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La Izquierda Diario
19 de junio de 2021 Twitter Faceboock

ALEMANIA
Los Verdes en Alemania: en autos eléctricos hacia el apocalipsis
Mark Turm
Bastian Schmidt | Berlín
Marius Rautenberg

¿Un "giro verde" como salida a la miseria del capitalismo? Del por qué las políticas “verdes” sólo traen más destrucción medioambiental y pobreza.

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El pasado fin de semana tuvieron lugar las primeras elecciones regionales del año en Alemania. Aunque tienen sus particularidades, se pueden tomar como primeros indicadores para las elecciones nacionales en septiembre cuando finalmente se decidirá sobre la sucesión de la canciller Merkel, que gobernó durante más de 15 años. En este marco, los Verdes se posicionan para llegar al gobierno nacional.

La provincia Baden-Württemberg en el sudeste del país les sirve como vitrina: ahí ya gobernaban los Verdes junto con los conservadores del partido de Merkel, con la particularidad que los Verdes son el primer partido y tienen el primer ministro, Winfried Kretschmann.

En las elecciones regionales del pasado domingo, esta coalición entre Verdes y CDU fue confirmada. Por su parte, en las elecciones regionales de la provincia Rheinland-Pfalz, se confirmó el existente gobierno entre socialdemócratas del SPD, los liberales y los Verdes.

En este marco, y sumado al hecho de que el partido reformista de izquierda Die Linke intenta ubicarse también para las elecciones nacionales proponiendo una coalición entre SPD, die Linke y los Verdes, se está dando un debate en los Verdes sobre si debería apostar a un gobierno nacional con los conservadores de Merkel o una coalición "rojo-rojo-verde" con SPD y Die LInke.

En el presente artículo, escrito a finales de enero, explicamos porqué los Verdes, más allá de la eventual coalición que formen, no presentan una alternativa ecológica y social sino que perpetúan la destrucción medioambiental y la pobreza.

En tiempos de malestar como el que vivimos, muchos buscan refugio en la religión. Así que vino bien que en el congreso del Partido Verde -de la centroizquierda alemana- a fines de noviembre de 2020 la líder, Annalena Baerbock, mientras en Alemania arrasaba la segunda ola de coronavirus, proclamara un mensaje prenavideño en tono pastoral: “Tenemos todo lo que necesitamos para sobrevivir a esta pandemia. Lo tenemos todo para liberarnos de la dependencia de los combustibles fósiles. Podemos vivir con diez mil millones de personas en nuestro planeta sin hambre y sin guerra. Los Verdes están preparados para ello.”

La profetisa Baerbock y su compañero con inclinaciones filosóficas, Robert Habeck, también dieron la receta para ello: bastaría con votarlos en las próximas elecciones al Bundestag en septiembre de 2021.

Entonces los Verdes podrán gobernar junto a la CDU/CSU (coalición conservadora presidida por Merkel). Según los últimos sondeos, el partido rondaría entre el 17 y el 20 % de intención de voto. Más que su antiguo socio de coalición, el SPD (Partido Socialdemócrata), con el que impulsó la “Agenda 2010“, un paquete de reformas que incluyeron la precarización laboral basada en miniempleos, contratos de corta duración y trabajo a tiempo parcial. La fuerza con la que el Gobierno en ese entonces atacó a los trabajadores y a los desempleados dejó secuelas hasta ahora. Millones fueron y son denigrados día a día en las oficinas de empleo. Desde entonces, el SPD se ha desplomado del 40 al 15 %.

¿Gobernar contra el cambio climático o a favor del capital?

A menudo mencionan términos como "renovación verde" o "giro verde". Esto significa: eliminación progresiva de la dependencia del carbón antes de 2038, expansión significativa de las energías renovables, conversión completa a los coches eléctricos y a los camiones impulsados por hidrógeno. De acuerdo con su ideario, esto debería lograrse mediante inversiones financiadas con deuda, es decir, por medio de ingresos fiscales. Pero esto no es otra cosa que una redistribución de la riqueza social a favor de la industria y las finanzas.

Las medidas pretenden ayudar a evitar que el calentamiento global supere los 2 °C, de acuerdo con el Acuerdo Climático de París, y si es posible sólo hasta 1,5 grados centígrados. Según un informe de la UE, los daños causados por el cambio climático ascienden actualmente a unos 20.000 millones de euros al año en toda Europa. Pero si aumentan los fenómenos meteorológicos extremos, los incendios forestales, las sequías y las inundaciones, los daños también podrían aumentar exponencialmente. Para el año 2080, la UE prevé un costo de 2,5 billones de euros anuales, por no hablar del coste humano: según la Cruz Roja Internacional, 410.000 personas en todo el mundo perdieron la vida a causa de catástrofes medioambientales en 2019, una cifra que podría aumentar drásticamente en las próximas décadas.

Para frenar este desarrollo contaminante, los Verdes quieren modernizar la economía, alejándola del carbón y el petróleo. ¿Pero qué es lo que no quieren? el fin del capitalismo basado en el crecimiento perpetuo. Se supone que su "giro verde" es también una respuesta a las cambiantes demandas globales en la competencia económica. Y es que en 2019, Alemania fue el tercer mayor país exportador después de Estados Unidos y China, con un volumen de exportaciones por un valor de 1,5 billones de euros.

La industria automotriz alemana, primera en las exportaciones del país, mantuvo sus motores a combustión mientras China avanza en motores impulsados por energías renovables. Para recuperar ventas en el mercado internacional, la industria alemana debe modernizarse en “términos ecológicos”.

Además, la Federación de Industrias Alemanas espera que la introducción de nuevas tecnologías en las fábricas aumente la productividad hasta un 30% en 2025:
“Esto se debe a que las máquinas inteligentes e interconectadas intercambian información directamente entre sí en tiempo real, de forma similar a las redes sociales. Esto hace que la producción sea más flexible, dinámica y eficiente.”

Para llevar a cabo las inversiones necesarias para el “cambio estructural“, (nombre por el que se conoce la intención de modificar la estructura productiva alemana,) el Gobierno alemán recurre a elevadas subvenciones. Prometió 130.000 millones de euros en su paquete de estímulo económico en junio de 2020 para amortiguar las dificultades de la pandemia y darle impulso a la modernización industrial. Estas subvenciones directas forman parte de un paquete de rescate más amplio que incluye ayudas de emergencia, préstamos y garantías por valor de 1,35 billones de euros. Para los Verdes, este estímulo para modernizar la industria deberían continuar financiándose por medio de préstamos.

Para ello, el partido quiere reformar la “regla de oro presupuestaria“ que limita la posibilidad del Gobierno federal de gastar más de lo que recauda limitando así la deuda pública.

Hasta ahora, el concepto de los Verdes suena plausible: una economía limpia, nuevos sectores de crecimiento y, por tanto, un mayor margen para pagar las deudas. Pero esto no es más que un fraude de etiquetado. De hecho, como explicaremos aquí, las políticas de los Verdes conducirán a resultados desastrosos: redistribución de abajo hacia arriba, crisis económicas a costa de los trabajadores, profundización del militarismo en la política exterior y más destrucción medioambiental.

Redistribución de la riqueza de abajo hacia arriba

Los Verdes pretenden culpar al SPD de las consecuencias sociales del programa de contrarreformas de 2010. Sin embargo, ellos eran parte de la coalición que demostró que no le temblaba la mano a la hora de lanzar ataques contra los trabajadores, los desempleados y los pobres; facilitaron la protección contra el despido, permitiendo una baja salarial. Así, las condiciones laborales precarias son ahora la amarga realidad de cerca del 20 % de la mano de obra en Alemania gracias al trabajo temporal, los miniempleos, el trabajo a tiempo parcial, etc. El SPD y los Verdes prefirieron amedrentar a los trabajadores con la oficina de desempleo en lugar de exigir a los superricos y a las empresas que paguen con el aumento de los impuestos sobre la propiedad, las ganancias extraordinarias o las herencias. Ante los retos del cambio estructural y la crisis actual, los trabajadores y los pobres del país no pueden esperar más que ataques brutales a sus condiciones de vida bajo un posible gobierno entre el CDU y Los Verdes.
Los Verdes hablan de ayudar a configurar el cambio estructural de forma "ecológica" y de transformar las cuencas mineras en "regiones de transición energética". Al hacerlo, ocultan el hecho de que en el capitalismo los cambios en la producción destruyen las antiguas relaciones entre el capital y el trabajo y las sustituyen por otras nuevas. Esto no está ocurriendo de forma pacífica: regiones enteras que dependen de ciertas industrias corren el riesgo de abandono. El cierre de empresas con miles de puestos de trabajo también tiene consecuencias para las empresas proveedoras y el poder adquisitivo general de una región. Las consecuencias son un alto nivel de desempleo, la falta de perspectivas para los jóvenes, la pobreza, la emigración y una oferta pública cada vez peor. Un estudio del Instituto de Economía Alemana calificó de "desconectadas" a 19 regiones de Alemania, sobre todo en el este del país y en la región del Ruhr.

En un estudio de principios de 2020, la Plataforma Nacional para el Futuro de la Movilidad estimó que sólo el cambio estructural en la industria del automóvil pondría en riesgo hasta 410.000 puestos de trabajo en los próximos años. Mientras generaciones enteras ocupadas en las industrias de antes son abandonadas a su suerte, se les plantea que las nuevas tecnologías generarán los nuevos puestos de trabajo. Precisamente con esta promesa, la industria solar fue promocionada a lo grande en este país en la década de 2000. Pero de los 130.000 puestos de trabajo que existían en el sector, apenas quedan 30.000 en la actualidad. ¿Cómo funcionará esta vez? Los capitalistas prometen cientos de miles de nuevos puestos de trabajo gracias a la electromovilidad, pero en peores condiciones laborales, como ocurre actualmente en la gigafábrica de Tesla en Brandeburgo, donde su propietario, Elon Musk, quiere impedir cualquier participación sindical y los convenios colectivos. En una entrevista con Der Spiegel, Musk reveló todo el secreto de su éxito: "largas y extenuantes jornadas de trabajo" para los empleados.

Los únicos ganadores de la modernización son los capitalistas. Incluso para los ingenieros bien pagados de las fábricas de alta tecnología, el cambio estructural es un asunto de doble filo, porque tienen que trabajar bajo mayor presión. Por cada uno de ellos, hay decenas de trabajadores en las cadenas de suministro modificadas cuyas condiciones empeoran con el cambio: los niños enviados a las minas de cobalto del Congo. Los trabajadores que ensamblan piezas eléctricas a destajo en Foxconn (China). Por último, los trabajadores temporales de Daimler, VW o Tesla, que son los primeros afectados por los despidos sin convenio colectivo. Vistos globalmente, el cambio estructural y la digitalización como proyectos imperialistas conducen a una profundización de la explotación capitalista.

Paradójicamente, la introducción de modernas máquinas que pueden producir más productos en menos tiempo no conlleva una reducción del tiempo de trabajo. Como señala Karl Marx en El Capital, con el uso acrecentado de maquinaria, "se intensifican los estímulos para prolongar la jornada laboral, ya que es éste el único medio de volver lucrativa una gran masa de capital fijo". En otras palabras: Si el propietario de una fábrica invierte en un equipo nuevo y costoso, debe utilizarlo al máximo las 24 horas del día para que sea rentable. Bajo condiciones capitalistas, el progreso tecnológico sólo hace que se intensifique el trabajo y se profundice la explotación. Pero aunque los trabajadores sean más productivos gracias a las nuevas tecnologías, no cobran más.

A pesar de la política de tipos de interés cero del BCE, alguien tendrá que pagar estas deudas algún día. Hoy en día, los Verdes no quieren tratar la cuestión de la financiación antes de las elecciones al Bundestag, sin embargo, según Robert Habeck, no debería haber un impuesto sobre el patrimonio por el momento. Este rechazo, sólo deja la posibilidad de que se produzcan duros ataques a las condiciones de vida de la población trabajadora de las generaciones futuras, que tendrán que pagar las deudas contraídas con recortes en sus salarios y calidad de vida.

Para que los pobres y los trabajadores no paguen una vez más la reestructuración de la economía, los sindicatos no deben tratar de cerrar filas con los Verdes. Deben luchar por la prohibición de los despidos, por la reducción de la jornada laboral con una compensación salarial y de personal completa, y por una mejor financiación del sector público a través de gravámenes sobre la propiedad.

La renovación verde a costa de los trabajadores

La Industria 4.0 requiere equipos técnicos de última generación. Los costes de investigación y fabricación, el suministro de materias primas de alto costo y echarlas a andar con personal especialmente capacitado resultan ser más elevados que los de las plantas industriales anticuadas. En consecuencia, los productos se encarecen: Durante mucho tiempo, los coches eléctricos fueron prohibitivos para los consumidores en comparación con los de combustión. Los enormes costes de inversión para la investigación en baterías, la ampliación de las estaciones de carga, los parques solares y eólicos o las plantas para la producción de hidrógeno verde retrasaron durante mucho tiempo la reconversión de la industria alemana.

Recién con la política de subvenciones masivas el Gobierno alemán ha podido dar el impulso necesario para que los coches eléctricos se conviertan en un producto de masas. En el paquete de estímulo económico de junio de 2020, decidió subvencionar el desarrollo del hidrógeno verde con siete mil millones de euros. Dos mil millones se destinarán a los fabricantes y a la industria proveedora para la investigación de nuevas tecnologías. Se pondrán a disposición 2.500 millones de euros en forma de subvenciones para las empresas y los particulares que instalen estaciones de recarga. Quien compre hoy un coche eléctrico recibirá hasta 9.000 euros de subvención del Estado a finales de 2021, en función del precio de compra, y al menos hasta 6.000 euros en 2025. Así, si los coches eléctricos y los híbridos representaban solo el tres por ciento de todas las ventas de coches en 2019, esta cifra ha aumentado al 10,9 por ciento en 2020.

En este ambiente de fiebre del oro, todos los grupos automovilísticos luchan ahora por hacerse con una buena posición en el mercado. Esta es también la visión de los Verdes, que proclaman con confianza: "Los mercados pueden (...) desencadenar una revolución verde que pondrá a prueba nuestra imaginación".

Como este plan no se hace pensando en las necesidades de un verdadero cambio ecológico en el transporte, se mantendrá el transporte individual. Esto podría significar una breve fase de aumento del consumo con una reactivación económica temporal. Pero se trataría de una burbuja financiada por la deuda y el problema de la sobreproducción volvería rápidamente. Sobre todo porque las empresas extranjeras también compiten en el mercado y las ventas de más coches eléctricos "made in Germany" no están garantizadas sólo por esta razón. Y lo que es más fundamental: un cambio ecológico en el transporte no puede basarse en la venta constante de productos que requieren materias primas raras para su fabricación -volveremos sobre esta cuestión más adelante-. Al final, el problema estructural de la industria automovilística alemana sigue sin resolverse, y en cuanto se reduzcan las subvenciones estatales a los coches eléctricos, reaparecerá la crisis de fondo.

Para compensar la caída de la tasa de ganancia o, al menos, para frenarla, la patronal lanzará ataques contra los trabajadores, como aumentar la edad jubilatoria, precarizar más las condiciones de trabajo o reducir salarios vía la negociación colectiva a la baja.

En febrero y marzo de este año, la ronda de negociaciones colectivas en el sector del metal, que incluye a los trabajadores automotrices, entrará en su fase caliente. Allí la patronal ya ha exigido recortes salariales y ha empezado a despedir a decenas de miles de personas. Sin embargo, el IG Metall que con sus 2,2 millones de afiliados sea quizás el sindicato más poderoso del mundo, se interpone en su camino. Hasta ahora, no ha presentado ninguna pelea seria alguna. Y es que la dirección burocrática del sindicato metalúrgico que aboga por la colaboración de clases prefiere cogestionar el cambio estructural y negociar la indemnización por despido.

Para que la reestructuración de la economía no se haga a costa de los trabajadores, los sindicatos deben luchar consecuentemente contra cualquier recorte de los puestos de trabajo. Hay que prohibir los despidos, nacionalizar las fábricas que cierran bajo el control de los trabajadores.

El acceso a las materias primas requiere una política exterior militarista fuerte

La producción de coches eléctricos plantea la cuestión del acceso a las materias primas y de cómo asegurarlas, porque los coches eléctricos dependen de baterías que requieren materias primas como el litio, el cobalto y el níquel en particular. Sin embargo, los mayores yacimientos de litio del mundo se encuentran lejos de los centros de poder imperialistas como Alemania, Francia o Estados Unidos: en Argentina, Chile y Bolivia. La explotación de estos recursos se está convirtiendo en una lucha geopolítica por el futuro del mercado de las materias primas: En Bolivia, la empresa alemana ACI Systems GmbH quería hacerse con los derechos exclusivos de extracción del preciado producto. A raíz de los disturbios que llevaron al golpe de Estado de la oposición derechista contra el presidente Evo Morales en noviembre de 2019, se suspendió el proyecto. Sin embargo, poco antes el gobierno alemán y el portavoz de política exterior de los Verdes, Omid Nouripour, habían celebrado el golpe: "Los militares han tomado la decisión correcta de ponerse del lado de los manifestantes", afirmó Nouripour. “Nosotros golpearemos a quien queramos”, comunicó el director ejecutivo de Tesla, Elon Musk, en Twitter, festejando también el golpe contra Evo Morales.

Musk y Nouripour dejan claro (aunque el golpe orquestado no produjera el resultado deseado) que la injerencia imperialista y los golpes de Estado para asegurar los beneficios del capital imperialista están a la orden del día. Incluso los Verdes, con su perfil progresista, los consideran un arma legítima para asegurar el acceso a las materias primas a las grandes empresas alemanas. Y para que ello esté garantizado se necesita un Ejército poderoso con capacidad operativa a nivel mundial.

Las mayores reservas de cobalto del mundo se encuentran en el Congo. Dos tercios de las materias primas del mundo proceden de sus minas. El mayor extractor es Glencore, una empresa con sede en Suiza con unos ingresos anuales de 176.000 millones de euros y que ha sido acusada en repetidas ocasiones por atentar contra los derechos humanos, corrupción y destrucción del medio ambiente. Glencore selló en 2018 una asociación estratégica a largo plazo con el grupo chino GEM para explotar las minas congoleñas. La multinacional automovilística alemana Volkswagen también había buscado llegar a un acuerdo con los chinos que lo rechazaron. La Asociación Africana de Empresas Alemanas reclama que estas materias primas "no deberían comercializarse exclusivamente, sino en mercados abiertos". Indirectamente, se refieren a la posición de partida algo desfavorable del imperialismo alemán, que, debido a las circunstancias históricas, llegó demasiado tarde para repartirse el mundo, y perdió sus colonias en la Primera Guerra Mundial. Ahora Alemania debe intentar asegurarse de alguna manera el acceso a las materias primas, lo que difícilmente será posible sin un conflicto militar.

El acceso al litio, al cobalto y a las tierras raras, la mayoría de las cuales se encuentran en China, ya se ha convertido en una cuestión estratégica. La industria alemana depende casi por completo de la importación de materias primas. El Gobierno alemán indica en su documento Estrategia de Materias primas, estrategia tendiente a garantizar un suministro constante de materias primas minerales para la economía alemana, que "no hay transición energética ’Made in Germany’ sin materias primas de alta tecnología". El acceso se debe organizar principalmente a través del libre comercio, garantizado por la Organización Mundial del Comercio (OMC). Pero en tiempos en los que las guerras comerciales se hacen cada vez más frecuentes y un mercado de materias primas "verdes" parcialmente dominado por las empresas chinas, la OMC parece un arma desafilada. Es por esto que el Gobierno alemán sigue la línea de intentar negociar "cadenas de suministro responsables" con diversos socios e instituciones transnacionales, es decir, implementar una política de acuerdos bilaterales.

Esto significa, sobre todo, que Alemania quiere establecer cadenas de suministro bajo control propio. Por ejemplo, los fabricantes alemanes están intentando reducir la proporción de cobalto en las baterías. De este modo, se hacen menos dependientes de los suministros del Congo, cuyos mercados están dominados por China, y el valor añadido queda en mayor medida en manos alemanas. Otros países, como Estados Unidos, Francia o el Reino Unido, controlan sus cadenas de suministro, ya sea a través del poder de mercado del dólar estadounidense, mediante intervenciones militares o incluso a través de los antiguos vínculos coloniales con regímenes dictatoriales. China, por su parte, está ampliando su influencia a través, entre otras cosas, de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, en la que está invirtiendo 1 billón de dólares para desarrollar infraestructuras y explotar minas, según la revista especializada WiSt.

Alemania no tiene esas posibilidades. En el marco de las asociaciones transatlánticas y europeas, el imperialismo alemán trata de imponer su influencia económica a través del plano institucional. Pero esto sólo funciona mientras los demás le sigan el juego. El "America First" de Donald Trump ha dejado al descubierto la vulnerabilidad de este sistema. El Gobierno alemán habla de cómo "las interrupciones directas de nuestras líneas de suministro, por ejemplo, a través de la piratería, el terrorismo y los conflictos regionales, tienen un impacto en el suministro seguro de materias primas y, por lo tanto, en la prosperidad de nuestro país". Por ello, Alemania debe trabajar para garantizar el uso sin trabas de las conexiones terrestres, aéreas y marítimas". Esto también se hace militarmente, como por ejemplo en el caso de la misión de la Bundeswehr en el Cuerno de África, cuyo objetivo explícito es mantener libres las rutas marítimas.

Los principales líderes del Partido Verde también piden desde hace tiempo una mayor intervención militar y más financiación para la Bundeswehr (Fuerzas Armadas). En particular, el artículo de Cem Özdemir y Tobias Lindner en el FAZ de hace dos años causó un gran revuelo: "También es necesario el uso de los militares como último recurso para que Alemania y Europa estén a la altura de su responsabilidad humanitaria". Esta posición no es en absoluto una opinión aislada. La presidenta Annalena Baerbock también ha dejado claro recientemente que es necesario armar mejor a la Bundeswehr para poder asumir la responsabilidad de la política exterior, llegando a plantear la necesidad de una mayor cooperación militar con la Francia de Macron.

En noviembre, antes de la aprobación del nuevo programa de principios, la líder del grupo parlamentario, Katrin Göring-Eckardt, lo resumió con acierto: "Los Verdes también tienen raíces pacifistas, pero nunca han sido un partido pacifista". El partido se deshizo de esas raíces pacifistas hace mucho tiempo. Con la guerra de Kosovo y la de Afganistán, las dos primeras misiones de guerra alemanas desde la Segunda Guerra Mundial cayeron bajo la responsabilidad del gobierno de coalición SPD-Verdes y del ministro de Asuntos Exteriores de los Verdes, Joschka Fischer. Bajo el pretexto de misiones humanitarias, los Verdes intentan justificar su militarismo ante sectores críticos de su propia base. Como escribió Oskar Fischer sobre el tema:
“Los Verdes quieren la guerra, por dos razones que perpetúan todas sus políticas capitalistas: En primer lugar, porque el liberalismo verde se basa en los grandes superávits exteriores. El "cambio estructural verde" con la digitalización, la electromovilidad, etc., necesita una política exterior expansiva, ya que debido al elevado esfuerzo técnico tales inversiones necesitan no sólo fuentes de materias primas y mercados en el extranjero, sino una mayor división internacional del trabajo bajo control alemán. En segundo lugar, porque se presentan para renovar el imperialismo alemán, y a esto se llega sólo a través de trastornos en el orden mundial con una mayor participación alemana. Pues frente a la competencia con otros bloques -especialmente China y EE.UU.- estas pretensiones sobre regiones del mundo deben hacerse valer primero, tanto con inversiones ("ayuda al desarrollo") como con la fuerza ("misiones humanitarias")”.

El antiguo equilibrio geopolítico -con el modelo neoliberal de libre comercio liderado por Estados Unidos- se ha resquebrajado con la crisis financiera de 2007/8 y el ascenso de China. La crisis de coronavirus ha abierto una nueva etapa en este desarrollo, en el que las grandes potencias luchan más agresivamente por un mejor acceso a las materias primas y a los mercados de consumo, y tratan de establecer una división del trabajo bajo su propio control. La "renovación verde" significa inevitablemente que Alemania invertirá más en esta carrera. Para ello es necesario alinear los Estados de la UE con las necesidades de la industria alemana con más fuerza qua en la actualidad y ampliar la influencia alemana también fuera de Europa, por la fuerza, de ser necesario.

Los Verdes no son un partido de paz. En el gobierno, serán el partido de un hambriento imperialismo alemán. Todos los miembros de base que se tomen en serio su pacifismo deben oponerse a la sed de ganancia de las empresas, que son las fuerzas materiales que impulsan el militarismo alemán. Esto implica plantear la necesidad de la cancelación de la deuda externa y la nacionalización de las industrias y bancos clave bajo el control de los trabajadores, para que no contribuyan a la explotación mundial sino a la solidaridad internacional de la clase trabajadora. Además, hay que rechazar todas las misiones de la Bundeswehr, aunque se disfracen de "misiones humanitarias" o estén bajo mandato de la ONU.

Destrucción del medio ambiente

En el último número de nuestra revista, uno de los artículos llevaba como título "Los Verdes: el mayor fraude de todos los tiempos". El partido se autodenomina verde porque apuesta por los coches eléctricos y las energías renovables. Pero ignora el verdadero problema, de hecho el "giro verde" empeora el problema pues requiere de un sistema económico que implica un crecimiento perpetuo para seguir funcionando.

El Gobierno alemán quiere que haya diez millones de coches eléctricos en las carreteras alemanas para 2030.El lado positivo de esto es que estos coches podrían sustituir a los motores de combustión a explosión, más contaminantes. Pero también significa que habrá que instalar litio, cobalto, acero, caucho, plástico y muchos otros componentes para diez millones de coches nuevos. Aunque el gobierno quiera que el reciclaje juegue un papel más importante, la gran mayoría de estos componentes seguirán siendo extraídos de la tierra hasta nuevo aviso.

Esto provoca importantes problemas ecológicos en las explotaciones mineras. Por ejemplo, el hidrogeólogo Marcelo Sticco afirma en un artículo aparecido en el portal de noticias Deutsche Welle que la extracción de litio en Argentina “hace descender la capa freática natural. Y como resultado, el agua salada se mezcla con el agua dulce. Esta contaminación es irreversible, la región pierde irremediablemente sus reservas de agua potable".

La producción de baterías hoy es más cara que la de los motores de combustión. Según un estudio del Instituto Fraunhofer de Investigación de Sistemas e Innovación, esto significa que la producción de un coche eléctrico produce entre un 70 y un 130 por ciento más CO2 que un motor diésel o de gasolina. Sin embargo, como emiten menos CO2 al aire durante la conducción, a la larga tienen un índice de contaminación entre un 15 y un 30 por ciento menor durante toda su vida útil que los motores de combustión, siempre que se carguen con la mezcla de electricidad que se está haciendo gradualmente en Alemania.

El ahorro de CO2 es sin duda una cifra respetable, sobre todo porque es probable que aumente en los próximos años. Pero no resuelve el problema básico, a saber, que un automóvil de última generación suele construirse con un gran gasto para uno o dos pasajeros, a cambio de que permanezca sin utilizarse durante una media de 23 horas al día. En un concepto de transporte verdaderamente ecológico y social, es probable que los coches eléctricos sólo desempeñen un papel complementario. La mayor parte de las distancias recorridas tendrían que ser en medios de transporte adecuados para las masas. Para lograrlo, sería necesario ampliar en gran medida el transporte público local, ofrecer una alta frecuencia de servicio incluso en las zonas rurales y hacerlo accesible a todos de forma gratuita. Pero entonces las empresas no podrían vender millones de coches.

Los Verdes no cuestionan esta contradicción central del modo de producción capitalista, sino que incluso la refuerzan con su política de impulsar la electromovilidad. No es casualidad que Winfried Kretschmann, ministro-presidente de los Verdes de Baden-Württemberg, sea considerado un buen amigo de la industria del automóvil. El historial de su gobierno en materia de medio ambiente es, en consecuencia, desigual. En la Ley de Protección del Clima de 2014, el Gobierno regional formuló el objetivo de reducir las emisiones de CO2 en un 25% para 2020 en comparación con los niveles de 1990. Al final se alcanzó una reducción del 11,6%.

La obediencia frente a la industria automovilística también se puso de manifiesto en la tala del bosque de Dannerode, en Hesse, con la participación del gobierno de los Verdes, para construir allí una autopista. Para ello, los Verdes permitieron que los ecologistas recibieran una paliza de la policía. La tala prevista del bosque de Hambach por parte del consorcio energético RWE también se debía llevar a cabo con el beneplácito del gobierno regional conformado por el SPD y los Verdes, que estuvo en funciones hasta 2017. Si el bosque sigue ahí es hasta ahora es sólo gracias a las protestas masivas que lo han impedido. Para el asentamiento de la fábrica de Tesla en el estado federado de Brandeburgo, los Verdes defendieron la tala de 300 hectáreas de bosque en Grünheide.

Los Verdes han establecido en su manifiesto de 2020 que quieren cumplir los objetivos climáticos de París. En diciembre, la ONU publicó un informe que sugiere que el objetivo de 1,5 o 2 grados ya no puede cumplirse y que la Tierra se encamina a un aumento de la temperatura de 3 grados para finales de siglo. Incluso es poco probable que no se sobrepase este límite si el desarrollo industrial continúa como hasta ahora. Las consecuencias serían el derretimiento de los casquetes polares, el deshielo del permafrost y una mayor destrucción de las selvas tropicales y subtropicales. Estos puntos de inflexión darán lugar a una reacción en cadena que conducirá a un drástico aceleramiento del calentamiento global.

Para frenar este curso catastrófico, no basta con construir coches menos contaminantes y utilizar la energía solar. Necesitamos un cambio fundamental de sistema, en el que la economía no se configure en función de los intereses lucrativos de los accionistas, sino que se planifique racionalmente en interés de la gran mayoría de la población. El capitalismo, con su modo de producción anárquico, está destruyendo los fundamentos de la vida en la tierra. La contaminación atmosférica, la deforestación, la extinción de especies y la erosión del suelo ya forman parte de la vida cotidiana. Millones de personas tienen que respirar aire contaminado cada día porque las corporaciones madereras y agrícolas están talando los bosques nativos de la tierra. Por ejemplo, los bosques de Indonesia, que tienen que dejar paso a las plantaciones de aceite de palma para biocombustibles. No sólo el Amazonas se está quemando, sino también grandes partes de los bosques africanos, lo que hace que la biodiversidad se reduzca a gran velocidad. Las barreras sanitarias naturales están desapareciendo, lo que aumenta el riesgo de nuevas pandemias.

Los Viernes por el Futuro hacen huelga por el clima, ¿sus líderes por puestos en el parlamento?

El movimiento Viernes por el Futuro (Fridays for Future) ha puesto la cuestión medioambiental y climática en el centro del debate público. La crisis medioambiental provocada por el capitalismo ha llevado a la calle a millones de jóvenes en todo el mundo, cientos de miles sólo en Alemania. Los Verdes intentan ahora desactivar el potencial explosivo de la juventud en las calles y canalizarlo hacia las tranquilas aguas del parlamentarismo burgués. Para ello, están cooptando caras conocidas del movimiento FFF (por sus siglas en inglés) en Alemania que hacen gala de un notable arribismo. Ya se han tragado a Jakob Blasel, que se presenta a las elecciones al Bundestag. Le seguirán otros rostros destacados de la dirección del FFF. El Partido Verde consigue así cooptar partes del movimiento Viernes por el Futuro para un proyecto imperialista, gracias a la perspectiva de ocupar puestos altamente remunerados. Así que, al parecer, el medio ambiente también tiene un precio, que parece ser la dieta parlamentaria.

Sin embargo, el problema no es la actividad parlamentaria en sí, sino el contenido político que se le da a aquella actividad: en lugar de negociar minirreformas con los grupos de presión y los parlamentarios que no impedirán la catástrofe climática y la crisis social y económica, el parlamento debería utilizarse como tribuna para dar a conocer una alternativa fundamental, anticapitalista y socialista. Hay que apoyar y desarrollar las reivindicaciones y la movilización de los trabajadores y los jóvenes en sus luchas concretas contra los efectos de la pandemia, la crisis y la destrucción del medio ambiente.

Mientras los Verdes desarrollan políticas para arrastrar tras de sí a la generación que se politiza de la mano del movimiento Viernes por el Futuro, nosotros queremos luchar junto a esta generación contra la catástrofe climática que se avecina. A los dirigentes de los Verdes sólo les preocupan los beneficios de las empresas y su bolsillo. Por esto es que sería mejor ponerse del lado de los trabajadores amenazados por el cambio estructural, manteniendo todos los puestos de trabajo y cambiar la economía hacia una producción realmente orientada a las necesidades de las personas y de la naturaleza. Son los trabajadores los que generan la riqueza social con su trabajo. Tienen la posibilidad de paralizar la producción con huelgas, organizarse en consejos y obtener el control de lo que se produce, cómo se produce y cómo se distribuye. Lo que se necesita es un gobierno de los trabajadores que expropie las industrias e infraestructuras clave y las ponga bajo el control de los trabajadores. No dejemos el futuro del planeta en manos del afán de lucro de los capitalistas, que nos llevarán inevitablemente al desastre. Las tecnologías más modernas, en condiciones capitalistas, sólo conducen a una destrucción cada vez mayor del medio ambiente y a encadenar a las personas a la máquina. Nosotros, en cambio, queremos utilizar el progreso técnico para que la vida merezca realmente la pena ser vivida. Como escribió el revolucionario ruso León Trotsky en su testamento: "La vida es hermosa. Que las futuras generaciones la libren de todo mal, opresión y violencia y la disfruten plenamente. ".

 
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