SUPLEMENTO

La rabia de Unamuno, a propósito de la última película de Amenábar

Juan Argelina

Ilustración: Diógenes Izquierdo

La rabia de Unamuno, a propósito de la última película de Amenábar

Juan Argelina

"Empiezo por deciros que a mí me parece muy bien la guerra. Sin invocar el testamento de Isabel la Católica, ni aducir la probable hermandad de raza entre nosotros y los rifeños, creo que a nosotros, como a otros pueblos, nos conviene vernos en estos trances para que se despierte el espíritu colectivo nacional... /... El ejército español ha ido a África con ansias de recobrar un prestigio, que las desgracias coloniales no habían realzado".

Esto escribía Unamuno en 1909 en un artículo publicado en el diario argentino La Nación. El mismo año en que ocurría la Semana Trágica de Barcelona. El mismo año en que se ejecutaba al profesor anarquista Ferrer y Guardia, sobre el que también nuestro avezado filósofo guardó lindezas varias, quejándose del "odio internacional" por las protestas contra su proceso y condena a muerte. ¿Es éste el mismo Unamuno que años más tarde se enfrentaría con valiente dialéctica a los fanáticos fascistas en los actos del "día de la raza", frente a Millán Astray, en la Universidad de Salamanca, durante los trágicos primeros meses de la Guerra Civil? Es curioso que en 1909 Unamuno apelase al discurso de la conspiración contra España para defender un juicio político, y posteriormente él mismo cayese víctima de otro discurso conspirativo similar tras una rebelión militar que en un principio "comprendió" e incluso animó.

La toma de conciencia del funesto error que casi le costó la vida en aquel acto ha tomado forma cinematográfica en la película de Amenábar "Mientras dure la guerra", una obra difícil por lo espinoso de un presente en el que aún duele la memoria de aquella tragedia colectiva, cuyas consecuencias perviven a pesar de los innumerables intentos de silenciar o manipular el pasado. Una obra difícil, digo, porque había que indagar en las contradicciones del escritor, y expresarlas sin sordidez, sin la carnaza propia de las hazañas bélicas a las que nos acostumbran muchos de los que se han atrevido con la Guerra Civil. A remolque entre el intimismo y la ferocidad de la insinuación de una violencia mayor de la que se percibe a simple vista, lo cotidianidad provinciana degenera poco a poco en un ambiente denso y una tensión insoportable, en la que los sentimientos de culpabilidad van atormentando a nuestro hombre hasta estallar en un acto de reafirmación personal que ralla la tentativa de suicidio, tras el que, al sobrevivir, solo queda el encierro, la soledad y la muerte. Nos queda un manuscrito póstumo, "El resentimiento trágico de la vida", conjunto de ideas sueltas que nunca llegaron a formar una obra definida y acabada, y en el que pretendía reflejar el horror a la "locura frenopática" de la que tardó en darse cuenta.

Hubiera sido demasiado fácil ofrecernos la represión de cualquiera de los muchos comprometidos contra el fascismo, pero aquí no se trataba de hacer una visión maniquea del enfrentamiento. Unamuno era un liberal católico, que ante todo siempre valoró el diálogo y la autocrítica, algo que en una época de extremismos, sólo podía conducir a una contradicción interna de difícil salida. Contradicción no sólo personal, sino generalizada en una generación perdida entre los enormes cambios de la primera mitad del siglo XX: la generación del 98, nacida del regeneracionismo tras el desastre de otra guerra inútil, la hispano-norteamericana, que condujo al país a una crisis de identidad sin precedentes. No puedo evitar la comparación entre Unamuno y Valle-Inclán, aparentemente en las antípodas ideológicas el uno del otro, pero con las mismas contradicciones personales. Sólo tenemos que leer entrevistas o artículos publicados en la prensa de la época para darnos cuenta de la fuerte confusión en la que se movían: encontramos alegatos políticos en los que Valle pedía una "dictadura como la de Lenin" y afirmaba que "es una lástima que en 1931 sólo se quemaran cuatro conventos birrias" (diario "Luz", enero de 1934), mientras declaraba que "Mussolini está haciendo una gran obra... /... La obra de Mussolini tiende principalmente a inculcar un ideal en su pueblo, un concepto de sacrificio. En esta hora tan llena de egoísmos, en Roma no existen, y por eso el pueblo italiano es el más dispuesto a sacrificarse por un ideal histórico, que es el único que pueden tener los pueblos" (diario "Luz", 9-8-1933). El mismo Lorca reaccionaba: "Valle-Inclán se nos ha vuelto fascista en Italia, y esto es para indignar a cualquiera. Algo así como para arrastrarlo de las barbas" (ABC, 1933). ¿Como era posible esto? Mentes del siglo XIX sobreviviendo en el siglo XX, con una idea del nacionalismo anclada en el liberalismo que hizo nacer los Estados burgueses en los estallidos revolucionarios de 1848. Nada que ver con el mundo en cambio de la Revolución Rusa, los fascismos y las Guerras Mundiales.

El nacionalismo de Unamuno parte del sentimiento de apego a la tierra y la costumbre, y de la idea de patria como una entidad histórica. Tanto él como Valle declaran que los partidos políticos no deberían ser "partidos de ricos o partidos de pobres", y, aunque Unamuno fue desterrado por la dictadura de Primo de Rivera, y Valle encarcelado varias veces en esa misma época por su activismo en la Federación Universitaria Española durante la huelga estudiantil de 1929, ambos no veían con malos ojos la posibilidad de un poder dictatorial que integrase la identidad nacional con la esperanza de una largamente esperada regeneración. Quizás fuera esto lo que llevó a Unamuno a prestar su adhesión inicial a la sublevación de 1936, tras mostrar su rechazo a una República que según él había dejado de ser liberal y hasta democrática. Una adhesión que no debemos ver como la de un fascista convencido, sino como la de un idealista, un viejo liberal decimonónico, que había ido perdiendo el contacto con la realidad de su tiempo, y que era totalmente inconsciente de la guerra que se preparaba. La sangrienta realidad (el fusilamiento de su amigo el alcalde Casco Prieto Carrasco, las ejecuciones sumarias de su discípulo Salvador Vila y del pastor evangélico Atilano Coco, y otras muchas) fue la que produjo el profundo cambio de actitud que condujo al terrible final que nos muestra la película de Amenábar.

Lo peor sin embargo fue la apropiación por parte del franquismo del discurso unamuniano sobre la defensa de la civilización cristiana occidental, que marcó la base ideológica del régimen y el apuntalamiento del poder del propio Franco. Fue el mismo Unamuno el que definió la guerra como una lucha contra el caos y la anarquía, y aludió al ejército como única fuerza para lograrlo, lo que hace que su decepción y desengaño fueran aún mayores tras los primeros meses de conflicto. La película muestra muy bien la lucha interna y casi desesperación de sus últimos momentos previos al enfrentamiento en la Universidad, al sentirse una marioneta al servicio de intereses que no podría haberse imaginado. Este es el verdadero sentido útil de la película en el presente. La pervivencia de un "neofascismo" esperpéntico en la actualidad, alimentado por la crisis, la ignorancia y el miedo, hace que sea necesario denunciar la manipulación del malestar de un sector importante de población que se siente insegura y confundida ante un presente que no acaba de entender, y que acaba aceptando como refugio ideológico unos valores identitarios propios de un pasado inventado. Unamuno acabó recluido en su casa, y en sus últimos días de lucidez, escribía: "Bolchevismo y fascismo son las dos formas -cóncava y convexa- de una misma y sola enfermedad mental colectiva. Exterminar... extirpar... fulminar... Extraordinario desarrollo de todas formas de superstición. Poder magnetizador de los locos (lisiados)".

Tras su muerte en diciembre de 1936, Antonio Machado escribió: "Unamuno ha muerto repentinamente como el que muere en guerra. ¿Contra quién? Contra sí mismo; acaso, también, aunque muchos no lo crean, contra los hombres que han vendido a España y traicionado a su pueblo. ¿Contra el pueblo mismo? No lo he creído nunca ni lo creeré jamás". Es una pena y una vergüenza que el PP de Salamanca dejara pasar la oportunidad de dejar sin efecto el acta con la moción insultante y vejatoria que sirvió para expulsar a Unamuno de su puesto de concejal tras los sucesos del 12 de octubre del 36, cuando en diciembre de 2006, en el 70º aniversario de su muerte, se presentó una moción para restituir su nombre y su memoria. El PP se negó para "garantizar el mantenimiento del espíritu de concordia y reconciliación de la Constitución de 1978" y "no revivir rencores". A día de hoy las actas del Ayuntamiento de Salamanca mantienen el acuerdo tomado por unanimidad, en sesión secreta, el 13 de octubre de 1936, según el cual Unamuno fue la "representación de una intelectualidad envenenadora, celestina de las inteligencias y las voluntades vírgenes de varias generaciones de escolares en academias, ateneos y universidades".

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