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La Izquierda Diario
26 de noviembre de 2021 Twitter Faceboock

AMPLIACIÓN DE EL PRAT
Precariedad laboral: lo que no te cuentan de la ampliación del Prat
Verónica Landa | Barcelona | @lierolaliero

El modelo económico en el que se apuesta por el turismo como uno de los principales motores de la economía, tiene sus raíces en el franquismo y se intensificó con la “democracia del 78”. Un modelo insostenible para el medioambiente y la clase trabajadora.

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Como se señala en el informe “El turismo o la vida. Trabajo y precariedad en la ciudad neoliberal”, «A partir de ese momento se produjo un auge neoliberal con la complicidad y consenso de socialdemócratas (PSOE) y liberales (PP), que se agudizó tras la entrada en la UE y la consiguiente pérdida de competitividad agrícola e industrial a la que nos vimos expuestos (...) La centralidad del modelo turístico se visibilizó entonces con fuerza a raíz de los JJOO de Barcelona 92, pero ha dado un salto notable en la última década, situando la ciudad de Barcelona como una de las principales ciudades turísticas europeas junto a Londres, París o Berlín.»

Las crisis económicas -que se encuentran en el ADN de este sistema-, conllevan ajustes económicos, aumentando la precarización del trabajo en diferentes sentidos. A ello, se suma el aumento de número de parados, creando un “ejército” de mano de obra barata, con el que el capitalismo juega para presionar y rebajar las condiciones laborales en general.

Los capitalistas, ante las crisis, buscan todos los mecanismos posibles para que sus beneficios sigan aumentando. Por ejemplo, avanzando en flexibilizar las condiciones laborales de la clase trabajadora. En el sector turístico, tanto por el funcionamiento de sus actividades como por cuestiones estructurales que veremos, los empresarios tienden a esta flexibilización con medidas como rebajas salariales, ampliación de eventualidad o externalizar servicios estructurales necesarios para el desarrollo de esa actividad concreta.

Pero no solo tienen intereses en un grupo reducido de capitalistas. Detrás, están el Fondo Monetario Internacional (FMI) o el Banco Mundial, a los que no les tiembla la mano en exigir más recortes y ajustes a los gobiernos a cambio de más fondos. Lo vimos ya en la crisis del 2008, o con las injerencias del FMI en la política de países como Argentina, y también lo vemos ahora con los 140.000 millones de los fondos europeos.

En el caso concreto del sector turístico, a diferencia de lo que pasa en otro sectores donde para rebajar los costes derivados de la producción se deslocalizan determinadas actividades, en el turismo, difícilmente se puede deslocalizar una actividad que necesariamente está definida por su localización y por la proximidad y comunicación con los focos turísticos. Por lo tanto, los empresarios intentan reducir costes sin la variante de la deslocalización, buscando reducir los salarios o intensificar el trabajo para conseguir mayor plusvalía.

Respecto a la temporalidad del sector, va ligada a las oscilaciones de la propia demanda que se producen por temporadas del año, teniendo en cuenta los períodos vacacionales, el clima y otros factores externos e internos. Por tanto, los empresarios buscan constantemente disponer de una mano de obra flexible, a la que poder contratar según sus necesidades.

Ello implica que las trabajadoras y los trabajadores del sector, por ejemplo, trabajen seis meses en el sector turístico y el resto del año tengan que buscarse otros trabajos, o que no sepan si la temporada siguiente tendrán ese puesto, aumentando así la inestabilidad y las condiciones precarias del sector. Vemos el aumento de contratos por horas, por días, por fines de semana, como parte de esa flexibilización de las empresas, y cómo todo ello está estrechamente vinculado al turismo y a los sectores que de él beben -comercio, transporte, cultura, hostelería-.

El turismo, como sabemos, no solo se relaciona con la precariedad laboral. Se relaciona también con impacto social y económico, como vemos en las subidas de los alquileres y la proliferación de apartamentos turísticos, o en la oferta socio-cultural de ciudades como Barcelona, dirigida a los turistas y prohibida para la juventud de la ciudad; o con el impacto ambiental que suponen los 4,6 de cruceristas que recibió Barcelona en 2019. Respecto a esto último,

Tomemos el caso concreto de Barcelona, que como hemos dicho recibe millones de cruceristas al año, a lo que se suma la aprobación del proyecto de MSC Cruceros de crear una nueva terminal en el Puerto de Barcelona, y donde el turismo es un sector central. El Ayuntamiento de Ada Colau, propone un ‘Pla Estratègic de Turisme de Barcelona 2020’ para promover la sostenibilidad del modelo turístico. ¿Sostenibilidad de qué, para qué y para quién? ¿Sostenibilidad para perpetuar un modelo turístico precario, que contribuye a expulsarnos de nuestras casas y nuestros barrios, y a degrada -aún más- el medio ambiente? Reformar un modelo que nos condena a todo esto, no es la salida, ni de lejos.

No solucionará un problema de fondo, estructural, que va más allá de lo que pasa en Barcelona o en la Costa Brava, y que supone atacar las bases de un sistema económico, social y político depredador. Sin tocar los intereses de los capitalistas, de las patronales del turismo, de los grandes tenedores de vivienda, de los grandes hoteles...lo único sostenible serán sus ingresos, no nuestra vida.

No es casualidad, que las protestas en Barcelona se relacionen, directa o indirectamente, con el modelo turístico de la ciudad y con sus repercusiones. Expresiones de ello son la PAH, el Sindicat de Llogateres o ejemplos de organización de trabajadoras como Las Kellys. Tampoco que en estos sectores -comercio, hosteleria, hoteles- la organización sindical sea complicada, en parte por la temporalidad y la rotación, pero también por la persecución sindical, como vimos con Las Kellys en el Gran Hotel o a la juventud en grandes empresas como Telepizza.

Si a esta situación, le sumamos la ampliación de un aeropuerto como el Prat para que llegue a recibir a 72 millones de turistas al año -un incremento de 17 millones respecto a lo que recibe actualmente-, el panorama es preocupante. El foco del debate se ha centrado en el daño ambiental que supone un ampliación aeroportuaria como esa, que es real y no negamos. Pero esa es la consecuencia más visible, la punta del iceberg.

El cuerpo del iceberg es el aumento de los trabajos precarios, temporales; el pluriempleo; los desahucios; la subida de alquileres; el aumento de pisos turísticos; el aumento de fondos de inversiones que nos expulsen de casa; la represión a la juventud que no puede permitirse el ocio elitista de Opium o el Soho...por poner algunos ejemplos. Pero de esto, no se habla, no porque no se sepa: hay decenas de estudios sobre los impactos del turismo en la vida de las ciudades. Lo que pasa es que sacarlo a la palestra implica gangrearse algún que otro enemigo, Quizá al Consorcio de Turismo de Barcelona, no le siente muy bien, o a los amigos hoteleros del president Aragonés.

 
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