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La Eurocopa, entre las huelgas y los hooligans rusos

El torneo europeo cruzado por el neoholiganismo ruso e inglés. El nacionalismo, la xenofobia y las huelgas se cuelan en la Euro 2016.

Alejandro Wall

@alejwall

Sábado 18 de junio de 2016

En el centro de Marsella, los hinchas rusos cantan Katyusha, un clásico soviético de la Segunda Guerra Mundial que se convirtió en un himno popular para varias generaciones: una contraseña nacional. Los soldados del Ejército Rojo la entonaban para motivarse en los combates contra los nazis; los hinchas, en plena Eurocopa 2016, como se ve en los videos que circulan por YouTube, la cantan entre las peleas cuerpo a cuerpo con los fanáticos ingleses, una furia que tuvo su éxtasis el Stade Velodrome. Los rusos -cuerpos de patovicas, tatuados, super entrenados y organizados para cada ataque- son la sorpresa para un gobierno francés más preocupado por los posibles ataques terroristas durante los partidos, y por las huelgas que enfrentan el ajuste y la reforma laboral.

“¿Quiénes son los hooligans rusos?”, tuvo que preguntarse el principal diario deportivo de ese país, L’Equipe. “Actúan como comandos”, explicó Ronan Evain, un politólogo francés que estudió el fenómeno. “En Rusia –contó- se citan para batirse en las calles. Aquí se han juntado para la caza del hooligan. Para ellos es como un deporte”. Ese deporte es una especie de “club de la pelea” en la nieve. Alejados de las ciudades, entre los bosques, los hinchas rusos se encuentran para pegarse. Para reventarse a golpes. Pueden ser de los Orel Butchers (seguidores del Lokomotiv) o de los Gladiator Firm 96 (el grupo más radicalizado entre los hinchas del Spartak).

Aunque en Francia no importa. Fuera de Rusia, los unifica la nacionalidad.
“No tiene que ver sólo con el fútbol. A los rusos les gusta pelear, lo tienen incorporado en la cultura, y además tienen un gran estado físico; saben artes marciales, saben de lucha, tienen una buena preparación desde la escuela”, dice Matías Varela, un periodista argentino que vivió en Moscú, la capital, donde trabajó para el canal Russia Today. “Y también –agrega Varela- es una cuestión de nacionalismo exacerbado. Odian a todo lo que no sea ruso”.

La batalla de Marsella, tres días de piñas, botellazos y sillas volando, revivió los días del Mundial de Francia 98, cuando los hooligans ingleses, que todavía dominaban la escena de violencia en Europa, cruzaron el Canal de la Mancha y coparon esa misma ciudad. Se habló, entonces, de una reaparición de los hooligans, un fenómeno que parecía liquidado de los grandes eventos del fútbol. “Pero el hooliganismo nunca desapareció”, dice desde Francia, donde cubre la Eurocopa, Javier Cáceres, periodista chileno del diario alemán Süddeutsche Zeitung. “El fútbol europeo se convirtió en un espectáculo para masas pudientes y marginó a los sectores populares. Si hay violencia, es lejos de los estadios”, explica.

Acaso otros Mundiales y Eurocopas, agrega Cáceres, ofrecieron terrenos menos propicios para las peleas. “A Brasil 2014 –cuenta- no tuvieron manera de llegar. Sudáfrica 2010 tampoco fue fácil. Alemania 2006 estuvo muy controlado. La Eurocopa de 2012, en Polonia y Ucrania, tenía distancias muy largas. Y en la de 2008, en Austria-Suiza, hubo algunas peleas entre serbios y croatas”. Francia 2016, según está previsto, será la última con sede fija: desde 2020, la Eurocopa se jugará en diferentes países. Pero el próximo Mundial será en Rusia. Y ahí también hay un aviso.

Si los rusos se arengan con Katyusha en Marsella, los ingleses siguen cantando en los bares de la ciudad que “había 10 bombarderos alemanes” y “la RAF de Inglaterra los derribó”. O provocan a los franceses diciéndoles que “si no fuera por los ingleses, serían alemanes”. Que la Segunda Guerra esté presente en los hinchas europeos no es tan distinto a que esté presente Malvinas en los cantos los hinchas argentinos cuando, por ejemplo, se juega contra Inglaterra. Pero no fueron esta vez los ingleses los que promovieron los combates. “Si veinte ingleses borrachos se paran en el puerto de Marsella a cantar ‘¿dónde estaban ustedes durante la segunda guerra?’ y nadie les da bola duran veinte minutos, todos siguen tranquilos con sus vidas. Pero si a eso se suman los locales, los rusos, y la policía entra con los gases, entonces se convierte en ‘el retorno de los hooligans’”, dice Marcela Mora y Araujo, periodista argentina residente en Londres, para remarcar el morbo con el juega un sector de la prensa. Kevin Miles, director ejecutivo de la Federación de Hinchas de Fútbol, una organización que defiende los derechos de los aficionados ingleses, apuntó también al uso de gases lacrimógenos. "La actuación policial –le dijo a ESPN FC- ha sido tal que se ha intensificado en lugar de calmar las cosas”.

Los hooligans, borrachos y más panzones, algunos por arriba de los 50 y hasta 60 años, sin entrenamiento, se encontraron con los rusos, que fueron a Francia a marcar un territorio. Además de multar a la Federación Rusa con con 150 mil euros, la UEFA le advirtió que un incidente más dejaría afuera a su selección. Y en Lille, donde el miércoles Rusia perdió con Eslovaquia por 2-1, hubo más peleas –esta vez contra los eslovacos, pero también contra ingleses y hasta españoles- continuando con la promesa de sus camisetas, que anuncian una “Tormenta sobre Europa 2016”.

“Somos verdaderos luchadores, no putos gordos tomadores de Guinness”, dijo sobre los ingleses uno de los ultras rusos, citado por el Daily Mail. “Vinimos a demostrar que los ingleses son unas niñas”, le dijo otro, llamado Vladimir, al diario español El Mundo. “Se agarran a piñas por la camiseta, por una cuestión de honor, como quizá pasaba acá muchos años atrás. Sin armas, con los puños”, explica Varela, uno de los periodistas argentinos que mejor conoce el fútbol de Rusia. El aguante, en clave rusa. Es un honor a las piñas.

Pero Vladimir, el hincha ruso que habló con El Mundo, contó que después de pelear con los ingleses se unieron a ellos para pegarle a los árabes que iban por las calles. La xenofobia es otra marca de agua de los ultras, enmarcado en un contexto en el que la extrema derecha europea gana terreno, y en el que se persigue a refugiados e inmigrantes. También en el país donde se juega la Copa América Centenario, Estados Unidos, el candidato republicano Donald Trump agita un discurso xenófobo. Trump intenta sacar su rédito después de la masacre en Pulse, el club LGTB de Orlando, un ataque homofóbico que el empresario y varios sectores de poder adjudican al terrorismo islámico.

Un ataque como el de Orlando o, en rigor, como los que ocurrieron el año pasado en París, uno de ellos cerca del Stade de France, donde incluso se detuvo a un supuesto terrorista, es lo que temía –teme- el gobierno francés durante la Eurocopa. Pero ahora tiene que lidiar con el hooliganismo. Y no sólo con eso. Una enorme movilización ganó el martes las calles de París en pleno torneo. Las luchas contra la reforma que intenta imponer Holland se acrecientan desde marzo. Hubo paros de aeronáuticos, ferroviarios y recolectores de residuos. La Torre Eiffel y el Palacio de Versalles estuvieron cerrados por la adhesión de los trabajadores del museo a la resistencia contra la denominada ley del trabajo. El gobierno francés, acorralado y desesperado por cuidar su imagen de autoridad durante la Eurocopa, respondió con represión y hubo una decena de heridos. Las protestas aparecen imparables. Ni siquiera las frenan la Eurocopa. No sólo los patovicas rusos resultan incontrolables para Hollande.






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