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La Izquierda Diario
25 de noviembre de 2020 Twitter Faceboock

UNIVERSIDAD Y SOCIEDAD
La juventud precaria ante una nueva elitización de la universidad
Pablo Castilla | ContraCorrent Barcelona

La crisis económica en curso profundizará el proceso de elitización de la universidad. La expulsión de estudiantes y la enseñanza superior al servicio de las empresas seguirán bajo el gobierno “progresista”.

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Los mitos que todavía pudieran quedar sobre una igualdad efectiva en la educación han sido desmentidos durante esta pandemia. Todo el mundo reconoce la llamada brecha digital. Pero también existen otras diferencias a la hora de acceder a los recursos necesarios, tales como manuales y libros o contar con un espacio adecuado para el estudio.

Sin embargo, estas dificultades son tan solo la punta del iceberg. En la universidad, existen diferencias entre aquellos y aquellas que deben trabajar para poder estudiar y aquella otra parte que puede permitirse no hacerlo. Hacerse cargo de hermanos pequeños o de familiares mayores también es un sesgo. Como también lo es poder o no permitirse el pago de un piso de alquiler compartido o tener que hacer largos desplazamientos al centro de estudio.

Estas diferencias dentro de la universidad existen porque existen diferencias fuera de ella. Las diferencias de clase de la sociedad se reproducen en mayor o menor medida en todos sus ámbitos.

El resultado de esta realidad no solo se observa en las dificultades académicas, sino que en última instancia puede llegar a suponer el abandono de la universidad. En muchas comunidades autónomas uno de cada cuatro alumnos deja la carrera y, según reconoce el propio ministro de Universidades, Manuel Castells, los motivos económicos son de más peso que los académicos.

Echando la vista atrás y viendo los efectos de la anterior crisis, los pronósticos apuntan a una profundización en la elitización de la universidad ya en marcha. Desde 2012, año del tasazo en plena crisis, hasta el curso 2016/2017, más de 100.000 estudiantes abandonaron las universidades públicas. Aunque resulta evidente que la subida de tasas y la precariedad resultaron determinantes, debemos recordar también que desde el curso 2004/2005, la universidad ya había perdido 66.000 estudiantes.

Estos son algunos de los datos y realidades de las diferencias de clase que hay en la universidad, pero como ya he dicho, aún queda mucho iceberg por ver. Pocas veces se fija la atención en “los grandes olvidados”, aquella gran parte de la juventud que ni siquiera se puede plantear estudiar y se ve obligada a trabajar o a buscar salidas académicas que le permitan lo antes posible encontrar un trabajo para ganar algo de dinero, como es el caso de muchos que toman la vía de la Formación Profesional.
Precisamente estos sectores van a ser los más golpeados por la nueva recesión. Un estudio realizado por el Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas (IVIE) mostraba algunos datos preocupantes sobre el abandono de estudios no universitarios durante la pasada crisis. El 34% de los estudiantes de bachillerato que lo dejaron en 2013 fue por motivos económicos, un porcentaje todavía mayor, el 44%, en el caso de la Formación Profesional.

Por su parte, el gobierno ha anunciado la rebaja de tasas universitarias para las comunidades autónomas con precios más elevados. Sin embargo, esta rebaja, en caso de aplicarse, tan solo volvería a los niveles previos al 2012, un coste que ya suponía una barrera de entrada importante para los sectores populares. Todo sin contar que la situación económica que se prevé es realmente peor que la de aquel periodo. De hecho, esta medida ni siquiera está garantizada por el ministro, ya que él mismo dice que las malas perspectivas económicas hacen que no sea seguro. Así que, de momento, frente a un escenario de aumento de precariedad y paro, incluso la mísera rebaja de tasas de Castells se queda en un “ya veremos”.

La elitización de la universidad no es un fenómeno al margen del modelo universidad-empresa impuesto por el Plan Bolonia, sino que es su resultado. El objetivo es que la educación se adapte a las necesidades del mercado, principalmente por dos vías. La primera es aquella que impone barreras de entrada a los hijos e hijas de familias trabajadoras a través del coste de las matrículas u otras dificultades socioeconómicas. Así, las empresas tienen siempre a su disposición un ejército de jóvenes precarios.

La segunda vía es el diseño de un contenido y una formación al servicio de las necesidades del mercado. No se trata de algo ajeno al ministerio, sino que parte de su propia guía. En el nuevo borrador de real decreto de ordenación de las enseñanzas universitarias, se reconoce que deben tenerse muy presentes las “demandas” de las sociedades actuales, las cuales se caracterizan “por unos mercados laborales en reestructuración que generan nuevas demandas de competencias y de conocimientos de los que deben disponer las y los diferentes profesionales que egresan de las universidades.”

El gran problema es que hacen pasar los intereses del mercado como si fueran las necesidades de la sociedad, cosa que esta pandemia está dejando claro que son cosas muy diferentes. Mientras las empresas requerían gente que fuera a trabajar arriesgando su vida, la sociedad necesitaba inversión en sanidad, distanciamiento social y medidas de seguridad para los trabajos esenciales y no esenciales
No obstante, es innegable que los mercados de todo el mundo están en “restructuración”, pues se encuentran en un proceso de aumento de la precariedad y retroceso de los derechos de los trabajadores. Un fenómeno que ya se profundizó con la crisis del 2008 y apunta a hacerlo mucho más en un futuro muy cercano. La adaptación de la universidad a estas “demandas del mercado” supone diseñar un estudiantado a medida de un modelo económico de explotación laboral.

Para acabar con este proceso de elitización de la universidad es necesario combatir sus dos principales vías. Para terminar con las barreras de entrada para la clase trabajadora y los sectores populares, debemos pelear por una universidad pública totalmente gratuita, sufragada mediante impuestos a las grandes fortunas. Si queremos romper con la confusión impuesta entre sociedad y mercado, debemos empezar por hacer pagar a los explotadores. En esa misma línea, debemos pelear por una universidad radicalmente democrática que ponga el conocimiento al servicio de las necesidades reales de la sociedad, bajo control de sus estudiantes, personal docente y no docente.

Ante esta crisis, van a intentar que los y las jóvenes nos convirtamos en el nuevo ejército de explotados que necesitan empresas como Glovo o Deliveroo para aumentar sus beneficios. A su vez, la elitización de la universidad va a aumentar la distancia entre la juventud trabajadora que puede estudiar y la que no, dividiendo más todavía a estos sectores. Para combatir los futuros intentos de precarización y división, resulta clave establecer alianzas entre el movimiento estudiantil y la juventud más precaria en la línea de una unidad obrero-estudiantil que permita aunar la fuerza de la clase trabajadora y la vitalidad combativa de las generaciones más jóvenes.

 
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