SUPLEMENTO

[Novedad editorial] El origen del trotskismo en el corazón del imperialismo norteamericano

Carlos “Titín” Moreira

HISTORIA

[Novedad editorial] El origen del trotskismo en el corazón del imperialismo norteamericano

Carlos “Titín” Moreira

Presentamos aquí el prólogo, a cargo de Carlos “Titín” Moreira, al libro La historia del trotskismo norteamericano (1928-1938) de James Cannon, recientemente publicado por Ediciones IPS.

El origen del trotskismo en el corazón del imperialismo. De eso se trata este libro que incluye una serie de doce conferencias que dio James Cannon en 1942, relatando los diez primeros años de la organización revolucionaria que surge cuando Cannon, fundador del PC (Partido Comunista) en Estados Unidos, fue expulsado del mismo por el estalinismo.

Cannon fue dirigente de la IWW, una organización sindical que surgió a comienzos del siglo XX, cuyo nombre en castellano, Trabajadores Industriales del Mundo, ya le confería un aura distinta a la de la vieja burocracia de la AFL (American Federation of Labor). De ella surgieron los mejores elementos de la vanguardia obrera norteamericana, muchos influenciados por ideas clasistas, revolucionarias y también anarquistas. Cannon comenzó su militancia de izquierda en el Partido Socialista. Luego empezó a militar en la IWW y tiempo después entrará de lleno a la política. Será unos de los fundadores del PC al calor del entusiasmo que provocó en todo el mundo el triunfo de la Revolución rusa de 1917. Fue dirigente de este partido y participó como delegado en el Congreso de la Internacional Comunista (IC) o III Internacional en 1922, en Moscú y en 1928 cuando recibe las críticas de Trotsky al programa de la IC.

El libro relata la historia del trotskismo norteamericano desde 1928 hasta la fundación del SWP (Partido Socialista de los Trabajadores) en 1938. Diez años muy convulsivos del siglo XX en los que se sucedieron interesantes procesos políticos, ideológicos, teóricos y una intensa lucha de clases.

Este trabajo muestra vívidamente las distintas políticas y tácticas (con fusiones y rupturas) que emprendieron para avanzar en construir un partido obrero revolucionario, además de las dificultades que debieron pasar para hacerse un lugar entre los obreros y jóvenes norteamericanos en el período de entreguerras, cuando Estados Unidos se perfilaba como el imperialismo dominante en el mundo.

Los inicios

Durante los tres primeros años, en la lucha por fundar el Partido Comunista, debieron combatir a los socialistas que atacaban las ideas revolucionarias que venían de la lejana Rusia. El bolchevismo entonces tuvo que construirse en forma tortuosa. Y aún antes que se consolidara como un partido revolucionario comenzó su degeneración. Es que la influencia del estalinismo corroía no solo al PCUS (Partido Comunista de la Unión Soviética) sino a toda la IC. James Cannon no era consciente de esto y se sentía ajeno a los debates que comenzaban en el comunismo mundial (así lo reconoce él mismo). Pero cuando en el VI Congreso de la IC conoce las tesis de la Oposición de Izquierda que lideraba Trotsky y adhiere a ellas, empieza a ser perseguido por el naciente estalinismo en su país. Por último, fue expulsado del PC junto a otros dos dirigentes. En forma despectiva los estalinistas les decían “los tres generales sin ejército”. Y algo de razón tenían porque se habían quedado prácticamente solos. Había que empezar de nuevo a formar un partido revolucionario. Pasaron cuatro años aislados, casi sin contactos con los trabajadores, reducidos a un pequeño grupo que no tenían teléfono ni siquiera un miserable mimeógrafo en su sede. ¡Incluso les costó conseguir una máquina de escribir! La depresión provocada por la crisis económica mundial de 1929 golpeaba fuerte y el estalinismo se fortalecía.

Los días de perro

Cannon nos cuenta que:

En aquellos días de perro para el movimiento habíamos perdido todos nuestros contactos. No teníamos amigos, ni simpatizantes, ni periferia alrededor del movimiento. No teníamos ninguna oportunidad de participar en el movimiento de masas. Toda vez que intentábamos entrar en una organización obrera éramos expulsados, acusados de ser trotskistas contrarrevolucionarios. Intentamos enviar delegaciones a los encuentros de los desempleados, pero nuestras credenciales eran rechazadas con el argumento de que éramos enemigos de la clase obrera. Estábamos aislados... [p. 88]. Nuestra tarea en esa época difícil era resistir, clarificar las grandes cuestiones, educar a nuestros cuadros preparándonos para el futuro, cuando las condiciones objetivas abrieran las posibilidades para el crecimiento del movimiento [p. 95].

Una de las primeras batallas que habían dado dentro del comunismo norteamericano fue la de combatir las tendencias ultraizquierdistas, tanto en lo político como también en la vida sindical, porque el PC en ese momento luchaba por la formación de “sindicatos rojos”, minoritarios, que eran sectarios con las grandes organizaciones gremiales de masas. De esta etapa Cannon nos recuerda:

… el ultraizquierdismo también se mantuvo dominante. El ultraizquierdismo es un virus terrible. Prospera mejor en un movimiento aislado; lo van a encontrar ustedes más desarrollado en un movimiento que esté aislado de las masas, que no tenga ningún correctivo de estas. Ustedes lo ven en estas divisiones en el movimiento trotskista –nuestra propia “franja de lunáticos”. Cuanto menos la gente los escucha, menos efecto tienen sus palabras sobre el curso de los acontecimientos humanos, más extremas, irracionales e histéricas se vuelven sus formulaciones [p. 25].

Pero las cosas fueron mejorando. Primero conformaron un grupo de intelectuales atraídos por las ideas del trotskismo. Después la lucha de clases acudió en su ayuda.

En el año 1933, superado el crack de 1929, comenzó un ascenso del movimiento obrero norteamericano con luchas importantes y esto se reflejó en un salto en la organización sindical.

Uno de esos conflictos fue en la gran autopartista Auto Lite de Toledo. Ahí existía un grupo obrero que se llamaba Partido de los Trabajadores Norteamericanos que lideraba un tal Muste, que había sido pastor de una iglesia. Tenían trabajo entre los desocupados y con ese grupo participaron activamente de la huelga, radicalizando los piquetes e influyendo en su dirección. Fue un rotundo triunfo para los trabajadores metalmecánicos.

La gran huelga de los Teamsters (camioneros)

Recientemente Netflix lanzó un film excepcional llamado El Irlandés, que trata sobre la vida y el fin de Jimmy Hoffa, un sindicalista poderoso que manejaba la Federación del sindicato de camioneros de Estados Unidos. Es la historia de un burócrata sindical que desapareció misteriosamente en 1975, después de haber estado unos años en prisión.

Sin embargo, no todo el sindicalismo norteamericano es mafioso o traidor. Las páginas de gloria que escribieron los trotskistas son un gran ejemplo a seguir. Forjaron una fracción revolucionaria en los años en que el sindicalismo se desarrollaba en la industria y los servicios, a mediados de 1930.

Cannon relata muy bien como en Mineápolis los trotskistas dirigidos por Farrell Dobbs y los hermanos Dunne fueron el ala izquierda del poderoso sindicato de camioneros, los Teamsters, que combatía a las patronales y a los burócratas como Hoffa. Este último se hizo famoso por armar un piquete a un cargamento de frutillas (él y sus allegados fueron conocidos en los tardíos años de la década de 1930 con el nombre de “Strawberry Boys”). Después consolidó su poder burocrático a lo largo de los Estados del este, centro y sur del país. Hoffa reconocía la importante labor de Dobbs en los Teamsters, aunque se encargaba de dejar en claro toda vez que podía que no tenía nada que ver con las convicciones marxistas de este último.

Hubo una gran huelga de camioneros en Mineápolis, en julio de 1934, durante cinco semanas. Fue una huelga triunfante, durísima, violenta, conducida por los trotskistas. Cannon la cuenta en este libro (Farrell Dobbs la desarrolla en cuatro volúmenes). Como la definiera años después:

Pienso que puedo decir sin la menor exageración, sin temor a ninguna contradicción, que la huelga de julio y agosto de los conductores de camiones y ayudantes de Mineápolis ha entrado en los anales de la historia del movimiento obrero norteamericano como una de sus luchas más grandes, más heroicas y mejor organizadas [pp. 136-137].

La unidad con Muste y el “giro francés”

Dos grupos de izquierda no estalinistas habían dirigido las grandes huelgas triunfales de Toledo y Mineápolis. Era lógica la política de los trotskistas de buscar la unidad con el grupo de Muste. Pusieron manos a la obra, y no sin ciertos recelos de ambos lados, concretaron la unidad. Fue una experiencia enriquecedora, pero rápidamente debieron encarar otro desafío para dar un nuevo salto en la construcción del partido revolucionario.

En esos años en Europa, con el triunfo del fascismo en Italia, del nazismo en Alemania y los partidos comunistas en retroceso surgen dentro de los viejos partidos socialistas de Francia, España y de otros países, alas de izquierda potencialmente revolucionarias, constituidas por obreros y jóvenes que expresaban una nueva generación. La Revolución española, la radicalización de la lucha de clases en Francia, como también la consolidación del estalinismo en la URSS, eran factores decisivos en esa nueva formación. León Trotsky recomendó a sus seguidores, que eran pequeños grupos militantes y no verdaderos partidos revolucionarios, entrar en esos partidos de decenas de miles de socialistas para pelear desde adentro por una fracción revolucionaria antes que esta nueva generación se desmoralizara o fuera ganada por el estalinismo. Esta táctica se la conoció como “entrismo” o “giro francés”, por ser en ese país donde primero se planteó la política.

Lamentablemente en España, los revolucionarios se negaron a llevar adelante esa táctica y dejaron que las Juventudes Socialistas, que llegaron a marchar con estandartes de Lenin y Trotsky reclamando una nueva Internacional, fueran cooptadas por el estalinismo y se integraran al mismo poco antes de la Guerra Civil.

Entraron al Partido Socialista norteamericano (eso provocó la ruptura con la gente de Muste) e hicieron una corta pero rica experiencia editando un periódico, el Socialist Appeal. Poco después salieron de este partido y fundaron el SWP.

El período que las conferencias abarcan contó con la estrecha colaboración y las contribuciones teóricas y políticas de Trotsky –que el propio Cannon rescata varias veces en estas páginas–, y que incluso va a poder seguir de cerca desde su exilio en México hasta su asesinato en agosto de 1940.

Cuando Cannon da estas conferencias de formación, en 1942, Estados Unidos se preparaba para entrar en la Segunda Guerra Mundial.

La historia del trotskismo norteamericano (1928-1938), que publica Ediciones IPS-CEIP, es un libro de fácil lectura que recomendamos a todas y todos las obreras y obreros conscientes y jóvenes rebeldes de habla hispana, en especial a las nuevas generaciones que despiertan a la lucha por una sociedad justa, como vemos en Chile y otros países de Latinoamérica.

Aquellos revolucionarios norteamericanos nos legaron una rica historia y un optimismo y una voluntad que queda expresado en este párrafo con gran claridad:

Nadie nace siendo bolchevique, es algo que hay que aprender. Y eso lleva un largo tiempo, por una combinación de militancia, lucha, sacrificios personales, pruebas, estudio y discusión. Convertirse en bolchevique es un largo y extenso proceso. Pero en compensación, cuando se obtiene un bolchevique se ha conseguido algo. Cuando se obtiene la suficiente cantidad de ellos se puede hacer lo que uno quiera, incluso la revolución [p. 176].

Cuando en el inicio de la tercera década del siglo XXI, surge en Estados Unidos una juventud que sueña con el socialismo como un sistema superador de la barbarie y decadencia capitalista, cuando vemos que en Francia se despliega la lucha de los “chalecos amarillos” que se continúa en la reciente huelga del transporte contra Macron, o se dan procesos profundos como la rebelión en Chile y antes en Ecuador, cuando los independentistas catalanes enfrentan a la monarquía española, cuando asistimos a movilizaciones de masas en Líbano, Irak e Irán, para citar las más importantes, estamos ante una situación internacional donde las ideas revolucionarias tienen más posibilidades de ser escuchadas. Si esas ideas son abrazadas por las nuevas generaciones, serán la base de nuevos partidos revolucionarios.

Por eso las experiencias de los trotskistas norteamericanos de hace más de ochenta años hoy recobran actualidad. Así lo reconoce Raúl Godoy, dirigente histórico de los ceramistas de Neuquén (Argentina),

... había leído sobre la lucha de los camioneros de Mineápolis (Estados Unidos) en los años 30, en el libro La historia del trotskismo norteamericano de James Cannon, dirigente del SWP, libro del que aprendí muchísimo y que me aportó, además de fuerza moral en un momento difícil del movimiento obrero y de nuestros primeros pasos partidarios, también experiencia y tradición de la clase obrera internacional [1].

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NOTAS AL PIE

[1Godoy, Raúl Zanon, fábrica militante sin patrones, Buenos Aires, Ediciones IPS, 2018, p. 45.
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Carlos “Titín” Moreira

Nacido en Rosario en 1953. Militante en el PST desde los 70, militó en España y Brasil. Fundador del MAS en La Plata y dirigente del PTS. Trabajó en Astilleros Astarsa y Río Santiago. Coordinador de los documentales Revolución y Guerra Civil en España (2006) y Zanon, el hilo rojo (2018).
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