Sociedad

TRIBUNA ABIERTA

La relatividad del confinamiento

5 minutos de aplausos y 1435 de silencio. 5 minutos de euforia, de agradecimiento y 1435 minutos de temor y sufrimiento. 1435 minutos llenos de muerte, llenos de dolor y rebosantes de injustica. 1435 minutos demasiado largos para algunos, eternos para otros e imposibles para muchos.

Domingo 26 de abril | 08:48

Sí, 1435 minutos que quedan silenciados entre los ruidos de la solidaridad de balcón, pero 1435 minutos, que no son pocos, llenos de injusticia social, de violencia de género, de explotación, de precariedad, de abusos policiales.

¿Verdad qué me repito? pero es necesario repetir lo que no se dice, lo que no se escucha, o si se prefiere, lo que es silenciado por las sirenas y por los aplausos enfermos de una sociedad que sacraliza los símbolos y olvida a las personas.

1435 minutos que no son iguales para todos – pese a lo que digan las infantas. 1435 minutos que se alargan demasiado cuando rebotan contra las paredes de la habitación de 700€ en el centro de Madrid. 1435 minutos en los que, si tienes suerte, veras la calle, absorta como siempre, a través de la ventana. ¿quién iba a decir, que al final, en vez de levantar muros, íbamos a querer tumbarlos?

1435 minutos que cada día pesan más, pero significan menos… 1435 minutos en los que algunos salvan y otros destruyen. En definitiva 1435 minutos de injusticia.

1435 minutos, en los que 12,3 millones (26,1% de la población en 2019 según la Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social) de españoles luchan por no caer, si es que ya no están, en la pobreza.

Las historias romantizadas del confinamiento apenas llegan a oídos de estas personas, demasiado distraídas y preocupadas en qué llevarse a la boca, o en qué dar de comer a sus familiares.

Es encender el televisor –quizá la mayor arma de destrucción masiva hasta la fecha inventada– y observar, sin descanso, día tras día, historias e historias de un confinamiento edulcorado: historias de viajeros “encerrados” en cruceros de lujo, historias de futbolistas “confinados” en mansiones de amplios jardines, e historias de ricos empresarios del IBEX salvando a un pueblo lo “demasiado incapaz” –deben pensar ellos– de salvarse a sí mismo.

En El Príncipe, diría Maquiavelo, en una cruel pero sincera reflexión de aquel que no por sorpresa inaugura política moderna, que “los pocos no tienen sitio cuando la mayoría tiene donde apoyarse”. Sin embargo, los pocos son demasiados, y la mayoría se apoya sobre los pilares construidos por una minoría especuladora y demagoga.

Y es que ¿quién va creer en la injusticia, cuando la “solidaridad” eclipsa la explotación? ¿quién va a saber de la realidad del “pobre” afinado junto a otros tantos en una habitación, cuando la realidad se reduce a la vida idealizada de unos pocos? ¿quién va a saber sobre hambre, sobre precariedad, sobre sufrimiento, si se abandera una falsa equidad?

Se dice que el virus no entiende de fronteras, pero sí entiende de clases, sí entiende de género, y por tanto esta premisa ácrata con la que iniciaba la oración pierde su sentido en el sistema de dominación y hegemonía global.

Al igual que no todos los países pueden acceder de la misma manera a los recursos para hacer frete a la COVID-19. No todas las personas viven igual este confinamiento.

Esos 1435 minutos, de los que no sin razón, abusábamos antes, pesan más a una mayoría que a una minoría.

Los minutos suelen pesar más cuando tienes que ir a trabajar por un salario insultante, o cuando tienes que dormir junto a otras personas en una casa, cuando no en una habitación, de dimensiones minúsculas y sin ventana.

¡Y es que no! ¡NO! El confinamiento no es igual para todos. No es igual para los empresarios de multinacionales acogidos a ERTE (Burger King o INDITEX), que para los riders del ya conocido precariado.

Los minutos pesan mucho en las espaldas de los sanitarios. Un colectivo, que, pese a los aplausos, lleva siendo maltratados durante años. Un colectivo profesional, formado por médicas, enfermeras, celadoras, fisioterapeutas, etc. que lleva demasiado tiempo viendo como se recortaba en salud, como se cerraban camas y como se apaleaban gritos de justicia en las mareas blancas.

Y es que los 5 minutos de solidaridad de balcón, no nos pueden hacer olvidar que existen otros 1435 minutos en los que hay que cambiar muchas cosas, no solo para que los minutos dejen de pesar, sino para que los minutos, transcurran con la misma rapidez, o la misma lentitud, para todas y todos.

Ánimo. Solo el pueblo salva al pueblo.






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