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Leer a Ucrania: cuatro poemas de Serhiy Zhadan

Uno de los poetas más celebrados de Ucrania, activista por la independencia de su país y “proletario punk”, según se define, sus versos captan las voces de aquellos y aquellas que más pierden con la guerra. Publicamos cuatro de sus poemas, traducidos desde una edición titulada “Por lo que vivimos, por lo que morimos”.

Cecilia Rodríguez

Martes 1ro de marzo de 2022
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Serhiy Viktorovych Zhadan es un filólogo, poeta, novelista y traductor ucraniano, nacido en 1974 cerca de Luhansk, en la región donde, desde hace años, se concentra el conflicto separatista que ahora es noticia mundial. Allí Zhadan tiene amigos y familiares y allí, también, viaja recurrentemente para recuperar las voces y testimonios de aquellos que padecen con mayor crudeza la frágil y violenta situación política. “Cada jornada suele saldarse en el Donbas con muertos y heridos”, comentaba en una entrevista de 2018, mucho antes de que los tanques de Putin cercaran Kiev.

Activista a favor de la autodeterminación de Ucrania desde sus años de estudiante, fundó en 1992 el grupo literario neofuturista "The Red Thistle" y tuvo una fuerte presencia durante las protestas contra el gobierno de Viktor Yanukovych en 2013, a partir de las cuales se convirtió en uno de los poetas más conocidos y admirados del país. Varias de sus obras han sido traducidas al inglés, alemán, ruso y otros idiomas, aunque lamentablemente aún no se consiguen en español.

Su colega norteamericano, Bob Holman, que ha trabajado llevando a escena varias obras de Zhadan, dice sobre él: “su poesía viene directamente de la tierra. Son los cuentos de Canterbury de la gente común de Ucrania: trabajadores, campesinos, soldados, dealers, contrabandistas, personas en situación de calle, jóvenes en toda su variedad, estudiantes pobres, propietarios de pequeños negocios, tanto legales como ilegales —en Ucrania hay muchos de ambos y son difíciles de diferenciar. Zhadan es la voz de los inmigrantes. Es espiritual, si acaso las armas, el sudor y el pararse contra la hipocresía lo hacen a uno espiritual. Dice que es un proletario punk y no veo razones para discutirlo”

A continuación, publicamos cuatro poemas de este autor que cobran aún más actualidad ante la operación militar rusa en Ucrania. Fueron traducidos del inglés de una edición de poemas reunidos bajo el título de What We Live For, What We Die For (por lo que vivimos, por lo que morimos). También ponemos a disposición de los lectores la versión en inglés.

Nos solidarizamos con los trabajadores y el pueblo ucraniano y defendemos: ¡No a la guerra! Fuera las tropas rusas de Ucrania. Fuera la OTAN de Europa del este. No al rearme imperialista.

Cuatro poemas de Serhiy Zhadan

AGUJA

Antón, treinta y dos años,
su estatus incluye el vivir con los padres.
Ortodoxo, pero no va a la iglesia,
graduado universitario, estudió inglés.
Trabajaba de tatuador, con un estilo propio,
si así se le puede llamar.
Muchos vecinos pasaron bajo
su aguja incisiva y su mano diestra.

Cuando todo comenzó, hablaba mucho de
política, historia, iba a marchas y asambleas,
discutía con amigos.
Los amigos se ofendieron, los clientes se esfumaron.
Tenían miedo, no entendían, dejaron la ciudad.

Experimentas de verdad a una persona tocándola con una aguja.
Una aguja pincha, una aguja cose. Bajo su cálido
metal la textura de la piel femenina se vuelve tan flexible
y el lienzo radiante de la piel masculina tan rígido.
Perforando la membrana exterior de una persona
liberas gotas de sangre aterciopeladas, tallas
alas de ángel sobre la sumisa superficie de la tierra.

Ve a tallarlas, tatuador; estamos llamados
a llenar este mundo de sentido, de color.

Talla esta coraza, tatuador, que esconde almas y enfermedad—
por lo que vivimos, por lo que morimos.

Alguien dijo que lo fusilaron en un puesto de control,
una mañana, arma en mano, de algún modo accidental —
nadie sabe por qué.
Fue enterrado en una fosa común —así todos fueron enterrados.
Sus efectos personales, devueltos a los padres.
Su estatus nunca se actualizó.

Un día, algún bastardo,
escribirá sin duda poemas heroicos sobre todo esto.
Un día, otro bastardo,
dirá que no hay motivos para escribir sobre todo esto.

(publicado originalmente en Porque no estoy en las redes sociales, 2015)

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TOMA SOLO LO MÁS IMPORTATE

Toma solo lo más importante. Toma las cartas.
Toma solo lo que puedas cargar.
Toma los íconos y los bordados, toma la plata.
Toma el crucifijo de madera y las réplicas doradas.

Toma algo de pan, los vegetales del jardín y luego vete.
No volveremos, nunca otra vez.
No veremos nuestra ciudad, nunca otra vez.
Toma las cartas, todas ellas, hasta el último pedazo de malas noticias.

No volveremos a ver la tienda de la esquina, nunca otra vez.
No volveremos a beber de aquel pozo seco, nunca otra vez.
No volveremos a ver caras familiares, nunca otra vez.
Somos refugiados. Correremos toda la noche.

Correremos a través de campos de girasol.
Correremos de los perros, dormiremos con las vacas.
Juntaremos el agua con nuestras manos desnudas,
esperaremos sentados en campos, fastidiando a los dragones de la guerra.

No volverás, los amigos no volverán.
No habrá cocinas humeantes, ni trabajos normales.
No habrá luces de ensueño en los pueblos dormidos,
ni valles verdes, ni páramos suburbanos.

El sol será una mancha en la ventana de un tren barato,
apurándose entre fosas de cólera cubiertas de cal.
Habrá sangre en los tacos de las mujeres,
guardias cansados en fronteras de nieve,

un cartero de bolsas vacías, acribillado,
un cura de sonrisa triste colgado de las costillas,
el silencio de un cementerio, el ruido de un puesto de comando,
listas de muertos sin editar

desde hace tanto, que no habrá tiempo
de buscar en ellas nuestro propio nombre

(publicado originalmente en La vida de María, 2015)

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LOS HONGOS DEL DONBAS

En primavera Donbas desaparece en la niebla y el sol se esconde tras montículos de tierra.
Por eso necesitas saber a dónde vas,
necesitas conocer al hombre que puede hacer los arreglos.

Este hombre era un trabajador en la ex estación de servicio,
desgastado por el alcohol.
Cuando nos conocimos, me dijo, “nosotros, los trabajadores de la estación de servicio,
siempre fuimos considerados la elite del proletariado, sí, la elite.
Cuando todo se fue a la mierda, muchos
vomitaron sus manos. Nosotros no, los trabajadores
de la estación de servicio.
Organizamos un sindicato independiente,
tomamos tres edificios de la vieja planta
y empezamos a cultivar hongos.”

“¿Hongos?”, no podía creerlo.
“Sí, hongos. Queríamos plantar cactus con mezcalina, pero
los cactus no crecen aquí en el Donbas.

“¿Sabes qué es lo más importante cuando plantas hongos?
Es importante drogarse, así es, amigo —es importante drogarse.
Nos drogamos, créeme, aún ahora tenemos que drogarnos. Tal vez porque
somos la elite del proletariado.

“Y entonces tomamos tres edificios y empezamos con nuestros hongos.
Bueno, está la alegría del trabajo, el codo engrasado,
tú sabes —la sensación embriagadora del trabajo bien hecho.
Y, lo que es más importante ¡todos se drogan! ¡todos están drogados incluso sin
hongos!

“Los problemas empezaron unos meses después. Esta es tierra de pandillas,
tú sabes, recientemente prendieron fuego una gasolinera,
estaban tan ansiosos por quemarla que ni siquiera llegaron a
llenarse —así que por supuesto la policía los atrapó.
De modo que una de las pandillas decide vérselas con nosotros, tomar
nuestros hongos, ¿puedes creerlo? Pienso que, en nuestro lugar, cualquier otro
se hubiera puesto en cuatro, así son las cosas —todos se ponen en cuatro aquí,
de acuerdo a la jerarquía social.

“Pero nos unimos y pensamos: a ver, hongos —esto es algo bueno,
no es un problema de hongos, o codos engrasados,
y ni siquiera de estaciones de servicio, aunque este fue uno de los argumentos.
Solo pensamos: allí vienen, ellos crecerán,
nuestros hongos crecerán, se puede decir que madurarán para la cosecha
¿y qué les diremos a nuestros hijos, cómo los miraremos a los ojos?
Hay cosas por las que tienes que responder, cosas
que no puedes dejar ir.
Eres responsable de tu propia penicilina
y yo soy responsable por la mía.

“Así que peleamos por nuestra plantación de hongos. Allí fue dónde
los vencimos. Y cuando cayeron sobre los corazones cálidos de los hongos,
pensamos —

“Todo lo que haces con tus manos trabaja para ti.
Todo lo que llega a tu conciencia tamborilea
en ritmo con tu corazón.
Nos quedamos aquí, para que no fuera tan lejos
para nuestros hijos visitar nuestras tumbas.
Esta es nuestra isla de libertad,
nuestra expandida
ciudad de la conciencia.
Penicilina y Kalashnikovs —dos símbolos de lucha,
el Castro del Donbas dirige a los partisanos
a través de las plantaciones de hongos cubiertas de niebla
hacia el Mar de Azov.

“Tú sabes,” me dijo, “por las noches, cuando todos duermen
y la tierra sombría se chupa la niebla,
siento cómo el planeta se mueve alrededor del sol, aún en sueños
escucho y atiendo cómo crecen —

“los hongos del Donbas, quimeras silenciosas de la noche
surgiendo del vacío, brotando de la hulla, del carbón,
hasta que los corazones se detengan, como ascensores en la noche,
los hongos del Donbas crecen y crecen, sin dejar nunca a los desalentados
y condenados morir de pena,
porque, hombre, mientras estemos juntos,
hay alguien para cavar la tierra
y hallar en sus entrañas tibias
la materia oscura de la muerte,
la materia oscura de la vida”

(publicado originalmente en Maradona, 2007)

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LUKOIL

Cuando llega la pascua, el cielo se vuelve más amable,
pero las personas se vuelven más intensas —ya sabes, pascua es el día de resurrección,
los muertos empiezan a girar bajo el suelo
rompiendo la arcilla fría con los codos.
Tuve que enterrar amigos.
Sé lo que es enterar amigos en la mugre,
como un perro entierra un hueso
y espera que el cielo
se vuelva más amable.

Para ciertos grupos sociales
estos rituales son muy importantes,
me refiero, ante todo, a los empresarios de medio pelo.
Todos han visto
la tristeza que envuelve a estos regionales
representantes de las compañías de gas rusas
cuando descienden los vastos
campos del cementerio, a enterrar
a otro amigo acribillado en los pulmones;

todos han oído sus fuertes latidos
cuando se paran cerca del ataúd
y secan sus lágrimas tacañas y sus narices húmedas contra los
dolce & gabana,
sorbiendo hennessy
en vasos
de cartón.

“Entonces, Kolia,” dicen, “aquí esta tu pago.
En el gran campo de los negocios offshore
caemos en lagos de olvido,
como gansos salvajes de otoño con perdigones en el hígado.”

“Entonces,” preguntan, “cuando nosotros
despedimos a nuestro hermano
en su largo viaje
al Valhalla radiante de Lukoil,
¿quién habrá de acompañarlo
a través de las oscuras cavernas del purgatorio?”

“Perras,” dicen todos, “perras,
él necesitará perras,
buenas perras,
de las costosas, sin malos hábitos,
ellas lo calentarán en invierno,
ellas lo refrescarán en primavera,
a su izquierda, una rubia platino,
a su derecha, una rubia platino,
y ni siquiera notará que está muerto.

Oh, la muerte es un territorio en el cuál
nuestro crédito no alcanza.
La muerte es el territorio del petróleo,
dejemos que limpie sus pecados.
Pondremos sus armas a los pies, así como el oro,
las pieles y una pimienta finamente molida.
En su mano izquierda colocaremos su último Nokia
y en su derecha una indulgencia de Jerusalén.
Pero lo principal son las perras,
dos perras, lo principal son dos perras platino.”

“Sí, eso es lo principal,” todos coinciden.
“Lo principal son las perras,” coinciden.
“Lo principal de lo principal,” agrega Kolia desde el ataúd.

Todos somos sentimentales en las pascuas.
Nos paramos a esperar que los muertos
se alcen y vengan a nosotros desde el más allá.
Cuando entierras a tus amigos,
te vuelves más interesado en la muerte.

Al tercer día, mientras flanquean
las puertas de la morgue, la mañana del tercer día,
él conquista la muerte a través de la muerte y camina fuera
desde el crematorio; ve
que todos hay caído en sueño, cansados
por la borrachera de tres días,
desparramados sobre la hierba,
en sus dolce & gabana
cubiertos de vómito.

Luego, calladamente,
para no despertarlos,
toma de uno de ellos
un cargador para el Nokia
y vuelve
al infierno,
a sus
rubias.

(publicado originalmente en Maradona, 2007)

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Poemas en inglés, de la edición What We Live For, What We Die For: Selected Poems, traducidos del ucraniano por Virlana Tkacz y Wanda Phipps, Yale University Press, 2019.

NEEDLE

Anton, thirty-two years old,
status includes living with his parents.
Orthodox, but doesn’t attend church,
university graduate, studied English.
Worked as a tattoo artist, had a signature style,
if you can call it that.
Many a local passed under
his sharp needle and skillful hand.

When all this began, he talked a lot about
politics and history, started going to rallies,
argued with friends.
Friends took offense, clients disappeared.
They were afraid, didn’t understand, left town.

You truly experience a person, touching them with a needle.
A needle pricks; a needle stitches. Under its warm
metal the texture of female skin becomes so supple
and the radiant canvas of male skin so tough.
Piercing through a person’s outer membrane,
you release velvety drops of blood, carve out
angels’ wings on the submissive surface of the world.
Go carve them, tattoo artist; we are called
to fill this world with meaning, with color.

Carve this shell, tattoo artist, which hides souls and disease—
what we live for, what we die for.

Someone said he was shot at a roadblock
one morning, weapon in hand, somehow accidentally—
no one really knows why.
He was buried in a mass grave—that’s how they were all buried.
His personal effects were turned over to his parents.
His status was never updated.

One day some bastard
will definitely write heroic poems about this.
One day another bastard
will say there’s no reason to write about this at all.

TAKE ONLY WHAT IS MOST IMPORTANT

Take only what is most important. Take the letters.
Take only what you can carry.
Take the icons and the embroidery, take the silver,
Take the wooden crucifix and the golden replicas.

Take some bread, the vegetables from the garden, then leave.
We will never return again.
We will never see our city again.
Take the letters, all of them, every last piece of bad news.

We will never see our corner store again.
We will never drink from that dry well again.
We will never see familiar faces again.
We are refugees. We’ll run all night.

We will run past fields of sunflowers.
We will run from dogs, rest with cows.
We’ll scoop up water with our bare hands,
sit waiting in camps, annoying the dragons of war.

You will not return, and friends will never come back.
There will be no smoky kitchens, no usual jobs,
There will be no dreamy lights in sleepy towns,
no green valleys, no suburban wastelands.

The sun will be a smudge on the window of a cheap train,
rushing past cholera pits covered with lime.
There will be blood on women’s heels,
tired guards on borderlands covered with snow,

a postman with empty bags shot down,
a priest with a hapless smile hung by his ribs,
the quiet of a cemetery, the noise of a command post,
and unedited lists of the dead,

so long that there won’t be enough time
to check them for your own name.

THE MUSHROOMS OF DONBAS

In spring Donbas disappears in the fog, and the sun hides behind heaps of earth.
So you need to know where you’re going,
you need to know the man who can make the arrangements.

This man was a worker in the former pumping station,
worn down by alcohol.
When we met, he said, “We, the workers of the pumping station,
were always considered the elite of the proletariat, yeah, the elite.
When everything fell the fuck apart, many
just threw up their hands. But not us, the workers
of the pumping station.
We organized an independent union,
took over three buildings of the former plant
and started growing mushrooms there.”

“Mushrooms?” I couldn’t believe it.
“Yes. Mushrooms. We wanted to grow cactus with mescaline, but
cactus won’t grow here in Donbas.

“You know what’s important when you grow mushrooms?
It’s important to get high, that’s right, friend—it’s important to get high.
We get high, believe me, even now we have to get high. Maybe it’s because
we are the elite of the proletariat.

“And so—we take over three buildings and start our mushrooms.
Well, there’s the joy of work, elbow grease,
you know—the heady feeling of work accomplished.
And what’s more important—everyone gets high! Everyone’s high even without
mushrooms!

“The problems began a few months later. This is gangland
territory, you know, recently a gas station was burned down,
they were so eager to burn it down, they didn’t even manage to
fill up—so of course the police caught them.
And so one gang decides to take us on, to take away
our mushrooms, can you believe it? I think in our place anyone else
would have bent over, that’s the way it is—everyone bends here,
according to the social hierarchy.

“But we get together and think, well, mushrooms—this is a good thing,
it’s not a matter of mushrooms, or elbow grease,
or even the pumping station, although this was one of the arguments.
We just thought, they are coming up, they will grow,
our mushrooms will grow, you could say they’ll ripen to harvest
and what are we going to tell our children, how are we going to look them in the eye?
There are things you have to answer for, things
you can’t just let go.
You are responsible for your own penicillin
and I am responsible for mine.

“So we fought for our mushroom plantations. That is where
we beat them. And when they fell on the warm hearts of the mushrooms,
we thought—

“Everything that you make with your hands works for you.
Everything that reaches your conscience beats
in rhythm with your heart.
We stayed here, so that it wouldn’t be far
for our children to visit our graves.
This is our island of freedom,
our expanded
village consciousness.
Penicillin and Kalashnikovs—two symbols of struggle,
the Castro of Donbas leads the partisans
through the fog-covered mushroom plantations
to the Azov Sea.

“You know,” he told me, “at night, when everyone falls asleep
and the dark land sucks up the fog,
I feel how the earth moves around the sun, even in my dreams
I listen and hear how they grow—

“the mushrooms of Donbas, silent chimeras of the night,
emerging out of the emptiness, growing out of hard coal,
till hearts stand still, like elevators in buildings at night,
the mushrooms of Donbas grow and grow, never letting the discouraged
and condemned die of grief,
because, man, as long as we’re together,
there’s someone to dig up this earth,
and find in its warm innards
the black stuff of death,
the black stuff of life.”

LUKOIL

When easter arrives the sky becomes kinder,
but everyone becomes more intense—you know, easter is resurrection day,
when the dead start to turn in the ground,
breaking up the cold clay with their elbows.
I’ve had to bury friends.
I know what it’s like to bury friends in the dirt,
like a dog buries a bone,
and wait for the sky
to become kinder.

There are social groups
for whom such rituals are very important,
I mean, first of all, mid-level businessmen.
Everyone has seen
the sorrow that envelops these regional
representatives of russian gas companies
when they descend on the vast
cemetery fields, to bury
one more brother shot through the lungs;

everyone has heard their loud heartbeats
when they stand near the coffin
and wipe their stingy tears and runny noses against their
dolce & gabbana,
slurping hennessy
from disposable
cups.

“So, Kolia,” they say, “here’s your payoff.
In the great field of offshore business
we fall into cold pools of oblivion,
like wild autumn geese with buckshot in our livers.”

“So,” they ask, “when we
send off our brother
on his long journey
into the radiant Valhalla of Lukoil,
who will accompany him
through the dark caverns of purgatory?”

“Bitches,” they all say, “bitches
he’ll need bitches,
good bitches
expensive ones, without bad habits,
they will warm him in the winter,
they will chill his blood in the spring,
on his left will lie a platinum blonde,
on his right will lie a platinum blonde,
and he won’t even notice he’s dead.

Oh, death is a territory where
our credit won’t reach.
Death is the territory of oil,
let it cleanse his sins.
We’ll place his weapons at his feet, as well as gold,
furs, and finely ground pepper.
In his left hand we will place his newest nokia,
and in his right an indulgence from Jerusalem.
But the main thing’s the bitches,
two bitches, the main thing’s two platinum bitches.”
“Yes, that’s the main thing,” everyone agrees.
“The main thing’s the bitches,” they agree.
“The main-main thing,” adds Kolia from the casket.

We’re all sentimental at easter time.
We stand and wait for the dead
to rise and come to us from the hereafter.
When you bury friends,
you become more interested in death.

On the third day as they flank
the doors of the morgue, on the morning of the third day
he conquers death through death, and walks out
from the crematorium; he sees
that they have all fallen asleep, exhausted
from the three-day drinking spree,
sprawled out on the grass,
in vomit-covered
dolce & gabbana.

Then quietly,
so as not to wake them up,
he takes from one of them
the charger for a nokia,
and returns
to hell
to his
blondes.


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Cecilia Rodríguez

Militante del PTS-Frente de Izquierda. Escritora y parte del staff de La Izquierda Diario desde su fundación. Es autora de la novela "El triángulo" (El salmón, 2018) y de Los cuentos de la abuela loba (Hexágono, 2020)

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