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A 75 AÑOS DE SU MUERTE
Walter Benjamin: crítica de la cultura política
Ariane Díaz | @arianediaztwt

En la ciudad fronteriza de Portbou –una parada en su precario camino escapando del nazismo–, creyéndose cercado y ante la posibilidad de ser deportado a Alemania, donde un marxista y judío como él no podía esperar sino un cruel destino, Walter Benjamin decide suicidarse hace hoy 75 años. Sus aportes a la crítica de la cultura no han dejado desde entonces de ser tan productivos como polémicos.

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Benjamin fue parte de una generación de intelectuales alemanes que además de atravesar dos guerras mundiales, fue testigo en pocos años de una efímera república de Weimar carcomida por la crisis económica, tres intentos revolucionarios fallidos y, finalmente el ascenso del nazismo. Se acerca al marxismo en la década de 1920, ya cerca de sus 30 años, impactado por la lectura de Historia y conciencia de clase, de Lukács, y por su relación con la comunista rusa Asja Lacis, que lo pondrá en contacto con algunas de las experiencias artísticas de la URSS. Aunque su larga amistad con Gershom Scholem –teólogo del judaísmo–, y con Bertolt Brecht –famoso dramaturgo vanguardista–, marcarán también su obra con improntas particulares y en muchos casos contradictorias, su trabajo filosófico y crítico tendrá una estrecha relación con los desarrollos de miembros prominentes de la Escuela de Frankfurt, como Theodor Adorno y Max Hokheimer; por ello se lo suele considerar miembro de dicho Instituto, aunque estrictamente no lo fuera.

A pesar del creciente peligro, Benjamin no quiso hasta último momento abandonar París, donde vivía después de que le hubieran quitado su nacionalidad alemana, a pesar de la insistencia de sus amigos y colegas ya exiliados. Es que era en la Biblioteca Nacional de esa ciudad donde estaban las fuentes que necesitaba para su Libro de los pasajes, un proyecto que abarcó sus últimos 13 años de vida y que dejó inconcluso. En esa misma biblioteca, en manos de George Bataille, dejará las carpetas llenas de materiales para este trabajo, cuando finalmente define emprender su viaje a EE. UU. Siete años después estos archivos llegarán a reunirse con Adorno –quien iniciará el largo trabajo que llevó su edición–, pero sin su autor, que no logró salir de Europa. Ese enorme conjunto de citas, comentarios y aforismos, base de la obra que consideró la más importante de su producción, buscaba desentrañar los mecanismos con que la sociedad capitalista moldeaban la conciencia y las prácticas de quienes la habitaban. Allí no solo encontraremos una amplia variedad de los problemas que Benjamin abarcó en su obra previa, sino que los trabajos de su última década estuvieran estrechamente relacionados con las preocupaciones que este proyecto contemplaba.

Parte de su impronta es la capacidad de analizar una producción filosófica y cultural que sin duda expresa condicionamientos sociales y políticos, pero no de manera lineal ni como mero reflejo, explorando una variante del marxismo alejado tanto de los compromisos con la sociedad capitalista que había adquirido la socialdemocracia, como del mecanicismo que por ese entonces predominaba en un marxismo moldeado en la URSS stalinizada. Entre sus análisis, que recorren desde la arquitectura decimonónica al uso de la alegoría en Baudelaire, que problematizan la memoria involuntaria en Proust hasta los efectos en la percepción de nuevas técnicas de reproducción, que transitan los cambios en las funciones sociales del arte tanto como las barricadas de la Comuna de París, que se detienen en figuras como los coleccionistas, jugadores y flâneurs tanto como en las teorías psicoanalíticas o la poética surrealista, o que abrevan en los cuentos de hadas tanto como en el método de El capital, puede trazarse un hilo que muestra su interés por aquello que en la cultura aparece como disruptivo; fuentes de una crítica inconformista que no renuncia ni a mostrar en los frutos de la festejada civilización moderna la barbarie en la que fue forjada, ni en sus traumas y contradicciones un impulso utópico a redimir.
En parte por sus intereses y formación previa, pero también como consecuencia de una situación que los encontró entrampados para la década de 1930 entre el avance del fascismo y la consolidación del stalinismo, la adscripción al marxismo de la generación a la que perteneció Benjamin tuvo como marca de la derrota estar alejada de la práctica y los debates estratégicos del comunismo de la época, pero les resultó altamente productiva para trazar hipótesis filosóficas y teóricas sobre los abruptos cambios culturales que la atravesaban, terreno en el que realizaron aportes por los que son hasta hoy estudiados.

Los trabajos de Benjamin fueron en su época motivo de prolongados y ricos debates con sus interlocutores más cercanos. Sin dejar de reconocerle su talento para descubrir procesos significativos tanto en el detalle como en la construcción de panoramas históricos más amplios, Brecht por ejemplo consideraría inquietantes algunas de sus metáforas teológicas, Horkheimer las amonestaría como deudoras de un idealismo inaceptable, mientras Adorno por su parte consideraría toscos algunos de sus desarrollos sobre las prácticas artísticas vanguardistas o ciertos desarrollos tecnológicos, o insuficientemente marxistas algunos de sus fundamentos metodológicos. Por otro lado, desde entonces hasta hoy, Benjamin ha sido interpretado desde perspectivas abiertamente enfrentadas: o bien como precursor de un postestructuralismo descreído del marxismo y de la potencialidad de una práctica revolucionaria –sobre todo durante la década de 1980–, o bien como figura central en una genealogía del pensamiento marxista capaz de enfrentar los peligros del reformismo y la degeneración burocrática –sobre todo en las últimas dos décadas–. En nuestro país podemos encontrar lecturas de casi todas estas variantes, y sus escritos no han dejado de estudiarse y discutirse tanto en la Academia como en publicaciones políticas y culturales.

Testimonios de quienes lo acompañaban en su camino a Portbou mencionaron que Benjamin cargaba en su maleta un manuscrito que cuidó con un esmero casi desproporcionado para sus difíciles circunstancias. No se ha podido establecer su contenido, aunque varios tienen la hipótesis de que eran nada menos que sus tesis sobre la filosofía de la historia, publicadas póstumamente. Si no fueron sus compañeras en su último viaje, sí fueron uno de sus últimos escritos, especie de testamento intelectual que consiste en una demoledora crítica a una concepción de la historia como “progreso”, un pretendido desarrollo lineal que no hace más que justificar “que todo siga igual”, relato de los vencedores que pretende borrar las luchas fallidas del pasado, pero también debilidad de ciertas versiones marxistas, como la de la socialdemocracia, que presentaba la historia como un continuo avance al socialismo y desconoce así fuerzas latentes que serán necesarias para las luchas revolucionarias del presente. Podría sumarse a esta crítica a la variante stalinista, aunque Benjamin no lo hace explícitamente –si fue uno de los pocos que a pesar de la campaña soviética antitroskista leyó y respetó a Trotsky, convertirlo en un adalid antistalinista, como lo han hecho muchos de sus lectores por izquierda, sería también forzado–.

Ampliamente discutidas también entre los marxistas, no puede dejar de observarse allí el ímpetu inconformista del autor, que aun atravesando uno de los momentos históricos más oscuros del siglo, nunca cedió al escepticismo ni renunció a la posibilidad de una acción política que terminara con la barbarie capitalista. Si Benjamin no encontró entre la socialdemocracia y el stalinismo los caminos que unieran teoría y praxis revolucionaria, no derivó de esta debilidad una virtud, como lo hicieran sus pares frankfurtianos; si los elementos tomados de la teología las debilitan teóricamente, no deja de ser cierto que hizo pie en la lucha de clases para señalar que a pesar de las derrotas, la revolución no había desaparecido del horizonte y que existen hilos de continuidad en las luchas del pasado a rescatar. La carpeta dedicada a Marx en el Libro de los pasajes se define como miembro de una generación a la que la experiencia le había enseñado que “el capitalismo no moriría de muerte natural”. Esa conclusión sigue siendo, hoy, vital para los revolucionarios.

 
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