SUPLEMENTO

Municipalismo libertario: ¿Una alternativa a la democracia capitalista?

Asier Guerrero

Municipalismo libertario: ¿Una alternativa a la democracia capitalista?

Asier Guerrero

Polémica con las ideas de Murray Bookchin acerca de la democracia “ciudadana” y el municipalismo.

Con este artículo iniciamos una serie de notas en las que queremos abordar las principales ideas y la estrategia política del norteamericano Murray Bookchin tomando en cuenta algunas obras sintéticas como “Las políticas de la ecología social: Municipalismo libertario” [1] que escribió con su compañera Janet Biehl. Estrategia que tendrá el nombre de Municipalismo libertario o, como se ha llamado en algunos lugares, “Confederalismo democrático”.

Una corriente política que en estos últimos años ganó una cierta difusión dentro del movimiento libertario internacional y dentro de los movimientos sociales. Pero sobre todo se hizo conocida por ser la bandera política del PKK (el Partido de los Trabajadores Kurdos) de Turquía y el PYD (Partido de la Unión Democrática) de Siria, que son los principales partidos de izquierda en la lucha del pueblo kurdo (en la región de Rojava) en medio de la guerra civil siria. En el caso del Estado español, esta corriente política también ha sido reivindicada por la principal organización obrera de la izquierda sindical, la CGT (la Confederación General del Trabajo). Por ejemplo, en su revista teórica Libre Pensamiento número 82 de 2015, cuya Editorial, en pleno debate sobre las candidaturas municipalistas de aquel año y el ascenso de Podemos, reivindicaba una vía “diferente” a las salidas circunscriptas “a la participación electoral”, con “modelos sociales alternativos” como las “propuestas de municipalismo libertario de Murray Bookchin, revisadas ya en el número 13 de nuestra revista Libre Pensamiento en 1993 o la Revista “Polémica” nº61 en 1996 y nº68 en 1999”. Afirmando además que esta estrategia está marcando “un camino real de transformación social, sí están construyendo alternativas reales de una sociedad paralela, experiencias que no aspiran a tomar el poder sino a abolirlo, con asambleas populares y consejos democráticos […] poniendo de manifiesto la importancia de las organizaciones de base y los lazos comunales como oposición a la atomización social capitalista”.

Murray Bookchin falleció con 85 años en 2006, tuvo una evolución ideológica desde el estalinismo, hasta llegar a posiciones libertarias, pasando un breve período afín a posiciones del trotskismo. Su pensamiento, por lo tanto, alberga diferentes elementos tomados de forma ecléctica tanto del marxismo, como del anarquismo. Así, en los años noventa, pasó a utilizar el concepto de “comunalismo” más que el de “municipalismo libertario” marcando distancias con el anarquismo, pero también con el marxismo revolucionario. Janet Biehl, también autora de referencia de la “ecología social” y del municipalismo libertario, colaboró estrechamente con Bookchin desde los años ochenta.

Como explica Biehl, Bookchin recurrirá a las ideas del comunalismo, antiestatismo y confederalismo procedente de la tradición anarquista, aunque reconociendo que “el anarquismo tampoco ha sido inmune a su crítica”. Ya que Bookchin, “no es un enemigo de las instituciones como tales”. Propugnará el Confederalismo democrático, que “no sólo eliminará el capitalismo, sino también el Estado-nación; no sólo las clases, sino también las jerarquías”, etc. Contra el anarquismo “narcisista y egoísta” reivindicará las instituciones de otro tipo.

Este socialismo libertario que propugnó Bookchin guarda, como veremos, perspectivas similares con otras corrientes libertarias, como la concepción el anticentralismo, pero en otras mantiene diferencias importantes, como en la participación electoral o la gestión municipal del Estado burgués. En este artículo tan sólo vamos a presentar críticamente algunos de sus elementos centrales. Por otro lado, como cuenta Janet Biehl su breve paso por el trotskismo norteamericano le llevó a copiar parte del lenguaje y las categorías políticas de este, aunque deformándolas totalmente y sin hacer un balance serio de los principales hechos de la lucha de clases del siglo XX. Categorías sobre las que discutiremos para rescatar el significado que les daba León Trotsky frente a la deformación socialdemócrata que ofrece Bookchin.

Algunos fundamentos de la “política populista”

En el libro de Bookchin titulado “La próxima revolución” [2] se pueden encontrar tres fundamentos que nos parecen claves de su estrategia. Por un lado, considera a la clase obrera una clase minoritaria y corporativa que no puede ser un sujeto revolucionario. En cambio, reivindica otro sujeto: la vecindad. Quita jerarquía al lugar de las clases sociales, borrando el carácter de clase de los Estados, pero también obviando la causa de los principales fenómenos sociales y políticos que suceden en el capitalismo. Por otro lado, Bookchin postulará la idea de una nueva época, donde el capitalismo ha adquirido la capacidad de controlar sus crisis económicas. Por último, y en relación al fin de las crisis, Bookchin sostiene la necesidad de levantar lo que llama una “política populista” o “interclasista”, que se dirija hacia las clases medias. Como veremos a lo largo de distintas notas, todos estos fundamentos serán la base para una visión edulcorada de la democracia capitalista.

En primer lugar, Bookchin considerará, contra el marxismo, que los trabajadores industriales “se han transformado en una minoría” de privilegiados “con buenos sueldos” sin conciencia política y que los “nuevos estratos de la población ya no pueden ser considerados como obreros”. Que el sujeto al que hay que “apelar” para “crear un movimiento revolucionario” no es éste, sino un abstracto “vecino” o “ciudadano”, cuyo lugar de partida no es el lugar de trabajo, sino la “proximidad residencial” y “los intereses compartidos que surgen en una comunidad concreta”.

El segundo fundamento de Bookchin es que para él “durante más de medio siglo, el capitalismo ha conseguido no sólo evitar sino también controlar las crisis que potencialmente podían tener un carácter explosivo”. Si fuera real este paso a un nuevo capitalismo con “ausencia de crisis económicas” eso tendría enormes consecuencias políticas para la estrategia ya que entonces ¿para qué sería necesaria una revolución si el capitalismo puede autorregular sus crisis económicas, y no provoca ni explotación, ni miseria? Inevitablemente, Bookchin abonará la idea de que es posible una salida reformista dentro de los marcos del capitalismo y esconderá las tendencias más brutales de éste. Ahora el capitalismo ya no sería un problema central en la política.

Esto lleva a Bookchin a un tercer argumento. Y es que para él “el capitalismo, en efecto, está creando las bases para una política populista que esté centrada en la ampliación y expansión de las oportunidades profesionales, la calidad de la vida y en un medio ambiente más placentero”. Planteando, en contra de la “política de clase” que solo se ocupaba de los “asuntos económicos”, la necesidad de levantar una política “interclasista” para hablarle de temas que van más allá o “atraviesan la clase” a un sector más amplio que no fuera una “minoría de trabajadores industriales”. De esta forma Bookchin acaba rebajando falsamente la centralidad obrera a una mera política obrerista o economicista (que sólo se ocupa de “asuntos económicos”).

¿Qué plantea el “municipalismo libertario” de Bookchin?

Para Bookchin el Estado es una “estructura de dominación en la que una minoría manda sobre la gran mayoría”, separada de la población general y cuyo poder se apoya en la violencia. De allí su propuesta de “democratizar la República, y radicalizar la democracia”, preservando las “características democráticas” de los regímenes a la vez que ampliándolas a través de “asambleas ciudadanas” locales y descentralizadas, que “a la larga” formen una confederación de municipalidades que acaben por “amenazar” al Estado, y “reemplazarlo por una sociedad comunista libertaria” sin estado ni clases.

Para Bookchin el gran problema del Estado no es su carácter de clase sino la centralización y las jerarquías, lo que está en el origen de las Monarquías absolutas modernas y que se ha consolidado en los “estados republicanos” contemporáneos, frente a las formas de organización política locales y comunales previas al fortalecimiento de los Estados modernos. De esta manera, frente al marxismo que caracteriza al Estado por su contenido de clase en relación con la forma en la que la clase dominante se apropia de los medios de producción, la perspectiva municipalista hace eje en cuestiones formales de organización de ese Estado, según su mayor o menor centralismo.

Para el autor: “Las ciudades y los Estados provienen de dos tradiciones absolutamente diferentes que han sostenido una lucha de poder persistente”. Así pues, la ciudad y el estado serían las dos fuerzas centrales que marcarán el terreno de lucha de todas las épocas históricas y los órganos municipales del estado burgués serían, al parecer, ese espacio neutro desde el cual disputar la hegemonía política. Lo que tendrá enormes consecuencias para la estrategia municipalista.

Para esta corriente, el sujeto social que debe desarrollar una democracia directa que desde los municipios termine con el capitalismo, sería la vecindad. Acorde con su análisis del Estado, donde desaparecen las contradicciones y la lucha de clases como terreno de combate, el proceso para “expandir el ámbito político democrático” debe partir de la propia comunidad. Ni las relaciones de opresión nacionales, económicas, patriarcales, raciales, o las relaciones de explotación capitalista, configurarían los posibles “vínculos en la esfera pública”; sino más bien “la proximidad residencial y los intereses compartidos que surgen en una comunidad concreta”.

“Democratizar la República y radicalizar la democracia”

Para ello, la herramienta fundamental serán las “asambleas ciudadanas”, en las que, de nuevo, lo importante para este autor no es a qué sectores sociales organizan (incluso tampoco el número de sus componentes), sino las asambleas en sí mismas. Tampoco importa en qué contexto surgen esas formas de organización, porque independientemente de la situación política, esas asambleas tienen un fin en sí mismo, que es la deliberación y educación cívica de las vecinas y vecinos.

Por eso, para el autor, la política pasaría por dos vías: impulsar asambleas ciudadanas que tengan como objetivo central adquirir poderes institucionales, o bien (en el caso de que los ayuntamientos se nieguen) presentarse a las elecciones municipales y a cargos de alcalde para constituir gobiernos municipalistas que impulsen estas asambleas ciudadanas “reanimando las posibilidades latentes de los gobiernos locales” del Estado burgués.

Sea como sea, para Bookchin “la institucionalización es crucial”. Lo más importante seria “cambiar la carta municipal de modo que las asambleas de ciudadanos tengan, si no todo, cada vez más poder legislativo”. Se trataría de que un movimiento que “se expande y crece, al tiempo que pide, a través de las asambleas populares, cada vez más poder del estado o de la provincia y del estado para las asambleas”.

En ese sentido, a pesar de que Bookchin y Biehl, hacen una reivindicación a su manera de las revoluciones burguesas (incluso, obreras), contradictoriamente el eje de su política se centra meramente en un reforma municipal o revisión constitucional. Desde el punto de vista del programa democrático radical, sus asambleas institucionalizadas, con cargos, comisiones, órdenes del día, “a expensas del Estado” ni tan siquiera nacerán de las ruinas de los regímenes políticos, ni como órganos de combate de los procesos revolucionarios de las masas tal como incluso reivindicara Hannah Arendt de la tradición del sistema de Consejos de las anteriores revoluciones, sino de ocupar espacios en los marcos del Estado burgués. Una estrategia que al final tiene mucha semejanza con las experiencias de desvió de partidos nacionalistas o de la centroizquierda latinoamericana o de proyectos neorreformistas y ciudadanistas de estos últimos años.

Esta visión, como veremos, plantea muchos problemas elementales. Entre otros, la defensa de una abstracta “república” y la naturalización de las “sociedades democráticas” occidentales, así como la estrechez política en los marcos de la “comunidad”, que otorga una legitimidad “democrática” al resto de instituciones burguesas (monarquía constitucional, presidencialismo, senados censitarios, etc..) que Bookchin ignora desde su “vecindad”. Algo que refleja una adaptación brutal a la democracia imperialista desde la perspectiva de la opresión colonial.

El municipalismo que se centra en la conquista legal de las instituciones a nivel local del Estado, recrea la ilusión de que radicalizando los métodos de la democracia burguesa es posible combatir al capitalismo y contener sus antagonismos de clase. Dando a entender que una democracia directa revolucionaria puede nacer en los marcos del régimen parlamentario burgués, arrascando “cada vez más poder legislativo” de los ayuntamientos o Estados.

La dictadura capitalista y la imposibilidad de una democracia intermedia (“ciudadana”)

Esta concepción de la democracia “ciudadana” tendrá límites estratégicos muy importantes. No se puede hablar de una abstracta “democracia” que nunca ha existido o una democracia “ciudadana” asexuada [3]mientras haya “explotadores que dominen políticamente sobre una mayoría de explotados”. La democracia burguesa está basada en la igualdad formal de los “ciudadanos” se contradice a cada paso con la desigualdad real que se vive en la sociedad, donde el capital coacciona económicamente a la mayoría de la población que se ve obligada a vender su fuerza de trabajo para sobrevivir mientras somete a las leyes del monopolio y el chantaje financiero a la mayoría de las “clases medias”. Es por eso que la democracia formal, “ciudadana”, no es antagónica con la democracia burguesa, sino que es una de sus formas, en todo caso, el marco jurídico más estable para la dictadura capitalista. Donde precisamente la burguesía puede ejercer su dominio político apoyándose en la atomización de las clases a través de la idea “ciudadanía” (democracia representativa, libertades formales, etc.) mientras concentra en sus manos todos los medios de producción.

En un mundo donde la burguesía tiene todo el poder económico, y posee además de los ejércitos y su producción armamentística, los grandes medios de comunicación, es ridículo pensar que la revolución se votará democráticamente y que la burguesía lo aceptará pacíficamente sin reprimirlo para evitarlo. Es absolutamente ridículo pensar que puede existir una vía democrática sin la destrucción previa del estado burgués.

La realidad es que en el capitalismo, este tipo de propuestas de democracia asamblearia, por muy directa o democrática que parezcan, son puramente formales. Por un lado, no es posible una democracia de masas y revolucionaria si no puede decidir y hacer efectivas sus propias demandas sociales. Y por el otro, este tipo de experiencias son impotente para luchar contra el Estado burgués porque no tienen los instrumentos para paralizar el funcionamiento del poder económico. En ese sentido, sólo una clase objetivamente antagónica a la burguesía como la clase obrera, que además ocupa una posición estratégica en el seno de la producción, en las empresas, fábricas, oficinas, trasportes, tiene el potencial para hacer efectiva la democracia directa de las masas.

Sin embargo, no es posible una tercera salida, una democracia intermedia independiente de los dos campos hostiles que forman la burguesía y el proletariado. Una semirevolución que no es proletaria ni burguesa. Las “clases medias” no forman un bloque homogéneo, sino que se constituye por capas con intereses muy contradictorios. Como demuestra toda la historia del capitalismo del siglo XX, las capas medias e intermedias por su propia naturaleza se dividen según líneas de clase, y ni ellas mismas saben en qué lado estarán al día siguiente. No existe tal “ciudadanía” y menos aún una democracia formal que las contenga. En los momentos de crisis, guerras y revoluciones, las capas superiores de las “clases medias” se inclinarán cada vez más a impugnar el régimen político por derecha, buscando un “partido del orden” (tendiendo al fascismo y arrastrando a una parte de la aristocracia obrera) y sus capas inferiores tenderán hacia la izquierda junto a la clase trabajadora, que serán la base social para forjar una alianza obrera y popular. Por eso, la importancia de crear las condiciones de esta articulación estratégica (porque no será automático, y dependerá del grado de independencia política y hegemonía que tengan los trabajadores respecto a la burguesía para atraer al resto de sectores sociales).

La realidad es que en los procesos revolucionarias los poderes constituyentes tienden a superar los marcos del poder constituido, y a utilizar métodos democráticos diferentes de los regímenes que pretenden derrocar. Esa será la diferencia de la democracia “ciudadana” e institucional que propugna Bookchin respecto al sistema de consejos o soviets (aunque confusamente los reivindique y los asimile dentro de su teoría “ciudadana”). Y no se puede construir una democracia radical (soviets, consejos, o la forma que adopten) sin la clase obrera.

Por otro lado, el problema añadido del municipalismo no sólo sería pensar que es posible llegar a una “sociedad comunista” radicalizando la democracia burguesa, sino que tan siquiera se plantea que su democracia radical se lleve adelante bajo las ruinas de los regímenes políticos actuales, sino bajo la perspectiva de la reforma municipal.

Hasta aquí hemos visto los elementos más generales de la visión que aporta el municipalismo libertario. En la próxima entrega abordaremos otros aspectos de la teoría de Bookchin y Biehl, esta vez, acerca de la municipalización económica que para los autores será una alternativa en el debate en torno al cooperativismo y el control obrero.


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NOTAS AL PIE

[1Janet Biehl y Murray Bookchin; Las políticas de la ecología social: Municipalismo libertario, Virus Editorial, mayo 2009.

[2Murray Bookchin, La próxima Revolución, Editorial Virus, 2019.

[3Bookchin y Biehl tienen que reconocer que esta “democracia municipal” que reivindican en la historia de las “comunas” burguesas excluía a “los trabajadores no cualificados, los pobres, los trabajadores del campo y a la mayoría de los inmigrantes”. Además, se lamentan (y no podía ser de otra manera) que “el proceso democratizador no duró mucho: con el tiempo, estas primeras democracias desembocaron en formas de gobierno republicanas, y el poder político revirtió en las familias influyentes”.
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Zaragoza
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