Cultura

CUANDO NO QUEDE SITIO EN EL INFIERNO…

Muere George Romero, un zombie inconoclasta

La frase que encabeza este artículo no va dirigida al partido en el poder sino que es una legendaria máxima de un hombre negro atrapado en un inhumano hipermercado en “Zombie”, la primera y mejor secuencia de los ya legendarios muertos vivientes de Romero, que se acaba de ir al otro lado de ese muro que cruzó tantas veces en sus inolvidables largos de ficción.

Eduardo Nabal

Burgos | @eduardonabal

Martes 18 de julio de 2017 | 18:16

Ya desde su espectacular debut en la serie B de culto con “La noche de los muertos vivientes”, George A. Romero nos mostró la cara menos amable de la sociedad estadounidense de mediados de los sesenta. Si, era una historia de zombies, terror y vísceras rodada en denso blanco y negro, pero también una historia de racismo y patrullas urbanas de ciudadanos dispuestos a erigirse en guardianes de la ley y el orden, una historia sobre el fascismo que hay detrás del miedo y del miedo que esconde el fascismo.

Para los españolitos de a pie una historia sobre gentes que huían de la masa uniformada, aunque no se sabía muy bien quien era esa masa informe que los condenaba a la nocturnidad para salir del armario-sarcófago. Pero Romero entonces hablaba del racismo y el fascismo que se imponía tras varios magnicidios. Algo que de otra forma mostraron filmes como “El intruso” de Roger Corman o “La jauría humana” de Arthur Penn. Un relato pesimista con un héroe negro que sin abandonar el género de terror renovado y para adultos se convirtió en una a la vez sutil y poderosa alegoría sociopolítica. Una película realizada curiosamente el mismo año en que las trans se enfrentaron a la policía de Stonewall una noche que también pasará a la historia de la civilización occidental y sus giros coopernicanos, contada como fuere y con todos los precedentes que queramos.

Es, cuando menos, aventurado y hasta un poco zafio esbozar una comparación entre una infancia queer y una infancia Zombie o incluso vampírica como la del joven Martin, pero las situaciones de aislamiento y la noche como elemento que pasa de ser enemigo a amigo hacen que su compleja relación no sea del todo desdeñable. El armario y el sarcófago, la especie que nunca se extingue, ¿Quiénes son los “normales” y sus “códigos”?

En “Zombie” Romero fue más lejos al situar a sus “supervivientes” en un lujoso y deshumanizado hipermercado abandonado donde luchan no solo contra los tambaleante pero implacables zombies sino contra sus propios fetiches e impulsos consumistas y su propia fiebre por la codicia y el escaparatismo. Ambiguo y pesimista, el realizador de “El día de los muertos” lanza su mirada más irónica y, por momentos paródica, al malestar de la sociedad capitalista, abyecta e insatisfecha, aunque ya lo hace en technicolor, algo que se reproducirá con el militarismo en “The crazies” o con su sátira al terror juvenil en la pérfida infravalorada “Acción diabólica”, donde parece preferir al gorila que al “héroe” que lucha por conservar su autoimagen de masculinidad a pesar de sufrir un accidente.

Tal vez la obra maestra como realizador de Romero sea “Martin” un refinado cuento de vampiros donde un joven de carácter asocial e introvertido debe enfrentarse a los prejuicios de una familia hostil y ultrareligiosa, llena de ancestrales supersticiones y prejuicios hacia él y también deberá enfrentarse a su propia incapacidad para comunicarse, convirtiéndose en un extraño de delicada apariencia en una comunidad provinciana presentada de forma poco amable. Visualmente refinada, barroca y fascinante y llena de toques sexualmente perversos “Martin” sigue siendo una de las películas más sutiles, complejas y elegantes del realizador, con grandes interpretaciones y una soberbia fotografía en color y blanco y negro, mezclando el pasado y el presente, lo fantástico con lo psicotrópico.

Algunos dirán que asimilar los zombies a la “cultura o subculturas queer” es algo aventurado, pero también lo es asimilar a Judy Garland, Lady Gaga o Joan Crawford y están en la memoria colectiva de muchas generaciones. Lorenzo Bernini en “Apocalipsis queer” nos habla de los zombies queer de Bruce La Bruce (Otto o L. A. Zombie) como una derivación de los zombies izquierdistas de Romero, por su forma de transgredir las normas socio-sexuales al mismo tiempo que reclama una mirada “camp” sobre el cine de terror como se ha articulado sobre el musical o el “melodrama femenino”, al saturar de significantes ocultos, transgresiones de sexo/género, armarios, chirridos, sentimientos extremos y sexualidades desviadas la pantalla del cine amoldándose además “a su manera” a la cultura popular de cada época. En este punto es curioso el personaje de “Martin” que sufre ostracismo por un clan familiar puritano y religioso pero airea sus aventuras nocturnas en un programa de radio sin dar nunca su verdadero nombre, pero sembrando pistas, coqueteando con la semiclandestinidad, algo que se repite en muchos títulos de cine gay, les o trans de la década.

Romero se pliega al cine comercial de los ochenta con una nada desdeñable adaptación de una novela de Stephen King, “La mitad oscura”, donde convierte al héroe en psicópata e incluye varios guiños cinéfilos además de obtener lo mejor de Timothy Hutton en la madurez de su carrera encarnando a un escritor atrapado por su lo más sórdido propia creación y desdoblado en su personalidad, íntima y social.

El propio realizador ha confesado que en sus películas dan más miedo las reacciones imprevisibles de los “vivos” (siempre chocando entre sí) que de los muertos, mucho más previsibles en su comportamiento social. La decisión del final trágico de su primera película, “La noche de los muertos vivientes”, surgió cuando volviendo en coche se enteraron del asesinato de Luther King y si en “Zombie” crítica el consumismo y la insolidaridad, en “El diario de los muertos” arremete contra el sensacionalismo y el oportunismo sin límites de los nuevos medios de comunicación, que acabarían vampirizando su propio universo en multitud de copias y remakes de su obra hasta una banalización sin fin del hiperrealismo a la ficción.






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