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La Izquierda Diario
16 de junio de 2021 Twitter Faceboock

NO ES LA NIEVE, ES EL CAPITALISMO
La borrasca y la desidia capitalista: nuestras vidas valen más que sus beneficios
Irene Olano | Madrid

Riders currando bajo la lluvia y la nieve; trabajadoras de ZARA que han pasado la noche durmiendo sobre cartones y tapadas con abrigos por el frío; trabajadores de centros comerciales que probablemente hasta el lunes no puedan retornar a sus casas. Hay que terminar con este sistema criminal cuya única función es engordar los bolsillos de los capitalistas.

Trabajadoras de Zara durmiendo entre cartones en el Centro Comercial Gran Plaza 2 (Madrid). Fotos: Twitter @Oprimide

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La borrasca bautizada como “Filomena” lleva ya casi 24 horas causando enormes destrozos en la península ibérica, dejándonos las imágenes de coches atrapados, gente durmiendo en polideportivos y la cifra confirmada a mediodía de cuatro muertos. Mientras esto ocurre, e igual que hemos podido ver durante la pandemia, los organismos públicos y los mensajes en redes sociales apelan en masa a la responsabilidad individual de los ciudadanos, mientras muchas empresas siguen obligando a los trabajadores y trabajadoras a ir a su centro de trabajo, incluso bajo estas condiciones climatológicas extremas.

Tras las ya habituales llamadas a la “responsabilidad individual” que van desde increpar a quienes piden comida a domicilio hasta cuestionar a quienes llevan toda la noche atrapados en carreteras como la M-40 de Madrid, lo que se esconde es una estrategia consistente en culpabilizar a los trabajadores que ayer tuvieron que salir de sus casas en lugar de a las empresas que lo hicieron posible.

No habría usuarios pidiendo pizzas a domicilio en medio de un temporal, con el enorme riesgo que eso supone para los repartidores, si no existieran empresas explotadoras que se lucran del trabajo mal pagado y precario de los riders, así como no se puede exigir ni poner el foco en responsabilidad individual y en la posibilidad de quedarse en casa si los centros de trabajo no cierran y los capitalistas exigen que los trabajadores sigan en sus puestos.

Las redes se han llenado desde anoche de testimonios de trabajadores que no pudieron salir antes del trabajo y tuvieron que volver con metros atestados, quedarse durante horas atrapados en carreteras o terminar sus trayectos andando, a veces largos recorridos, en medio del temporal.

También hemos visto el caso contrario, trabajadores que tuvieron que quedarse a dormir en sus centros de trabajo, como es el caso de algunas trabajadoras del ZARA del Centro Comercial Gran Plaza 2 en Madrid, que han pasado la noche durmiendo sobre cartones, en condiciones deplorables, sin poder mantener la distancia de seguridad y tapadas con abrigos por el frío.

ZARA, empresa de Amancio Ortega, que lleva siendo años el hombre más rico del Estado Español, decidió mantener la tienda el máximo tiempo posible abierta, exponiendo a sus empleadas al temporal y obligándolas a pasar el fin de semana en la tienda, pese a que las ventas de una tarde no supongan siquiera diferencia alguna en sus millonarios beneficios.

De igual manera ha ocurrido en centros comerciales como Xanadú y Pleniulunio, también en Madrid, donde el frío y la imposibilidad de volver a casa se han juntado con el miedo a la pandemia y al contagio, lo que ha obligado a las trabajadoras a dormir con mascarillas. Esto no habría pasado si la gerencia de los centros comerciales no hubiera decidido cerrar antes del cierre de carreteras o si los dueños de la tienda no hubieran antepuesto la salud y seguridad de los trabajadores a las ventas que, de todas maneras, ya no estaban haciendo porque los centros estaban vacíos de clientes.

No han faltado los tweets irónicos como este en que se insinuaba que probablemente la gerencia de MANGO aprovechase para pedir a las empleadas que pusieran un poco en orden la tienda; evidenciando que el problema no es la nieve sino la precariedad laboral que arrastrábamos de antes en este tipo de establecimientos.

María es trabajadora de una cafetería en un centro comercial al norte de Madrid (no quiere dar más datos por temor a represalias de la empresa) y nos cuenta que recibió un mensaje del ayuntamiento de esa localidad a las 17h informando sobre algunas de las medidas tomadas, las cuales incluían el posible cierre de carreteras tan solo una hora más tarde. Cuando llamó a su jefe, y le explicó la situación y que el centro comercial ya no tenía apenas clientes, este le dijo que “esperara a ver qué pasaba” y no fue hasta las 20.30h que pudieron cerrar la tienda, volviendo a casa casi tres horas más tarde por los cortes y averías en los servicios de Metro y Renfe.

Otro trabajador del C.C. Gran Plaza 2 escribe que tras pasar la noche allí, probablemente hasta el lunes no puedan abandonar el centro.

Como ya pudimos ver durante la pandemia, vivimos en un sistema gobernado por empresas que anteponen sistemáticamente el beneficio económico al bienestar de las personas y estamos gobernados por unos gobiernos que trabajan por y para los intereses de las empresas del IBEX (aunque se hagan llamar a sí mismos progresistas). Las situaciones de emergencia solo evidencian el verdadero funcionamiento de este sistema y su cara más cruda.

Entre las personas que anoche no pudieron volver a casa por capricho de unos pocos hay personas con hijos o personas dependientes que necesitan cuidados, estudiantes que no van a poder presentar un justificante cuando el miércoles vayan a un examen sin haber repasado porque llevan cuatro días durmiendo en un centro comercial, personas que necesitan medicación, etcétera. Se trata de una situación que podía haberse evitado si la mentalidad que nos gobierna no fuera la de la maximización del beneficio a cualquier precio.

El capitalismo no un sistema “imperfecto” que debamos abrazar porque es el mejor que tenemos. Se trata de un sistema cuyo funcionamiento depende directamente del trabajo y el sufrimiento de miles de millones de personas. Hasta que una prenda de ropa de ZARA llega a nuestras manos, no sólo pasa por la precariedad de las dependientas de la tienda, sino que en su misma confección ya hay trabajo infantil y esclavo, gracias a la deslocalización de la producción. La deslocalización, junto con el retroceso en derechos laborales que hemos sufrido en los últimos años y la llamada uberización de la economía son el último paso de un camino muy largo que ha pasado por considerar siempre a la clase trabajadora como una masa intercambiable de mano de obra barata.

Estaría bien que el fin del temporal fuera también el fin de considerar que nuestros derechos laborales pueden estar en manos de capitalistas criminales, cuyo único objetivo es morir mil veces más ricos de lo que nacieron. Y también estaría bien que fuera el comienzo de una revitalizada lucha de clases, que luche por nacionalizar las eléctricas que nos suben un 27% la luz en medio de un temporal bajo control de las y los trabajadores, por terminar con el paro y la precariedad repartiendo las horas de trabajo sin reducir el salario para trabajar menos y trabajar todas, por organizarnos desde abajo superando a las burocracias sindicales atornilladas a sus sillones para derrocar el poder al servicio del capital y atajar de una vez la crisis climática que hará cada vez más frecuentes episodios de temperaturas y clima extremos como éste. Porque nuestras vidas valen más que sus beneficios.

 
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