantes del decrecimiento y a favor de la desindustrialización, a veces mediante cambios cosméticos en las técnicas dentro del capitalismo y sin el sujeto obrero delimitado. El ejemplo brasileño es gráfico: cuanto más avanza la desindustrialización, más avanza el agronegocio y se satisface cada vez más el proyecto bolsonarista de transformar a Brasil en la gran granja del mundo. Es imposible tomar el poder y realizar la economía socialista y defender la desindustrialización. No es posible luchar contra la resistencia burguesa -la única realmente interesada en seguir destruyendo todo el entorno mundial- sin una fuerte inversión industrial. Del mismo modo, no se llega al socialismo sin planificar la economía, y no se llega a él sin la autoorganización en cada lugar de trabajo, las ocupaciones de las fábricas, los comités de huelga, embriones organizativos de tipo soviético y que, a partir de hoy, hay que fomentar. Löwy, además de separar lo "verde" y lo "rojo", en esta operación también separa la "conciencia ecológica" de la "conciencia de clase", es decir, no entiende que sólo el proletariado asumiendo el destino de la historia puede realmente revertir la crisis ecológica. Más aún: el autor separa el "programa mínimo" del "programa máximo", no hay una articulación transitoria entre la autoorganización por la que hay que luchar hoy y los fines socialistas.

Precisamente sobre estos temas -el debate sobre el Programa de Transición con el mandelismo; estrategia soviética y planificación democrática de Löwy; la hegemonía obrera, qué partido para qué estrategia y, finalmente, cuál es el tema de la revolución hoy, todo esto lo desarrollaré mejor y más profundamente en el próximo texto de esta serie.

En la siguiente parte de este artículo, que se publicará próximamente, discutiré más profundamente las diferencias estratégicas hacia el autor a la luz de la hegemonía obrera y los procesos recientes de la lucha de clases internacional. Continuaré la crítica fraterna del libro de este importante intelectual, su concepción del ecosocialismo, así como las concepciones estratégicas de la corriente con la que choca históricamente: el mandelismo del Secretariado Unificado.

Traducción: La Izquierda Diario México

Bibliografía

Löwy, Michael. ¿Qué es el ecosocialismo? Colección Temas de nuestro tiempo; v.54. 2. ed. São Paulo: Cortez, 2014.

Marx, Karl. El Capital: crítica de la economía política. 27. ed. Río de Janeiro: Civilización brasileña, 2010. 3 v. (1). p.211.

Marx, Karl. Manuscritos económico-filosóficos. São Paulo: Boitempo, 2004.

Engels, Friederich. Dialéctica de la Naturaleza. París: Sociales, 1968.


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Caio Rosa

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