Géneros y Sexualidades

Con otros ojos

Pandemia de ansiedad, estrés e irritabilidad

Las cifras de contagios, muertes y saturación de camas ocupan las primeras planas. Sin embargo, aunque no se mencione tanto, la pandemia también ha tenido un gran impacto -que no es igual para todos- en la salud mental.

Andrea D'Atri

@andreadatri

Lunes 3 de mayo | 10:27

En un análisis de 62 estudios realizados en el 2020, en 17 países, que involucró a más de 162 mil participantes, se comprobó que el 33% manifestaba síntomas combinados de ansiedad y depresión, un porcentaje que subía entre quienes ya habían tenido covid-19 o entre quienes eran considerados personas de riesgo por enfermedades preexistentes. ¿Qué características se repetían más asiduamente entre quienes manifestaban estos síntomas? Eran mujeres, eran enfermeras, tenían un nivel socioeconómico más bajo que el resto, contaban con un alto riesgo de contraer covid-19 o se encontraban en mayor aislamiento social. ¿Qué características aparecían, con más frecuencia, entre quienes no sentían los mismos niveles de ansiedad ni depresión? Eran personas con suficientes recursos médicos, contaban con información actualizada y precisa (y no "infotoxicación") y podían tomar medidas de precaución.

Claro que la pandemia no es razón suficiente para explicar, por sí sola, la aparición de síntomas de ansiedad y cuadros depresivos que requieren de atención profesional especializada. Pero sí está claro que la pandemia es un factor importante en el crecimiento repentino de los casos, tal como se observa en las estadísticas. Quizás porque, entre otras cosas, la pandemia también arrastra consigo múltiples consecuencias sociales para las cuales, las medidas de prevención que dependen pura y exclusivamente de la responsabilidad individual, resultan inocuas.

No es solo un virus, es el capitalismo

No se trata solo del temor a enfermar o morir por un virus, sino también a perder el empleo, a enfrentarse cotidianamente en estado de indefensión a las grandes concentraciones de personas en los medios de transporte, a tener que aceptar la falta de protocolos en el lugar de trabajo para no ser sancionado, a saber que si un familiar se contagia y tiene un cuadro complicado habrá que afrontar su convalecencia sin recursos, a que si aumenta el alquiler será imposible pagarlo y se terminará hacinado en la casa de un familiar o en el peor de los casos, en la calle, etc.

La preocupación por no garantizar el sustento y el techo familiar provoca irritabilidad y aislamiento, mayormente en aquellas personas que este sistema considera exclusivos responsables de ello: los hombres.

Mientras tanto, las niñas y los niños tienen que conectarse virtualmente con la escuela, pero la familia cuenta apenas con uno o dos teléfonos celulares con tarjeta prepaga. Los chicos se frustran, la madre se estresa, la maestra no puede atender a cada caso particular porque tiene cuarenta estudiantes en esta escuela, pero además trabaja en otras dos y ayuda a sus propios hijos a hacer la tarea con su computadora portátil que apenas funciona.

La agobiante multiplicación de ese trabajo de cuidados, aumenta también la carga de estrés y angustia, mayormente sobre las mismas personas que ya solían hacerlo antes de la pandemia: las mujeres.

A diferencia de otros momentos difíciles, esta vez, a la ansiedad de enfrentarse permanentemente a estas situaciones, a rumiarlas con preocupación día y noche se le agrega que no contamos siquiera con el contacto físico y la presencia de seres queridos, grupos de amigas y amigos y otros vínculos que debimos acostumbrarnos a que se transformaran en "presencias virtuales". Comunicaciones restringidas por las pautas de uso propias del whatsapp, los zooms y las redes sociales: me clavaron el visto; se cortó; me quedé sin crédito; se agotó la batería; mejor apagá la cámara para que no se corte. No hay intimidad, acercamiento y empatía que aguante estos formatos.

Ante esto, los consejos mercantilizados parecen bromas de mal gusto: relajarse con un baño de inmersión, hacer yoga, desarrollar alguna actividad estimulante como cocinar, reciclar muebles viejos o hacer cerámica. Y si no, psicofármacos: las ventas de ansiolíticos y antidepresivos se dispararon con la pandemia. La misma industria farmacéutica que se está llenando los bolsillos con las patentes de las vacunas que no llegan, mientras tanto embolsa otros tantos miles de millones con los psicofármacos con los que, al menos, se calma un poco la ansiedad y se quita, de a ratos, la angustia.

Todas estas alternativas pueden lograr su cometido en lo inmediato, pero encierran la trampa de presentarse como medidas individuales para atender un problema que, en gran medida, tiene aspectos sociales cuya dimensión nos resulta inasible, fuera de nuestro control.

En manada

La presión a que los cuidados son, esencialmente individuales tiene, como contracara, que los otros aparecen como potenciales enemigos. La insistencia desde los mensajes oficiales y de los medios sobre "los irresponsables" que ocasionalmente festejaron un cumpleaños o hicieron una fiesta clandestina, no solamente pretenden disimular la responsabilidad empresarial y política de los trenes abarrotados de gente viajando a sus trabajos y otras inconsistencias. También silencian que la preocupación por el otro/la otra es un puente para la reconstrucción de una subjetividad colectiva en combate contra el aislamiento y el individualismo del "sálvese quien pueda".

Me tocó vivir la primera oleada en Barcelona, cuando el Estado español contaba 800, 900 y hasta mil muertos diarios. Recuerdo una tarde de domingo, después de más de un mes de encierro, con un móvil municipal recorriendo el barrio más pobre de la ciudad que, con un altavoz en varios idiomas -porque allí viven trabajadoras y trabajadores migrantes de distintos lugares del mundo- nos recordaba que no podíamos salir a la calle. Aparte de esa bocina, nada quebraba el silencio de esa tarde, hasta que una mujer gritó desgarradoramente, con acento centroamericano, desde una ventana: "¡No aguanto más!" Pasaron algunos segundos de un silencio mucho más angustiante, hasta que se oyó la voz de un hombre joven, con acento catalán que gritó más fuerte: "Veo, veo". La respuesta tardó otros segundos: "¿Qué ves?" Jugaron hasta que las risas y el "gracias" disiparon la angustia. Nadie, ni ellos dos, supo con exactitud quién era quién.

Detrás de las ventanas nos dábamos ánimo, mutuamente, cantando Resistiré, sacando una sábana roja por la ventana para entonar La Internacional o colgando carteles en los balcones. A veces, solo gritar desde la ventana "¡Vivan todas las trabajadoras esenciales que viven en este barrio!" era suficiente para romper la sensación de soledad. Muchas y muchos jóvenes universitarios que tenían sus clases suspendidas se ofrecían para hacerle las compras a ancianas y ancianos o para cuidar niñas y niños, sin cobrar. Los vecinos de un mismo edificio se turnaban para atender a quienes tenían la movilidad reducida.

Quienes vivimos la crisis económica, social y política abierta en diciembre de 2001 en Argentina, recordamos cómo el crecimiento inusitado de las consultas por psicoterapias, de los meses previos a la eclosión, tuvo un importante descenso cuando se desarrollaron las asambleas de vecinos, los movimientos de fábricas ocupadas y la unidad con los movimientos de desocupados y otras organizaciones sociales. A muchos, este "hacer colectivo" les permitió pensar una salida a la desesperación. La organización abría la posibilidad de enfrentar las situaciones de cada uno, no en soledad, sino colectivamente. Y el resultado podía medirse: los centros telefónicos de atención al suicida mostraban una notoria disminución de llamados durante los días de movilizaciones. La participación social y política colectiva, construyó un nosotros que permitió visibilizar que "a mí me pasa lo mismo que a usted", un reconocimiento mutuo.

En estas últimas semanas, las trabajadoras y trabajadores de la Salud de Neuquén, entre otras cosas, mostraron también algo de esto. De manera despectiva, la burocracia sindical de su gremio los llamó "elefantes" y se apropiaron del apodo, resignificándolo positivamente: se nombraron a sí mismos como elefantes, porque son fuertes y andan en manada. Los piquetes compartidos con barbijos; los mates de cada mañana con los demás -aunque cada uno con el suyo-; las asambleas donde todos podían intervenir, opinar, decidir democráticamente con "distanciamiento social" pero en igualdad de condiciones, les dieron la fortaleza de ánimo necesaria para enfrentar la situación, para disponerse al combate y, finalmente, para triunfar.

No solo de pan y ansiolíticos vive el ser humano

Es que la acción y la organización colectiva es mucho más que un espacio político: es también un espacio de sociabilidad, de lazos comunitarios que confrontan la división establecida entre lo público y lo personal.

El ámbito de lo político no se limita, únicamente, a aquellos objetivos acordados racionalmente -aunque sean lo central-, sino que también es un espacio para el encuentro social y el intercambio afectivo.

Algo que los ritmos extenuantes del trabajo asalariado y las dificultades cotidianas de quienes hacen malabares para subsistir en la desocupación y la pobreza, impiden que suceda. Y que las condiciones en que atravesamos la pandemia -sin vacunas, sin ayudas económicas a las familias más vulnerables, sin medios de transporte en condiciones, etc.-, lo dificulta aún más.

Claro que esta construcción de lo colectivo no es un remedio milagroso para todos los malestares, las dolencias, las angustias y los problemas que nos afectan a los seres humanos. Pero, en cierta medida, la acción y la organización colectiva es también un espacio de creatividad, afecto y resistencia de nuestra salud mental ante la pandemia de angustia, estrés e irritabilidad que el capitalismo también descarga, individualmente, sobre nuestras espaldas.






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