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Liberales horror show: Milei y Espert, caníbales al ataque

Pablo Anino

Debate

Liberales horror show: Milei y Espert, caníbales al ataque

Pablo Anino

Tratan a Mauricio Macri casi como a un comunista que no hace “lo que hay que hacer”. Le hablan al ciudadano de a pie mientras ocultan que sus propuestas son favorables al gran empresariado. Se dicen apolíticos, pero están vinculados a empresarios muy politizados y usinas del pensamiento que aportaron ideas y hasta funcionarios, tanto a la dictadura militar como al Gobierno de Carlos Menem.

“¿De dónde viene esa decisión? De una pose ‘modernizadora’ que en la Argentina ha sido siempre el argumento de la derecha. Modo de enterrar una cultura y hacer otra, más ‘realista’, más ‘moderna’ y sobre todo más cínica.”
Ricardo Piglia, Los diarios de Emilio Renzi (1957-1958)

“¿Ustedes saben a cuántas personas ayuda este Gobierno, en los planes sociales?" pregunta con cara de consternación Mirtha Legrand. “Diecinueve millones de cheques paga el Estado y la realidad es que los que trabajamos y aportamos somos siete”, afirma Javier Milei.

El último Reporte del Trabajo Registrado que publicó el Ministerio de Producción indica que la cantidad de asalariados aportantes al sistema previsional alcanzó en el mes de octubre de 2018 a 12,1 millones. Se trata de muchos más que los siete millones “que aportamos” de Milei, que suponemos se refiere sólo a los trabajadores del ámbito privado. Pero el Reporte incluye empleados públicos, docentes, trabajadores de la salud y monotributistas sociales, que para Milei probablemente haya que enviar en un cohete a la luna. Los no registrados (mal llamados en “negro”), que serían unos 6 millones aproximadamente (un tercio de la fuerza de trabajo), no aportan por estar subyugados por el fraude laboral de los empresarios.

Los “diecinueve millones de cheques que paga el Estado”, son producto de la misma manipulación de cifras: se trata de jubilaciones; de niños y adolescentes que cobran la Asignación Universal por Hijo porque los padres y las madres están desocupados, no registrados o son trabajadores de la economía social; y, finalmente, el resto de los “cheques” son los que cobran empleados públicos, docentes y trabajadores de la salud.

La particular forma en que “Chiquita” Legrand y Milei presentan las cosas busca generar sentidos comunes que se extienden y repiten hasta el cansancio: entre ellos, justamente, el que pregona que una pequeña parte de la población (los supuestamente bien educados, los buenos empresarios) con su esfuerzo permanente, sostiene a un ejército de vagos que no quiere trabajar, los “choriplaneros”, los que se benefician de los “planes descansar”.

Detrás de escena, productores, camarógrafos y otros tantos trabajadores son los que dan vida a la “magia” de la televisión. No sólo eso: el show ocurre mientras las trabajadoras domésticas atienden la “mesaza”. Es un pequeño símbolo que grafica cómo funciona el sistema capitalista: una pequeña minoría empresaria vive, usufructúa y se enriquece a costa del trabajo ajeno, aquel que realiza una mayoría de trabajadores que producen todas las riquezas y maravillas del mundo. El “arte” del dominio capitalista empuja a otra parte a la desocupación, un ejército de reserva, tal como lo llamaba Karl Marx, que actúa como una amenaza latente para que los ocupados acepten bajos salarios y depongan sus reclamos de derechos laborales.

Con el “divide y reinarás”, el propio sistema somete al desocupado a esa condición de carestía de la vida que es asistida con las “migajas” que se caen de la mesa millonaria de los ricos. La perversidad de los Milei los ubica como “vagos”. Como si no tener un empleo se tratara de una opción voluntaria en un país donde arrecia la recesión y la tasa de desocupación se aproxima a los dos dígitos.

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No es casual que en 2015 Milei estuviera al borde de un ataque de nervios frente a la propuesta de Nicolás del Caño de reducir la jornada laboral a 6 horas, 5 días a la semana, para repartir las horas de trabajo y con un salario acorde a la canasta familiar (estimada en $38.517 por la ATE Indec para noviembre de 2018), como una forma de dar una salida de fondo a la desocupación y repartir los frutos de la “eficiencia” del desarrollo técnico en toda la sociedad. Los nervios de Milei se deben a que esa propuesta ataca directamente la ganancia empresaria. Pero es una quimera esperar que se reactive la actividad si no mejoran los salarios y se sigue despidiendo.

Costumbres argentinas

José Luis Espert, vestido con su traje de candidato del Partido Libertario, se propone hacer lo que hay que hacer. Palabras más, palabras menos, el decálogo de los problemas es sencillo: una economía cerrada, un estado elefante, una presión impositiva insoportable. A lo que hay que agregar un sindicalismo corrupto: no hay duda que lo es, tanto como ha sido cómplice de los empresarios en las políticas de privatizaciones, precarización y flexibilización laboral; aunque para Espert, se entiende, el problema es directamente la existencia misma de sindicatos.

Como si el golpe militar no lo hubiese llamado la clase empresarial; Raúl Alfonsín no hubiera gobernado para los “capitanes de la industria”; el menemismo no hubiera atendido a las reformas reclamadas por el imperialismo y sus socios locales; Fernando de la Rúa no estuviese encantado de “dar buenas noticias” de la mano del FMI; Eduardo Duhalde no hubiera decidido devaluar destruyendo el salario en favor del gran capital; los Kirchner no hubiesen sido patriotas de que las empresas la “levanten con pala”; o Mauricio Macri no hubiese realizado el sueño eterno de un país atendido por sus propios dueños; para los histriónicos Milei y Espert, Argentina es un país muy particular donde la dirigencia política está empeñada en hacer todo mal, opuesto por el vértice a lo que se “debe” hacer y hace el resto del mundo.

Apertura comercial para disciplinar

La economía argentina no presenta ninguna particularidad que defina que su comercio está más cerrado que el resto del mundo. De acuerdo a datos del Banco Mundial, en nuestro país las importaciones de bienes y servicios en comparación al Producto Interno Bruto (PIB) representaron el 14 % en 2017. Ese ratio es menor al promedio mundial y de países como Australia (20 %), Colombia (20 %) o Chile (27 %), con economías más primarizadas (y, por ende, que requieren más importaciones), pero similar al de Estados Unidos (15 % en 2016). Lo que no hay duda es que una mayor apertura comercial tiene como fin para los capitalistas favorecer el ingreso de producción de otras latitudes para disciplinar a la clase obrera y que esta acepte transformarse en una fuerza de trabajo cada vez más barata.

Es lo que hicieron en distintos grados la dictadura, Carlos Saúl Menem y, más recientemente, Mauricio Macri. Para Espert nunca es suficiente. En lo comercial considera deseable una “apertura unilateral a la chilena”, además de flexibilizar, como propone Jair Bolsonaro desde el otro lado de la frontera, el Mercosur. O, directamente, salirse de ahí. En términos capitalistas, se trata de iniciativas que van contra el mundo que emergió de la crisis mundial de 2008, donde la globalización entró en crisis dando lugar a fenómenos aberrantes, como Donald Trump, que pregona el proteccionismo. La izquierda, obviamente no defiende la mundialización del dominio del capital en ninguna de sus variantes. En las antípodas, pregona la unidad socialista de América Latina y su extensión a escala internacional. En esa perspectiva, en oposición al monopolio privado de Cargill, Bunge, Dreyfus y entre otras grandes exportadoras, defiende el monopolio estatal del comercio exterior para que sea administrado en función de las necesidades sociales y no del disciplinamiento de los trabajadores, las ganancias y la especulación capitalistas.

La farsa del Estado elefante

El macrismo atacó duramente el gasto público con el “déficit cero” que ajusta sobre salud, educación y obra pública. En simultáneo, libera recursos para pagar la fraudulenta deuda (suben 50 % en 2019). Este año, a pesar de que el resultado primario, que contabiliza ingresos y egresos sin considerar la deuda, arrojaría “déficit cero”, habrá un enorme rojo fiscal de más del 3 % del PIB explicado por el déficit financiero, donde sí se contabilizan los pagos de la deuda. Es necesario remarcarlo: todo el déficit se explica por los intereses de la deuda.

Pero esto no preocupa a los liberales que son defensores acérrimos del capital financiero internacional. Su insistencia con la idea de reducción del gasto público apunta a atacar a docentes, trabajadores de la salud y empleados públicos. Espert dice que sobran 1,8 millón de empleados públicos, lo cual significaría reducir un 60 % la planta actual, que en todos los niveles estatales (nacional, provincial y municipal) suma 3,2 millones: una suerte de “guerra civil” contra el empleo público en beneficio de los especuladores. En realidad no sobran empleados públicos, sino que faltan escuelas, hospitales, agua potable, cloacas y vivienda popular. Y los recursos para estos fines se los llevan los especuladores.

En el promedio mundial, el gasto público representa el 27 % del PIB mientras en Argentina es del 26 %. Veamos otros casos para graficar la situación: en Estados Unidos es del 23 %, en Francia del 48 %, en Reino Unido alcanza a 37%, en Colombia del 30 % y en Chile del 22 %. Las estadísticas del Banco Mundial dejan expuesto el uso deliberado de definiciones por parte de los liberalotes. El gasto público (el estado elefante) no es particularmente alto en nuestro país.

El discurso de los Milei y Espert tiene lugar luego de que la pretensión de utilizar el Estado como árbitro de las contradicciones sociales, visión alimentada por el kirchnerismo y el progresismo en general, devino en un capitalismo prebendario de empresarios que hicieron negociados con la obra pública y en un derroche de subsidios a las ganancias de empresas de servicios públicos que, no obstante, condujeron mediante la desinversión al colapso energético. Así, los subsidios se transformaron en uno de los principales capítulos del gasto público. No se trata de más o menos gasto público, una discusión estéril en el estado capitalista, sino de avanzar en la colectivización de los medios de producción bajo gestión obrera, empezando por las empresas de servicios públicos para terminar con el tarifazo permanente. Los servicios públicos son un derecho esencial para el pueblo trabajador y su provisión debe estar desacoplada de la lógica empresarial: esto generaría un enorme ahorro en subsidios que engrosan las ganancias y cuentas bancarias de las empresas energéticas, muchas de ellas con estrechos lazos con el presidente Macri.

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El Frente de Izquierda realiza una verdadera propuesta de un “gobierno barato”: que todos los que desempeñan un cargo público, los legisladores y los jueces cobren como una docente o un salario promedio de un obrero. Esta idea se realizó en la Comuna de París. Así lo explicaba Karl Marx:

Desde los miembros de la Comuna para abajo, todos los que desempeñaban cargos públicos debían desempeñarlos con salarios de obreros. Los intereses creados y los gastos de representación de los altos dignatarios del Estado desaparecieron con los altos dignatarios mismos. […] Una vez suprimidos el ejército permanente y la policía, que eran los elementos de la fuerza física del antiguo gobierno, la Comuna tomó medidas inmediatamente para destruir la fuerza espiritual de represión, el «poder de los curas», decretando la separación de la Iglesia del Estado […] La Comuna convirtió en una realidad ese tópico de todas las revoluciones burguesas, que es «un Gobierno barato»… [1].

Seguramente, los liberalotes saldrán corriendo.

Evasión, fuga y misterio

Otra de las falacias de los liberales autóctonos es la supuesta presión impositiva insoportable que impide el compromiso inversor empresario: la relación de la recaudación impositiva sobre el PIB encuentra a la Argentina incluso debajo del promedio mundial.

Milei reivindicó con Mirtha Legrand la rebaja impositiva que realizó Donald Trump. Gran parte de los economistas ven (y la realidad lo confirma) que esa reforma no sirvió para reactivar sobre bases sólidas la economía estadounidense, sino que empujó una repatriación de capitales para aprovechar los bajos impuestos, pero no se corroboró un incremento sustantivo en la inversión y en la productividad. El FMI dice que para 2020 se acaba el efecto de la baja de impuestos en Estados Unidos y por eso, entre otros aspectos, está puesta sobre la mesa la discusión sobre una posible próxima recesión [2].

La idea de que impuestos más bajos a los empresarios favorece la inversión es particularmente falsa para países atrasados y con rasgos semicoloniales como la Argentina, donde la burguesía, históricamente, tiene por deporte favorito fugar capitales más que invertir. Apenas asumió, Mauricio Macri quitó aranceles a la exportación y tomó otras medidas que se estima bajaron la “presión impositiva” en un equivalente al 2 % del PIB. En 2017, el macrismo con la colaboración del peronismo votó en el Congreso una reforma impositiva para bajar progresivamente las tasas de impuestos a las ganancias no distribuidas y las contribuciones patronales. No hay que soslayar que el reclamo a viva voz en favor de rebajas impositivas contiene una maniobra: se desfinancia al Estado para luego sentenciar que “se gasta más que lo que se tiene”. Por más tibias que puedan ser consideradas por Milei y Espert, ¿cuál fue el efecto de la rebaja impositiva? De la “lluvia de inversiones” no hubo ni noticias. Por el contrario, se derrumbaron el año que acaba de terminar. ¿Qué pasó en 2018? La fuga de capitales alcanzó un nivel récord en años: superará holgadamente los U$S 25 mil millones. Nadie va a desconocer que la hecatombe económica reconoce también otras causas, pero tampoco obviar que la realidad, una vez más, es esquiva al credo liberal.

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Los liberales evitan discutir el regresivo esquema tributario argentino, que tiene una de las principales fuentes de ingreso en el Impuesto al Valor Agregado (IVA) que paga todo ciudadano de a pie. No obstante, en los últimos días, los “mercados” se quejaron por la entrada en vigencia del impuesto a la renta financiera. Germán Fermo, otro de los ultraliberales, consideró ese impuesto casi una expropiación comunista y conminó al Gobierno a dar marcha atrás porque de lo contrario el “riesgo país” (esa maestra ciruela del capital financiero que indica qué está bien y qué está mal) haría tronar el escarmiento. El impuesto fue incorporado para disfrazar de progresista la reforma tributaria de 2017: el oficialismo incluyó un gravamen moderado del 15 % para activos en dólares o indexados y 5 % para activos de renta fija en pesos no indexados. Los documentos difundidos por el Ministerio de Hacienda en ocasión de presentar la reforma exponen la benevolencia del trato al capital especulativo: en los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), que son un espejo para Cambiemos y el sueño húmedo de los liberalotes, la alícuota promedio aplicada a la renta financiera es de 42 % para los dividendos, 37 % para las ganancias de capital por acciones y 28 % para los intereses ganados.

Hay otros datos que sí dan cuenta de ciertas costumbres argentinas: un estudio de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) estimó que la tasa de evasión del impuesto a las ganancias se sitúa cercana al 50 %. Para que no quede lugar a dudas, un trabajador que paga ganancias no puede evadir porque le descuentan mes a mes del recibo. La evasión es practicada por las grandes compañías que cuentan con un ejército de profesionales especializados en la “contabilidad creativa”. En 2015, la evasión por el IVA (que hacen los empresarios, no el pibe que compra un alfajor) fue ponderada en el equivalente al 2 % del PIB.

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Evasión impositiva y fuga de capitales van, muchas veces, de la mano. Los Panamá Papers y otras develaciones dejaron expuesta a la familia Macri y a gran cantidad de grandes empresarios que son campeones mundiales en maniobras para ocultar su patrimonio en guaridas fiscales. El desparpajo no tiene límites: en 2016, el Congreso votó una falsa reparación histórica a los jubilados para encubrir un blanqueo de capitales que constituyó una verdadera autoamnistía para los fugadores seriales. Al comprender maniobras oscuras, es difícil de estimar, pero algunos cálculos sitúan en U$S 400 mil millones la fuga de capitales: ¡se fugaron prácticamente un PIB!, es decir la riqueza que produce el país en un año. ¿Dónde está guardada? Un misterio, que los bancos esconden bajo siete llaves.

Milei insiste con la idea de que “hay que cerrar el Banco Central de la República Argentina”. Incluso defiende a Federico Sturzenegger como a un mártir de la independencia de la política monetaria. No importa el detalle de que este Terminator del monetarismo fuera el padre de la bomba de Lebac, que generó un negocio gigantesco con la “bicicleta financiera”, que ahora continúa e implica un déficit cuasi fiscal de dimensiones equivalentes al fiscal. La idea de Milei es dar libertad absoluta a los dueños del dinero, eludiendo cualquier control y restricción, para que practiquen sin límites la expoliación sistemática que realizan de los recursos del país: la banca privada, como quedó en evidencia en la denuncia de exempleados del HSBC y de la J.P. Morgan, es el instrumento de la evasión y la fuga.

Por otro lado, no debe pasar inadvertido que la propuesta de eliminación del Banco Central implica ceder soberanía en favor del imperio de la divisa yanqui: el excéntrico economista recomienda comprar dólares, pero “jamás monedas o cosas vinculadas a la Argentina”. Por el contrario, para terminar con la fuga y la evasión, o evitar nuevas confiscaciones a los pequeños ahorristas, como hubo varias en la historia argentina, incluido el último episodio del “corralito”, no hay medida más realista que la nacionalización de la banca y la constitución de una banca única bajo gestión de los trabajadores, que otorgue crédito barato para la vivienda única, al pequeño comerciante y productor ahogado por la situación económica y que, en términos más generales, sea una palanca para el desarrollo de las fuerzas productivas.

Ser realistas, no pagar la deuda

Espert no sólo se espanta con la posibilidad del defaut de la deuda, sino que hasta considera un desatino una reprogramación de los pagos, como la que empieza a vislumbrar la mayoría del régimen político. El economista hace definiciones claras: no hay lugar para ningún alineamiento de Macri con China. Un futuro gobierno, debido a que será clave “otro acuerdo con el Fondo” porque el país no podrá afrontar los vencimientos, deberá “alinearse en serio con Estados Unidos”.

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Los liberalotes dicen que la deuda en el período macrista financió el déficit, lo cual es parcialmente falso. El Gobierno centralmente necesitaba evitar que el déficit de cuenta corriente (que expresa las relaciones económicas y financieras con el resto del mundo) desestabilizara la economía: para eso necesitaba dólares que atrajo con la “bicicleta financiera” y el endeudamiento desmedido. La deuda no sólo es una aspiradora que extrae recursos de la economía nacional. Además es un mecanismo de saqueo que garantiza la fuga de capitales, el pago de vieja deuda, el envío de ganancias a sus países de origen de las empresas extranjeras (que explican el 75 % de la facturación de las 500 grandes compañías) y es utilizado para imponer políticas económicas como privatizaciones, contrarreformas laborales y previsionales, entre otras delicias [3].

Desde la dictadura a esta parte, se pagaron más de U$S 600 mil millones de deuda (incluidos los U$S 200 mil millones de los “pagadores seriales” del kirchnerismo). La deuda no dejó de crecer nunca. No hay salida en favor de las mayorías populares si no es cortando de raíz con el saqueo de la deuda, decretando el no pago y echando al FMI del país.

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La Argentina está devorada por “cuatro males”, pero no son los que imagina Espert: se trata de la clase social que domina la economía, que saquea el país, ya sea entregando los recursos naturales o con la fuga de capitales; el mecanismo de la deuda externa y el dominio del capital financiero internacional; las cúpulas sindicales que dividen a la clase trabajadora y facilitan la explotación capitalista; y el Estado capitalista que administra los negocios empresarios, locales y extranjeros.

Un cordero de mi estilo

“Se ha abierto un espacio para, no sólo gente fuera de la política como yo, sino también veo la sociedad un poco más abierta que en otras circunstancias a pensar, meditar, reflexionar sobre las ideas que yo siempre he defendido”, responde José Luis Espert al entrevistador de El Cronista cuando lo indaga sobre la oportunidad de su candidatura.

Milei y Espert, lo mismo que Mirtha (que se coló en esta historia), no son grandes empresarios, aunque disfrutan de una vida privilegiada a la sombra de ellos. La función de la troupe mediática es establecer un diálogo con el pequeño comerciante, industrial, profesional o trabajador con un salario elevado (que en este país apenas alcanza para llegar hasta fin de mes), que se encuentra "ahogado" por la situación económica y dar recetas que en realidad son en beneficio del gran capital, en un combo explosivo que de realizarse plenamente terminaría de hundir a los sujetos con los que intentan generar empatía.

En su libro La Argentina devorada, Espert, con máster en la Universidad del Centro de Estudios Macroeconómicos (Ucema), agradece a una serie de personajes que no dejan lugar a dudas del campo político en el que se ubica: a Marcos MacMullen, “un brillante joven” también de Ucema; al “amigo y mentor” Mario Teijeiro de la Universidad de Chicago y de la Ucema; a Carlos Rodríguez, también perteneciente a ambas instituciones; entre otros tantos. Rodríguez en su trabajo teórico modeló la “tablita” del ministro de Economía de la dictadura argentina, José Martínez de Hoz; además, entre 1996 y 1998, fue jefe de Gabinete durante la gestión de Roque Fernández al frente de Economía en el Gobierno de Carlos Menem.

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La Ucema, fundada en 1978 en plena dictadura militar, es una suerte usina de Chicago boys argentos. Los Chicago boys son ese grupo de jóvenes entusiastas que tomaron en sus manos la economía de Chile bajo la dictadura de Augusto Pinochet luego de haber sido educados por Milton Friedman, uno de los padres del neoliberalismo y talibán de la política monetaria ortodoxa, como la practicada en estos momentos en Argentina. Friedman, en su viaje a Chile, fue tal vez quien en términos económicos habló por primera vez de política de “shock” (lo que el timorato Macri no se animó a hacer o, más bien, no pudo porque la relación de fuerzas no se lo permitió): fue lo que le recomendó a Pinochet para intentar estabilizar la economía. En una aparente paradoja, los defensores de esa idea tan atractiva como la “libertad” vieron realizado su ideario en gobiernos militares.

Volvamos a la “mesaza”. Luego de que Milei afirmase “yo detesto la política”, en tono casi irónico, Mirtha afirma: “Vos sos economista de importantes empresas”. A lo que Milei responde “soy el economista jefe de un grupo muy importante”. “Aeropuertos 2000”, insiste Mirtha. “Es una de las empresas del grupo donde yo soy economista”, responde portando su loco peinado. “Le mandamos un saludo al señor Eurnekian, querido amigo”, agrega “Chiquita”. “Un grande, un verdadero empresario”, concluye Milei. Eduardo Eurnekian, una de las personas más ricas del país y cuyo grupo cotiza en Nueva York, construyó su imperio al calor de oscuros negocios con el Estado y se encuentra involucrado en la causa de los "Cuadernos" de Oscar Centeno acusado de haber pagado coimas para obtener la concesión de corredores viales.

Quizás guiado por el desprestigio que tienen los dueños del país, Milei distingue en el almuerzo con Legrand entre “empresarios” y “empresaurios”. Los primeros son unos “héroes” que invierten generando empleo, mientras los segundos “son aquellos que se alían con un político chorro para arruinarle la vida a la gente”. Con esta distinción transforma a los explotadores del primer tipo en “héroes” y encubre a los explotadores del segundo tipo explicando que el comportamiento prebendario es víctima del “enorme poder del Estado”. ¿De qué lado de ese mundo dicotómico ubicará a Eurnekian?

Nuestros simpáticos liberalotes, declamando el rechazo de la política, seducen al pequeño capital, pero hacen política a diez manos en favor del gran capital. Es inherente al sistema capitalista la tendencia a la concentración y centralización del capital: la suerte siempre está del lado del más grande. En nuestra época, el más grande crece bajo el “apalancamiento” del Estado. Argentina es caudalosa en ejemplos: los casos no son menores, como se expone con los subsidios que el Gobierno de Mauricio Macri otorgó para alimentar el cada vez más devaluado “milagro” inversor en Vaca Muerta, donde Techint se lleva la mayor tajada de subsidios, obteniendo un precio por el gas muy por encima del internacional; o el estímulo a la “bicicleta financiera” por parte del Banco Central que engrosa las cuentas bancarias de los especuladores con más recursos que los que se destina a salud y educación juntas; o las empresas privatizadas beneficiadas con tarifazos decretados por la “mano visible” del Estado.

La operación de Milei y Espert está contenida en los fundamentos de la teoría neoclásica (base del neoliberalismo) que presenta a todo el mundo como “agente económico”, ocultando las relaciones antagónicas entre clases sociales. Incluso los economistas clásicos, como Adam Smith y David Ricardo, reconocían la existencia de clases sociales, algo que los neoclásicos borraron de la historia. Al diluir a trabajadores y capitalistas de todo tipo en un genérico “agente económico” se justifica que el que no tiene nada es porque no se esfuerza, porque no ahorra, porque es un vago y no porque, como es lo que efectivamente ocurre, el sistema capitalista lo expulsa a la marginalidad, la desocupación y la miseria.

No son “irracionales” ni mucho menos, los liberales mediáticos defienden con claridad el “derecho” de los sectores más poderosos del capital a operar rapazmente sin restricciones. Los simpáticos economistas representan los intereses de los agronegocios, la gran industria, las petroleras, las energéticas, las privatizadas de servicios públicos, las mineras y las finanzas.

“Por qué me miran, por qué me señalan, yo solamente quiero un poco de diversión ante tanta oscuridad, yo sólo quiero hacer pop”. De esta forma, trata de conmover Micky Vainilla, el cantante de ficción interpretado por Peter Capusotto. Con bigote a lo Hitler, Vainilla afirma “que la pobreza le molesta, sobre todo estéticamente”, por lo cual propone donar un litro de pintura. Seguirán con goteras, sin luz, sin cloacas, comiendo poco, pero la pobreza será más “colorida”. La idea es clara: iniciativas sencillas trafican propuestas reaccionarias. Milei y Espert podrían recitar a dúo: “lo mío es el pop”.

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NOTAS AL PIE

[1Karl Marx, La guerra civil en Francia, versión online en marxists.org

[2Días atrás se publicó un artículo muy interesante del Paul Krugman en el New York Times. En defensa de la legisladora demócrata Alexandria Ocasio-Cortez, que propone (tápense los oídos los liberales) ¡tasas tributarias de entre el 70 % y el 80 % a los más ricos!, Krugman cita estudios que demuestran la tasa fiscal óptima (la que conduce a más producción) está efectivamente entre esos valores: es decir, que impuestos altos incrementan la producción de la economía. Incluso dice que el período de mayor crecimiento histórico (el “boom” de la posguerra) se dio con impuestos altísimos. No vamos a confundirnos con que Krugman y los demócratas, que siendo tremendos imperialistas, se quieren presentar como benefactores. La discusión sobre las tasas impositivas es más bien un síntoma del estado de salud y del desprestigio que goza el sistema capitalista. En verdad el “boom” luego de la Segunda Guerra Mundial tuvo lugar gracias a la terrorífica tarea de destrucción de fuerzas productivas realizada durante la Segunda Guerra, que abrió paso a un importante espacio para la inversión de capital orientada a la reconstrucción. No sólo eso. Los capitalistas, ante el espanto de perderlo todo, tuvieron que ceder parte de sus ganancias –y de ahí las altas tasas impositivas- para despejar el “fantasma del comunismo”, independientemente de su expresión burocrática en la URSS, la desmovilización de la guerra desató procesos potencialmente revolucionarios en el centro europeo. Pero esto no quita que los estudios citados por Krugman, al menos desde el punto de vista fenomenológico, desmienten categóricamente la idea de Milei y Espert que una rebaja de impuestos incentiva mayor inversión.

[3En la Argentina, la deuda pegó un salto con la nacionalización de la deuda privada de los grandes grupos económicos, incluido el de la familia Macri, al final de la dictadura. El juez Jorge Ballestero detectó 477 ilícitos en esas operaciones de endeudamiento en una causa impulsada por Alejandro Gaona Olmos. Como hizo notar Myriam Bregman en un debate con un personaje de perfil más bajo que los economistas mediáticos, el ejército liberal considera natural arrodillarse ante un fallo del fallecido juez neoyorquino Thomas Griesa que beneficia a los fondos buitre, pero cree una herejía a la “seguridad jurídica” atender el fallo de un juez de Buenos Aires que debería inducir al no pago inmediato de la deuda.
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Pablo Anino

@PabloAnino
Nació en la provincia de Buenos Aires en 1974. Es Licenciado en Economía con Maestría en Historia Económica. Es docente en la UBA. Milita en el Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS). Es columnista de economía en el programa de radio El Círculo Rojo y en La Izquierda Diario.
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